La mujer que ya no conocía (5): Lo que quedó entre nosotros

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La cabaña se acabó.

El matrimonio no.

Eso fue lo más extraño: volver y descubrir que nadie nos había cambiado el nombre en la puerta. Seguíamos siendo esposos. Seguíamos durmiendo en la misma cama, pagando las mismas cuentas, discutiendo por la misma toalla mojada en el piso. Y, aun así, nada pesaba igual.

Ella ya no se escondía igual.

Antes bajaba la voz si el tema se ponía íntimo. Ahora pedía las cosas con una claridad que a mí me dejaba sin aire en plena cocina. No siempre era una orden sucia. A veces era peor: una mirada larga mientras yo cortaba verdura. Una sonrisa chica cuando yo le alcanzaba el sal. Un “tráeme eso” dicho con la misma seguridad con la que en la cabaña me había puesto de rodillas. La recatada no había desaparecido del todo. Se había quedado a un lado, como una ropa que ya no le queda, y la otra mujer ocupaba cada vez más espacio sin pedir disculpas.

Yo la veía hablar por teléfono con su hermana, reírse, anotar la hora del almuerzo del domingo… y pensaba: esa boca me dirigió. Esa misma. Después ella colgaba, me miraba y me decía que faltaba detergente. Como si las dos versiones cupieran en el mismo cuerpo sin esfuerzo.

A mí no me cabían.

De día era el de siempre. Serio. Cerrado. El que responde mensajes tarde y no cuenta nada. En el trabajo nadie habría creído que dentro de esa camisa había otra persona esperando turno. Pero Sofía no se iba. Se quedaba en el cuello, en las manos, en la forma en que yo evitaba el espejo del baño de la oficina. El esposo quería llegar a casa y que todo fuera simple. Sofía quería que alguien lo volviera a nombrar. Los dos peleaban en silencio, y esa pelea me agotaba más que cualquier noche.

Empecé a tardar más en contestar.

A lavar los platos con demasiada concentración.

A quedarme dormido más tarde, no por deseo, sino porque al apagar la luz aparecían las dos voces.

Una decía: esto va a romper algo.

La otra decía: si fuera a romperse, ya se habría roto.

Cenábamos frente a frente. Hablábamos del clima, de un pago, de un dolor de espalda. Gestos de siempre. Y en medio de esa costumbre yo sentía un cansancio raro, de quien sostiene dos caras con las mismas mejillas. Ella, en cambio, parecía más liviana. Más suelta al caminar. Más segura al tocarme el brazo al pasar. Como si haber visto lo que soy de rodillas le hubiera quitado un miedo antiguo… y me lo hubiera dejado a mí.

Una tarde, sin que pasara nada, se detuvo en el marco de la puerta y me miró lavando una taza.

—A veces te veo así —dijo— y se me olvida. Otras te veo así… y no se me olvida nada.

No agregó más.

No hacía falta.

Esa frase se me quedó atravesada toda la noche.

Seguíamos siendo esposos.

Eso también era verdad. Me preguntaba si había comido. Me acomodaba el cuello de la camisa. Me buscaba el pie con el suyo debajo de la mesa. El cariño no se había ido. Se había vuelto más extraño, más denso, como si ahora cada gesto tierno trajera pegada una segunda lectura. Un beso en la frente podía ser amor. O podía ser la misma mano que después decide.

Yo quería que fuera solo amor.

Y me asustaba no poder asegurar que lo fuera.

Antes de dormir ella se dio vuelta, me miró un rato y preguntó, muy bajo:

—Cuando estamos así… ¿quién se acuesta conmigo?

Tardé demasiado.

—Los dos —dije por fin.

Ella asintió, como si esa respuesta le bastara. A mí me dejó peor. Porque decirlo en voz alta era admitir que ya no había un solo hombre en esa cama. Había uno que quiere proteger lo que tenemos… y otro que se arrodilla apenas alguien lo nombra.

Me besó como siempre.

Suave. De matrimonio.

Después apagó la luz y, ya en la oscuridad, agregó solo esto:

—Mañana hay que pagar el agua.

Y cuando llegue lo otro… no finjas que no lo estabas esperando.

Me quedé despierto.

Ella respiraba calma a mi lado, dueña de su cambio.

Yo, en cambio, sentía las dos personalidades sentadas en el pecho, empujándose, sin que ninguna ganara del todo.

Por fuera, al otro día, íbamos a seguir siendo esposos.

Por dentro, yo ya no sabía cuánto tiempo más podía cargar con los dos sin que se notara cuál de los dos estaba ganando.

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