El maestro de la penumbra

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T. Lectura: 8 min.

Entrar a ese exclusivo club swinger de la mano de un hombre como él era la única forma en que mi mente exigente aceptaría cruzar la línea de lo prohibido. Él es un veterano de ese mundo, un caballero impecable de barba perfecta, manos grandes y una seguridad imponente que me hacía sentir como una reina protegida en medio de la penumbra. Él sabía perfectamente que, aunque mi naturaleza es insaciable y ninfómana, en este ambiente yo era una completa novata. Pero lo que más le derretía el orgullo era saber que mi clítoris está en mi cabeza, y que él era el único dueño del mapa para encenderlo.

Caminamos hacia la zona VIP bajo el susurro de la música baja y el aroma a perfume caro mezclado con el deseo flotando en el aire. Las miradas de los señores educados de mentes perversas se clavaron de inmediato en la silueta de mi cuerpo, devorando el vestido corto que apenas me cubría. Mi maestro sonrió con una satisfacción absoluta; un Stag genuino que disfrutaba el espectáculo de ver cómo me deseaban.

Me sentó en un sofá de cuero oscuro, pidió dos copas de licor y se acercó a mi oreja con su voz ronca.

—Observa, mi reina… todos están saboreando tu elegancia. Se mueren por tocarte, pero saben que para aspirar a tu cuerpo, primero tienen que conquistar tu intelecto. ¿Estás lista para poner a prueba a tu primer alumno?

Un hombre alto y de traje impecable se acercó con cortesía, hipnotizado por mis tetas que se me asomaba en el escote.

—Buenas noches, ¿puedo sentarme con ustedes?

Giré mi rostro hacia mi maestro dándole un beso en la boca, en señal de aprobación; ya que antes de entrar escogimos unas señales para que él sutilmente supiera si me sentía cómoda o preferiría irme.

Mi maestro le dio una mirada de aprobación, invitándolo a sentarse frente a nosotros. Mi coño comenzó a humedecerse de la pura adrenalina psicológica. Quería liberar a la diabla que llevo dentro en ese lugar, pero el examen empezaba en mi mente.

Les confieso, el hombre me encantaba, y ese era el primer paso; pero temía que mis nervios me jugaran una mala pasada y mi cuerpo inmediatamente saliera a mi defensa y cerrara bajo llave a la ninfómana que llevo dentro.

—Disculpen, mi nombre es Maximiliano, pero me pueden decir Max.

—Un gusto en conocerte, Max —levanto mi mano para saludarlo, pero él inmediatamente la toma, dejándome un beso en el dorso, el cual me hace estremecer.

—Nunca te había visto en este lugar… —se queda esperando que yo le diera mi nombre.

—Gabriela, y mi pareja se llama Javier.

—Gabriela… nunca te había visto en este lugar.

—Voy a ser completamente honesta, Max: soy virgen en este ámbito. Me imagino que con esta confesión, soy carne fresca en este lugar.

—Jajaja —se ríen los dos hombres que me acompañaban en la mesa.

—Para nada eres carne fresca, Gabriela —respondió Max, bajando el tono de su voz a un registro profundo que me vibró directo en el vientre—. En este club no somos cazadores vulgares. Aquí somos caballeros que apreciamos las mentes complejas y exquisitas. Y una mujer con tu elegancia y tu mirada no es una presa; es un santuario.

Sus palabras dieron en el blanco absoluto de mi mente exigente. Sentí un calor delicioso descender hasta mi entrepierna, humedeciendo aún más mi coño. Max cruzó las piernas, acomodándose el traje impecable, sin quitarme los ojos de encima.

—Javier tienes una suerte inmensa —continuó Max, dándole un asentimiento de respeto a mi maestro—. Se nota en la firmeza de tus hombros que eres un Stag que sabe el monumento de Vixen que tiene al lado. Pero dime, Gabriela… si tuviéramos el privilegio de adorar tu cuerpo virgen esta noche, ¿qué tendría que hacer un hombre para convencer al candado de tu mente y liberar a la ninfómana que llevas dentro?

