Lo que se usa debajo (1)

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Los paquetes empezaron a formar parte de la casa.

No llegaban como una locura de fin de semana. Llegaban entre el pan, las cuentas y el uniforme planchado. Ji-soo los enviaba. Kim pensaba el golpe. Y mi esposa, cada vez más dueña, era quien decidía cuándo se abrían y qué se me ponía encima de la piel.

El primero todavía tenía tela suficiente para mentirme.

El segundo ya no.

El tercero parecía hecho para que yo lo sintiera todo el día y nadie más lo viera.

Ella los alineaba sobre la cama como quien ordena herramientas. Bodies que no cubrían. Hilos que se perdían. Portaligas que se marcaban si uno se agachaba mal. Prendas cada vez más chicas, más reveladoras, más pensadas para humillar en silencio. No para una foto todavía. Para el martes. Para el trabajo. Para que Sofía viajara conmigo debajo del hombre que los demás saludan.

—Esta —dijo un lunes temprano, sosteniendo un hilo casi inexistente—. Esta va debajo del uniforme.

El esposo quiso reírse, como si fuera una broma.

No pudo.

Porque ella no estaba bromeando.

Me hizo cambiarme en el baño, frente a ella. No hubo escena larga. Hubo instrucción. Piernas. Arriba. Quieto. Me acomodó la prenda con dos dedos, tiró un poco, comprobó que se clavara, y después me alcanzó la ropa de siempre como si me estuviera despidiendo a la oficina.

—Camina.

Caminé.

El hilo me partió el pensamiento en dos. Afuera iba a ser el de siempre: serio, cerrado, el que cumple horario. Adentro, cada paso me recordaba que Sofía había salido de la casa conmigo. La sumisión ya no empezaba de rodillas. Empezaba al cerrar la puerta y saber que yo no podía quitarme eso sin su permiso.

En el trabajo el día se volvió más largo.

Nadie lo notaba. Esa era la idea. Kim lo había pensado así: que la humillación fuera mía sola. Que yo conversara, contestara, firmara, y todo el tiempo sintiera la tela mínima, reveladora, ridícula, contra un cuerpo que de día no debería llevarla. Cada vez que me sentaba, Sofía se aparecía. Cada vez que me levantaba, el esposo pedía que parara. Los dos en la misma silla. Ninguno callado.

A media mañana ella me escribió. Poco.

“¿Todavía la llevas?”

Respondí que sí.

Tardé en escribirlo. Ese retraso también era sumisión. Pensar si mentía. Saber que no iba a mentir.

Al volver, me hizo quedarme de pie en la cocina, todavía con el uniforme. Ella llegó, metió la mano por la cintura del pantalón y comprobó. Solo eso. Una comprobación de dueña. Después me dio un vaso de agua y me preguntó qué íbamos a cenar, como cualquier esposa.

Ese contraste me agobió más que la prenda.

Porque el matrimonio seguía. El arroz, la tele baja, el “¿tienes frío?”. Y debajo, la certeza de que ella ya no pedía: administraba. Abría paquetes. Elegía lo más chico. Me mandaba al mundo con Sofía escondida, cada vez más expuesta para mí y más invisible para los demás.

El paquete siguiente fue peor.

Más pequeño. Más delicado. Más humillante. Una nota: que lo usara al día siguiente también. Que ella eligiera si me lo quitaba al llegar o me dejaba así hasta dormir. Kim detrás de esa idea. Ji-soo mandándolo. Mi mujer leyéndolo en voz alta, sin sonrojo, con esa seguridad nueva que ya le cambia hasta la forma de caminar por la casa.

Me miró por encima de la nota.

—Si te pregunto quién va a trabajar mañana —dijo—, no quiero que tardes.

Esta vez no tardé tanto.

—Sofía.

Ella asintió, contenta, y dejó la prenda doblada sobre mi uniforme.

—Entonces mañana sales otra vez con las dos. Ellos mandan la caja. Yo te visto. Tú te aguantas.

Me acosté con el esposo pensando en cómo parar los envíos.

Y con Sofía, más hondo, esperando ya el golpe de la puerta.

Entre los dos, la casa seguía siendo nuestra.

Solo que ahora, debajo de la ropa de siempre, el matrimonio tenía una costura que solo ella tocaba.

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