No le concedí la menor distancia. La aferré con rudeza de la cintura y la arrastré de vuelta hacia mi posición con un tirón seco.
—¿A dónde carajos crees que vas, zorra? —le gruñí directamente en el oído, con la respiración pesada y el tono cargado de un morbo absoluto—. No te vas a mover de aquí; quiero verte la cara de perra cuando te rompas.
La mantuve fija bocarriba y le abrí las piernas con un ademán brusco que la dejó totalmente expuesta. Colé dos de mis dedos en su intimidad empapada y comencé a bombearla a una velocidad salvaje, curvando las falanges en el interior para castigar su punto G con una presión implacable, mientras mi pulgar aplastaba su clítoris inflamado en un roce continuo y violento.
—Así… quiero que revientes como la maldita puta que eres —le solté con crudeza, devorándola con la mirada—. Quiero sentir cómo te retuerces entera mientras te hago chorrear.
Sofía arqueó la espina dorsal de forma violenta, sus ojos se pusieron en blanco perdiendo la fijeza y su cuerpo entero entró en una convulsión ingobernable. Con un grito desgarrado que inundó la estancia, alcanzó un orgasmo brutal. Su musculatura interna se ciñó a mis dedos con espasmos asfixiantes, al tiempo que su coño reaccionaba expulsando un chorro espeso, caliente y abundante que salió disparado, anegando mis dedos, mi antebrazo y gran parte de las sábanas.
—¡Me vengo… me estoy vaciando como una puta…! —gritaba fuera de sí, retorciéndose de forma errática bajo mi peso, con los muslos sacudiéndose en un temblor incontrolable.
Lejos de retirar la mano, sostuve el bombeo con mis dedos a través de su colapso, estirando el paroxismo de sus fibras con un roce continuo que prolongó el eco de su orgasmo. Continué estimulándola hasta que su cuerpo experimentó una última sacudida severa y quedó completamente desarmada sobre el colchón, con la mirada perdida en el techo y la boca abierta en busca del oxígeno que le faltaba.
Retiré los dedos chorreando de su humedad y los deslicé directamente entre los labios de Sofía. Los recibió con una avidez inmediata; envolvió mis falanges con la boca, lamiéndolas y succionándolas con una fijeza que delataba el morbo de saborear su propio colapso, mientras emitía pequeños quejidos ahogados y me sostenía una mirada cargada de una lujuria intacta.
En cuanto el oxígeno regresó a sus pulmones, se incorporó sobre las rodillas y se abalanzó directo sobre mi miembro, que continuaba rígido y pulsando en la penumbra. Lo aferró por la base con ambas manos y lo albergó con un hambre desesperada, confinándome hasta el fondo absoluto de su garganta de un solo movimiento fluido. Comenzó a ejercitar un oral intenso, rítmico, obligando a su cabeza a moverse en un vaivén continuo mientras el exceso de saliva lubricaba toda la longitud de mi verga.
Tras varios segundos de un asalto húmedo y sofocante, liberó mi hombría con un eco denso y se giró sobre el colchón de inmediato, adoptando una posición en cuatro justo frente a mí. Arqueó la espina dorsal al límite para potenciar el relieve de su retaguardia y, estirando una mano hacia atrás, guio la corona de mi miembro para alinearlo directamente con la entrada de su vulva, que se encontraba completamente desbordada de fluidos.
La penetré con una brusquedad rotunda, hundiéndome hasta la raíz de una sola estocada que no admitió preámbulos. Sofía soltó un grito ahogado donde el placer y el impacto de la fricción directa se mezclaron de golpe, arrojando el rostro hacia las sábanas.
—¡Ahhhh, así… sí! ¡Métemela entera! ¡No te guardes nada, Andrés! —gimió, empujando la pelvis hacia atrás con rabia para obligarse a recibirme por completo.
Reanudé el asalto sin la menor piedad, castigándola desde atrás con estocadas brutales, masivas y profundas. Mis caderas impactaban contra la base de sus muslos con un golpe seco que hacía vibrar la carne firme de sus nalgas, inundando la habitación con ese eco espeso, húmedo y obsceno que delataba la intensidad del asedio.
