Todo comenzó por un coreano (4)

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Después de sentarme frente a ellos se me ordenó no moverme hasta que él lo dijera.

Quedé inmóvil, sintiendo el roce constante de la ropa femenina contra mi piel depilada.

Empecé a notar cómo el agua del jacuzzi se movía de forma distinta. Las manos de mi esposa jugaban bajo la superficie mientras se miraban fijamente a los ojos, como diciéndose “desde ahora y para siempre”.

Se besaron con desenfreno y lujuria, rozando sus cuerpos mojados. La escena era hipnotizante. El agua hacía brillar todavía más los pectorales marcados de Kim. Mi esposa los besaba uno por uno, saboreándolos.

Se desnudaron lentamente. Cada prenda fue lanzada a mis pies, como una cuenta regresiva. Cuando finalmente quedaron desnudos, Kim se puso de pie. Su verga dura y húmeda apuntaba al cielo. Mi esposa, extasiada, quitó la espuma y se abalanzó sobre ella como si fuera lo último que comería en su vida.

Jamás, ni en mis fantasías más profundas, la imaginé así. Besaba ese miembro con maestría y delicadeza. Su lengua se deslizaba desde la base hasta la punta una y otra vez. Kim ya no pudo más: la tomó del pelo e introdujo los 23 centímetros hasta lo más profundo de su garganta. Ella no reclamó, no hizo ningún gesto de asco ni de dolor. Solo se entregó. Él arremetía cada vez con más fuerza, como si le hiciera el amor a su boca. Yo solo podía ver cómo ese monumento desaparecía dentro de ella.

Necesitaba liberar mi miembro. Sentía que iba a explotar. Pero el morbo de la sumisión pudo más. No moví ni un músculo.

El tiempo se volvió lento, casi en cámara lenta.

Hasta que ella, sin fuerzas para respirar, tomó aire y solo pudo decir:

—Hazme tuya.

Kim sonrió con el orgullo de quien sabe que ninguna mujer, por muy casada que esté, puede resistírsele.

La puso de manos en la orilla del jacuzzi, mirándome. Él se colocó detrás, con sus 1,90 de estatura. Ambos me observaron con asombro e incredulidad al ver que yo seguía inmóvil. Solo reían y disfrutaban.

Ella me miró fijamente, sabiendo lo que venía. Nuestras miradas se encontraron en el exacto instante en que el miembro de Kim la penetró por primera vez. Soltó un largo y mágico gemido. Sus ojos mostraban cómo disfrutaba cada centímetro que entraba en su cavidad.

El juego de caderas empezó. Cada arremetida me excitaba más. Solo se escuchaban los cuerpos chocando y los gemidos cada vez más intensos mientras ella se acomodaba a su grosor y longitud. Kim sonreía con cinismo y no apartaba la vista de mí. Yo no podía sostenerle la mirada. Me sentía disminuido, humillado… y al mismo tiempo sumiso y en éxtasis. Solo podía preguntarme cómo se sentiría ella.

Él la tomó del pelo y la nalgueó. Ella, ya en el punto final, le gritó a todo pulmón:

—¡Sí, Kim! ¡Soy tu puta! ¡Solo tuya!

Entonces me dijo:

—Sofía, mírame.

Yo, ya entregado por completo, respondí sin pensar:

—Sí, amo… dígame. ¿Necesita algo? ¿Está disfrutando?

Kim soltó una risa baja:

—Apuesto a que nunca la pensaste ver así, ¿cierto? Así son las putas cuando se cruzan con un hombre de verdad.

El orgasmo de mi esposa fue casi instantáneo. Su cuerpo temblaba, los ojos en blanco, mirando al cielo y pidiendo clemencia porque ya no podía más de placer. Kim salió de ella todavía duro. Ella cayó a un lado del jacuzzi, intentando controlar los reflejos de un cuerpo que ya no le pertenecía. Él solo la miró y sonrió.

Luego salió del agua, masturbándose para no perder la erección, y se paró frente a mí.

Yo no sabía si levantarme y correr o quedarme.

—Mírame a los ojos —ordenó—. Quiero ver cómo te conviertes en Sofía definitivamente.

Obedecí. Recorrí con la mirada desde el piso: sus pies fuertes, sus piernas tonificadas… dudé. Él repitió la orden. Seguí subiendo hasta quedar frente a su pene, a escasos centímetros de mi cara. Instintivamente abrí la boca. Él lo notó y volvió a decir:

—Mírame a los ojos.

Subí la mirada por sus abdominales y pectorales definidos hasta llegar a su rostro serio y poderoso. Cuando nuestras miradas se cruzaron sentí una explosión caliente en el pecho. Cerré los ojos… y sentí cómo, entre gemidos y jadeos, su orgasmo me llenaba el cuello y el pecho con semen caliente y abundante.

Tomó la falda de mi traje de sirvienta y limpió las últimas gotas.

Miró a mi esposa, me miró a mí, y con una risa leve dijo:

—Así me gustan las putitas… bien sumisas y obedientes.

—Limpia todo —ordenó con voz de mando.

Tomó a mi esposa en brazos y entraron juntos a la ducha.

Creí que esa noche terminaba ahí.

Estaba equivocado…

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