Miré a Javier de reojo y vi cómo se recostaba en el sofá de cuero, mordiéndose los labios con una sonrisa de puro orgullo y excitación al ver cómo Max me cortejaba intelectualmente. El juego del Stag genuino estaba empezando y a mí me encantaba ser el centro de atención.

—Para abrir ese candado, Max —susurré, inclinándome un poco hacia adelante sobre la mesa, dejando que mi escote se abriera un milímetro más ante sus ojos—, no te sirven tus trajes caros ni tus modales. Tienes que saber hablarle a mi intelecto. Mi deseo no se enciende en la piel; mi clítoris está en la cabeza, y hasta ahora, solo Javier ha sabido cómo tocar cada una de sus fibras. Si quieres tu turno en el menú, vas a tener que esforzarte más.

Max tragó saliva con dificultad, fascinado por mi audacia. Estiró su mano lentamente sobre la mesa y, con la punta de sus dedos, comenzó a delinear círculos invisibles sobre el dorso de mi mano limpia, sin romper el contacto visual.

—Eres una mujer muy interesante, Gabriela. Eres de las pocas que se ven en este lugar y eso te hace aún más atractiva. Acepto el reto de saber tocar esas fibras de tu clítoris mental —respondió Max con una mirada intensa.

—Así es, Max. Pero tienes terreno ganado: me encantas. Deseo con el alma que logres abrir ese candado y dejes salir a la mujer ardiente que llevo dentro. No lo sabes, pero a veces siento que es una batalla en contra el estar atrapada en este cuerpo demisexual.

Max guardó silencio por un par de segundos, asimilando la profundidad de mis palabras. Lejos de intimidarse, una sonrisa lenta y sumamente masculina se dibujó en sus labios. Estiró su mano sobre la mesa y acomodó con delicadeza un mechón de cabello detrás de mi oreja; el roce de sus dedos limpios me hizo soltar un jadeo suave.

—Eso no es una batalla en contra, Gabriela… eso es tu mayor superpoder —susurró Max, inclinándose tanto que pude respirar el aroma de su perfume premium—. El cuerpo demisexual de una mujer como tú es el filtro que aleja a los hombres ordinarios. Saber que tu ninfómana interna solo despierta a través del intelecto hace que desearte sea un arte. Yo no quiero tu trasero ni tu coño por un simple impulso físico; yo quiero profanar primero tu mente, ganarme el derecho de hacerte temblar con la palabra para que, cuando mis manos por fin recorran tu piel, tu cuerpo no se defienda, sino que se entregue por completo al fuego.

Mientras Max me acariciaba el alma con su labia perversa, sentí la mano grande y firme de Javier apretar con fuerza mi muslo por debajo de la mesa. Mi maestro me pegó un apretón posesivo, recordándome que él estaba allí, disfrutando en primera fila de cómo mi clítoris mental empezaba a estallar de la excitación.

Lo miré fijamente a los ojos, deseando con el alma que este hombre me devorara con un beso. Mi cuerpo estaba reaccionando por completo a sus estímulos mentales; era la señal clara de que, si continuaba de esa manera, se abriría la puerta para dejar salir a esa mujer que he llevado presa, y que hasta el momento solo Javier —desde mi última relación— ha sido el único en tener en sus manos la llave que mi ex dejó caer.

Max no esperó un segundo más. Mis palabras y la confesión sobre mi llave fueron el detonante que su hombría necesitaba. Se inclinó despacio sobre la mesa de mármol, acortando la distancia entre los dos, y me tomó suavemente de la nuca con sus dedos firmes.

Cuando sus labios rozaron los míos, mi cuerpo entero se estremeció. Fue un beso húmedo, lento, cargado de una posesión educada que me abrió el candado de la mente de un solo golpe. Max me devoró la boca, saboreando mi saliva mientras su lengua recorría la mía con una urgencia contenida. Gemí bajito contra sus labios, sintiendo cómo mi coño se inundaba por completo, desbordando un hilo de deseo que me bajaba por la entrepierna. La ninfómana atrapada por fin había salido a jugar.