Sofía continuaba quejándose como una posesa, despojada de cualquier vestigio de cordura en su propio cuarto:
—¡Sí…! ¡Cógeme así, primito! ¡Destrózame por dentro! ¡Más duro, carajo… quiero sentir cómo me abres toda!
La penetración tomo una velocidad furiosa al vaivén, devorándola con un ritmo animal mientras le clavaba los dedos en las caderas, jalando su cuerpo hacia mí en cada uno de mis descensos para obligar a su raja a tragarse mi tamaño por completo. Sofía hundía los dedos en el colchón, balanceándose al filo del delirio entre gritos y súplicas rotas:
—¡Más fuerte…! ¡Quiero que mi vagina me quede latiendo por tu culpa! ¡Cógeme como la perra que soy para ti! ¡No te atrevas a parar, por favor!
La contención se volvió insostenible en esa postura. La tomé con un agarre firme de las caderas y obligué a su cuerpo a descender, tendiéndola por completo boca abajo contra el colchón. Usé mis rodillas para abrirle las piernas con rudeza y me dejé caer con todo mi peso sobre su espalda, confinándola contra la cama sin darle la menor oportunidad de escape.
—Así te quiero tener, perra —le gruñí directamente en el oído, con el aliento espeso—. Con el trasero alzado y el coño completamente expuesto para poseerte como un animal.
Empujé mi pelvis con una fuerza salvaje, hundiéndome hasta la raíz de un solo golpe seco. Sofía ahogó un grito desgarrado contra las sábanas, crispando los dedos sobre la tela.
—¡Ahhhh…! ¡Qué rica verga, Andrés! ¡Me estás partiendo!
Comencé a castigarla con un vaivén furioso, volcando todo el peso de mi cuerpo en cada estocada. Mis caderas impactaban con violencia contra la redondez de sus nalgas en penetraciones brutales y densas que hacían que la estructura de la cama crujiera al límite bajo nuestro peso.
—Trágatela entera, zorra —le solté, hundiéndole los dientes en el hombro con un mordisco posesivo—. Quiero que sientas cómo te ensancho tu coñito tan estrecho. Eres mi puta familiar, ¿verdad? Dilo, maldita sea.
—¡Sí…! ¡Soy tu prima puta! —chilló Sofía, con la voz ahogada por la presión del colchón contra su rostro—. ¡Cógeme! ¡Quiero que me dejes el coño destrozado y desbordando con tu leche espesa!
Concentré un ritmo frenético al asalto, poseyéndola sin el menor rastro de cordura. Mis testículos golpeaban con fuerza contra su clítoris inflamado en cada impacto contundente. Sofía gemía y gritaba sin control, totalmente desbocada por el morbo de la situación.
—¡Más…! ¡Rómpeme por dentro! ¡Déjame el coño lleno de leche! ¡Soy tu perra, fóllame como la zorra que soy!
Le enredé los dedos en el cabello con brusquedad y tiré de su cabeza hacia atrás, obligándola a arquear la columna mientras continuaba martilleándola desde atrás sin ninguna piedad.
—Dime cuánto te fascina que tu primo te use como a una puta barata —le ordené al oído, incrementando la crudeza del vaivén.
—¡Me vuelve loca…! ¡Me fascina que mi primo me coja como a una puta barata! ¡Quiero que me llenes hasta el fondo y me dejes chorreando!
Sus quejidos se volvieron agudos, sibilantes y desesperados. Las paredes de su intimidad se cerraron alrededor de mi grosor con una presión asfixiante y colapsó en un clímax brutal; se sacudía y gritaba descontrolada debajo de mí mientras entraba en una convulsión violenta.
Lejos de frenar, sostuve el embate salvaje a través de su orgasmo, prolongando el eco de sus espasmos con estocadas profundas hasta dejarla al borde del desmayo por el exceso de placer.
Tras su orgasmo, la aferré con brusquedad de las caderas y la jalé hacia mí, obligándola a girarse sobre el colchón. La tendí de espaldas, abriéndole las piernas al límite de su flexibilidad para encajarme entre sus muslos expuestos. Sin la menor contemplación, arremetí de un solo golpe rotundo, sepultándome hasta la raíz en su interior mientras le clavaba la mirada de forma implacable.
