Enrique, mi papá (5)

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No dormí casi. Me quedé tirada en la cama escuchando el aire acondicionado y reponiendo, una y otra vez, lo que no había visto. El apodo. El frasco. El “como vos sabés”. La risa cansada de mi madre cuando él le acabó adentro. Cada vez que cerraba los ojos se me mezclaba con el sillón de Villa Crespo y con la colcha beige de tres días atrás, y el estómago se me hacía un nudo que no era solo asco. Había celos. Había bronca. Había una excitación que no quería nombrar y que me duró hasta el amanecer, pegajosa, como el calor de Búzios.

A la mañana Ámbar seguía. Pendeja de mierda. Se sentó al lado de Enrique en el desayuno, le robó un tostado, le mostró el celular por encima del hombro. Él se movía el centímetro de cortesía de siempre. Fernando pedía café. Mamá tenía anteojos de sol aunque estuviéramos adentro. Nadie veía nada. Esa ceguera me ponía más furiosa que el coqueteo.

El día transcurrió como si el placard no hubiera existido: playa, almuerzo, pileta, un paseo por el centro al anochecer. Yo contestaba cuando me hablaban. Me reía donde había que reírse. Por dentro estaba esperando la hora en que el hotel se durmiera.

De madrugada fui.

Toqué. Enrique abrió en bóxer, el pelo revuelto, cara de quien no espera una visita a esa altura de la noche. Me vio y se le endureció la mandíbula.

—Cyn. ¿Qué haces?

Entré. Cerré. Me quedé de pie, con la espalda contra la puerta.

—Anoche estuve acá.

Lo miró un segundo como si no hubiera entendido.

—¿Qué?

—Entré a buscarte el celular. Pensé que Ámbar… no importa lo que pensé. Escuché que saludabas a alguien y me metí en el placard. Vi a mamá. Bueno: no la vi. La escuché. Todo.

Se pasó una mano por la cara. El mismo gesto.

—Cynthia.

—No me vengas con el tono. Nos estamos cogiendo desde mi cumpleaños. ¿Qué secreto te queda por taparme? ¿Que también te la cogés a mamá? ¿Qué te pide el culo como si fuera de siempre?

—Bajá la voz.

—No. Ya está. Más retorcido no se puede poner esto.

Discutimos bajo, feo, con esa forma de pelearse que tienen los que no pueden gritar. Él dijo que Paola era una noche, que Fernando, que yo no tenía que haber entrado. Yo le dije que Ámbar se le sentaba encima en el desayuno y que él hacía como que no. Él dijo que Ámbar era una pendeja y que no iba a darle de comer a esa idea. Yo me reí, corta, amarga.

—Claro. Vos nunca das de comer. Solo abrís la puerta.

El silencio se quedó entre los dos, espeso. La pieza olía a él. A Dior Sauvage. Un poco, todavía, a mi madre.

Me le planté cerca.

—Quiero que me hagas el orto, Quique.

Lo dije con sorna, clavándole el apodo que odia. Se le cambió la cara. No fue ternura. Fue otra cosa: bronca y hambre, mezcladas.

—No me digas así.

—Entonces hacelo.

Me besó contra la pared, duro, como para callarme. Me sacó la remera, el short, la bombacha. Quedé desnuda en su habitación por segunda vez en la misma semana. Me dio vuelta, me apoyó las manos en el respaldar de la cama y me abrió el culo con las dos palmas. Se agachó. Me lamió ahí, despacio, hasta que se me aflojaron las rodillas. Yo nunca lo había hecho bien por el culo. Los tipos con los que me había metido o no sabían o me lastimaban y yo paraba. Mi culito estaba casi virgen, cerrado, y esa noche se lo iba a dar a él.

Fue al baño. Lo esperé acostada boca abajo. Volvió con el frasco. Me untó con los dedos, primero uno, después dos, abriéndome con una paciencia que no había usado cuando me la metió en la concha. Yo respiraba contra el colchón. Me temblaban los muslos.

—Si duele demasiado, paro —dijo.

—No pares.

Sacó los dedos. Apoyó la cabeza gruesa, mojada, contra el agujero. Empujó. Al principio no hubo caso. Ardía. Yo apreté los dientes y le dije que siguiera. Entró centímetro a centímetro, la pija demasiado gruesa para un culo que no estaba hecho a eso, hasta que se me escapó un quejido que tuve que morder contra la tela. Cuando estuvo toda adentro se quedó quieto, respirando en mi espalda.

—Estás temblando.

—Cogeme.

Empezó lento. El dolor se fue mezclando con otra cosa, más honda, más sucia. Cada vez que metía, me llenaba de un modo que la concha no me había dado nunca. Me agarró la cintura. Después el pelo. El ritmo se fue haciendo más fuerte. El sonido era distinto: más sordo, más obsceno. Yo gemía contra la almohada y él me tapaba la boca cuando se me iba de más.

—Decime el nombre —gruñó.

—Enrique.

—No el otro.

—Quique… más.

Me cogió el culo de verdad. Sin fineza, cuando ya pude abrirme. Las embestidas me sacudían las tetas. Me alcanzó el clítoris con los dedos y acabé así, apretándolo, con los ojos aguados, con el cuerpo entero encogido alrededor de esa pija. Él no salió. Aceleró. Se clavó hasta el fondo, se tensó y terminó adentro, chorros calientes llenándome el culo, un gruñido bajo contra mi hombro.

Cuando la sacó, el semen se me escapó espeso por el agujero y me resbaló entre los cachetes, hasta la vulva. Él lo miró. Yo lo miré a él, de costado, con la cara destrozada contra la sábana.

No hablamos mucho después. Me duché en su baño y él me ayudó. El agua caliente me ardía atrás. Me vestí. En el umbral él me agarró la muñeca.

—Mañana no hagas una escena.

—No voy a hacer una escena —dije—. Voy a mirar.

Al día siguiente almorzamos todos juntos. Yo comí poco. Después dije que iba a caminar por el centro. Caminé de verdad: callejas, vidrieras, un jugo que no terminé. Cuando volví al hotel fui derecho a la pileta, a meterme un rato, a enfriar la cabeza.

Los vi antes de llegar al borde.

Enrique sentado en la barra de la pileta, torso desnudo, una cerveza. Ámbar apoyada en su regazo, riendo, mostrándole algo en el celular, el pelo caído hacia él, el cuerpo acomodado como si ese lugar le correspondiera. El resto de la familia no estaba. Estaban en la playa.

Me quedé parada bajo el sol, con el culo todavía sensible y la frase de madrugada dándome vueltas en la boca.

Esta vez no era cosa mía. Esta vez lo estaba viendo.

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