Mi segundo cliente como escort

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T. Lectura: 3 min.

(Una mezcla rara de cosas)

Hola, mi nombre es Valentina y tengo 20 años.

Les cuento cómo soy para que se hagan una idea: morenita clara, delgadita, coqueta, cabello negro largo, piernas largas y con un culito rico y durito, talla 7, en su lugar. De buen talle, es lo que dicen: sin marcar abs, pero durita, y unas tetas lindas en su lugar. Me encanta andar siempre depiladita.

Esta es la segunda parte de mi historia como escort.

Mi segundo cliente estaba por llegar, así que tenía que cambiarme y arreglar un poco el cuarto. Tenía más ropa para ir cambiando y tener más opciones. Me puse una lencería ajustada, transparente, negra, con tirantes finos, de una sola pieza. Me sentía tan sexy que me calenté con solo verme al espejo. Me arreglé el maquillaje y estaba lista.

Me estaba fumando un cigarrillo en la terraza cuando tocaron la puerta. Me había puesto la minifalda negra de cuero y abrí. Era un hombre de más o menos 1,90. Era alto; yo soy de estatura normal, de un metro setenta, así que era más de una cabeza más grande que yo. Tenía 65 años y, cuando entró, tenía un regalo para mí.

—¡Hola! ¿Cómo estás?

—Bien, ¿y tú? —le dije.

—Un gusto en conocerte —respondió, y me dio un beso en la mejilla.

Traía una botella de champán. Me dijo que quería una hora conmigo. El regalo era unos chocolates.

Era un hombre bastante moderno para su edad: vestía un traje negro y se veía bien cuidado. Me dio el dinero acordado y, cuando comenzamos, sacó un polvo blanco de su bolsillo. Yo nunca había probado drogas y tampoco quería hacerlo, pero él lo hizo frente a mí.

Me empezó a acariciar y, cuando le empecé a quitar la ropa, él me besó tan rico y sucio que no podía esperar a que me lo metiera en mi vagina mojada, que ya estaba palpitando sin parar.

Me puso en cuatro, colocó el polvo blanco en mis nalgas y lo inhaló. Se sintió prohibido, pero eso me calentó más. Me volteé, le bajé los pantalones y salió una verga erecta y gruesa. Tuve miedo de que no me entrara ni en mi vagina ni en mi boca. Le empecé a dar la mejor mamada mientras gemía; mi vagina se mojó al instante. Él gemía y me cogía la boca con un ritmo rápido, pero con la amabilidad suficiente para dejarme respirar.

Cuando me levanté, me volvió a besar aún más sucio, y eso me encendía más y más. Me dijo que me quería nalguear, entonces puse mi culo a su disposición. Mi cuerpo era de él. Estaba a su merced. Me la metió suave; él sabía que la tenía grande. Mi vagina se estaba acostumbrando a esa verga deliciosa. Cuando ya entró completamente, empezó a bombear: al principio suave y después no había quien lo parara. Escuchar y sentir las nalgadas que me daba me ponía a mil. Yo gemía de placer; no me dolió. Mi vagina se había acoplado perfecto al miembro de ese señor.

Estuvimos un rato así, entre embestidas duras y nalgadas. Me corrí una vez y mi cuerpo convulsionó completamente. Él no tenía indicios de correrse. Me puse encima de él. Me chupaba las tetas de una manera desenfrenada y me las agarraba fuerte, como una masa de pan. Los sentones eran gloriosos; me fui al cielo varias veces. El abdomen de él estaba mojado por mis fluidos. Estaba cabalgando al semental más delicioso de mi vida.

Después se puso encima de mí y colocó mis piernas sobre sus hombros. Sentía cómo él me penetraba y gozaba viéndome gemir. Al cabo de un rato me dijo que quería correrse encima de mis tetas y, cuando empezó a salir, no paraba. Salía, salía, salía y salía, como una ducha de leche sobre mi cuerpo. No pude evitar tocarme con los dedos.

Cuando terminó, se acostó a mi lado tomando aire y un poco de agua. Yo estaba totalmente bañada de leche y me fui rápido al baño. Me vi en el espejo y sentí una sensación de placer y clímax inexplicable. Me bañé rápido para que él se bañara también. Cuando salí, él ya se había ido. Me dejó una propina más y una nota.

La nota decía:

«Gracias por este encuentro. Cuando quieras, volvemos a hacerlo.»

Y así se termina la segunda parte de mi historia.  Saludos,

Valentina

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