Trabajo en un estudio de tatuajes del centro, tengo 27 y desde que arranqué con esto me di cuenta de que hay una línea muy finita entre un cliente que viene a llevarse tinta y uno que se queda a otra cosa. La sensualidad del oficio es jodida: tenés a alguien desnudando parte de su piel para vos, soportando dolor, dejándote manejar su cuerpo. Y el lunes pasado se me cruzó por la puerta Agus, 18 años recién cumplidos, y a los cinco minutos de charla ya sabía que no quedaba en un tatuaje.
Llegó con un short de jean cortado, una remerita blanca y los labios pintados de un rojo cargado para su edad. Quería un texto en la cadera, la zona alta, de las que el pantalón tapa y la ropa interior asoma. El tatuaje más clásico de nena que busca su primer dolorcito. La senté en la camilla, le marqué la zona con el lápiz y le dije que se bajara un poco más el short.
—Tanto baje no —me dijo, con esa carita de niña brava.
—Para la cadera lo tenés que bajar hasta la goma —le dije, firme, y me quedé mirándola hasta que cedió.
Ella bajó la vista, sonrió de costado y me obedeció. Cuando empezó la máquina y la aguja le tocó el hueso de la cadera, la vi morderse el labio y apretar los puños contra la camilla. Me agaché, le sostenía la piel con dos dedos mientras la sombreaba, y sentí que se le erizaba todo, del calor y del miedo y del placer raro del dolor. Ese erizamiento de la piel cuando la aguja hace pis-pis a la carne era lo que más me calentaba de mi trabajo.
—Aguántela —le dije, cuando la vi a punto de quejarse.— No me pidas que pare porque te duele. No sos cobarde, ¿no?
—No soy cobarde —contestó, con la mandíbula apretada.
—Eso me gusta oír.
Aguantó entera. Se dejó tatuar la cadera hasta el final, con los ojos brillosos y una sonrisa torcida que me dijo que el dolor le había justo gustado. Cuando terminé, le pasé el papelito para limpiar la tinta y le dije que no se moje en 24 horas. Ella me miró, se bajó la remera, y sin vueltas me dijo:
—¿Vos sos siempre tan mandón con las clientas o es a todas las mujeres?
—Con todas, no —le dije, secándome las manos—. Pero con las que les gusta que les manden, sí.
Se le oscureció la mirada, y ahí cerré el trato. Le dije que el retoque se lo hacía el sábado, de noche, cuando el estudio esté cerrado, porque con luz hace falta. Sabía perfecto que no había ningún retoque que hacer. Y ella lo sabía también, porque asintió sin preguntarme nada más.
El sábado a las 22 me la encontré vestida distinto. Se había puesto un jean apretado, una camperita corta y el pelo suelto. No pregunté nada, la hice pasar y cerré con llave. Le tiré la camperita al sillón de la vitrina y le dije:
—Sacate el jean.
—¿Acá? —dijo, mirando las luces de la calle por el vidrio.
—Acá. Y sin apuro.
Se lo sacó despacio, mirándome, y quedó en una tanga negra que no disimulaba nada. Le apunté la silla del tatuaje, esa silla reclinada que tenemos, y se sentó mirándome con las piernas entreabiertas, pelada de sobra con un peto que apenas le sostenía.
—Sentate para acá —le dije, y cuando se acomodó contra el respaldo, me le metí entre las piernas sin decir nada más, le prendí la luz del foco de trabajo y le abrí las rodillas con las manos.
—El retoque —le dije.
Y le besé la cadera nueva, la tinta todavía fresca, el borde del tatuaje que le había dejado. Ella se rio en un hilo, se me enganchó del cuello con los brazos y me mordió el labio de abajo.
—Mandón de mierda —me dijo, y me lo besó de verdad.
La desnudé yo. Le corrí la tanga, le quedó colgando del tobillo, y le levanté el peto con las dos manos hasta dejarle las tetas al aire: chicas, prietas, con pezones que el aire se le había puesto como pequeños botones de camisa. Me las tomé con las palmas, se las apreté entre los dedos y le pellizqué los pezones hasta que ella tiró la cabeza para atrás y se acomodó más abajo, abriéndose para mí.