Sofía soltó un quejido espeso, un eco húmedo que le nació del fondo del pecho al sentir mi grosor invadirla por completo, obligando a sus paredes ultrasensibles a dilatarse para albergarme.
—Así… no te atrevas a cerrar los ojos, perra. Mírame cómo te abro —gruñí, apoyando los antebrazos a los lados de su cabeza para inclinar mi peso y reanudar un asalto demoledor.
Nuestras miradas se fundieron en un pulso cargado de morbo. Cada estocada era masiva, profunda y brutal; un martilleo incesante que hacía que sus pechos rebotaran con violencia entre nuestros torsos. Sofía flexionó las rodillas y me rodeó la cintura con las piernas, cruzando los tobillos en mi espalda para anclarme en su centro mientras gemía fuera de sí.
—¡Sí, así… métela toda! ¡Quiero ver cómo disfrutas cogerme como a una maldita zorra! —jadeó, clavándome las uñas en la espalda con desesperación—. ¡Lléname hasta el fondo, primito!
El eco húmedo, denso y obsceno de mi miembro entrando y saliendo de su conducto anegado saturaba las paredes del cuarto. Sofía mantenía la boca entreabierta, los ojos vidriosos por el éxtasis y las facciones completamente encendidas por la transpiración y el placer.
—Te voy a dejar este coño escurriendo mi leche, perra. Vas a quedar bien marcada —le solté entre dientes, acelerando el bombeo.
—¡Sí… vacíate dentro de mí! ¡Preñame con toda tu maldita corrida caliente! —chilló desbocada, arqueando la pelvis para devorar cada impacto.
La presión se volvió insostenible; sentí la marea del clímax ascender por mi columna como una descarga eléctrica.
—¡Ya viene… me voy a venir dentro de ti! —bramé, sin concederle un solo segundo de tregua visual.
La atrapé por la nuca y la besé con una furia desesperada, devorándole la boca mientras mis caderas continuaban impactando contra su retaguardia con golpes secos y feroces. Sofía emitió un quejido ahogado contra mis labios y me estrechó con todas sus fuerzas, contrayendo su musculatura interna en espasmos asfixiantes alrededor de mi miembro.
Con un último empuje masivo que nos pegó pubis contra pubis, exploté violentamente en su fondo. Chorros gruesos, densos y calientes de semen inundaron su cavidad uterina, rebosando su interior en ráfagas sucesivas mientras nos devorábamos en un beso agónico. Sofía se sacudió en un temblor espasmódico debajo de mí, acusando el impacto de cada pulsación febril de mi verga mientras la preñaba.
Permanecimos unidos en el centro del colchón, sosteniendo el beso con una intensidad jadeante.
Sofía continuaba temblando debajo de mí, con los músculos completamente laxos y las paredes de su coño cediendo en sutiles pulsaciones reflejas, mientras mi semen caliente comenzaba a desbordarse de su interior para deslizarse entre nuestras piernas. Respiraba a bocanadas cortas, con las mejillas encendidas y la mirada empañada por el letargo del clímax.
De pronto, rompiendo la inercia me rodeó la espalda con los brazos en un agarre de hierro, hundiéndome las uñas en la piel como si pretendiera anclarme al colchón para siempre. Me obligó a sostenerle la mirada con una fijeza que ya no era solo lujuria; era una mezcla densa de fatiga y un veneno mucho más oscuro: celos puros.
—Eres mío, Andrés… —susurró, y su voz arrastraba una ronquera densa, posesiva, que sonó como una puta sentencia—. Aunque juegues a independizarte y te vayas a meter con la zorra de Avril, sigues siendo mío.
Se impulsó hacia arriba para estamparme un beso rabioso, mordiéndome el labio inferior con la fuerza justa para hacerme reaccionar, mientras obligaba a su vagina a contraerse una vez más alrededor de mi miembro, que continuaba confinado en su calidez.
