Chocolate amargo, besos y sexo. Mi amiga

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El chocolate negro, puro, espeso aguardaba sobre la mesa de desayuno. Me gusta el sexo, no les voy a engañar, pero el chocolate me pierde. Pero no ese cacao dulce que gusta a todo el mundo, no, a mí me gusta el amargo, el adictivo, el que perdura en el paladar.

Créanme, ese sabor rivaliza con el sabor de un beso.

O eso creía.

—Jorge. ¿Solo piensas en el desayuno? —dijo desde la cama una mujer madura, tres años mayor que un servidor.

La mujer a mi lado no era una desconocida en absoluto, de hecho nuestra amistad no se cuenta en años, si no en décadas de antigüedad. Aquel verano, cuando estamos a punto de atravesar la barrera del medio siglo, decidimos darnos una oportunidad.

Sonia había tenido una vida más ajetreada que la mía. Hombres, también una mujer, habían ocupado un lugar en su lecho.

“¿Cuántos?” recuerdo que la pregunté un día mientras acariciaba su espalda desnuda como colofón al coito.

Me respondió contándome tres casos, si hubo más, solo ella lo sabe. La relación con una mujer, una compañera de trabajo, fue como respuesta a lo que ella llamó egoísmo del varón. Al parecer su pareja anterior se saltaba con frecuencia todos los prolegómenos e iba directo a eso, a metérsela.

“En ese sentido tu eres como una mujer” me confesó un día, “tú vas despacio y me pones calentita poco a poco…”

“¿Una mujer?” Le pregunté.

“No, no eres una mujer… eres como una mujer, pero con pene… me gustan los penes más que las vaginas”.

Pero el como convertí una amistad en algo más no fue un tema de penes, fue un tema del destino. No ocurrió en aquel momento pero definitivamente puso los pilares para que ocurriese un tiempo después.

Pedro, Sonia, Elena y yo decidimos vivir una aventura en la montaña. Era finales de enero y el frío estaba presente en todas partes. Elena, enfermera, insistió en que aparte de buenos abrigos y botas de montaña apropiadas llevásemos un pequeño botiquín con nosotros. Tiritas, vendaje, paracetamol, alcohol e incluso una jeringuilla y una solución de Nolotil inyectable.

Hablo por mí, pero creo que a lo máximo que llegábamos todos, con excepción de Elena, era a poner una “tirita”. Aquello era exagerado de todas maneras, ya que nuestro cuartel era una casa rural con todas las comodidades y la intención era hacer escapadas de pocos kilómetros alrededor.

Todo ocurrió el sábado por la tarde, eran cerca de las seis y el cielo estaba relativamente claro. Habíamos terminado de comer y la mayoría estábamos un poco cansados. El plan era estar en la casa, de sobremesa, al abrigo de la lumbre que crepitaba en el salón.

—¡Me voy a ver el riachuelo! —anunció Sonia.

—¿Ahora? Eso está como a una hora de aquí. —respondió Pedro suprimiendo un bostezo.

Los demás dijimos cosas parecidas para disuadirla, pero Sonia, tercamente, se empeñó en llevar a cabo el plan.

—Me voy yo sola, no hace falta que os preocupéis.

Yo no quería ir, estaba en plan vago, pero la idea de dejar a Sonia caminando sola por la montaña no me tenía tranquilo.

Le insistí una vez más.

—No es buena idea ir sola.

—Bueno, siempre podéis venir conmigo.

Suspiré y cedí.

—Está bien. Iré yo.

Nadie más se unió al plan y, de alguna manera, aquello me gustó. Sabía que Sonia estaba con alguien y aun así, me gustaba su compañía.

La ida fue bien, pero mientras estábamos en el dichoso riachuelo, el cielo empezó a cambiar y a llenarse de nubes negras. Creo que perdimos unos minutos preciosos cuando optamos por permanecer en ese sitio un ratito más.

La tormenta apareció de repente con un estruendo que daba miedo. El viento y una lluvia helada desataron su furia sin piedad. Caminamos entre árboles y rocas y nos perdimos. El móvil sin señal.

—Es por aquí. —dijo Sonia apretando el paso.

De repente ocurrió lo peor, un tropezón, un golpe en la rodilla. Sonia cayó cuesta abajo.

Sin pausa, pero con cierta cautela para no correr la misma suerte, alcancé a mi compañera de aventuras.

Sonia intentó ponerse en pie, caminar, pero el dolor la hizo llorar.

La lluvia, que había reducido su ímpetu durante unos segundos, recuperó su intensidad.

Caminé alrededor y por fortuna, a los pocos minutos, hallé lo que parecía una cueva. Dejé mi mochila, regresé y cogiendo a mi compañera al peso, la llevé dentro.

—¿Te duele? ¿Es el tobillo? —la interrogué mientras tocaba su frente con la palma de la mano.

—El tobillo y la rodilla.

—Tienes la frente caliente.

—La rodilla… —repitió llevando la mano a la zona.

—Necesitaría verla. —comenté.

Sonia dudó un momento pero luego se llevó la mano al botón de los pantalones y se los bajó.

