Romántica, cínica y adicta. Dominación y sexo

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T. Lectura: 3 min.

La habitación del hotel que daba al mar estaba a oscuras y la única luz venía de una luna a medio dibujar. Él estaba allí, de pie, aguardando. Aunque no podía ver sus ojos, notaba el brillo de la ilusión. Su mano buscó mi mano y nuestros dedos se entrelazaron y una corriente de electricidad recorrió mi cuerpo. Necesitaba tan poco para excitarme cuando él estaba a mi lado.

De pronto, el sonido de un cohete subiendo escopetado en busca del cielo. De repente un fogonazo y el firmamento lleno de flores de colores. Los fuegos artificiales se reflejaban en la superficie de un mar en calma multiplicando la magia en dos espejos a un tiempo.

Su voz ronca pronunció un adjetivo.

—hermoso.

Sí, era hermoso estar allí, con su brazo alrededor de mi cintura.

El espectáculo continuó.

Distraída, apoyé mi mano en sus nalgas y apreté con suavidad.

Aguardé.

No tardó mucho en responder.

Su mano posada en mi culo, empezó a amasarlo.

—¿Qué tocas? —le dije susurrando.

—Nada. —respondió sonriendo.

Fui a decir algo, no me acuerdo qué, pero al abrir la boca en lugar de palabras encontré sus labios y me olvidé de respirar.

Mi lengua solo quería explorar y saborear su boca.

De repente sentí frío.

La oscuridad estaba todavía allí.

Pero la cálida brisa era ahora un soplo frío de aire acondicionado de salón minimalista.

El sabor de mi boca amargo.

Y mi culo, que tanto había gozado con aquel masaje improvisado y secreto, era ahora un trozo de piel encarnada que escocía. Desnuda, con las nalgas magulladas, tumbada boca abajo sobre un sillón de cuero marrón mientras las lágrimas se secaban en mi rostro.

Y lo peor es que mi sexo reaccionó con deseo, los pelos de mi vagina pegajosos, el fluido de un placer que se manifestaba con ansia salvaje. Mi mano encontró la entrepierna y mis dedos se hundieron sin importarme lo más mínimo toda aquella exhibición obscena.

Sí, de repente la realidad me había arrebatado el recuerdo de cuando tenía fe en el romanticismo.

Estaba en una jaula de oro. En casa de un adonis de postal.

Y era culpa del tipo con el que vi el lienzo de luz desde aquella ventana. El me abandonó de forma cruel. Seis meses de rutina, el maldito trabajo, la maldita promesa de promoción.

Él me puso los cuernos cuando dejó de luchar por mí. Cuando ante mi enésima negativa a ver el amanecer dejó de creer en la pasión. Cuando una noche más, tarde, muy tarde, llegaba a casa rendida y sin ganas de hacer el amor.

Le dije que tenía a otro, sí, quizás eso ayudó. Le mentí para hacerle daño y me creyó.

Y entonces, un día, le pillé besando a mi mejor amiga. Un pico.

Creo que le insulté, quizás intenté golpearle. El caso es que no le hablé más.

En mi mente les vi desnudos, follando. En mi imaginación le vi besando el culo de esa zorra. Frotando su pene de perdedor entre dos tetas.

Y no quise quedarme atrás.

Mi jefe era un cabrón, pero no fue él, fui yo.

Y aquella tarde, en su despacho. Me cogió por detrás. Me enculó, me dio con todo hasta que sacando la verga de gigante del último agujero en la que la metió, mi ano, regó mis nalgas con su semen.

Después de eso, sin dar explicaciones, me fui de la que había sido mi casa.

Mi jefe tenía una jaula de oro y podía vivir allí a cambio de algo tan barato como el sexo.

El sexo y algo más.

Oí sus pasos y mi corazón comenzó a latir en una mezcla de miedo y anticipación.

—Eres una guarra. —dijo.

Esperé un azote, como otras veces, pero no me lo dio.

Se acercó a mí, se agachó a mi lado, y me comió la boca.

Luego, dándome la espalda, se bajó los pantalones y los calzoncillos y acercó su ano a mi rostro.

Saqué la lengua y lamí el ojete.

“Sabe a pedo.” pensé.

Y el pensamiento se transformó en gas.

Ruidosa, maloliente, la ventosidad se escapó adrede del culo de mi jefe y se coló por mis fosas nasales haciéndome toser violentamente. En mi boca, el sabor amargo, se volvió más intenso.

—¿Te ha gustado corazón? —dijo el muy guarro riendo.

Mentí, le dije que sí.

Él se dio la vuelta y pude ver su pene colgando levantarse en pos de una erección fetichista, su rostro reflejando un deseo incontenible.

—¡Levántate!

Obedecí.

—En el rincón, mirando a la pared.

Caminé hacia donde me dijo y aguardé con la nariz tocando el muro, temblando.

Por un momento pensé en que me volvería a pegar. La sesión había durado mucho, azotes sobre su regazo, azotes con el cinturón, azotes y más azotes.

Estuve a punto de rogar, suplicar que no lo hiciera. Pero callé.

De pronto noté su aliento en mi cuello y cuando sus labios encontraron mi nuca, a pesar del miedo, gemí y noté el calor subiendo por mi vientre.

Él permaneció quieto un momento, aspiró el perfume de mi cuerpo y cogiéndome por los hombros giró mi cuerpo.

—Abre las piernas. —ordenó.

Separé los muslos y expuse mi sexo.

El agarró mi cintura, situó el pene en la “puerta de entrada” y me penetró con ímpetu.

Mis nalgas chocaron contra la pared mandando a mi cerebro una señal de dolor.

Aguanté.

Dos, tres, cuatro embestidas.

Grite, gemí a un tiempo. Mis piernas temblando y mi cerebro confundido, sin saber muy bien si la prioridad la tenían las protestas de mi trasero o los ramalazos de electricidad que ese miembro viril, invasor, estaba activando por todo mi cuerpo.

La mezcla se hizo adictiva, mi mente dejó de pensar con claridad. El orgasmo llegó y se ocupó de todo y lo ocupó todo.

Los días son monótonos. Vivo esperando el dolor y el gozo. La jaula de oro no tiene llave, ni candado, ni cerrojo… puedo escapar pero… ¿quiero?

Mi conciencia me dice que huya, que recupere la cordura, que vuelva a ser alguien.

Pero soy vaga, soy perezosa, soy una adicta al sexo.

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