—Me revienta que estés lejos —continuó sin darme espacio a replicar, con el aliento entrecortado rozándome la boca—. Me vuelve loca la maldita idea de imaginarte con Avril… metiéndole esta verga que me pertenece a mí. Dime la verdad, carajo. Dime que mi coño te aprieta más que el suyo. Dime que prefieres cómo te recibo yo.
Marcó un sutil vaivén con las caderas, buscando la fricción directa mientras me escaneaba el rostro en busca de una confirmación, devorada por la desconfianza.
—Sé perfectamente que te vuelve loco cómo te ordeño cada vez que te tengo adentro… —murmuró entre dientes, acentuando la presión interna—. Ninguna de esas perras te va a aguantar el ritmo como yo. Ni de chiste esa guarra.
Me estrechó con más fuerza contra su pecho, enterrando el rostro en el hueco de mi cuello para dejarme la marca de un mordisco limpio y territorial.
—Prométeme que cuando la tengas abajo y le estés dando duro, vas a cerrar los ojos y vas a pensar en mí… —me exigió en un susurro cargado de bilis—. Vas a pensar en cómo te exprimo con el coño, en cómo me rompes la garganta y en cómo te hago terminar. Porque tú eres mío, Andrés. Aunque empaques tus cosas y te largues de esta casa… de mí no te vas a librar.
Se quedó completamente aferrada a mi cuerpo, respirando de forma pesada contra mi piel, mientras el rastro de mi clímax continuaba goteando entre sus muslos y sus uñas seguían clavadas en mi espalda, sellando su propiedad en la penumbra del cuarto.
Tras un largo silencio, donde la atmósfera de la habitación cambió por completo, decidí soltar el nombre que flotaba en el aire:
—¿Y Alex? —pregunté en un susurro, rompiendo la tregua.
El cuerpo de Sofía se puso rígido de inmediato. Rompió el contacto con mi cuello y alzó el rostro para encararme. Durante una fracción de segundo, la sorpresa le desarmó las facciones, pero tardó muy poco en recomponerse, transformando el desconcierto en una sonrisa cargada de un desafío directo.
—¿Qué pasa, Andrés? ¿Te mueres de celos porque comparto el terreno? —soltó, hundiéndose los dientes en el labio inferior con malicia.
Sostuve el pulso visual sin emitir una sola palabra. Ella dejó escapar un suspiro denso, acomodando el peso de su cuerpo sobre el mío en una actitud de absoluto control.
—Alex no se anda con rodeos… —continuó, y su voz adquirió una cadencia pausada, midiendo el impacto de cada palabra—. Ayer me buscó y me cobró cada cuenta pendiente. Me tomó desde atrás, con una fuerza que me hizo perder el control por completo, tal como te fascina imaginarlo. Me dejó el cuerpo entero marcado y exhausto.
Hizo una pausa deliberada, escaneando mis reacciones en busca de cualquier tensión en mi mandíbula. Marcó un sutil balanceo sobre mi pelvis antes de rematar:
—Le fascina escuchar cómo pierdo los estribos cuando dice mi nombre. Me repitió una y otra vez que no hay nadie que le responda de la misma forma en la cama, y se aseguró de dejar su marca en mi interior. Es increíblemente posesivo cuando quiere.
Se inclinó de nuevo hacia mí, rozando mi barbilla con sus labios inflamados antes de deslizar su aliento directamente sobre mi oído:
—¿Te carcome saber que no eres el único que reclama este lugar? ¿O te enciende la cabeza la idea de saber que tu mejor amigo me domina de la misma forma en que tú lo haces?
Me retuvo con una mirada donde el deseo y la provocación se entrelazaban, esperando a ver quién cedía primero en ese juego de poder.
—Dime la verdad de una vez, primito… ¿Quieres que le pinte la línea y lo deje fuera del tablero? ¿O disfrutas demasiado saber que tu prima no le pertenece a nadie más que a la mejor verga?
Me mantuve completamente inmóvil, sosteniéndole la mirada con una frialdad calculada. Sabía perfectamente a qué estaba jugando: esa era la estrategia clásica de Sofía, esa forma tan suya de tensar la cuerda y empujar los límites para ver en qué momento me quebraba. Aunque por dentro el aguijonazo de los celos era real —sabiendo que los encuentros con Alex eran más frecuentes de lo que admitía—, obligué a mi mente a permanecer fría, despojando mi voz de cualquier rastro de debilidad.
