Noche swinger

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T. Lectura: 10 min.

El tintineo del cristal contra la madera de roble fue el único sonido que rompió el silencio repentino en el comedor. La cena entre las dos parejas había sido impecable y el Malbec ya iba por la segunda botella. La sobremesa fluía con la camaradería propia de quienes comparten una misma dinámica, hasta que la sumisa invitada decidió que la atmósfera estaba resultando demasiado civilizada.

Sentada junto a su propio amo, mantenía una postura de manual, pero la chispa altanera en sus ojos delataba su inconfundible naturaleza de brat. Se reclinó ligeramente en la silla de diseño, cruzó las piernas y dejó escapar un suspiro cargado de una decepción tan calculada como teatral.

—Es que, si somos completamente honestos, los dominantes en general son bastante nulos.

Soltó, con una sonrisa ladeada que era puro veneno y provocación. Dejó que sus ojos recorrieran la mesa antes de clavarlos en el anfitrión

—Mucha ropa negra, muchas joyas con símbolos mucho equipo caro, pero al final del día su imaginación se reduce al porno más básico.

—Una paleta, un fuste, nalgadas hasta que la piel cambia de color. Todo se resume a golpear un culo. Es predecible, sencillo, casi rutinario, para sesionar así me nalgueo sola.

El anfitrión no se alteró. Giró el tallo de la copa entre los dedos, observando el espeso rastro del vino en el cristal. Podía leerla perfectamente: arrogante, juguetona, buscando provocar una reacción y subestimando por completo a la persona que tenía enfrente. Para él, esa insolencia no era una molestia, sino una invitación de puertas abiertas. Y definitivamente iba a aceptarla.

—¿Casi rutinario? —preguntó él. Con un tono pícaro y controlado, que declaraba el inicio del juego.

—Dominantes básicos, “blanditos” —retrucó ella, alimentándose de la adrenalina de su propio desafío

—Y ni hablemos del sexo. La mayoría se cree el Marqués de Sade por exigir que te arrodilles y ordenar un poco de garganta profunda. Te agarran del pelo, te usan, y en el segundo en que acaban, se les baja la adrenalina. Pierden el interés y te dejan tirada.

El amo de la chica enarcó una ceja, visiblemente divertido por el nivel de atrevimiento de su sumisa, pero guardó silencio. La sumisa del anfitrión, en cambio, bajó la vista al plato, sabiendo muy bien qué clase de abismo acababa de abrir la invitada.

El dueño de casa bebió un sorbo de vino, paladeando la situación. La provocación era perfecta.

—Ay pobres, las dejan tiradas —repitió él, saboreando las palabras con una calma que bordeaba lo depredador

Sin darle tiempo a replicar, el anfitrión cortó el contacto visual y se puso de pie, alisando su ropa con una tranquilidad exasperante.

—Voy a preparar la siguiente ronda de tragos en la cocina —anunció, con su tono volviendo a una cortesía impecable, aunque cargada de autoridad— ¿Qué van a beber?

Su propia sumisa mantuvo las manos sobre el regazo y apenas levantó la vista, con la voz suave y medida.

—Agua con hielo, por favor, señor.

La invitada, en cambio, sostuvo la mirada de frente, negándose a ceder un centímetro del terreno que creía haber ganado.

—Un gin tonic. Que no sea suave, yo no soy “blandita”…

—Como ordene mi señora —respondió él en un tono burlón, acompañando sus palabras con una semi reverencia exagerada.

A continuación se dirigió a la cocina, maquinando su plan para desmoronarla sobre sus propias palabras. A los pocos segundos, los pasos pesados del otro dominante resonaron detrás de él. El invitado se apoyó en la barra de mármol de la isla, cruzándose de brazos con una sonrisa de complicidad mientras veía a su anfitrión sacar el hielo.

—Te vengo a dar una mano con las bebidas —dijo el invitado en voz alta y luego bajando la voz

—O a darte luz verde, lo que necesites primero. Está intratable esta noche. Viene pidiendo a gritos que le reseteen el sistema y le bajen los humos.