Javier, sentado a mi lado en el sofá, no se quedó atrás. Al ver que el examen intelectual había sido aprobado, su orgullo de Stag genuino explotó en pura excitación. Con su mano grande, aprovechando que me había girado un poco, levantó el dobladillo de mi vestido corto, dejando mis nalgas al descubierto en la penumbra del club. Introdujo su mano libre por debajo de mi tanga roja, acariciándome los labios carnosos ya empapados, mientras contemplaba en primera fila cómo Max se adueñaba de mi boca.

—Mírate, mi perra demisexual… cómo te entregas cuando te hablan al cerebro —susurró Javier cerca de mi oído, dándome un palmada firme en mis nalgas que me sacó un jadeo profundo en medio del beso.

Max comenzó a acariciar mi cuerpo, llevando sus manos a mi espalda, y en ese momento me subí a su regazo para estar más cómoda y poder saborear sus besos. En ese instante me olvidé de Javier; no sé si está mal, pero en ese segundo deseaba con el alma a Max.

Comencé a desabotonar su camisa mientras lo miraba a los ojos con mi respiración agitada, deseando sentir el calor de su cuerpo junto al mío. Él inmediatamente me bajó las tiras de mi vestido, liberando mis teteros tensos con sus areolas oscuras, deseando ser chupadas por completo. Al tenerlas listas para él, se saboreó los labios mirándome perversamente mientras las agarró con fuerza con ambas manos. Arqueé mi espalda soltando un gran gemido y en ese instante pude ver a Javier tomando un sorbo de su whisky mientras disfrutaba del espectáculo que le estaba dando. Así que le respondí con una leve sonrisa, demostrándole que estaba disfrutando ser la protagonista de sus perversidades.

Max amasaba con fuerza mis tetas, mordiendo cada uno de mi pezones duros; me ardía cada uno en respuesta al juego que tenía con ellos. Desde que descubrí con mi ex que el dolor me excita, no he dejado de disfrutarlo con Javier y ahora con Max. Me voy directo a sus labios y le doy un beso apasionado, de esos que demuestran el hambre por el placer desenfrenado. Así que muerdo su labio inferior, estirándolo un poco mientras me restriego contra su entrepierna, que está dura y caliente.

—Si quieres, nos vamos a un sitio más privado, Gabriela —me preguntó Max, alejándome un poco.

—¿Hay algún problema si nos quedamos acá? ¿Rompo alguna regla? —le respondí sin dejar de moverme.

—Ninguna, solo que vamos a tener muchos espectadores. ¿No te incomoda?

—Para nada, me gusta exhibirme. ¿Cierto, cariño? —le hablé a Javier.

—Para nada, Max. A esta mamasota que tienes sobre tus piernas le encanta exhibirse. Así la conocí y llamó mi atención inmediatamente.

—Eres una cajita de sorpresas —Max, enredó sus dedos por mi cabello para acercarme a él y devorarme la boca.

Al rato me bajé de su regazo y me arrodillé en medio de sus piernas. Deslicé la cremallera en busca de esa verga gigantesca que sentía. Se me hacía agua la boca por descubrir ese pedazo de carne. Al encontrarlo, miré a Javier; él asintió con su cabeza y me fui de inmediato sobre él. De lo grueso que estaba, no me cabía totalmente en la boca.

Max, con su ayuda, me tomó por mi cabello y me ayudó a hundirme ese manjar hasta el fondo de mi garganta. Me ahogaba, mis lágrimas comenzaron a correr mi maquillaje y Javier solo me decía:

—Trágatelo todo, mi perrita… eres bien garocita, si no lo sabré yo cuando te comes el mío.

