El sol de Belgrano entró chato, de esos que no calientan todavía pero ya dejan el cuarto en una luz sucia. Me desperté pegada a él, la pierna encima de la suya, el Cartier frío contra la costilla. La sábana nos cubría hasta la cintura. Enrique respiraba hondo, todavía dormido, el pelo revuelto, un tatuaje del hombro aplastado contra la almohada.
Corrí la sábana.
La pija se le veía semidura, pesada, apoyada contra el muslo, la cabeza color piel. Lo abracé de costado, le pasé la lengua por el borde de la oreja y le hablé bajo, bien pegado.
—Anoche me tocaste vos. Ahora te toco yo.
Lo agarré. Estaba caliente y se me espesó en la mano apenas cerré los dedos. Empecé despacio, de abajo hacia arriba, el pulgar rozándole el frenillo. Él se despertó con un ruido en la garganta, sin abrir del todo los ojos.
—Cyn…
—Quedate quieto.
Seguí. La lengua en la oreja, la mano subiendo y bajando con saliva que le dejé en la punta. El cuerpo se le tensó. La pija se le puso dura en tres pasadas.
—Quiero repetir lo del placard de Búzios.
Abrió los ojos. Me miró de costado, todavía con sueño y con la pija en mi puño.
Lo seguí masturbando, despacio, sin aflojar.
—Quiero lo del placard. Que ella esté en la cama y yo atrás, mirando.
—No, con tu vieja ni en pedo —dijo él—. Lo de Búzios fue una sola vez en años. No pienso repetirlo, no quiero quilombos.
—Paola no. Ámbar.
Se le quedó la cara quieta. Yo le pasé la lengua por la tetilla y volví a la oreja.
—Uf, me gusta la idea.
—Mandale un mensaje. Que venga. Yo me meto en el placard. Quiero verlo. Quiero oírlo. Después te cojo yo.
Lo masajeé más lento, apretando en la base, subiendo hasta que se le puso la cabeza brillante.
—No es un juego.
—Tampoco lo era lo de anoche, cuando me contabas cómo le acababas adentro y yo acababa en tu mano. Mandale.
Se quedó un rato así, mirando el techo, la respiración un poco más corta por lo que le hacía. Después buscó el teléfono en la mesita. Escribió con una sola mano. Yo no aflojé.
Lo vi de reojo.
Enrique: ¿Querés venir esta noche? Si podés.
Tres puntos. La respuesta llegó rápido.
Ámbar: Hoy no puedo. Mañana sí. Tipo diez.
Dejó el celular boca abajo. Le solté la pija, le di un beso en el cuello y me incorporé.
—Entonces mañana.
Me fui a Villa Crespo con el gusto de él todavía en la mano y la cabeza ya armando el placard.
Al día siguiente llegué a las ocho y media. El departamento olía a él, a piso recién pasado, a Sauvage de la ducha de la tarde. El placard de la habitación es grande, de puertas corredizas, de esos que ocupan toda la pared. Probé la rendija: veinte centímetros. Desde ahí se veía la cama entera, la mesita, la lámpara, el ángulo en el que él siempre se arrodilla. Me metí entre las camisas. El olor a él me envolvió otra vez, igual que en Búzios, pero esta vez no había miedo: había espera. Dejé la puerta como estaba. Me quedé descalza, en bombacha y remera, la respiración corta. Faltaban cinco minutos para las diez.
A las diez y diez sonó el timbre.
Voces en el palier. La risa de ella, más alta de lo necesario. El seguro. Pasos. La puerta del cuarto.
—Dejá la cartera ahí —dijo él.
Ámbar entró primero. Pollera corta, top, el pelo suelto con esas ondas. Se rio de algo que no escuché bien. Enrique cerró. La besó contra el marco, las dos manos ya en el culo, subiendo la tela. Ella se le acomodó encima como si el lugar le cupiera de siempre.