—Qué adelantada —le dije.
—Andá, hacé lo que dijiste que ibas a hacer.
Su concha ya estaba empapada, lista, mojada de la cuadra. Le pasé dos dedos por el borde, apenas, se los froté por encima del capuchón hasta que la escuché jadear y la agarré de la nuca y la hice inclinarse hacia mí.
—Chupámela —le dije.
Se arrodilló y me desabrochó con las dos manos. En cuanto me la tuvo enfrente, la tomó con una mano y me la miró, embobada, antes de llevarse la punta a la boca. Me la chupó de a poco, con todo, abriendo bien la boca, y cuando la dejó entrar hasta el final y la sentí en el fondo de su garganta, le agarré el pelo y se lo manejé yo al ritmo que me dieron las ganas. Sus manos se agarraron de mis muslos, soportando, y entre mamadas me miraba con los ojos llorosos, escupiendo mi pija para respirar.
—Sos buena en esto —le dije— para tener 18 y pico de kilometraje.
—Me gusta —me dijo, sin sacar la mano—. Me gusta que me tengas así, que me hagas todo.
Se levantó, se tiró de espaldas a la silla, y abrió las piernas como quien abre un libro para mostrarte el mejor capítulo. Los dedos se deslizaron por su concha, se los puso en la boca despacio, y me miró.
—Ahora vos.
Le metí la pija de entrada, parado al borde de la silla, y gimió apretando los ojos. Le tomé las rodillas y le empujé las piernas abiertas contra el respaldo, la abrí completa, y la usé así, sin vueltas, mirando esa carita de nena que se estaba desarmando de gusto. Sus tetas le bailaban solas al ritmo de los empujes y ella se las apretó con las dos manos mientras me miraba yo, todo, sin perderse un movimiento.
Me incliné, la besé entera, y le dije contra la boca:
—Da media vuelta. Ahora te la meto por el culo.
—¿Y me va a doler, no?
—Sí. Y te va a gustar igual.
Se rio con esa risa nerviosa y se dio vuelta, se puso de rodillas sobre la silla, boca en el respaldo, el culo flotando para el lado mío. Sin apuro, mojándola con lo que tenía, le pasé la punta por el culo y sentí que se le erizaba la piel entera. Le escurrí saliva, la preparé con dos dedos hasta que empezó a relajarse, y recién ahí le entré de a poco.
Apretó las uñas en el cuero de la silla, se agarró derechita, y yo avancé lento hasta que el culo le tragó el final. Ahí me quedé quieto, sintiéndola temblar.
—¿Aguantás, no? —le dije.
—Aguanto —respondió ella con la voz rota.— Metela entera, no me lastimes pero no me pares.
Y le di. De a poco al principio, y después con ritmo, agarrándola de las caderas para tirar rápidos que me cerraban el aire. Ella gemía contra el respaldo, mordiendo la tela, se iba moviendo contra mis empujes hasta que ya no se sabía quién la estaba cogiéndole el culo, si yo o sus propias ganas. Le pasé una mano por el frente, se le mojé, y ahí la terminé de volver loca, tocándola mientras le bombeaba el culo. Se vino con un gemido ahogado, sin gritar, con la espalda toda temblando, apretando el culo contra mí hasta que yo ya no pude aguantar la presión y me avisé, saqué la punta y le acabé a chorros sobre la espalda baja, marcándole la piel como si fuera otro tatuaje.
Le pasé el papelito que usamos para limpiar tinta y le limpié la espalda, despacio, mientras ella seguía de rodillas, respirando hondo, con la cara enterrada en el respaldo.
—Es solo el primero —le dije, sonando casual, aunque el corazón me latía como loco.
Se dio vuelta, se subió el peto, y con una sonrisa que me hizo entender que no había sido la única que quedó marcada, me dijo:
—La próxima vengo con más horas. Y con ganas de que me mandes más.
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muy buen relato amigo! espero leer mas!
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