Enamorándome de Dianita (29)

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1977
T. Lectura: 10 min.

Resumen: Thiago y Dianita se reúnen para hacer el trabajo de la universidad, sus amigos los apoyan evitando que Sofia interrumpa, mientras los dos empiezan un juego de seducción, una apuesta lo cambia todo.

La tensión en el aire era tan densa que parecía cortarse con un cuchillo. Dianita y Thiago caminaban uno al lado del otro, sus pasos resonando en el silencio incómodo que los envolvía. Ella no podía sacarse de la cabeza la sospecha de que Thiago había estado con Sofía antes de llegar a su casa para trabajar juntos. Sus ojos, normalmente brillantes y llenos de vida, ahora reflejaban una mezcla de inquietud y enojo. Thiago, por su parte, estaba desconcertado. No entendía por qué Dianita estaba tan molesta, especialmente cuando entre ellos no había ninguna relación. “¿Por qué está tan alterada?”, pensaba mientras intentaba descifrar su expresión.

Para aliviar el ambiente, Thiago decidió tomar la iniciativa. Con una sonrisa forzada, rompió el silencio que los había acompañado desde que llegaron. —Bueno, Dianita, ¿Qué te parece si antes de subir a mi habitación aprovechamos y llevamos comida y pasabocas? Así no tenemos que bajar más tarde y podemos terminar más rápido.

Dianita lo miró de reojo, sus cejas ligeramente fruncidas. A pesar de su molestia, la idea le pareció práctica. —Me parece buena idea —respondió con un tono que intentaba ser neutral—. Así podemos concentrarnos sin interrupciones.

Thiago asintió, aliviado de que ella hubiera aceptado. —Está bien, entonces acompáñame a la cocina y preparamos todo. Ya que dices que conoces mi casa —añadió con un tono jocoso, intentando inyectar algo de ligereza en la situación. Dianita lo miró directamente a los ojos, su expresión aún teñida de molestia, pero una leve sonrisa se asomó en sus labios. Sin decir más, lo siguió hacia la cocina.

Mientras Thiago comenzaba a sacar cosas de la nevera, Dianita aprovechó para enviar un mensaje a Natalia. Sus dedos se movieron rápidamente sobre la pantalla de su teléfono. —Hola Naty, ¿me puedes sacar de una duda? Por favor, ¿Thiago estaba con Sofía en su casa? El mensaje fue enviado con una mezcla de ansiedad y curiosidad. Dianita no podía evitar sentir que algo no cuadraba, y necesitaba confirmarlo.

En la casa de Sofía, donde el otro grupo estaba reunido, Natalia sintió la notificación de su teléfono. Lo sacó discretamente y leyó el mensaje de Dianita. Sus cejas se alzaron en sorpresa.

—La verdad es que Thiago no se ha aparecido por acá, ¿pasó algo? —respondió, preocupada por el tono de urgencia en el mensaje de su amiga.

Dianita respiró hondo al leer la respuesta de Natalia. Un peso se levantó de sus hombros, pero su mente no dejó de dar vueltas. — “Si no estaba con Sofía, ¿Dónde estaba? ¿Me estará diciendo la verdad?”, se preguntó, mientras intentaba calmarse. Para no preocupar a Natalia, le respondió con un mensaje tranquilizador. —No, tranquila, es que no había llegado a su casa, pero acaba de llegar. Gracias.

Con el ambiente un poco más distendido, Dianita se unió a Thiago en la cocina, ayudando a preparar los bocadillos y las bebidas. Thiago, sin embargo, no podía evitar mirarla de reojo. Desde que llegó, había notado lo hermosa que se veía, pero ahora, estando tan cerca, no podía apartar los ojos de ella. Dianita llevaba una blusa rosada de mangas que dejaban al descubierto sus hombros, un detalle que resaltaba la suavidad de su piel.

Aunque la blusa no tenía escote, la ajustada tela dejaba entrever la forma de sus senos, firmes y turgentes. Su minifalda negra, corta y ajustada, apenas cubría sus carnosas nalgas, y los botines de tacón que calzaba estilaban sus piernas, haciéndolas parecer interminables. Era una imagen que Thiago no podía ignorar, y su mirada se perdía en los detalles de su cuerpo, era como si quisiera calcar su imagen en su mente.

