Capítulo 1.
Cuando terminas una relación, el corte nunca es limpio. Siempre quedan cosas a medias, y en mi caso, fue la familia de Gisela. Durante los meses que anduvimos, yo me había ganado mi lugar en esa casa, sobre todo con Delia. Ella me había agarrado cariño, me trataba como a un hijo más, y cuando todo se fue al diablo en diciembre (2024), esa confianza quedó volando.
Les cuento esto porque quiero que entiendan que lo que pasó entre la mamá de mi exnovia y yo no fue un calenturón de un día para otro. Todo se fue cocinando a fuego lento.
Después de que terminé con Gisela, corté comunicaciones con ella, pero con Delia la cosa fue distinta. Desde hace tiempo, ella tenía mi número por cualquier emergencia que se llegara a ofrecer con su hija, y por la misma confianza de siempre, ella fue la que me empezó a mandar mensajes.
“Mijo, ¿cómo estás? Supe lo que pasó, espero que te encuentres bien. Aquí tienes tu casa para lo que necesites.”
Yo veía los mensajes en la pantalla, pero no le contestaba. La ignoraba. La verdad, andaba tan dolido y enojado por lo de Gisela que, para mí, cortar con ella significaba cortar de tajo con toda su familia.
Entre diciembre y enero, llegué a ver a Delia de lejos un par de veces. En la ciudad donde vivo, terminas topándote a todos. Una vez la vi en Walmart haciendo los mandados, y otra tarde me la crucé en el centro, cerca de su negocio de abarrotes, cuando yo venía de regreso del gimnasio. En las dos ocasiones me hice el desentendido, agaché la cabeza o me iba para no tener que saludarla.
Pero en febrero la evasión se acabó. Andaba yo caminando por el centro en mis rollos, cuando de pronto escuché su voz hablándome. Se acercó con una sonrisa bien amable. Ese día traía puesta una blusa color melón y un pantalón café. Esa misma ropa se la había visto un montón de veces cuando iba a su casa siendo el novio de su hija, pero ese día, verla en la calle, fuera del contexto de su casa, despertó algo raro en mí. Mínimo, pero ahí estaba. A fin de cuentas es una señora de 52 años, sí, pero la verdad se conservaba bastante bien.
Por pura educación me detuve a saludarla. Yo pensé que iba a ser un momento súper incómodo, que me iba a preguntar por su hija o a querer saber el chisme, pero nada de eso. Delia ni siquiera mencionó a Gisela. Me preguntó cómo andaba yo, cómo iban mis clases en la universidad y cómo seguía todo. Platicamos un rato ahí parados en la banqueta, de lo más normal.
Ya para despedirnos, me sonrió y me soltó: —Un día de estos deberías pasar al negocio, mijo. Para invitarte un café y platicar a gusto.
Le dije que sí. Mientras la veía alejarse, me cayó el veinte de algo, yo podía seguir llevándome bien con Delia sin problema. Ella no tenía la culpa de las cosas que hizo su hija, y a mí su plática siempre me había caído muy bien.
Entre la universidad, los exámenes y la vida en general, eso del café se fue alargando bastante. Pasaron un par de meses. No fue hasta un lunes en la mañana de abril que me acordé, abrí su chat y le pregunté si andaba desocupada. Me contestó luego que sí, que me echara la vuelta.
Llegué a su local a media mañana. Como era lunes tempranito, casi no había clientes. Estaba detrás del mostrador. Traía una blusa verde sencilla, unos jeans y el cabello agarrado con una pinza. Me recibió con un abrazo y me invito un café.
Nos sentamos en unas sillas de plástico ahí cerca de la bodega y nos pusimos a platicar. Le conté de mis proyectos, de la carrera, de la vida, y ella me contaba de lo cansado que era mantener el negocio. La plática se dio súper fácil. En una de esas, llegó el camión con el pedido y yo, por pura inercia, me paré a ayudarle a cargar unas cajas pesadas hacia la bodega para que ella no hiciera el esfuerzo.
Ya para el mediodía, vi la hora y me di cuenta de que tenía que irme a mi clase. Delia me acompañó a la puerta del local, dándome las gracias por ayudarle con las cajas y por el rato de plática.
