Mira, primero déjame describirme para que imagines bien la escena.
Tengo 23 años, soy blanquita de piel clara, de esas que se ponen rojas con solo mirarlas. Mido 1,65, cuerpo compacto pero con curvas en los lugares correctos. Mi orgullo es el culo — redondo, firme, levantado, el tipo de culo que hace que cualquier vestido se vea obsceno. Y arriba llevo unas tetas firmes, ni muy grandes ni muy chicas, perfectas para agarrar, con pezones rosaditos que se endurecen al instante con el aire acondicionado.
Esa noche en Río llevaba un vestido blanco cortísimo, sin nada debajo. El calor húmedo brasileño me tenía empapada, el algodón se pegaba a mi cuerpo volviéndose casi transparente, dejando ver la forma de mis tetas y el hecho de que no usaba ropa interior. Estaba en mi máximo esplendor — sintiéndome poderosa, provocadora, con el coño ya mojado anticipando lo inevitable.
La fiesta de funk retumbaba en un almacén cerca de Copacabana. Cuerpos sudados se apretujaban, el bajo vibraba en el pecho. Yo bailaba sola, moviendo las caderas, sintiendo cómo mi vestido se pegaba a mis nalgas cada vez que giraba.
Fue entonces cuando los vi.
Tres siluetas negras contra la barra. Altos, musculosos, con camisetas ajustadas que marcaban pectorales definidos y brazos gruesos. Pero lo que captó mi atención fueron sus miradas — hambrientas, depredadoras, fijas en mí como si ya me hubieran desnudado mentalmente.
El más alto se separó del grupo. Caminó con una seguridad que me derritió las rodillas. Sin preámbulos, sin “hola”, sin preguntar mi nombre — su mano grande y morena aterrizó en mi cintura y deslizó hacia abajo, agarrando mi culo con fuerza posesiva.
Hablaba portugués en mi oído, palabras que no entendía pero cuyo significado estaba claro: “vas a ser nuestra esta noche, blanquita”.
No recuerdo el trayecto a su apartamento. Solo recuerdo la puerta cerrándose y el sonido de las cerraduras.
Estaba arrodillada en el piso de madera fría cuando el líder –el alto– se bajó los pantalones. La verga que emergió me dejó sin aliento. Negra, gruesa como mi muñeca, venas azuladas marcándose bajo la piel, la cabeza morada y brillante, goteando líquido preseminal que caía pesadamente al piso. Era pesada, imponente, un monstruoso bate de béisbol que colgaba entre sus piernas.
Y no era el único.
Los tres se desnudaron frente a mí, formando un semicírculo de carne negra y erecta. Tres vergas gruesas, tres pares de ojos oscuros mirando hacia abajo, tres sonrisas de depredadores que habían encontrado su presa.
“Abre la boca, putita”, ordenó el alto en español roto.
Obedecí. Me agarró del pelo con fuerza brutal, tiró hacia atrás, y me metió esa cosa hasta el fondo de la garganta de una sola embestida.
Ahogué un grito que salió ahogado por la carne que me llenaba la boca. Mis ojos se llenaron de lágrimas instantáneamente, babas comenzaron a correr por mi barbilla, mi nariz goteaba. Me cogió la cara con ritmo salvaje, sin piedad, usando mi garganta como un masturbador humano. Sentía cómo crecía más adentro, cómo la punta golpeaba mi campanilla una y otra vez.
Cuando se corrió, fue profundo. Sin advertencia, sin sacarla empujó hasta el fondo y sentí cómo su semen caliente y espeso inundaba directamente mi garganta. Tuve que tragar para poder respirar, sentí el sabor salado y amargo bajando por mi esófago mientras él gemía encima de mí, sacudiéndose, vaciándose en mi interior.
Pero apenas había terminado de tragar cuando otro me agarró por los hombros, me dio vuelta como si pesara nada, y me puso de cuatro. Mi vestido estaba arrugado en mi cintura, dejando mi culo expuesto al aire frío del apartamento.
“Mirá ese culito blanco”, escuché que decía uno, y luego sentí un escupitajo húmedo caer sobre mi ano.
La penetración fue brutal. Sin preparación, sin delicadeza una sola embestida que me partió por la mitad. Grité, amiga, grité como nunca en mi vida porque sentía cómo mi coño se estiraba hasta sus límites absolutos, cómo esa verga negra y gruesa me abría, me llenaba por completo, tocando fondo de inmediato.
El dolor era intenso, ardiente, perfecto.
Me cogió con fuerza despiadada, sus caderas golpeaban mis nalgas haciendo eco en la habitación, sus manos negras agarraban mis caderas blancas dejando marcas rojas. Mis tetas firmes rebotaban violentamente con cada embestida, el sudor comenzaba a correr por mi espalda.
Y cuando pensé que no podía más, cuando ya estaba hecha mierda, jadeante, con el maquillaje corrido en ríos negros por mis mejillas… me prepararon para el evento principal.
Me colocaron en el centro de la cama como un trofeo. El más alto se acostó debajo de mí, posicionando su verga –todavía dura, todavía gorda– contra mi ano ya usado. Con un empuje lento y deliberado, se hundió en mi culo.
