El límite (3): El regalo

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Salí del baño vestida de rosa.

La lencería que a ellos más les gustaba. La que Kim pedía en las fotos. La que Ji-soo reconocía al primer segundo. El hilo, el body, las medias. Sofía hecha por mí, con el labial todavía irregular y el corazón golpeándome el cuello.

Ella me esperaba junto a la caja.

Me la acercó sin abrirla. Me tomó de la cintura, me miró de arriba abajo y dijo, baja, dueña:

—Ahora sí vas a saber de qué trata todo.

Y me besó.

No un beso de costumbre. No un beso de esposa que acomoda una camisa. Un beso largo, hondo, hambriento, de esos que hacía mucho no me daba. La lengua, las manos en mi nuca, el cuerpo pegado al rosa. Se me subió la sangre de un golpe. El esposo, aturdido, sintió cómo se le encendía el cuerpo como antes, como hombre. Se me puso dura contra la tela. Sofía, pintada y vestida, quedó atrapada en esa erección que delataba al que todavía no se iba.

Ella lo sintió.

Sonrió contra mi boca.

Se separó apenas.

—Date vuelta.

No entendí. Seguía nublado por los besos, con la respiración rota, con la polla marcada bajo el hilo rosa.

—Date vuelta —repitió, y ya no era una sugerencia.

Me tomó. Me dio la vuelta. Me tiró sobre la cama. El colchón me recibió de cara, el body subido, el culo expuesto. Me habló a la espalda, clara, sin piedad:

—Sofía se pone en posición. Hay que prepararla.

Acto seguido tomó la caja de los plugs y el lubricante. Me abrió las piernas con la rodilla. Me recorrió con los dedos. Ya no hubo el terror del primer día, pero sí una vergüenza nueva: estar dura de sus besos y, al mismo tiempo, ofrecerle esa parte para lo que viniera. Eligió el más grande. El de los tres. El que ya me había hecho llorar. Lo empujó despacio, firme, hasta dejarlo bien puesto, hondo, llenándome otra vez.

Me quedé temblando.

Ocupada.

Caliente.

Entonces me pasó una venda.

—Voy al baño a prepararme. Y a preparar este nuevo regalo… el que tanto has rogado desde que te dije que venía algo.

Me besó el hombro.

—Cuando te avise que estoy lista, te vendas los ojos. Pobre de ti si miras. Pobre de ti si arruinas la sorpresa.

Obedecí.

Escuché el baño. El agua. El roce de la tela. El esposo, ciego, intentaba adivinar y no quería adivinar. Sofía, con el grande adentro y la boca todavía sabiendo a ella, ya estaba de rodillas por dentro. Cuando su voz cruzó la puerta —lista—, me puse la venda. Oscuridad. El corazón desbocado. El plug latigueándome cada respiración.

Salió.

Se acercó.

Me pidió que me pusiera de rodillas.

Me arrodillé sobre la alfombra, las medias tensas, las manos sobre los muslos, el rosa humillándome a plena casa. Ella me sacó la venda.

Abrí los ojos.

Y solo la vi a ella.

Un conjunto de látex negro, ceñido, pegado a cada curva, como de ama. El cuerpo marcado. El brillo. Y, coronándolo, un arnés de cuero. En el centro, apuntándome a la cara, un dildo rosa de unos diecinueve centímetros. Imponente. Duro. A la altura de mi boca.

El esposo se quedó sin aire.

Sofía abrió un poco los labios sin que yo se lo pidiera.

Ella sonrió, dueña, con el regalo ya no escondido en ninguna caja.

—Ahora sí —dijo—. Ya sabes de qué se trata.

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