El dueño de casa dejó las rocas de hielo en los vasos y destapó la botella de gin.

—Tiene demasiada energía y subestima a quien no conoce lo suficiente. ¿Me cedés el control completo?

—Absoluto y sin restricciones —confirmó el otro amo, acomodándose en la banqueta— Hacé lo que tengas que hacer, desarmala y rearmala como quieras. Yo me voy a encargar de la tuya. Hace rato que quiero usarla, y creo que a tu sumisa le va a resultar una experiencia muy excitante que me la coja ahí mismo, mientras te mira trabajar con la mía.

—Me parece un esquema de trabajo perfecto —asintió el anfitrión, sirviendo el agua mineral para su chica y preparando el trago fuerte para la insolente.

Mientras el otro dominante preparaba dos campari orange para ellos, el dueño de casa empezó a moverse por la cocina con un propósito distinto. Abrió una de las puertas de la despensa y sacó un puñado de maní duro, de cáscara rugosa, colocándolo en un cuenco pequeño de madera. Después, recogió de la mesada seis tapas de chapa de las cervezas que habían tomado al principio de la velada y de un cajón cinta industrial.

El otro dominante enarcó una ceja, observando el extraño conjunto de objetos que se iban apilando junto a los vasos de cristal. Su curiosidad se convirtió en una sonrisa oscura cuando vio al anfitrión estirarse hacia la parte superior de la alacena para descolgar una fina y dolorosamente flexible vara de ratán.

—Tengo que admitir que no sé qué tenés planeado con todo eso —murmuró el invitado, soltando una carcajada baja y ronca—, pero casi me está dando lástima.

—No le tengas lástima —respondió el anfitrión, acomodando el cuenco, las tapas de chapa y la cinta en una bandeja junto a los tragos, mientras sostenía la vara en su mano libre

—Se quejó de que golpear un culo es rutinario y básico. Vamos a darle una clase de artesanía antigua. ¿Querés llevar los vasos, así yo llevo la educación?

Los dos hombres regresaron al salón. El invitado se dirigió directamente a la mesa ratona para dejar los tragos, mientras el anfitrión se detuvo frente a la chica insolente, dejando la bandeja sobre un mueble auxiliar.

—Vení. Sentate acá —le ordenó el dueño de casa a la sumisa brat, señalando el borde del sofá principal.

Ella, sin tener tiempo de tomar su recién obtenido gin tonic, obedeció, con esa sonrisa de suficiencia aún intacta, esperando el siguiente movimiento.

—Te voy a contar un poco de historia mientras el espectáculo empieza  —continuó el anfitrión. Dejó la vara de ratán a un lado y tomó el rollo de cinta industrial junto con las tapas de cerveza.

Cortó dos tiras gruesas y plateadas. Con precisión clínica, adhirió tres chapas en el centro de cada tira, con los bordes dentados y filosos apuntando hacia arriba. Antes de que ella pudiera procesar del todo el mecanismo, el hombre se arrodilló frente a ella y le separó las rodillas. Pegó la primera tira en la cara interna del muslo derecho, asegurando que el metal raspara directamente contra la piel más sensible. Luego, repitió el proceso en la pierna izquierda.

Instintivamente, al sentir el filo frío, ella intentó juntar las piernas. El metal se clavó de inmediato en su propia carne y un jadeo de sorpresa se escapó de sus labios, obligándola a volver a abrir las rodillas.

—Ciertos monjes en la época medieval usaban instrumentos con esta misma función llamado “cilicio” como método de expiación —explicó él, con una voz suave y profesoral— Es una muestra de ingenio brillante. El castigador no necesita hacer ningún esfuerzo; el trabajo lo hace tu propia anatomía. Cada vez que intentes moverte, buscar alivio o relajar la postura, el metal te va a morder.

Mientras el anfitrión daba su lección, el otro dominante ya había comenzado a trabajar. Se paró detrás de la sumisa del dueño de casa, que seguía con la mirada baja y las manos en el regazo.

