Con mi hermano este último verano (2)

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Era una de esas noches de febrero en Buenos Aires en las que el calor no se iba ni con el aire acondicionado a full. Yo estaba tirada en el sillón de mi departamento de Palermo, con la tele prendida en cualquier boludez y el celular en la mano. Benjamín dormía en su cuarto. Desde que habíamos vuelto de Pinamar habían pasado casi tres semanas y yo no podía sacar a Facundo de la cabeza.

Cada vez que cerraba los ojos lo veía. La pija gruesa de mi hermano entrando en mí. La cara seria mientras me partía. El semen corriendo por mi muslo. Me despertaba empapada, con la concha latiendo, y me tocaba en silencio para no despertar al nene. Me metía dos dedos, a veces tres, y acababa pensando en él. No podía excitarme con nada más. Ni con porno, ni con fantasías viejas, ni con el tipo del gym que me tiraba onda. Solo con Facu. Mi hermano de diecinueve años que me había convertido en una puta de su pija.

No nos habíamos vuelto a ver. Pero el WhatsApp no paraba. Empezó con mensajes boludos. “¿Che, dormiste bien anoche?”. Después se puso más denso. Una noche, a las dos de la mañana, me mandó:

Facu: Estoy duro pensando en cómo me apretabas.

Yo: Contame.

Facu: Estoy tirado en la cama, con la pija en la mano, acordándome de cuando te la metí por primera vez. Estabas tan mojada que sonaba. Me acuerdo del olor de tu concha.

Me toqué ahí nomás, en el sillón, con las piernas abiertas y los dedos resbalando. Le mandé un audio jadeando bajito. Él me contestó con otro, gruñendo mientras se pajeaba. Acabamos casi al mismo tiempo, cada uno en su casa, pero sincronizados como si estuviera adentro mío.

Pasaron días así. Mensajes sucios a cualquier hora. Él me mandaba fotos de la pija dura, gruesa, con la cabeza brillante. Yo le mandaba de mis tetas apretadas, del culo levantado, de los dedos metidos hasta el fondo. Una tarde, me senté en el inodoro del baño del laburo y acabé leyendo lo que me escribía:

Facu: Esta noche me la voy a coger a Sofi pensando en vos. Voy a cerrar los ojos e imaginar que es tu concha la que me está devorando la pija.

Me dio un vuelco en el pecho. Celos. Claros, densos, ridículos. Pero igual me mojé más.

Dos días después me mandó el video.

Era de noche. Yo estaba en la cama, con el camisón cortito que todavía olía un poco a él. El mensaje llegó sin texto. Solo el video. Lo abrí.

Sofía de rodillas entre sus piernas. La cámara apuntaba desde arriba. Se veía la pija de Facundo, enorme, rosada, con las venas marcadas. Ella la agarraba con las dos manos y se la metía en la boca. Chupaba lento, babosa, bajando todo lo que podía. Facu le agarraba el pelo y le movía la cabeza. Se escuchaba el sonido húmedo y los gemidos de ella. Atrás de eso vino un mensaje:

—Esta es para vos, Georgi.

Me quedé mirando la pantalla con la respiración trabada. La concha se me contrajo sola. Me bajé la bombacha, abrí las piernas y empecé a frotarme el clítoris mientras lo veía. Sofía le lamía los huevos, le chupaba la cabeza, se la metía hasta casi atragantarse. Él le tiraba del pelo y le empujaba más adentro. Yo me metí dos dedos y los moví rápido, imaginando que era yo la que estaba ahí, que era mi garganta la que se llenaba. Cuando él empezó a jadear más fuerte y le dijo “tragámela”, yo acabé. Fuerte. Con los ojos cerrados y la boca abierta, mordiéndome el labio inferior para no gritar.

Después me quedé quieta, con los dedos todavía adentro y el celular apoyado en las tetas. Sentí los celos otra vez. Una punzada tonta en el pecho. Esa pija era mía. Esos gemidos. Esa forma de agarrarle la cabeza. Pero igual me toqué de nuevo, más lento, mirando el video otra vez hasta que se me secó la boca de tanto tragar saliva.

Le contesté solo con un audio:

—Hijo de puta. No sabés como me toqué

Él me mandó un audio de vuelta, riendo bajito:

—La próxima vez que te la chupe vos.

Y yo me quedé con esa frase dando vueltas en la cabeza días enteros.

La noche del after llegó sin aviso. Era jueves y en nene estaba con su papá. En la agencia habíamos cerrado un cliente grande y el jefe invitó a tomar algo. Terminamos en un bar de Recoleta hasta la una de la mañana. Tomé demasiado. Gin, cerveza, más gin. El cuerpo me pesaba y la cabeza me daba vueltas. Un compañero, Ezequiel, el de cuentas, se ofreció a llevarme. Vivía cerca. Acepté.

En el auto, mientras manejaba, me puso la mano en el muslo. Yo estaba borracha, caliente de días de no tocarme con nadie más que con mis dedos y los mensajes de Facu. Cuando paró frente a mi edificio me miró y se inclinó. Nos besamos. Lengua, saliva, manos. Él me agarró una teta por encima de la blusa. Yo le respondí un segundo… y después me aparté de golpe.

—No —dije, con la voz pastosa—. No puedo.

Él insistió un poco. Yo sacudí la cabeza, abrí la puerta y me bajé. Subí las escaleras tambaleándome. Entré al departamento, tiré la cartera en el sillón y me dejé caer en la cama sin ni siquiera prender la luz. El celular en la mano. El corazón me latía raro.

Marqué el número de Facundo.