Dianita, consciente de su escrutinio, finalmente lo confrontó. —Si sigues mirándome de esa forma, voy a empezar a preocuparme por estar sola contigo —dijo con un tono que intentaba ser juguetón, pero con la intención de avergonzarlo.

Thiago se sobresaltó, como si acabara de despertar de un trance. —¿Qué? —respondió, sorprendido.— No sé a qué te refieres, ni siquiera te estaba mirando, —mintió con una sonrisa pícara, aunque su rostro delataba que había sido descubierto.

Dianita Sin decir una palabra, se giró rápidamente, quedando frente a frente, lo miró fijamente, sus ojos clavados en los de él. Sus rostros tan cerca que podían sentir el calor de la respiración del otro. El aire entre ellos se cargó de una tensión diferente, más eléctrica, más íntima. Thiago sintió cómo su corazón aceleraba, y por un momento, olvidó las palabras que había preparado para defenderse.

Dianita, con una mezcla de desafío y curiosidad, mantuvo la mirada, sus labios ligeramente entreabiertos. El silencio que los envolvió fue más elocuente que cualquier palabra. Thiago, atrapado en sus ojos, se dio cuenta de que ya no importaba si había estado con Sofía o no. En ese momento, lo único que existía era la proximidad de Dianita, su aroma, la suavidad de su piel que parecía llamar a sus dedos.

Dianita sentía unas ganas incontrolables de besarlo, sentir su piel, pero se contuvo, quería empezar un juego de seducción en el cual la mente de Thiago pudiera traer recuerdos perdidos por su amnesia, lo quería llevar al límite, Dianita sabía que Thiago se tenía que estar haciendo preguntas sobre ellos, la química entre los dos era muy evidente. Por eso tiro más de la cuerda y le dijo en tono retador; —Dime que hace unos segundos, no me estabas mirando con ganas como de quitarme la ropa.

Thiago, le sostuvo la mirada, en su mente sabía que Dianita estaba jugando con él, pero no entendía el porqué, pero acepto el reto y le siguió el juego a Dianita por eso le contesto; —No puedo negar que eres una mujer con una belleza extraordinaria, y cualquier hombre con uso de razón con ese outfit que llevas te miraría con ganas de querer quitarte la ropa, pero yo no soy como todos los hombres.

La tensión en el aire era palpable, como si cada molécula de oxígeno estuviera cargada de deseo. Dianita, con una sonrisa pícara que podría derretir el hielo más grueso, miró fijamente a Thiago, sus ojos brillando con una mezcla de desafío y seducción. La pregunta que lanzó al aire, —¿Qué quieres decir que no eres como todos los hombres?, resonó en la cocina como un susurro cargado de intención. Ambos sabían que el juego había comenzado, y ninguno estaba dispuesto a ser el primero en ceder.

Thiago, con una calma que contrastaba con el torbellino de emociones que lo consumía por dentro, respondió con una mirada que podría haber encendido un fuego. —Pues la respuesta es evidente, —dijo, su voz suave pero firme— a pesar de tu belleza, en ningún momento se me pasó por la mente querer quitarte la ropa. Sus palabras eran una mentira, pero una mentira envuelta en seda, diseñada para mantener el equilibrio precario de su juego.

Dianita, sin embargo, no era una mujer que se dejara engañar fácilmente. Con una sonrisa que combinaba inocencia y malicia, lo confrontó: —Mentir nunca ha sido una de tus fortalezas. —Sosteniéndole la mirada le dijo— Lamentablemente para ti, te conozco bien y sé cuándo estás mintiendo. Su voz era un susurro sensual, una caricia que recorría la espalda de Thiago, dejándolo sin aliento.

