Ámbar y yo no nacimos rivales. Cuando era chica yo le hacía de hermana grande a ratos: le ataba los cordones, le escondía las pavadas de mamá, le decía que el novio del colegio no servía. Ella era la nena mayor de Paola y Fernando; yo era la del otro lado, la que iba a lo de Enrique los fines que le tocaban y volvía a lo de mamá como quien cambia de canal.
Ámbar creció muy de golpe para mí. Castaña, piel blanca, flaquita, con unas terribles tetas que le crecieron de la noche a la mañana y que desde los diecisiete le cambian la ropa. Pelo con ondas naturales, boca chica, esa cara de quien parece no hacer nada y sin embargo se lleva la mirada de la mesa. En los asados se sentaba con las piernas cruzadas y el vaso en alto. En la pileta de mamá se quedaba más tiempo que nadie. Yo la quería, sí. También empecé a medirla.
En los últimos años la cosa se puso competitiva sin que nadie lo declarara. Carreras, cuerpos, quién llegaba mejor a un cumpleaños, quién hacía reír a Enrique, quién tenía una anécdota más viva. Yo tenía diez años más, un departamento en Villa Crespo y una vida que se sostenía sola. Ella tenía diecinueve y esa facilidad para sentarse donde no le correspondía, para reírse un segundo más tarde, para pedir las cosas con una voz que a los hombres les parece inocente. Búzios no inventó la pelea. Solo la dejó a la vista, con sol y con alcohol, y conmigo escuchando a nuestra madre pedirle el culo a nuestro padre detrás de un placard.
Volvimos a Buenos Aires un domingo a la noche. El aeropuerto, las valijas, Fernando manejando, Ámbar dormida contra la ventanilla, Cecilia con los auriculares. Mi vieja iba adelante. Yo atrás, con el culo todavía sensible y la imagen de la barra de la pileta clavada. Enrique se fue por su lado directo a su casa en un Uber. Nadie habló de nada que importara. Me dejaron en Villa Crespo. Subí, tiré la valija y me duché hasta que se me arrugaron los dedos.
El lunes no nos escribimos. El martes a la tarde me llegó el mensaje.
Enrique: Esta noche no están los pibes. Si querés.
Yo: A qué hora
Enrique: Nueve
Llegué a las nueve y diez. Belgrano, el mismo edificio de los veintidós, el mismo palier con olor a piso recién lustrado. Toqué. Abrió en jean y remera gris, descalzo, el pelo todavía húmedo. Me miró un segundo en el umbral, como midiendo si yo iba a armar la misma escena que en Búzios.
—¿Entrás o te quedás de adorno?
Entré. Cerró. El departamento estaba ordenado: una remera de Tomás sobre una silla, fotos de los tres pibes, una copa en la mesada. Me sirvió agua. No hablamos del aeropuerto. No hablamos de Paola. Me besó contra la heladera, con las dos manos ya en el culo, subiendo el vestido hasta la cintura. Le metí la mano en el jean. Estaba duro. Grueso. El cuerpo mío lo reconoció antes que la cabeza.
Me sentó en la mesada. Me corrió la bombacha a un costado y se agachó. Me la comió despacio primero, después con hambre, los pulgares abriéndome, la lengua ancha, mirándome cada tanto. Yo me agarré del borde y le apreté la cabeza con los muslos. Cuando iba a venirme se enderezó, se bajó el jean y me la metió de pie, de una. Gemí contra su hombro. Me tapó la boca con la palma. Me cogió así, corto, hondo, el culo golpeándome contra el cajón. Acabé con las piernas en su cintura, temblando, los ojos cerrados.
No alcanzó. Me llevó a la cama —la misma cama de noviembre, la misma de todas las veces que vinieron después— y me sacó el vestido. Quedé desnuda. Él se sacó todo. Se me tiró encima y me la volvió a poner en la concha, más lento, mirándome. Me chupó los pezones. Me dijo al oído que en el avión no había podido dejar de pensar en la habitación del hotel. Yo le clavé las uñas en la espalda.
En la cama, todavía con él adentro, le dije que quería de nuevo lo de Búzios.
—¿Estás segura?
—Sí. Despacio. Como aquella noche.