—Ya sabes dónde estoy, mijo. Cuando quieras echar la vuelta, aquí te espero —me dijo.
Me fui al Instituto sintiéndome diferente. Había pasado un buen rato platicando con la mamá de mi ex, riéndome y ayudándole con las cajas, y me había sentido mucho más tranquilo y cómodo que en los últimos meses con Gisela. No tenía idea de que ese lunes de abril (2025) era apenas el comienzo de una rutina que, semana a semana, me iba a ir cambiando la mentalidad, haciendo que dejara de verla con respeto para empezar a verla con mucho morbo.
Capítulo 2.
Después de ese primer café en abril, mis visitas al negocio se volvieron una costumbre. Empecé a ir casi todas las semanas. Mi rutina se acomodó sola: salía del gimnasio con la mochila al hombro y, en lugar de irme directo a mi casa, pasaba al local a ayudarle a Delia.
Me ponía a acomodar mercancía, a cargar las cajas pesadas de refrescos o aceite, y a despachar cuando se juntaba la gente. Ella, en agradecimiento, me empezó a dar algo de dinero, pagándome casi como si fuera un empleado más. La verdad, el dinero me daba igual. Lo que me gustaba era estar ahí, platicando de cualquier tontería mientras trabajábamos. Después de cerrar, me iba a mi casa, me bañaba, cenaba, adelantaba tareas y me acostaba a dormir. Una rutina de lo más normal.
Pero, de un momento a otro, me di cuenta de que mi cabeza estaba cambiando.
Empecé a pensar en Delia más de la cuenta. Nuestro chat de ya era de casi todos los días. Un día, revisando mis mensajes, me cayó el veinte de lo aislado que estaba: literalmente solo hablaba con mis mejores amigos de la carrera, con mi mamá, mi hermana, mi papá y con Delia. No hablaba con ninguna otra chava de mi edad, ni del gimnasio ni de la universidad. Mi atención estaba concentrada en esa señora.
Y luego empezaron las noches.
Cuando me acostaba en mi cuarto, a oscuras, el cerebro me traicionaba y me ponía la imagen de Delia en la cabeza. Ojo, no voy a mentir. Delia no tenía el cuerpo de la típica milf que todos fantasean. Era una señora de 52 años, de complexión llenita, madura, con las marcas normales de su edad. Pero tenía ese algo. Un magnetismo, una vibra de mujer real, con experiencia, que me empezó a volver loco. En las semanas siguientes, ya no la veía igual. Mientras acomodaba cosas en el local, mis ojos se iban solos hacia sus piernas, al volumen de sus glúteos cuando se agachaba o al escote de su blusa cuando se inclinaba sobre el mostrador.
Lo más cabrón es que hubo un cambio en ella también. Con el paso de las semanas, noté que Delia se empezó a arreglar más para ir al negocio. Se maquillaba un poco, se peinaba diferente y usaba ropa que le favorecía más. Un día, viéndola tan arreglada detrás de la caja registradora, me ganó la curiosidad y se la solté directa:
—Oiga, ¿a poco tiene una cita saliendo de aquí o qué? Se ve muy bien hoy.
Ella soltó una risa fuerte, de esas que te contagian, y me hizo un ademán con la mano restándole importancia.
—Ay mijo, qué cosas dices… yo ya no estoy para esos trotes.
A pesar de esa tensión que se estaba cocinando, mis visitas tuvieron que bajar de golpe. En junio casi no fui al local, y en julio de plano me desaparecí la mayor parte del mes porque me metí a trabajar de lleno a un campamento de verano de la universidad. Andaba muerto de cansancio y con otros rollos en la cabeza.
Pasaron unas cositas en una fiesta en la playa a medidos de julio con una amiga que conocí, que les prometo contar en otro relato. La siguiente semana de lo sucedido ese finde, el lunes saliendo del gimnasio y yendo de camino a ver a Delia, que el pasado me saltó a la cara.
Me topé con Gisela en el centro.