—De pie —le indicó el invitado con voz ronca.

Ella se levantó al instante. El hombre le enredó una mano con firmeza en el cabello, tirando su cabeza hacia atrás para exponerle el cuello, y comenzó a besarla con una posesividad brutal. Sus manos libres recorrieron el cuerpo de la chica, deslizando la tela para dejar su piel al descubierto. La respiración de la sumisa se agitó, emitiendo un leve gemido de sumisión mientras se rendía por completo a la fuerza de un amo ajeno.

El anfitrión ignoró los sonidos que empezaban a calentar la sala. Tomó el cuenco de madera y volcó el maní sobre la alfombra dura, formando una pequeña y concentrada mancha de cáscaras rugosas en el suelo.

—Al piso —le indicó a la brat, señalando los maníes— De rodillas. Exactamente sobre ellos.

Ella miró el suelo, tragando saliva. La sonrisa altanera había desaparecido. Al bajar y apoyar su peso, las rótulas se comprimieron contra los bultos duros e irregulares. Un quejido agudo le cortó la respiración; el dolor fue punzante, instantáneo y profundamente invasivo.

—Espalda recta. Y las rodillas separadas —le ordenó el anfitrión, acomodándose en un sillón individual justo detrás de ella— Vas a mirar el espectáculo en primera fila, y no vas a mover un solo músculo.

Frente a ella, el invitado ya había posicionado a la sumisa anfitriona, sentándose él en el sillón y colocándola a ella arriba de suyo, alternando caricias con chirlos en la cara interna de los muslos, cada vez más cerca de la vulva. El sonido de la piel chocando y los gemidos ahogados y anhelantes de la chica llenaban el ambiente. Un trato que ahora a la brat le parecía deseable al lado del tormento que ella misma se había conseguido

La brat arrodillada empezó a temblar. El dolor sordo y agudo en las rodillas se volvía insoportable con cada segundo que pasaba, pero el ardor latente del metal en sus muslos le impedía cambiar de postura para buscar alivio. Estaba acorralada en su propia piel.

Fue entonces cuando sintió la vara de ratán deslizarse con suavidad bajo sus empeines. El anfitrión levantó sus pies por los tobillos hasta dejarlos suspendidos. Apenas apoyando la punta de los dedos en el piso, aplicando a las rodillas aún más presión contra los maníes y dejando las plantas expuestas.

—Bueno, tenés razón, soy muy básico solo me ocurrió varazos en la cola … —Dijo el Dom, tomando la vara posicionándose para azotarla.

La brat cerró los ojos y apretó los dientes, tensando los glúteos en anticipación al impacto, preparándose mentalmente para el ardor predecible en la piel que ya conocía.

Pero el golpe nunca llegó ahí.

El ratán cortó el aire más abajo, con un silbido agudo, y estalló con un chasquido seco y brutal directamente contra la planta expuesta de su pie derecho.

—Uno —contó él, impasible.

El grito de la chica le desgarró la garganta. La sorpresa del impacto rompió todas sus defensas de golpe. Al contraer el cuerpo por el dolor abrasador en el pie, hundió de lleno las rodillas sobre los maníes rugosos, y las chapas del cilicio improvisado se clavaron sin piedad en la piel sensible de sus muslos.

¡Crack! —Dos.

¡Crack! —Tres. —Cuatro. —Cinco.

Sin darle tiempo a recuperar el aliento ni a procesar el tormento, la vara cambió de objetivo y descargó su furia calculada sobre la planta del pie izquierdo.

—Seis. —Siete. —Ocho. —Nueve. —Diez.

La brat sollozaba con la respiración rota, temblando de pies a cabeza. Estaba atrapada en un circuito de dolor perfecto, donde cada espasmo involuntario para escapar del fuego en las plantas de sus pies activaba la tortura de las rodillas y el filo en sus piernas.