Él tragó saliva, sintiendo cómo su corazón latía con fuerza contra su pecho. Dianita tenía razón; su mente había imaginado mil veces cómo sería deslizar sus manos sobre la suave piel de ella, cómo sería perderte en la profundidad de sus ojos mientras sus labios se encontraban. Pero no estaba dispuesto a ceder tan fácilmente. Con un giro maestro, desvió la conversación: —Ya es la segunda vez que me dices que me conoces muy bien, pero también es la segunda vez que te equivocas acerca de lo que estoy pensando. Mejor cojamos las cosas y llevémoslas a la habitación para empezar con el trabajo de la universidad.

Dianita quedó descolocada, como si las palabras de Thiago hubieran sido un balde de agua fría. Por un momento, su sonrisa se desvaneció, reemplazada por una expresión de sorpresa. Pero rápidamente se recompuso, tomando del mesón de la cocina una bandeja con pasabocas y una botella de vino. Antes de cruzar la puerta, lanzó una última mirada cargada de significado: —Antes del accidente no eras tan cobarde.

Sus palabras resonaron en la mente de Thiago mientras ella se alejaba, sus caderas moviéndose con una gracia felina que era imposible ignorar. La falda corta que llevaba dejaba poco a la imaginación, y Thiago no pudo evitar seguirla con la mirada, sintiendo cómo su cuerpo respondía a la visión de sus curvas perfectas, giro su rostro hacia atrás capturo infraganti a Thiago mirando sin disimulo sus nalgas. —Trae dos copas, por favor, añadió Dianita con una sonrisa de victoria, sabiendo que lo había atrapado en su juego.

Thiago suspiró, mirando al techo como si buscara paciencia divina. “Esta mujer, su belleza y su juego me van a volver loco” pensó, tomando las dos copas y siguiendo los pasos de Dianita. Sabía que ella estaba jugando con él, pero no podía evitar sentirse atraído por su audacia, por la forma en que lo desafiaba a cada paso.

Al dirigirse a la habitación, Dianita tenía un plan en mente. Había leído que las personas con pérdida de memoria a veces recuperaban sus recuerdos si pasaban por situaciones similares a las que habían vivido antes, especialmente si eran relevantes en sus vidas. Quería recrear la escena de las escaleras, aquella primera vez que ella había estado en su casa, cuando todo había comenzado.

Aceleró el paso, asegurándose de estar delante de Thiago, sabiendo que, al subir las escaleras, él tendría una vista privilegiada de su trasero. La falda corta no dejaba mucho a la imaginación, y ella se aseguró de que cada movimiento de sus caderas fuera una invitación silenciosa. Thiago, por su parte, se retrasó un poco, pero no pudo evitar mirar. Cada escalón que subía Dianita revelaba un poco más de sus curvas, la tanga que llevaba apenas cubriendo lo esencial, se le metía entre las nalgas. “Dios, qué hermoso culo” pensó, su mente embotada por la imagen.

Dianita, con todo calculado, giró su rostro a mitad de las escaleras, atrapando a Thiago infraganti, con la vista perdida en ese enorme trasero. Sus ojos se encontraron, y por un momento, el mundo pareció detenerse. Thiago sintió un rubor subir por sus mejillas, pero lo único que se le ocurrió decir fue: —Tranquila, no he visto nada. Eran las mismas palabras que había dicho la primera vez, y Dianita sonrió, sabiendo que su plan estaba funcionando, pero no estaba segura de sí sus recuerdos volverían.

Fingiendo enojo, Dianita continuó con su actuación: —Es en serio, Thiago, ahora eres un depravado. Ya me estoy arrepintiendo de hacer este trabajo contigo. Lo jaló por el brazo, poniéndolo delante de ella y empujando su espalda con una sonrisa que delataba su diversión. Thiago, con las manos levantadas en señal de rendición, respondió: —Créeme, no vi nada. Además, ¿Qué querías que hiciera? Para subir tengo que mirar al frente. Él sabía perfectamente que Dianita lo había descubierto, pero su sonrisa traicionera mientras hablaba lo delataba. Era un juego entre ellos, uno que ambos disfrutaban, aunque ninguno lo admitiera en voz alta.

Dianita siguió con su papel, aunque por dentro estaba a punto de estallar en carcajadas. —Tú lo has dicho perfectamente, tenías que mirar al frente, no mis nalgas que estaban arriba.