Ella me detuvo en plena banqueta. Me preguntó que cómo estaba. Yo la miré sin sentir ya ningún resentimiento, estaba completamente neutro, así que le respondí un “bien” a secas. Ella intentó alargar la plática, sacando temas, pero yo me mantuve cortante. Al ver que no le daba entrada, fue al grano: resulta que quería unas cosas suyas que yo me había quedado. Al parecer, me lo había intentado pedir por mensaje, pero como yo la tenía bloqueada de todos lados, nunca hubo oportunidad de cruzar palabra.
—¿Me las puedes llevar a la casa el domingo? —me pidió.— Okay, yo te las llevo —le contesté, sin darle muchas vueltas.
Nos despedimos rápido. Yo seguí mi camino rumbo al negocio de Delia. Llegué, le ayudé como siempre, platicamos y nos reímos, pero me guardé el secreto. No le comenté absolutamente nada de que me había encontrado con su hija, ni de que el domingo iba a ir a su casa a dejarle esa caja. Simplemente dejé que las cosas siguieran su curso.
Capítulo 3.
El domingo llegó y, tal como lo había acordado, agarré la caja con las cosas de Gisela y me fui para su casa. Era media tarde y hacía el calor típico de Tampico. Nunca me dijo a qué hora llegar, así que simplemente me paré frente a la puerta y toqué.
Esperé unos segundos hasta que escuché una voz desde adentro.
—¡Voy!
Era Delia. Cuando abrió la puerta y me vio ahí parado con la caja, se sacó un poco de onda, pero su sorpresa duró un segundo. Me sonrió como siempre y me invitó a pasar. Entré a la casa y la vibra se sintió rarísima; llevaba meses sin pisar esa sala.
Delia me empezó a platicar de su día con una naturalidad tremenda, como si estuviéramos en el local o como si yo fuera una amiga suya que acababa de llegar de visita. Me dijo que la había agarrado justo a la hora de la comida, que apenas se iba a sentar a la mesa.
—¿Ya comiste, mijo? —me preguntó, caminando hacia la cocina.
—Sí, ya comí, gracias —le contesté, dejando la caja sobre un sillón en la sala.
—Bueno, ¿quieres un refresco? Acompáñame un ratito, la casa está bien sola.
Me empezó a dar el reporte familiar completo mientras sacaba un vaso, que la hija mayor andaba con sus suegros, que la de en medio estaba trabajando, que el nieto andaban con su papá… y que Gisela había salido.
Ahí me cayó el veinte. La cabrona de mi ex nada más me había hecho llevarle las cosas y ni siquiera tuvo el valor de darme la cara, o de plano se le había olvidado. Pero, honestamente, ese coraje me duró un segundo. Se me olvidó por completo en cuanto me enfoqué bien en Delia.
Traía el pelo mojado, recién salida de bañar. De ella emanaba un olor invasivo pero riquísimo, a crema, a jabón, a mujer limpia, de esos aromas que te erizan la piel sin querer. Llevaba puesta una blusa morada de tirantes con cuello en V que le resaltaba muchísimo el escote, y un short de mezclilla negro. Jamás la había visto en short.
Me senté en el comedor de la cocina. Ella me sirvió el refresco con hielo y se sentó enfrente de mí para seguir comiendo. Y fue ahí, con la luz de la cocina dándole de frente, que me di cuenta de un detalle que me descolocó por completo… no traía brasier.
En cuestión de segundos, se me puso dura como piedra. Fue una reacción física instintiva, brutal. Me pegué más a la mesa porque sabía que si me intentaba parar o acomodar, se me iba a notar la erección a través de la tela del pantalón. Y la plática que me estaba dando no ayudaba a que se me bajara, porque era imposible disimular que la forma de sus tetas y sus aureolas se marcaban clarito bajo la tela morada cada vez que ella se movía para agarrar el vaso.
Mi cabeza iba a mil por hora. Pensaba: “Es su casa, está cómoda, seguro no esperaba visita”. A lo mejor si hubiera tocado el del gas o un vecino, hubiera corrido al cuarto a ponerse algo, pero conmigo había tanta confianza que ni le importó.
Entre bocado y bocado, me preguntó:
—Oye, y a todo esto, ¿qué milagro que andas por acá?
Fue ahí cuando le expliqué que me había topado a Gisela en el centro, que me pidió sus cosas y que por eso andaba ahí, para devolverle la caja que dejé en la sala.