—Haz lo que se te dé la gana, Sofía —le solté con una calma que rayaba en la indiferencia—. Yo voy a hacer exactamente lo mismo. Además, los dos sabemos que en cuanto me saco la verga tu deseo se descontrola, vas a estar más que lista para borrar el rastro de Avril… o de quien sea que se me ponga enfrente.
Sofía se me quedó viendo fija, muda por un par de segundos. Sus pupilas se dilataron, delatando una mezcla densa de desconcierto, morbo y una chispa innegable de rabia. El tono desapegado le había dado justo en el centro de su orgullo, donde más le dolía.
Se incorporó levemente sobre mi torso, acentuando la presión de su cuerpo sobre el mío, y me miró con esa sonrisa peligrosa que solía usar cuando el juego se le salía de las manos.
—Vaya, vaya… —susurró, trazando círculos lentos y tortuosos con la pelvis, obligándome a sentir su estrechez—. Mírate nada más, ahora resulta que eres un tipo frío y desapegado. ¿De verdad vas a pretender que te da igual lo de Alex? ¿Que no te importa que me haya tomado como quiso, que me haya dejado marcada y exhausta en su cama?
Se inclinó hacia adelante, plantando ambas palmas sobre mi pecho para dominarme desde arriba, con los ojos inyectados de desafío.
—Porque te lo repito: me destrozó por completo. Me puso en la posición que quiso y no tuvo piedad. Pero lo mejor de todo, primito… es que cada maldito gemido que solté, y cada vez que colapsé en su cama, lo hice teniendo tu nombre en la cabeza mientras él me llenaba.
Sus caderas continuaron marcando ese compás pausado, una provocación directa destinada a sabotear mi control.
—Pero si esas son tus reglas, adelante, juguemos así —continuó, bajando el tono a un murmullo denso—. Yo voy a seguir buscando a Alex cada vez que se me antoje la adrenalina… y tú puedes ir a revolcarte con Avril las veces que quieras. Solo ten clara una sola cosa…
Descendió un poco más, rozando la comisura de mis labios con los suyos mientras sentenciaba al oído:
—Al final de la noche, ninguna de ellas te va a conocer como yo. Nadie te va a desarmar de esta manera. Podrás huir de esta casa, Andrés, pero siempre vas a terminar arrastrándote de vuelta a mí.
Me atrapó en un beso cargado de una rabia contenida, hundiéndome los dientes en el labio inferior mientras obligaba a sus músculos internos a ceñirse a mi miembro en un espasmo violento, sellando el pacto en la penumbra del cuarto.
Le devolví el beso con la misma moneda: un impacto denso, cargado de una frustración latente y un deseo que se resistía a apagarse. Nuestras lenguas se buscaron con brusquedad, disputándose el control durante varios segundos, hasta que logré romper el contacto con un tirón seco.
—Me tengo que largar —le solté, con el pecho subiendo y bajando de forma errática—. Pero esto no se va a quedar así. Tú y yo tenemos demasiadas cuentas pendientes.
Me puse de pie y me vestí con movimientos mecánicos. Arrastré el resto de mis pertenencias hacia el interior de la maleta, cerré el cierre de golpe y enfilé hacia la salida sin concederle una sola mirada de despedida. Sofía permaneció estática a mitad del colchón deshecho, con la desnudez expuesta y las pupilas clavadas en la puerta.
Más tarde, el eco de la puerta principal anunció el regreso de Rebeca. Al entrar a la sala, se topó de frente con su hija, quien acababa de salir de la ducha; llevaba el cabello húmedo escurriéndole por los hombros y vestía únicamente una bata de seda ligera que apenas se ceñía a su silueta.
—¿Andrés ya pasó por aquí? —preguntó Rebeca de inmediato, deteniendo la mirada sobre el juego de llaves que yo había dejado en la barra de la cocina.
Sofía asintió con una parsimonia estudiada, obligando a sus facciones a reflejar una calma absoluta.