Sus piernas eran bonitas, pero enseguida me fijé en la herida abierta y sucia. Saqué de la mochila el botiquín y abriendo el alcohol me dispuse a echarlo para limpiar la zona.

—Puede que pique un poco. ¿Estás lista?

Ella asintió y apretó los dientes mientras que el líquido iniciaba la batalla con los gérmenes. Terminada la limpieza coloqué hasta tres tiritas intentando proteger la zona.

Sonia tiritó y tosió.

—Necesitas entrar en calor y me preocupa la fiebre. —dije

Sonia tragó saliva y me respondió.

—Quizás necesite ese nolotil, me duele.

Yo la miré. Nunca había preparado una inyección y mis conocimientos se basaban en videos de YouTube. Sin embargo, era yo o nadie y asentí.

—Gracias. —dijo.— también necesito, esto… orinar. —dijo quitándose del todo los pantalones.

La ayudé a ir hasta la salida de la cueva para que no forzase el tobillo y volví dentro para darle intimidad.

Fuera, la lluvia había cesado, pero el viento meneaba las copas de los árboles a su antojo.

Aprovechando que mi amiga estaba fuera y que el viento hacía ruido, me tire un par de pedos y me centré en preparar la inyección.

Sonia volvió a los pocos minutos, caminando en ropa interior.

“Seguro que ella también había soltado aire.” Pensé.

—¿Dónde? —Pregunté nervioso sujetando la temible jeringa con aguja en mi mano.

—Supongo que en el trasero será más sencillo—dijo la mujer ruborizándose.

Asentí tratando de dominar mis nervios.

Ella, de alguna manera, se puso boca abajo y tiró del elástico de sus bragas descubriendo medio culo.

Use algodón para frotar la parte superior del glúteo.

—Relájate —ordené con voz segura.

Sonia resopló.

—A la de tres, una.

Y clavé la aguja por sorpresa. Luego apreté con lentitud el émbolo y el líquido comenzó a penetrar dolorosamente en el músculo de mi compañera de aventuras. Por fortuna todo acabó en unos segundos.

—Ya está, —dije sacando la aguja y frotando la nalga.

—Gracias. —dijo Sonia subiéndose las bragas.

La tapé con mi cazadora.

—Deberíamos descansar aquí. —dije.

—Sin cazadora vas a pasar frio y yo tengo frío… quizás debiéramos darnos calor.

Me quité los pantalones y me pegué a su cuerpo de lado bajo los abrigos. Su cuerpo estaba caliente y el contacto de piel con piel despertó a mi pene. Sonia no rehuyó el contacto con la erección.

—Abrázame a ver si entro en calor. —dijo en voz baja.

Obedecí. Mis brazos alrededor de su tronco, justo debajo de sus pechos.

Tragué saliva.

—Tranquilo. Todo está bien. —me dijo antes de caer en brazos de Morfeo.

Lo principal de la historia acaba ahí. Realmente nunca llegamos a contar todo a nuestros amigos y solo después, hace poco, supe que todo aquel episodio había cambiado el modo en que Sonia me veía. Ya no era solo un amigo, si no alguien con quien había intimado y sobre todo alguien especial en quien poder confiar.

Después de eso vino lo de su separación, aunque los problemas con su hombre venían de lejos y la confianza se había resquebrajado hace mucho tiempo.

—¿No vienes a desayunar? —pregunté más por educación que por otra cosa. Conocía a Sonia y su independencia era algo con lo que aprendí a convivir.

—Voy a ducharme. —dijo

Suspiré.

—¿Por qué no te apuntas? —añadió.

Aquello me pilló por sorpresa. Hasta ahora nunca nos habíamos duchado juntos. No por mí, si no por ella, que parecía no tener confianza.

—¿Vienes o es que prefieres antes ese chocolate del que estás enamorado?

—Espera que lo pienso… es broma, voy. —dije

Sonia ya estaba en la ducha, en cueros. Cuando entré cerró la llave del agua y me observó.

—¿Qué miras? —pregunté

—A ti, venga desnúdate que tengo hambre.

—Me da vergüenza, no mires.

Ella levantó las cejas y puso cara de incredulidad y yo me desnudé.

—El pajarito se hace grande. —comentó en tono burlón sin apartar los ojos de mi pene.

Me acerqué.

Ella cogió gel y me lo echó en la espalda, el pecho, las nalgas y el miembro. Sus manos trabajaban rápidamente y mi cuerpo se estremecía.

Luego tomó la ducha, abrió la llave de paso del agua y aclaró mi cuerpo.

—Es mi turno —dije mirando con deseo sus tetas y sus firmes pezones.

—Un momento. Primero quiero hacer esto.

Se agachó poniéndose de cuclillas.

Agarró mi pene con la mano derecha y metiéndoselo en la boca comenzó a chuparlo como si fuese su polo preferido.

Gemí, apreté el culo y cerrando los ojos me dejé llevar.

El chocolate se habría enfriado, pero podía volver a calentarlo.

Al terminar con mi miembro me besó en la boca. Nuestras lenguas explorando y disfrutando del otro.

El chocolate caliente esperaba, puro, espeso, amargo, adictivo.

Pero el beso… aquel beso, besarse con Sonia, no tenía rival.

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