Pasaron un par de días. Búzios seguía igual de lindo y yo empecé a ver algo que, a lo mejor, solo existía en mi cabeza.
Ámbar.
Diecinueve. Mi hermanita. En el desayuno se sentaba frente a Enrique y se reía más alto de lo necesario. En la pileta se sacaba el pareo despacio, como si el gesto no tuviera destinatario, y después buscaba con los ojos si él había mirado. En la mesa de la noche le pedía que le sirviera vino con una voz que a mí me ponía de la nuca. Mi viejo no le daba motivo. Se portaba como corresponde.
Le contestaba como a cualquiera, le hablaba de la facultad, le pasaba el agua, y cuando ella se le acercaba demasiado él se corría un centímetro, el suficiente para que no quedara mal y para que no quedara bien. Fernando no veía nada. Mamá no veía nada. Cecilia estaba en la suya. Yo sí. O creía que sí. Y esa diferencia me indignaba más que el coqueteo: que el resto tratara de inocente lo que a mí se me clavaba en el pecho como una pose.
No era celos de hermana. Era peor. Desde mi cumpleaños, desde el sillón, desde su habitación del hotel tres días atrás, Enrique era mío de una forma que no se podía decir. Ver a Ámbar mostrarse delante de él me sacaba una rabia chica, sucia, ridícula. Me la tragué. Sonreí en las fotos. Pedí otra caipirinha.
Una noche no aguanté la curiosidad. Mi papá, como siempre, se había ido a altas horas a trotar la playa solo. “Hago la mía”, había dicho en la cena, y Fernando le había hecho un chiste de viejo atleta. Yo esperé a que el pasillo se vaciara, saqué la tarjeta de spare que había visto en el bolsillo de su camisa a la tarde —una estupidez, un impulso— y entré a su habitación.
No sabía qué buscaba. El celular, capaz. Un chat desubicado. Una prueba de que Ámbar no era invento mío. La pieza olía a Sauvage y a protector. La cama tendida. El slip de baño colgado en la silla. El teléfono no estaba: se lo había llevado. Revisé la mesita, el bolso, una receta de un restorán doblada. Nada. Me quedé parada en el medio, sintiendo que había cruzado una línea, una línea de pelotuda total, cuando escuché su voz en el pasillo.
Saludaba a alguien.
No tuve tiempo de salir. Si me encontraba ahí, se pudría todo. ¿Qué iba a decir? ¿Que venía a buscar protector? ¿Que sospechaba que se estaba comiendo a Ámbar? Me metí en el placard. El olor a ropa de él me envolvió. Cerré apenas, dejando una rendija. El corazón me golpeaba en la garganta.
La puerta se abrió. Enrique. Pisadas. El seguro. Y después, un golpe suave, de nudillos.
—Quique. Soy yo.
Paola.
Mi madre tiene cincuenta recién cumplidos y no los disimula: los usa. Morocha, pelo oscuro con unas hebras claras que no se tiñe del todo, cuerpo de mujer que tuvo hijas y que sigue ocupando el vestido. Caderas anchas, tetas pesadas, una boca carnosa y esa forma de mirar que parece que siempre sabe una página más que vos. No es flaca ni de gimnasio. Tiene esa hermosura densa, un poco peligrosa, de las que cuando se ríen se les marca el cuello y cuando caminan se les mueve todo. En Búzios andaba con vestidos largos y un perfume dulce. En ese umbral, a esa hora, se la veía distinta: sin el maquillaje del restorán, los ojos un poco hinchados.
Enrique tardó un segundo en abrir.
—Pao. ¿Qué pasó?
—Me pelee con Fernando. No quiero cruzármelo en el pasillo y a esta hora no pienso ponerme a caminar por la calle. Así que me vine acá.
Él la dejó pasar. Yo no veía más que sombras a través de las persianas del placard, un pedazo de pared, el borde de la cama. Escuchaba todo.
Hablaron bajo. Se rieron una vez, esa risa de gente que se conoce de antes de que existiera yo. Fernando, el vino, una boludez de la playa. Después el silencio se espesó.
—Quique —dijo ella, y él chistó.
—Odio ese apodo.
—Por eso lo uso.
Los escuché acercarse. El ruido de un beso. No un pico: un beso de verdad, húmedo, largo. Ella soltó el aire por la nariz. Él dijo su nombre, apenas.
—Esto no —murmuró Enrique.
—No me vengas con eso ahora. Hace tres días que te veo en la pileta y se me hace agua la boca. Quiero que me des por el culo como vos sabés.
Se me fue el piso.
No era Ámbar. Era peor. Era mi madre, en la habitación de mi padre, pidiéndole algo que ya sabía pedirle. El “como vos sabés” se me clavó más que el resto. En casi 30 años, mi vieja no se había olvidado de como se la cogía mi papá. O peor, tal vez esa no era la primera vez que ella buscaba refugio en su ex.
Escuché todo. La respiración de ella, más espesa. El ruido de un cajón, un frasco, líquido. Paola gimió bajito, un quejido que yo no le había oído nunca en una cena.
—Despacio —dijo.
Él no contestó. Después el sonido cambió: más sordo, más hondo, el colchón, la respiración de los dos. Paola se quejó contra algo, una almohada, el hombro de él. Lo llamaba Quique entre dientes, y cada vez que lo decía él gruñía como si el apodo y el cuerpo se le mezclaran. El ritmo se fue haciendo más fuerte. Se oía la piel. Se oía a ella pedir más. Se oía a él decirle que se callara, que el piso tenía oídos.
Yo estaba muerta de los nervios en el placard, con la frente contra unas camisas, sin verles nada y viéndolo todo. El cumpleaños. La habitación de tres días atrás. El semen todavía caliente cuando llegué a la playa. Y ahora esto: mi madre pidiéndole a Enrique que le diera por el culo como quien pide algo de siempre, y él dándoselo.
Paola acabó con un gemido largo, tapado. Enrique tardó un poco más. Resopló, se clavó —se notó en el silencio de golpe— y se quedó quieto. Ella rio bajito, cansada.
—Adentro, como te gusta —dijo.
—Andate —contestó él, sin bronca. Cansado—. Antes de que alguien te vea salir.
Se acomodaron. Pasos. El ruido del seguro. La puerta. El pasillo.
Enrique se quedó solo. Escuché cómo se pasaba una mano por la cara, el mismo gesto de siempre. Después el agua de la ducha.
Abrí el placard de a milímetros. La pieza olía a sexo y a su perfume y al de ella, mezclados. La cama deshecha. Yo no miré de más. Salí descalza, cerré sin ruido y me metí en mi habitación con el corazón todavía desbocado.
Me senté en el bidet a oscuras. No lloré. No me toqué. Me quedé quieta, escuchando a Búzios a lo lejos, entendiendo de golpe que el secreto que yo creía de dos era, por lo menos, de tres. O tal vez de cuatro, cuando volví a acordarme de Ámbar.
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