La sirvienta y su señor

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La sirvienta esperaba de rodillas sobre las losas irregulares de la mazmorra. La piedra fría se clavaba a través del látex negro que cubría sus muslos gruesos, pero ella no se movía. Las cadenas de hierro colgaban quietas a ambos lados, algunas rozando apenas las vigas de madera oscura que cruzaban el techo bajo. Las antorchas de hierro, clavadas en las paredes de roca, lanzaban llamaradas rojas que se reflejaban en el brillo húmedo del traje y en las sombras profundas de las esquinas. El olor a cera quemada, a humedad antigua y a metal oxidado flotaba en el aire denso. Ella mantenía las manos apoyadas sobre el pecho, los dedos enguantados apenas separados, la mirada baja pero atenta hacia la puerta de madera oscura.

Su cuerpo era el de una mujer de caderas anchas, pecho generoso y cintura marcada. El catsuit de látex negro la envolvía como una segunda piel, desde el cuello alto hasta los pies, ceñido a cada curva. Los senos empujaban el material hasta formar dos esferas tensas y brillantes, los pezones marcándose claramente bajo la superficie lisa. El vientre se veía plano, las caderas redondeadas, los muslos gruesos que se abrían al arrodillarse, y las nalgas firmes que el látex resaltaba. Sobre el catsuit llevaba el delantal blanco de volantes, corto, que terminaba justo debajo del pubis, con el borde fruncido y ribeteado en negro. Un cinturón blanco ancho le ceñía la cintura, acentuando la forma de reloj de arena.

En las muñecas, puños de látex blanco con volantes y anillas de metal que tintineaban levemente si se movía. En la cabeza, el tocado blanco de sirvienta, con el borde negro y el moño alto de cabello rubio recogido, del que escapaban algunos mechones claros que le caían junto a las sienes. El maquillaje era preciso, usaba ojos claros subrayados de negro, pestañas largas, labios pintados de un tono neutro que el látex del cuello hacía parecer más pálido. El traje crujía levemente cuando respiraba, y el brillo de las antorchas recorría cada pliegue y cada tensión del material.

La puerta se abrió con un chirrido bajo. El señor entró. El látex negro de su catsuit integral reflejó las antorchas de inmediato, un brillo oscuro y profundo que contrastaba con la luz roja. El traje lo cubría por completo, notó, una capucha integrada que le ceñía el cráneo y dejaba solo los ojos y la boca al descubierto, cremallera frontal en la entrepierna, guantes integrados que terminaban en manos cubiertas, y pies enfundados.

La tela brillaba en los hombros anchos, en el pecho donde se marcaba el volumen muscular bajo el material, en el vientre que se tensaba ligeramente, en los muslos gruesos y en las piernas fuertes. Unas gafas se notaban a través de las aberturas de los ojos, por cuanto se notaba el reflejo de las llamas en los cristales. El caminó hasta quedar frente a ella, las suelas del látex apenas sonando sobre la piedra, el sonido seco y contenido.

—Señor —dijo la sirvienta, sin levantar la voz, las palabras claras en el silencio de la mazmorra—. Gracias por permitirme servirle. Me encanta estar así para usted. Es lo que más disfruto. – Él no respondió de inmediato. Extendió una mano enguantada y le tocó la mejilla. El látex frío contrastó con el calor de su piel. Ella inclinó la cabeza contra la palma, los labios entreabiertos, un suspiro suave escapando. Él deslizó el pulgar por su labio inferior, sintiendo el maquillaje y el calor. —Levántate —ordenó, la voz baja pero firme.

Ella se puso de pie con cuidado, las rodillas dejando marcas leves en el látex. El delantal blanco se movió, los volantes rozando la parte alta de los muslos cubiertos de negro. El señor recorrió con la mirada el contorno de sus senos, la forma en que el látex se estiraba en los pezones erectos, la curva de las caderas y la manera en que el cinturón blanco marcaba la cintura. Con ambas manos le abrió el delantal y lo dejó caer a un lado, sobre el banco de madera cercano. El catsuit negro quedó expuesto por completo. La cremallera del cuello estaba subida hasta arriba. Él bajó la mano y la deslizó por el pecho, apretando uno de los senos a través del látex.

El material cedió apenas bajo la presión, el calor de su cuerpo transmitiéndose a través de él. Ella contuvo el aliento, pero no se apartó. Empujó el pecho hacia la mano, ofreciéndose. —Me encanta servirle así —repitió, la voz más baja—. Enfundada. Saber que está completamente cubierto y que yo estoy aquí para lo que necesite. Todo lo que haga conmigo lo disfruto.

El señor deslizó la cremallera de su propio traje hacia abajo, en la parte de su entrepierna, solo unos centímetros, lo suficiente para liberar el miembro. Estaba erecto, se notaba la piel en contraste con el látex negro que lo rodeaba por completo. La sirvienta bajó la mirada y se arrodilló de nuevo sin que se lo pidiera, el delantal blanco olvidado en el banco. Abrió la boca y lo tomó, los labios pintados deslizándose sobre la piel caliente. El látex de sus guantes rozaba los muslos del señor mientras apoyaba las manos en ellos, los volantes blancos moviéndose con cada gesto. Chupaba con lentitud deliberada, la lengua recorriendo el glande, la saliva brillando bajo la luz de las antorchas.

Él le sujetó el tocado blanco con una mano y empujó más adentro. Ella relajó la garganta, los ojos claros mirando hacia arriba, el maquillaje intacto, las lágrimas leves de esfuerzo en las comisuras. El sonido húmedo de su boca llenó la mazmorra. El látex de su cuello crujía cada vez que tragaba. Él movió las caderas con ritmo pausado, usando su boca, y ella respondía con succiones profundas, las manos enguantadas acariciando lo que el látex dejaba al alcance.