Delia dejó el tenedor en el plato. Se quedó en silencio un momento, pensativa.
—Sí… me dijo que iba a salir hace rato —suspiró, recargándose en la silla—. Mijo, te voy a ser bien sincera. Cuando ustedes terminaron, yo estuve a nada de preguntarte qué había pasado. De hecho te mandé mensajes, pero vi que no me querías contestar y lo entendí.
Me quedé callado, escuchándola.
—Gisela nunca me contó bien qué pasó —continuó, mirándome a los ojos—, pero yo no soy tonta. A principios de año vi a Armando por aquí con ella. Y también me di cuenta cuando se volvieron a separar al poco tiempo. Yo me imaginé por dónde iba la cosa.
Yo medio sabía el chisme por amigos en común, pero que su propia madre me lo confirmara le ponía el último clavo al ataúd de esa relación. Delia me confesó que en todos estos meses que nos estuvimos viendo en el negocio, nunca me mencionó a su hija porque creyó que no hacía falta, que era revolver aguas pasadas. Me dijo que me veía como un muchacho maduro y que le daba gusto que yo siguiera con mi vida.
Después de un rato, Delia se paró para levantar los platos y lavarlos en el fregadero. Yo me paré detrás de ella acomedido para ayudarle a secarlos. En un momento, se agachó para guardar una olla en la parte de abajo de la alacena. Ver la curva de sus caderas y sus glúteos embutidos en ese short negro me dejó impactado al instante. Estaba tan acostumbrado a verla con jeans holgados o pantalones de vestir en el negocio, que ver la realidad de sus piernas y sus muslos en su propia cocina me voló la cabeza.
La plática siguió relajada y me propuso ver una película en la sala.
—Deja busco algo para botanear —dijo, secándose las manos.
Se dirigió a la alacena, pero las papas que buscaba estaban en el último estante de arriba. Se estiró, pero por su estatura no alcanzaba. Jaló un banquito de plástico y se subió. Aun así le costaba trabajo.
—A ver, espéreme, yo te ayudo —le dije, acercándome.
Me estiré por encima de su hombro para alcanzar la bolsa de papas con facilidad, pero calculé mal el espacio. Al acercarme tanto, y con ella subida en el banquito, la diferencia de alturas creó una alineación peligrosa. Sus nalgas quedaron exactamente a la altura de mi entrepierna, rozando mi pantalón, y mi cara quedó a centímetros de su pecho y su cuello.
Fueron apenas dos segundos. La cocina era pequeña, chocamos un poco y nos separamos rápido, pero el roce fue eléctrico. Esa fricción accidental generó una tensión pesadísima entre los dos. Le entregué la bolsa de papas. Delia la agarró, bajándose del banquito con un nerviosismo que no supo disimular bien. Se acomodó el pelo detrás de la oreja, evitando mirarme directo, y carraspeó.
—Vente, vamos a la sala —murmuró.
Capítulo 4.
Nos fuimos a la sala con las papas y los refrescos. Pusimos una película en la televisión, pero la verdad es que casi ni la vimos. El roce en la cocina había dejado el ambiente cargado de una tensión muy espesa, y Delia, tratando de disimular el nerviosismo, empezó a hablar para llenar el silencio.
Se acomodó en el otro extremo del sillón, abrazando un cojín, y la plática se fue volviendo cada vez más profunda. Me empezó a contar cosas de su pasado que yo no sabía, detalles que solo complementaban las piezas sueltas que Gisela me había llegado a soltar en su momento.
Me contó que a su hija mayor la tuvo muy joven, producto de un amor temprano con un hombre que a la mera hora no se quiso hacer cargo. Al año de eso, conoció a su exmarido. Se casaron y con él tuvo a la hija de en medio y, años después, a Gisela. Pero la historia no tuvo un final feliz. Unos años después de que Gisela naciera, Delia descubrió que el cabrón andaba queriendo con otra señora. En cuanto se enteró de la infidelidad, no se anduvo con rodeos y le pidió el divorcio. El señor agarró sus cosas y se fue a formar otra familia con esa mujer, desentendiéndose de ellas.