—Sí. Vino a recoger la última maleta que le quedaba y se marchó.
Rebeca enarcó las cejas, recorriendo la estancia con una sospecha innegable. Dio un paso al frente, acortando la distancia mientras la escaneaba con detenimiento.
—¿De verdad me vas a decir que solo vino por sus cosas? —soltó, con un matiz sibilante que dejaba claro que no compraba el argumento.
Sofía la encaró sin parpadear, adoptando una postura desafiante que congeló el ambiente.
—No, mamá… no seas ingenua —respondió con una firmeza demoledora—. También vino a cogerme. Y me dio el mejor sexo de mi vida. Me cobró cada maldito detalle con esa verga que tú misma conoces perfectamente y que te mueres por probar.
El silencio que se instaló en la sala fue brutal. Rebeca se quedó petrificada a mitad de la estancia, procesando la crudeza de la declaración de su hija. Un sutil rubor le encendió las mejillas, pero la reacción no arrastraba solo indignación; en el fondo de sus ojos destellaba una mezcla densa de celos reprimidos y una turbación que no consiguió camuflar.
—¿Qué carajos estás diciendo, Sofía? —articuló Rebeca, con la voz atrapada en un hilo tembloroso.
—Escuchaste a la perfección —insistió Sofía, acentuando la arrogancia en el tono—. Me tomó como se le dio la gana y me dejó completamente llena. Y no me vengas con sermones, mamá, porque no soy ninguna estúpida. Sé perfectamente cómo lo miras cada vez que caminaba por los pasillos.
Rebeca apretó los labios hasta dejarlos pálidos. Dio un paso más hacia ella, con el ritmo de su respiración notablemente alterado.
—Eres una cínica, una descarada —soltó, aunque el reproche moral carecía de fuerza real—. ¿Te crees con el derecho de hablarme de esa forma? ¿Crees que no me doy cuenta de lo que estas haciendo? Primero Alex, ahora Andrés… y vienes a restregármelo en la cara.
Sofía esbozó una sonrisa maliciosa, aunque la rigidez de sus manos delataba la tensión del pulso.
—Te lo restriego porque sé perfectamente que te enciende la cabeza —remató con descaro—. Te carcome el morbo de saber que yo disfruto lo que tú solo te atreves a repasar en tus fantasías. ¿O me vas a negar que te mueres de ganas?
Rebeca guardó silencio, conteniendo el aire mientras el pecho le subía y bajaba de forma errática. La rabia y el deseo contenido libraban una batalla evidente en sus facciones. Cortó la última distancia, quedando a escasos centímetros del rostro de su hija.
—Estás jugando con fuego, Sofía… —susurró con una ronquera densa—. Es tu primo. Mi sobrino. Es una total aberración. ¿No te da un mínimo de vergüenza?
Sofía levantó la barbilla, sosteniendo el pulso sin un solo milímetro de sumisión.
—¿Vergüenza de qué? La que debería tenerla eres tú por consumirte por dentro cada vez que te lo imaginas encima. Por desear exactamente lo mismo que yo ya tuve.
La atmósfera entre madre e hija quedó completamente saturada de una inercia eléctrica, un territorio peligroso donde los lazos familiares se diluían bajo el peso de un morbo compartido y una rivalidad silenciosa que acababa de estallar.
Rebeca levantó la vista y miró a Sofía directamente, con los ojos brillantes por una mezcla de vergüenza, deseo y frustración.
—Nunca pensé que llegaría a esto… pero sí. Me excita. Me excita saber que mi sobrino tiene una verga gruesa que te hace gritar. Me excita imaginarme en tu lugar. Y me duele que seas tú la que lo tenga y no yo.
Sofía se quedó sin palabras por un momento, procesando la confesión de su madre. Rebeca dio un paso más cerca y bajó la voz:
—Así que sí… tienes razón. Quiero probarlo. Quiero saber si es tan bueno como dices. Pero soy tu madre… y esto está mal. Todo esto está mal.
El silencio que siguió fue pesado. Rebeca tenía la respiración acelerada y las mejillas rojas. Por primera vez, había admitido abiertamente su deseo.
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