Sus palabras resonaron en el aire, cargadas de una mezcla de coquetería y desafío. En ese preciso momento, cuando Dianita terminó de hablar, una imagen borrosa invadió su mente. Era como mirar a través de una cortina de agua, pero la figura era inconfundible: ella misma, subiendo las escaleras, su cuerpo curvilíneo resaltando con cada paso, su trasero perfecto moviéndose con gracia. La imagen desapareció tan rápido como llegó, dejándola con una sensación extraña, como si hubiera tocado algo que no debía.

Thiago, ajeno a la visión que se había atravesado en su de Dianita, puso una mano en su cabeza, como si le doliera. Ella se detuvo en seco, su sonrisa desapareciendo de golpe.

—¿Qué pasa? ¿Te sientes mal? —preguntó, su voz teñida de preocupación. En ese instante, recordó las palabras del doctor que había realizado la operación de Thiago: “Cuidado con las emociones fuertes, aún está en recuperación”. Un nudo se formó en su estómago. ¿Debería parar el juego? ¿Estaría arriesgando demasiado?

Thiago, al notar su preocupación, la tranquilizó con una sonrisa forzada. —Tranquila, no pasa nada, solo fue un mareo. A veces me pasa cuando subo rápido las escaleras. Mintió, no quería que Dianita se preocupara, ni que dejara de lado el juego que tanto disfrutaba. Sabía que su atracción mutua era palpable, pero también sabía que ella tenía sus límites, y no quería cruzarlos.

Dianita asintió, aunque el nudo en su estómago persistía. La preocupación la había dejado en alerta, pero la atracción entre ellos era demasiado fuerte como para ignorarla. Decidió continuar con el juego, aunque ahora con un poco más de cautela. Subieron los últimos escalones en silencio, el aire cargado de una tensión que ninguno de los dos estaba dispuesto a romper.

Al llegar al último peldaño, Thiago se detuvo y se giró hacia ella, su mirada intensa pero controlada.

—¿Y ahora qué? ¿Vas a seguir regañándome o vamos a trabajar? Dianita sonrió, recuperando su actitud juguetona.

—Depende de ti. Si prometes no mirar donde no debes, podemos seguir. Thiago alzó las manos en señal de inocencia.

—Prometo portarme bien. Pero tú también tienes que prometer algo.

—¿Y qué sería eso? —preguntó ella, arqueando una ceja.

—Que no vas a usar ese trasero como arma de distracción masiva. Dianita soltó una carcajada, su risa llenando el espacio entre ellos.

—Eso no lo puedo prometer. Es parte de mi encanto.

Thiago sonrió, rendido ante su actitud. Sabía que Dianita era una maestra en el arte de la seducción, y él, aunque intentara resistirse, siempre caía en su juego. Juntos, continuaron hacia la habitación, el aire cargado de una tensión sexual que ninguno de los dos estaba dispuesto a resolver, al menos no aún. Pero ambos sabían que era solo cuestión de tiempo antes de que el juego tomara un giro más íntimo, más peligroso. Y quizás, eso era lo que más les gustaba.

—Vamos, siéntate —dijo, guiándolo hacia una pequeña mesa en la habitación, donde habían decidido hacer su trabajo de la universidad. Con un gesto juguetón, le ofreció una copa de vino mientras se acomodaba en una silla, cruzando las piernas con gracia.

Thiago tomó la copa, sus dedos se rozaron brevemente con los de ella, y una corriente eléctrica pareció recorrer su cuerpo. Se sentó frente a ella, tratando de enfocarse en el trabajo, pero sus pensamientos eran un torbellino. La imagen de Dianita subiendo las escaleras seguía repitiéndose en su mente, y cada vez que la miraba, la tensión en el aire crecía.

Dianita, tomo el computador y presionó el botón de encendido, tenía la ilusión que su foto aun estuviera de fondo de pantalla, pero la realidad era otra, la imagen que mostro el computador era la de un auto, su rostro cambio su expresión, pero inmediatamente se enfocó, su misión era hacer que Thiago sintiera la necesidad de hablar con ellos, para poder ayudarlo a recuperar la memoria y que tuviera otra versión de la historia que Sofia le había contado.