El anfitrión dejó caer la vara sobre la mesa. Dio un paso al frente y, enredando los dedos con fuerza en el cabello de la chica, tiró de su cabeza hacia atrás y luego la empujó hacia abajo, obligándola a caminar con las rodillas hasta ponerse frente a su entrepierna. Un movimiento que estremeció cada punto de dolor ahora creado en su cuerpo.

Pronto se vio recorrida suavemente por las manos de su castigador, quien le quitaba tanto los manos que habían quedado pegados a su rodilla como las cintas que tan cruenta tortura le propinaran a sus muslos.

—A ver, si no me equivoco la secuencia era, garganta profunda, perdida de interés, dejar tirada?

Acariciando la nuca de la sumisa con una falsa ternura mientras la obligaba a someterse y abrir la boca.

—Cierto que desconsiderado que soy, no pudiste tomar tu trago. —Dijo con una sonrisa maliciosa que delataba otra maquinación perversa.— No desperdicies ni una gota…— Le ordenó, mientras vertía el contenido del trago en la base de su pene a media erección de modo tal que el líquido se escurría hasta gotear por su glande.

Ella diligentemente recogía cada chorro intermitente que él dejaba caer. La escena era tanto para los partícipes como para los espectadores un deleite de fantasía que dejaba volar la imaginación a algo más tabú. En cuanto el trago se agotó, con una lentitud que no anticipa nada bueno dejo el vaso en la mesa, y procedió a formar una cola de pelo a cada lado de la cabeza, y agarrando con fuerza enterró de un solo golpe toda su hombría en la garganta de su víctima.

Ella aguantó estoicamente esta primera incursión, pero a medida que se fue dando cuenta que él ritmo que él marcaba era implacable. Y que ahora algo tan normal como el aire pasaba a ser un privilegio, entendió que estaba en serios problemas.

Su baba empezó a correr por su cuello, los sonidos de la penetración profunda y violenta se volvían cada vez más intenso. De sus ojos brotaron lágrimas y su nariz empezó a taparse como resultado de estar atragantada.

Los escasos momentos en que por bondad o quizás una calculada malicia, lograba respirar no le alcanzaban a suministrar suficiente aire para recuperar el perdido. Y más bien sólo servían para prolongar su sufrimiento.

Fueron 10 minutos brutales, en donde antes había un rostro exquisito adornado de un sensual maquillaje, ahora solo se encontraba una cara totalmente roja, con maquillaje corriendo hacia abajo y ojos suplicantes.

Cuando finalmente la soltó, recibió una orden que apenas pudo razonar para cumplirla.

—No corras la cara, cerrá los ojos y no abras la boca.

Uno detrás de otro impactaron en su cara los chorros de semen, que completaron la imagen de su cara con el último toque que le faltaba.

Una enorme excitación la embriagaba, el maltrato sufrido había explotado su vena más masoquista y llevándola poco a poco a un estado de total entrega. Cuando recibió su siguiente orden no dudo ni un instante en acatarla.

No hubo mano que la guiara ni que aplicar ningún castigo. El saber del sadismo del que era capaz aquél hombre sólo para su disfrute le hacía temer hasta que limites llegaría para un castigo.

—Acostada paralela a mis pies.

Sin ver, solo guiándose por la posición en la que ya se encontraba, se acomodó como pudo en la posición ordenada. De inmediato sintió el ruido de la cinta siendo estirada. Y como unas decididas y precisas manos ataban cada una de sus muñecas a su respectiva rodilla.

Recién en esta posición y ya con un poco de aire recuperado. Pudo notar que mientras ella sufría su dominante y su amiga y anfitriona se encontraban enfrascados en una penetración que no podía ver pero que claramente distinguía por los cada vez más fuertes gemidos de ambos. Hasta que ambos llegaron al clímax en medio de grandes gritos de su compañera de rol.

—Bueno la garganta profunda ya está, y tirada estas, y sos la única que no obtuvo un orgasmo acá. Odiaría darte la razón así que vamos a hacer algo al respecto.

Sin ver ella que estaba pasando, empezó a escuchar varios ruidos. Por un lado con gestos rápidos que solo da la complicidad de una amistad, su dominante le había indicado a su amigo que estaba muy entretenido con lo que estaba haciendo con aquella altanera.