Chillé. Chillé como perra en celo porque sentía cómo me rompían, cómo ese agujero apretado cedía bajo la presión, cómo me llenaban de una manera que nunca había sentido. Pero no hubo tregua.
El segundo se paró frente a mí, agarró mi cabeza entre sus manos, y me metió su polla en la boca. Me ahogué, amiga, me ahogué en carne negra mientras intentaba respirar por la nariz, mientras él empujaba hasta que mi nariz tocaba su vientre, hasta que sentía su olor –a sudor masculino, a sexo, a hombre negro excitado.
Y el tercero se acostó a mi lado, metiendo sus dedos gruesos en mi coño ya usado. Tres dedos, cuatro, su puño completo casi, abriéndome mientras los otros dos me penetraban.
Ahí estuve. Conectada, llena, completa. Una polla negra en mi culo, otra en mi boca, dedos en mi coño. Podía sentir cómo se rozaban a través de mis paredes internas, cómo sus ritmos se sincronizaban, cómo me usaban como un simple recipiente para su placer.
Me cogieron durante horas interminables. Cambiaban posiciones sin sacarse de mí, moviéndome como muñeca de trapo. De mi boca a mi culo, de mi culo a mi coño, sin limpiar, sin importarles la suciedad, los fluidos mezclados, el desorden. Me volteaban, me ponían de lado, de espaldas, de bruces –siempre llena, siempre penetrada, siempre usada.
Me decían cosas sucias en portugués, en español roto. “Puta blanca”, “zorra argentina”, “culito de mierda”, “toma toda, perra”. Y yo gemía alrededor de las pollas, aceptando todo, pidiendo más con mis ojos llorosos.
Los orgasmos llegaron en oleadas. Sentí cómo mi cuerpo se contraía alrededor de ellos, cómo mis fluidos mezclados con los suyos creaban una humedad viscosa entre mis piernas. Me corrieron una y otra vez –chorros calientes que salpicaban mi cara, llenaban mi boca hasta rebalsar, inundaban mi coño y mi culo hasta sentir que me iba a salir por la garganta.
Era un desastre ambulante. Semen en mi pelo, secándose en mechones pegajosos. Semen en mi cara, brillante bajo la luz amarilla del apartamento. Semen saliéndome de ambos agujeros, corriendo por mis muslos blancos, manchando las sábanas.
Cuando desperté, el sol entraba vertical por la ventana. Habían pasado veinticuatro horas.
Estaba desnuda en medio de la cama, sola. El apartamento olía a sexo concentrado, a sudor, a semen viejo. Mi cuerpo gritaba –el coño hinchado, rojo, sensible al tacto, goteando una mezcla blanquecina de fluidos múltiples. El culo ardía, estaba tan abierto que sentía el aire frío entrando, todavía goteando semen espeso. La garganta ronca, rasposa, con el sabor permanente de verga negra impregnado en mi lengua.
Mi celular vibraba insistentemente en el rincón. Mensajes de mis amigos, llamadas perdidas, alertas de emergencia. Pensaban que me habían secuestrado, que estaba muerta en un rincón.
Sonreí.
Me levanté con cuidado, sintiendo cómo todo mi interior protestaba. Fui al baño y me miré al espejo –ojos hinchados de llorar, labios partidos y sensibles, moretones rojizos en mis tetas y muslos donde me habían agarrado con fuerza, el culo marcado con huellas de dedos. Pero mis ojos brillaban. Estaba satisfecha, completa, usada de la manera más perfecta posible.
Salí al living donde el más alto me esperaba, todavía desnudo, todavía erecto.
“Una más”, pedí, y él sonrió.
Me tomó de la mano, me llevó de vuelta a la habitación, y me puso de costado. Con su mano negra contrastando brutalmente contra mi piel blanca, me agarró de la cintura y se metió en mi culo destrozado despacito, centímetro a centímetro, haciéndome sentir cada parte de su invasión. Gemí como la puta que soy, amiga, gemí porque el dolor era divino, porque me sentía viva de la única manera que importa.
Se corrió profundo, inundándome una última vez, y sentí cómo su semen caliente se mezclaba con todo lo que ya llevaba adentro, cómo se escurría entre mis nalgas cuando finalmente se retiró.
Me duché en su baño, dejando que el agua caliente limpiara lo que podía. Pero el olor persistía –en mi piel, en mi pelo, en mi memoria.
Llegué al hotel a las diez de la noche, caminando raro, con la ropa arrugada puesta sobre cuerpo todavía húmedo. Mis amigas me abordaron en el lobby –¿dónde estaba?, ¿estaba bien?, ¿me habían hecho algo?
Me senté con cuidado en el sillón del lobby, crucé las piernas sintiendo el dolor delicioso en mi culo, y les dije la verdad:
“Me cogieron tres negros con vergas gruesas durante veinticuatro horas. Fui su puta, su zorra, su juguete. Y fue la mejor noche de mi vida.”
Se quedaron en silencio, boquiabiertas.
Yo solo me reí, me levanté con cuidado, y me fui a mi habitación a dormir. Soñé con pollas negras, con manos fuertes, con ser usada una y otra vez.
¿Te digo algo?
Valió cada maldito segundo. Cada dolor, cada moretón, cada gota de semen.
Y si alguna vez vuelvo a Brasil, me perderé de nuevo sin dudarlo.
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