Desde ese momento, Delia se blindó. Me platicaba cómo se centró por completo en salir adelante, en levantar el negocio de abarrotes desde cero y en sacar a sus tres hijas adelante. En todo ese proceso, ella misma se hizo a un lado. Me confesó que su prioridad siempre fueron ellas, y ahora sus nietos; prefería gastar dinero en comprarles algo a ellos que comprarse un vestido o arreglarse para ella misma. Se había anulado como mujer para convertirse únicamente en madre y proveedora.
Escucharla hablar así, viéndola a los ojos, no solo me dio mucha empatía, sino que encendió un morbo diferente en mí. Ya no solo era el físico, era la idea de que esa mujer llevaba años sin sentirse deseada, años sin que nadie la viera como a una mujer de verdad.
La tarde se nos fue volando y, cuando me di cuenta, ya estaba oscureciendo. Delia bostezó, cerrando los ojos por un segundo; se notaba que el cansancio de la semana y de haber comido pesado le estaba cobrando factura.
—Ya es tarde, ya me paso a retirar para que descanses —le dije, poniéndome de pie.
—Ay mijo, perdóname, me estoy cayendo de sueño —respondió ella, levantándose del sillón y acomodándose el short.
Caminamos hacia la puerta de la entrada. Me agradeció la compañía y nos despedimos como siempre, con un abrazo. Pero este abrazo fue diferente. Fue larguísimo. Por la diferencia de estaturas, su cabeza quedó recargada en mi pecho. Ella me rodeó con los brazos, y de pronto, se quedó quieta. Por un segundo pensé que de verdad se había quedado dormida ahí parada, pero entonces sentí sus manos. Empezó a acariciarme la espalda lentamente, deslizando las palmas por mi camisa sin decir una sola palabra.
Ese fue el pase libre que mi cerebro estaba esperando.
Le respondí el movimiento. Mis manos, que estaban en su cintura, la apretaron un poco y la jalé hacia mí, pegando mi cuerpo contra el suyo. Al hacerlo, sus tetas chocaron contra mi torso y ella inevitablemente sintió la erección que yo venía cargando desde la cocina.
Delia soltó un quejido ahogado, un sonido chiquito, que me vibró en el pecho. Lejos de detenerme, bajé mis manos de su cintura y le agarré los glúteos por encima de la mezclilla, apretándolos con fuerza.
Ese apretón la sacó del trance. Delia reaccionó de golpe, apartándome con las manos en mi pecho y dando un paso hacia atrás, respirando agitada.
—No… no puede ser —me dijo, viéndome con los ojos muy abiertos, asustada de sí misma—. Vete, mijo. Ya vete.
No dije nada. Sabía que si abría la boca lo iba a arruinar todo. Asentí con la cabeza, di media vuelta, salí de la casa y cerré la puerta detrás de mí.
El camino de regreso a mi casa fue un infierno. Mientras manejaba en la noche, la cabeza me daba vueltas. Sentía una mezcla rarísima de culpa por lo que acababa de hacer, pero al mismo tiempo, las manos me temblaban de la adrenalina. No podía dejar de pensar en lo suave que se sentía su piel, en cómo se le marcaban los pechos bajo esa blusa morada y en el sonido de ese gemido.
La semana completa fue una tortura. Iba a la uni, iba al gimnasio, hacía mis mandados, pero mi mente estaba estancada en ese domingo. Quería mandarle mensaje todos los días. Escribía cosas en el chat y las borraba. No me atrevía. El miedo al rechazo o a haber arruinado la amistad me frenaba en seco.
Aguanté hasta el sábado. Ya no podía más. Agarré el celular y le mandé un mensaje directo, sin rodeos: “Quiero hablar contigo.”
Los minutos que tardó en contestar se sintieron como horas. Finalmente, mi pantalla se iluminó. “Ahorita estoy ocupada en el negocio, mijo. Pero mañana voy a estar sola en la casa otra vez.”
Sonreí, sintiendo cómo el pulso se me aceleraba de golpe. Le contesté rápido: “Llego a la misma hora, o un poco antes que la otra vez.”
El anzuelo estaba puesto. Ahora solo faltaba ver quién de los dos iba a dar el primer jalón.
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