La desnudó sin apuro y sin ternura. El top, la pollera, la bombacha. Quedó parada al borde de la cama, flaca, blanca, las tetas enormes para ese cuerpo, los pezones grandes, ya duros. Enrique se sacó la remera, el jean, el bóxer. La pija le saltó igual que siempre: gruesa, pesada, ya dura. Ella se le arrodilló un segundo, le pasó la lengua, se metió en la boca lo que pudo.
A los minutos él le agarró el pelo y la levantó. La tiró en la cama. Le abrió las piernas. Le chupó la concha, con hambre, los pulgares abriéndola. Ámbar gemía agudo, corto, distinto. Ella arqueó la espalda. Se notó como la hizo acabar solo con la lengua. Después se subió y se la metió de una.
Ella gritó. Estrecha, como él había dicho. Él no aflojó. La cogió fuerte, hondo, las tetas le sacudían a cada embestida. La dio vuelta. La puso de rodillas, cara contra la almohada, culo arriba. Se la clavó de atrás y le agarró la cintura. El sonido era el de la concha mojada y de ella pidiendo más, más fuerte, que le hablara.
Yo lo veía todo por la rendija. Las camisas me rozaban la cara. Me había metido dos dedos debajo de la bombacha sin darme cuenta.
Enrique paró. Se corrió hacia la mesita. Abrió el cajón. El frasco. El mismo.
Ámbar se quedó de panza, respirando contra la sábana, el culo chico, duro, en alto.
—¿Qué hacés?
—¿Me das la colita?
La untó con los dedos. Uno. Después dos, despacio, abriéndola. Ella se quejó, se rio un poco, nerviosa.
—Enrique, despacito por favor…
—Si bebé, tranquila.
Sacó los dedos. Apoyó la cabeza gruesa, brillante de aceite, contra el agujero. Empujó muy despacio. Ámbar apretó los dientes. Entró la cabeza. Un poco más. Nada más. El culo no daba. Él se quedó así, apenas adentro, bombando corto, corto, las manos agarrándole los cachetes para no perder ese pedazo. Ámbar gemía tapada, mezclado con un quejido que mezclaba placer con dolor.
Tres, cuatro embestidas así, incompletas, gruesas, imposibles. Se tensó. Se clavó lo que había y acabó. Se le vio en la espalda, en el gruñido bajo, en cómo se le pusieron duros los muslos. Los chorros le quedaron adentro de ese poco que había podido meter. Cuando la sacó, el semen se le escapó espeso del agujero, le resbaló entre los cachetes, le llegó a la concha. Él lo miró. Ella también, de costado, con la cara destrozada contra la sábana.
No hablaron mucho. Se levantaron. El agua de la ducha. Voces tapadas por el chorro. Minutos. Después ropa, pasos, el seguro, el palier.
La puerta de calle.
Me quedé en el placard hasta asegurarme que ningún imprevisto los haría volver. Salí. La cama estaba deshecha, olía a aceite, a ella, a él. El frasco abierto en la mesita. Un hilo todavía marcado en la sábana.
Me saqué la remera y la bombacha. Me tiré en el lugar de ella, de panza, esperando.
Me masturbé con las imágenes de lo que acababa de presenciar. No una, sino dos veces.
El timbre no sonó. La llave sí.
Enrique apareció en el umbral, el pelo húmedo, la remera gris, la cara de quien acaba de dejar a alguien en otra casa y vuelve a la suya. Me vio desnuda en su cama, las piernas abiertas, el placard todavía entreabierto atrás mío.
No dijo mi nombre.
Cerró. Se sacó la ropa mientras caminaba. La pija se le estaba despertando otra vez, brillante todavía de lo que había hecho. Se me tiró encima. Me la metió de una, en la concha, hondo, con el gusto de la otra todavía encima. Yo lo agarré de la nuca y le hablé al oído, sucio, concreto, pidiéndole que me contara lo que yo ya había visto.
Esta vez no hizo falta que diera detalles.
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