Se pusieron manos a la obra y dejaron los juegos para poder terminar y cumplir con el trabajo asignado por la profesora Violeta, el tiempo paso volando, la intención inicial de Dianita era la de terminar lo más rápido posible para poder tener tiempo con Thiago para una conversación más íntima, pero no fue posible, el tiempo paso volando y cuando quisieron terminar ya eran casi la una de la madrugada.

Con un gesto sutil, Dianita movió su cuello en señal de cansancio, y dijo; —por fin terminamos, y miro la hora que marcaba la computadora, su corazón se arrugo, sabía que el tiempo se le había ido realizando el trabajo, era hora de irse a su casa, por más que su mente quisiera quedarse como la primera vez, ahora era diferente, no podía controlar la situación.

Thiago, sentía que su corazón se aceleraba, sabía que el tiempo con Dianita y el juego que habían tenido horas antes había llegado a su fin, pero su mente se negaba a dejarla marchar y sin pensarlo dijo; —Dianita, espero no lo tomes a mal, pero creo que es muy tarde para que te vayas sola a tu casa —su corazón latía a mil por segundo, mientras decía las palabras— no quiero que pienses que quiero aprovechar la situación es solo por seguridad, te puedes quedar en mi habitación y yo dormiré en la sala o en la habitación con mis padres no te preocupes.

Dianita al escuchar esas palabras sintió una felicidad tan grande que su respiración cambio, sus pechos se inflaban y era evidente que estaba emocionada, pero quiso ocultar su emoción, por lo que dijo: —Tienes razón es muy tarde, pero no quiero tener problemas con tu novia si se entera que pase la noche en tu habitación.

Con esas palabras Thiago entendió, que Dianita no quería marcharse, si realmente quisiera irse, su respuesta hubiera sido otra, por lo que decidió arriesgar un poco más, —Si tú, no dices nada yo tampoco, además nadie a excepción de mis padres sabe que estas en mi casa, ¿o se te olvida que les dijimos a todos que nos reuniríamos mañana en la universidad? Thiago se la quedo mirando fijamente como queriendo leer cuál sería su respuesta.

Dianita, decidió aceptar la propuesta de Thiago y llamo a sus padres para informar que estaba en la casa de Thiago por un trabajo de la Universidad, y que por la hora y por su seguridad era mejor quedarse y en la mañana temprano iría a su casa. Sus padres tenían conocimiento del accidente de Thiago y entendieron la situación por lo que accedieron a la petición de su hija.

—Listo ya mis padres saben que estoy en tu casa, si llega a pasarme algo tú serás el directo responsable. —le dijo con una risa burlona.

Thiago solo sonrió, a la respuesta de Dianita, —¡Ah claro!, como hace unas horas me trataste de depravado, era obvio que quisieras asegurarte que yo no pudiera hacerte nada. —contesto él y ambos rieron a carcajadas. “En serio que su esencia no cambia, siempre me hace reír con sus ocurrencias”, pensaba Dianita.

Ya con el ambiente más distendido, Dianita levanto su copa vacía, y miro la botella de vino que también estaba vacía, Thiago entendió el mensaje y dijo: —Me leíste la mente, primera vez que aciertas, ya bajo y busco otra botella, ¿te parece bien?, —pregunto él, Dianita solo asintió con la cabeza. Pero antes de que Thiago se levantara de su silla, ella preguntó: —Thiago se honesto conmigo, ¿Qué fue lo que te pasó realmente en las escaleras?

Él la miro fijamente y quiso ser honesto, —¿En serio quieres saber? —ella asintió mirándolo fijamente— Esta bien, te lo diré, cuando subía por las escaleras llegó a mi mente una imagen tuya subiendo las escaleras, era la misma escena, pero tu ropa era distinta, digamos que fue como un deja vu. Ahora entiendo cuando decías que ya habías estado en mi casa, ¿eso pasó cierto?

Continuará.

Si te ha gustado el capítulo, por favor, no dudes en dejar un comentario y una valoración, lo apreciare mucho. Siempre agradezco las muestras de apoyo de los lectores, son muy importantes para mí, pido disculpas por la larga ausencia.

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