—Anda y volvé gateando a la cocina, trae dos tragos sobre la espalda, que no se te caiga ninguno o esta noche termina con 20 azotes. —Le dijo su dominante a la anfitriona que hasta hace unos momentos estaba penetrando furiosamente.

Se escuchaban los ruidos de ida y vuelta pero ella no podía concentrarse, el semen seguía aún en su rostro, y el olor se hacía cada vez más penetrante. Los ruidos que su verdugo estaba haciendo ya los había perdido.

¡Crash! Un ruido de vidrio roto, cortó el ambiente.

—Una sola tarea tenías y no pudiste hacerla, por lo menos se te rompió un vaso y no dos. Podríamos decirte que sos solo medio tonta. —Escuchó que su amo le decía a su desdichada compañera.

—Perdóneme señor, acepto cualquier castigo que quiera darme por esta falta.

—¿Como cualquier castigo? Ya te dije cual era el castigo, claramente sos totalmente tonta, y por eso van a ser 40 azotes, espera que te corramos los vidrios y nos aseguremos que es seguro y apurate a traer el trago que tiraste antes que sean 80 los azotes.

—Toma vos el trago que no tiró, yo justo estoy con esto —dijo el anfitrión y procedió a verificar qué tan mojada estaba la mujer atada a sus pies, encontrándose con la grata sorpresa de que todo el tormento la había excitado al máximo.

Un acto que de inmediato inició en ella una necesidad de sentir más. Las ganas de rogar que la masturbara aunque sea la desbordaron. Pero ya había aprendido que hablar podía jugar en su contra y que estando tan indefensa como estaba, se encontraba en un punto en el que solo podía dejarse hacer. Aprovechando que ya se encontraba lista y los evidentes gestos de placer que se marcaron en su rostro, le introdujo un pequeño objeto de silicona en la vagina que ella no logró determinar que era exactamente pero que ya intuía que podía ser. Hecho que arranco de la boca de ella un fuerte gemido.

A continuación ambos dominantes procedieron a divagar sobre diversos temas, sin prestar atención alguna a su estado.

El hombre que actualmente la controlaba, procedió a sentarse apaciblemente en el sofá, quitarse zapatos y medias y a pasarle la planta de su pie izquierdo desnudo por la cara. Esparciendo así el semen por su rostro y liberando más fuertemente tan penetrante aroma.

—Vas a lamer mi pie y a dejarlo limpio —Dijo y acto seguido encendió el vibrador que había colocado en la vagina de su víctima.

Sobrecargada por la sensación de sentir por primera vez en la noche un placer tan intenso en su vagina, arqueo su espalda y dejo escapar un segundo gemido de su boca. Sonido que fue rápidamente acallado por el pie que tenía en su rostro aplastándola aún más contra el piso. Presurosa procedió a lamer lo poco que alcanzaba del pie como signo de sometimiento y medio de pedir perdón por su falta de control. Obteniendo a cambio una tenue liberación de la presión y volver a ser refregada un poco más. Durante 3 minutos se mantuvo lamiendo ese pie.

Cuando por el cansancio frenó por un instante, inmediatamente recibió un fustazo a la altura de su clítoris. Arrancando esta acción un grito profundo, falta inmediatamente castigada con una ráfaga de dos latigazos seguidos. Ante los cuales para evitar devinieran en más castigo, ahogo en un grito con los dientes apretados.

Hecho que de nada le valió, ya que su reacción inicial fue todo el combustible necesario para motivar a quien era su fuente de placer y dolor en ese momento a intensificar su trato. Un ritmo desenfrenado de subidas de velocidad acompañadas de un fustazo que las anticipaba. Terminaron por mermar su resistencia.

La combinación de sometimiento, dolor, humillación y placer fueron demasiado para ella. Haciéndola explotar en un orgasmo que tensó cada fibra de su cuerpo y la hizo retorcerse y revolcarse en todas direcciones.

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