Atendió al segundo tono. Voz ronca, de quien estaba medio dormido:

—¿Georgi?

—Vení —le dije. Solo eso. La voz me salió rota—. Vení ahora.

Hubo un silencio. Después:

—Estoy en casa.

—No me importa. Vení. Te necesito.

Colgó. Yo me quedé tirada, con la blusa desabrochada y la pollera subida hasta la cintura, esperando. Veinte minutos. Media hora. Escuché el timbre. Me levanté como pude, abrí la puerta y ahí estaba. Con una remera negra, jean y la cara seria. Me miró de arriba abajo. Yo olía a alcohol y a ganas.

Entró. Cerró la puerta y pasó la llave. Me agarró de la cintura y me besó como si me hubiera estado esperando semanas. Lengua profunda, manos en el culo, apretándome contra él. Sentí la pija dura contra el vientre. Me levantó y me llevó a la cama. Me tiró encima. Me sacó la ropa a los tirones. Blusa, pollera, bombacha. Me dejó desnuda y se sacó la remera. El pecho ancho, marcado. Se bajó el jean y los boxers de un tirón. La pija saltó libre, gruesa, venosa, ya completamente parada.

—Estás borracha —dijo.

—Y caliente. Cogeme.

Se subió encima. Me abrió las piernas con las rodillas y me penetró de una. Sin prepararme. Entró hasta el fondo de un solo empujón. Yo arqueé la espalda y solté un gemido, casi grito, largo. Me dolió y me gustó al mismo tiempo. Empezó a cogerme fuerte, seco, profundo. Las embestidas me sacudían toda. Me agarró de las muñecas y me las puso arriba de la cabeza. Me miraba a los ojos mientras me partía.

—Te extrañé esta concha —gruñó—. Está más apretada que nunca.

Me dio vuelta. Me puso de rodillas, con la cara contra la almohada. Me abrió el culo con las dos manos y me miró. Escupió. Sentí la saliva caer entre los cachetes. Después apoyó la cabeza de la pija contra el agujero más chico.

—Voy a entrar por acá.

—Dale —susurré—. Rompeme el culo.

Empujó lento. Al principio no hubo caso, la tiene demasiado gruesa y no aguanté el dolor, pero le dije que en el botiquín del baño había un frasco de aceite para el cuerpo. Lo fue a buscar. Me puso aceite en la entrada del ano y también se tiró un buen chorro en la pija. Me metió un dedo, después dos. Intentó de nuevo. La cabeza de la pija con forma de hongo me abrió completamente. Yo apreté los dientes y agarré las sábanas. Entró centímetro a centímetro, estirándome, llenándome de una forma que no había sentido nunca. Cuando estuvo todo adentro se quedó quieto un segundo, respirando fuerte.

—Estás re apretada, hermana.

Empezó a moverse. Primero suave, después más fuerte. El sonido era distinto. Más obsceno. Me agarró de las caderas y me embistió con fuerza. Yo gemía contra la almohada, con los ojos cerrados, sintiendo cómo me abría cada vez más. Me empezó a tocar el clítoris mientras me cogía el culo. Siguió hasta que sentí que se tensaba.

—Adentro —le dije—. Acabame adentro del culo.

Se clavó hasta el fondo y se descargó. Sentí los chorros calientes llenándome. Él gruñó bajo, apretándome las caderas con fuerza. Cuando terminó se quedó un rato quieto, con la pija todavía adentro, latiendo. Le pedí que la deje un ratito más adentro y me empecé a tocar el clítoris y a meterme los dedos. Acabé como una marrana. Después la sacó despacio. Sentí el semen espeso salir y resbalar por el muslo.

Me dio vuelta. Me besó. Más suave esta vez. Me acarició el pelo.

—Te extrañé, Georgi.

Nos quedamos abrazados. El cuerpo me pesaba de cansancio y de alcohol. Me quedé dormida con la cabeza en su pecho, sintiendo cómo le latía el corazón.

A la mañana siguiente me desperté primero. La luz entraba ya por la ventana. Facundo dormía de costado, desnudo, con una mano en mi cintura. La pija semi dura contra mi muslo. Me quedé mirándolo un rato. El pelo revuelto, la boca entreabierta. Me bajé despacio, me arrodillé entre sus piernas y le chupé la pija hasta que se puso completamente dura. Él se despertó con un gemido.

—Buenos días —dijo, con la voz ronca.

Me subí encima. Me acomodé y me la metí de a poco, sintiendo cómo me abría otra vez. Empecé a cabalgarlo lento, mirándolo a los ojos. Él me agarró las tetas y me las apretó. Me chupó los pezones. Yo subía y bajaba, más rápido cada vez. El sonido de mi concha mojada llenaba el cuarto. Cuando sentí que iba a llegar, me incliné hacia adelante y le susurré al oído:

—Acabame adentro otra vez.

Él me agarró del culo y empezó a empujar hacia arriba, encontrándose con mis bajadas. El ritmo se volvió salvaje. Acabé primero, apretándolo fuerte. Él me siguió segundos después, clavándose hasta el fondo y llenándome otra vez, esta vez en la concha.

Nos quedamos quietos, jadeando, con la pija todavía adentro. Él me acarició la espalda.

—Esto no se termina más —dijo en voz baja.

Yo apoyé la frente en su pecho y cerré los ojos.

—Ya sé.

Afuera, Buenos Aires seguía su ritmo. Yo me tenía que ir a trabajar. La vida misma. Pero adentro de ese cuarto, con el semen de mi hermano todavía caliente entre las piernas, yo solo pensaba una cosa:

Que venga lo que tenga que venir.

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