Cuando él la retiró, ella respiró hondo, un hilo de saliva uniéndolos todavía. El señor la hizo girar y apoyó las manos en la pared de piedra. El látex negro de su espalda se tensó, marcando la columna y los omóplatos. Él le abrió las piernas con el pie y bajó la cremallera trasera del catsuit de ella, solo lo necesario para dejar al descubierto la vulva y el ano. El látex se separó con un chasquido suave, el material frío cediendo al calor. La sirvienta empujó las caderas hacia atrás, ofreciéndose. El señor frotó el glande contra ella, primero entre los labios mayores, húmedos y abiertos, luego más abajo, contra el ano. Entró de una sola embestida en la vagina.

Ella soltó un gemido corto, las manos enguantadas apretadas contra la piedra. El látex de sus muslos se pegaba al de él. Cada movimiento hacía que el delantal blanco, todavía colgado de un lado, se balanceara. Él la penetraba con ritmo constante, las manos enguantadas sujetándole la cintura, los dedos hundiéndose en el material brillante. La sirvienta apoyó la frente contra la piedra fría y empujó hacia atrás para recibirlo más hondo. El sonido de los cuerpos cubiertos de látex chocando era seco y húmedo a la vez. Él variaba la profundidad, a veces lento y profundo, a veces más rápido y superficial, y ella gemía en cada cambio, disfrutando cada uso.

Él se retiró y la hizo girar de nuevo. La sentó en el borde del banco de madera, las cadenas colgando encima. Le abrió más el catsuit por delante, liberando los senos. El látex se arremangó alrededor de ellos, dejando la piel expuesta. Los pezones estaban duros. El señor se inclinó y los chupó, uno y otro, la lengua recorriendo la piel caliente mientras el resto del cuerpo de ella seguía enfundado. Ella le acarició la capucha con las manos enguantadas, los dedos blancos de volantes rozando el látex negro. Cuando él volvió a penetrarla, esta vez de frente, ella enganchó las piernas en su cintura, los pies enfundados cruzados detrás de su espalda. El delantal blanco quedó aplastado entre ambos.

Cada embestida empujaba el aire de sus pulmones. Ella gemía sin contenerse, los ojos entrecerrados, el tocado de sirvienta ligeramente ladeado. Él le sujetaba las caderas y la levantaba ligeramente del banco en cada embestida, usando el peso de su cuerpo. La sirvienta apretaba los músculos internos, intensificando la sensación, y él respondía con embestidas más fuertes.

—Más —dijo ella—. Use lo que quiera de mí. Todo.

El señor la bajó del banco y la puso a cuatro patas sobre las losas. El látex de sus rodillas y manos se manchaba de polvo de piedra. Él se arrodilló detrás y volvió a entrar, más profundo. Una mano enguantada le sujetó el moño rubio y tiró hacia atrás, arqueando su espalda. La otra bajó y le frotó el clítoris a través del borde del catsuit abierto, los dedos enguantados moviéndose en círculos. La sirvienta tembló. El señor aumentó el ritmo.

El brillo de los dos trajes se multiplicaba con el movimiento. Las antorchas chisporroteaban. Una cadena se balanceó cuando él apoyó el hombro en la pared para empujar con más fuerza. Él alternaba entre embestidas profundas y movimientos más cortos, a veces retirándose casi por completo para volver a entrar de golpe. Ella gemía en cada una, empujando hacia atrás, el látex de sus nalgas chocando con las de él.

Se retiró de nuevo. La sirvienta se quedó en esa posición, respirando, el ano y la vulva expuestos entre el látex negro abierto. El señor le acarició las nalgas cubiertas, apretándolas, separándolas. Entonces escupió sobre el ano y frotó el glande contra él, humedeciéndolo. Ella empujó hacia atrás, ofreciéndose. Él presionó. El anillo de músculo cedió despacio. La sirvienta soltó un gemido largo, las manos cerradas en puños sobre la piedra, el tocado blanco rozando el suelo. El señor entró centímetro a centímetro, el látex de su abdomen rozando el de ella. Cuando estuvo completamente dentro, se quedó quieto. Ella respiraba con la boca abierta, los ojos cerrados, disfrutando la plenitud.

Él empezó a moverse, lento al principio, luego más firme. Cada embestida hacía que el látex de sus muslos se tensara. La sirvienta gemía sin parar, empujando hacia atrás para recibirlo más hondo, el delantal blanco arrugado bajo su vientre. El señor le sujetó las caderas con ambas manos enguantadas y aumentó el ritmo. El sonido de la penetración anal llenaba la mazmorra, húmedo y constante. Las cadenas se movían con las vibraciones. Ella llegó primero, el cuerpo temblando bajo el látex negro, los volantes blancos de las muñecas agitándose, un gemido largo escapando de su garganta.

Él siguió hasta vaciarse dentro de ella, el semen caliente en contraste con el material frío. Se quedó dentro un momento más, ambos respirando, los trajes brillantes bajo la luz roja de las antorchas, la sirvienta todavía de rodillas, el señor enfundado por completo excepto en el miembro que la había usado.

Él se retiró lentamente. La sirvienta se dejó caer de lado sobre la piedra, el látex negro brillante de sudor y fluidos, el delantal blanco arrugado a un lado, el tocado ladeado. El señor se ajustó la cremallera de nuevo, cubriéndose por completo. Ella levantó la mirada, los ojos claros todavía nublados de placer.

—Gracias, señor —dijo, la voz ronca—. Estoy aquí para servirle siempre que lo desee.

Las antorchas seguían ardiendo. Las cadenas colgaban quietas. El brillo de los dos trajes de látex se reflejaba en la piedra húmeda de la mazmorra.

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