El calor en la penumbra del club se volvió insoportable. Me tragué su verga hasta el fondo una y otra vez, disfrutando de ese ahogo rico y del sabor rústico de su hombría, mientras las palabras de Javier resonaban en mi cabeza como un eco perverso.

Max ya no pudo contener la presión de mi boca húmeda; me dio un último empujón firme, se estremeció por completo y se desbordó hasta el fondo de mi garganta, dejándome la boca inundada con su lechita caliente. Me lo tragué todo sin pudor, saboreándolo con orgullo de Vixen frente a los ojos desorbitados de mi maestro.

Me limpié los labios con el dorso de la mano y miré a Javier con una sonrisa lasciva. Él dejó caer el vaso de whisky sobre la mesa, con su verga completamente rígida rompiéndole el pantalón, incapaz de aguantar más el espectáculo visual que le había regalado en el suelo.

—Ya fue suficiente preámbulo, Max —habló Javier con la voz rota por la excitación, dándole una palmada firme en el hombro—. Ya le devoraste la boca y te dio un banquete. Ahora quiero ver cómo te adueñas de ese culo espectacular que tiene.

Max asintió con una mirada salvaje. Me tomó por las caderas con sus manos grandes y me obligó a ponerme en cuatro sobre el sofá, ofreciendo mi trasero de cara a la penumbra de la zona VIP y ante los ojos de los espectadores que se habían acercado a observar. Javier se ubicó justo enfrente de mí, agarrándome por la nuca para que volviera a adueñarme de su verga palpitante, mientras Max, desde atrás, abrió mis piernas y alineó su estaca directo contra mi hoyito, la entrada más prohibida. Con el clítoris mental estallado y mi coño latiendo en puro fuego, me preparé para el impacto de dos vías en medio de las perversidades del club.

Sentí que escupió entre el medio de mis nalgas y después fue abriendo paso por ese canal tan estrecho. Al no poder gritar ya que tenía mi boca invadida por Javier, solo apreté mis con mis manos el borde del sofá.

Sentía como los músculos se expandían con ese ardorcito rico que se siente, así que llevé una mano para frotar mi clítoris y aumentar el placer.

—Se nota que te gusta que te cojan por el culo, entró sin dificultad. ¡Como aprieta de rico!…! Aah!

—Lo sabré yo —hablo Javier sin dejar de follarme la boca— que cada vez que ella me lo pide, la complazco. Cuando la descubrí en su clandestinidad, siempre me imaginé follarme ese culo mientras me masturbaba en la oscuridad de mi habitación. Ahora que la tengo, es mi plato favorito.

Seguían los dos dándome a dos tiempos sin parar. El chasquido de los fluidos y el choque de los huevos de Max en mis nalgas los podía escuchar a pesar de la música de fondo, junto con el susurro de las personas que se encontraban alrededor de la zona VIP, fascinadas con nuestro espectáculo de exhibición.

Max me poseía con un ritmo salvaje desde atrás, abriéndose paso por mi trasero, provocándome una tensión que me hacía estremecer el cuerpo, mientras me devoraba el pedazo de carne de Javier sin dejar de mirarlo a los ojos. Con mi mirada nublada y el coño latiendo en puro fuego, me entregué por completo al clímax.

Max no aguantó la presión de mis caderas en ese vaivén anal y, tras un gemido profundo, se desbordó por completo dentro de mis nalgas, dejando su leche ardiente en mis intestinos. Al mismo tiempo, Javier me tomó con fuerza del cabello y liberó todo su elixir en mi boca, dejándome con los labios hinchados y el labial rojo corrido.

Me bajé de ese sofá con el cuerpo resentido, pero con el orgullo en la estratosfera. Me limpié el maquillaje con delicadeza, me acomodé el vestido corto y tomé a Javier firmemente de la mano. Caminamos juntos hacia la salida, sintiéndonos los reyes de la noche; dejamos a Max con mi número, a los espectadores calientes en la penumbra y nos fuimos listos para regresar a nuestra propia cama a terminar de devorarnos.

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