Fue al baño. Lo escuché abrir el botiquín. Volvió con el frasco. Me puso boca abajo, me abrió los cachetes y me lamió el culo hasta que se me aflojaron los muslos. Después los dedos: uno, dos, con esa paciencia que en la concha no usa. Yo respiraba contra la sábana. Cuando apoyó la cabeza gruesa y empujó, el cuerpo ya sabía lo que venía. Igual ardió. Entró centímetro a centímetro, demasiado gruesa para un culo que todavía no estaba acostumbrado a eso, hasta que se me escapó un quejido contra la tela. Cuando estuvo toda adentro se quedó quieto, la frente en mi espalda.
—Decime si paro.
—No pares.
Empezó lento. El dolor se fue mezclando con esa cosa más honda que la concha no me da. Me agarró la cintura. Después el pelo. El ritmo se fue haciendo más fuerte. El sonido era sordo, obsceno, distinto. Yo gemía. Él me tapaba la boca cuando se me iba de más. Me alcanzó el clítoris con los dedos y acabé con él adentro del culo, apretándolo. Aceleró. Me la clavó hasta el fondo, se tensó y eyaculó, chorros calientes llenándome, un gruñido bajo contra mi hombro.
Cuando la sacó, el semen se me escapó espeso entre los cachetes, hasta la concha. Él lo miró. Yo me quedé de panza un rato, hasta que él se tiró al lado y me pasó una mano por la cadera.
El techo de Belgrano. El aire. Afuera, un colectivo.
Hablamos bajo. Sin la pelea de la madrugada del hotel.
—En Búzios —dije— no era solo que Ámbar se te tirara encima. Es cómo lo hace. Desde hace un tiempo. En los asados se te ríe con una voz que no usa con Fernando. En la pileta se saca el pareo cuando estás. Te muestra el celular demasiado de cerca. Y el otro día, en la barra, no estaba cerca. Estaba en tu regazo. Como si ese lugar le cupiera.
Él no se enojó. Tampoco se hizo el distraído. Se quedó un rato callado, mirando el techo, la mano todavía en mi piel.
—No soy ciego, ni boludo Cyn. Me di cuenta. Tiene diecinueve y está probando con el tipo más grande de la mesa, que encima le pagó el viaje. Lo vi. Me corrí todas las veces que pude sin armar un número delante de tu madre y de Fernando. Si me quedaba de piedra, quedaba peor.
Se dio vuelta un poco, para mirarme.
—Nunca pasó nada con ella. Te lo juro. Ni un beso. Ni una mano. Ni un mensaje fuera de lugar. Lo de la pileta fue un segundo: se me sentó, me mostró un video boludo —una boludez de una piba en un bote— y yo la levanté. Si vos viste otra cosa, era eso. No le voy a dar de comer. Pero tampoco voy a tratarla como si fuera un monstruo por ser una pendeja que se manda.
Yo lo escuché. El semen todavía se me sentía. El segundero del Cartier me golpeaba suave contra el pecho cuando respiraba.
—Yo con ella era cercana —dije—. Le cubría las salidas. Le prestaba ropa. Hasta que un día empecé a notar que todo era un partido. Quién estaba más linda. Quién te hacía reír. En Búzios se me acabó la paciencia.
—Es tu hermana.
—Y vos sos mi padre. Ya vamos tarde para esa frase.
Se rio por lo bajo, sin mucha gracia. Me acarició el pelo.
—Si alguna vez pasa —dije—, no me lo tapés como lo de mamá.
—No va a pasar.
No le pregunté si lo de mamá iba a volver a pasar. Esa noche no. Me recosté en su hombro tatuado y me quedé callada un rato largo, oliéndolo, pensando en Ámbar flaquita, blanca, tetona, riendo en un regazo que yo había usado de madrugada, y en él jurándome que ese regazo, con ella, no había sido más que un segundo.
Le creí lo suficiente para quedarme dormida una hora, con la pierna tirada encima de la suya. No le creí tanto como para dejar de mirar.
Al otro día me fui temprano.
En el Uber me crucé de piernas y sentí que todavía lo tenía, espeso, y que la conversación no había cerrado nada: solo lo había puesto sobre la mesa, entre los dos, como una cosa que ahora tenía nombre.
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