El límite (7): Lo que se quedó adentro

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La llamada se cortó despacio.

Kim dijo algo breve, satisfecho, como quien cierra una cuenta. Ji-soo no sonrió. Solo miró un segundo más la cama, el látex, mi cara corrida de labial, y asintió. Ella apagó la pantalla. El cuarto quedó en silencio, con el olor a cuero, a sexo y a semen sobre la sábana. Yo seguía vestida. Las medias torcidas. El cuerpo abierto. El rosa de diecinueve centímetros ya no estaba dentro, pero el hueco que había dejado seguía latiendo, como si el arnés no se hubiera ido del todo.

El esposo volvió tarde.

Volvió en forma de pregunta.

¿Cómo me gustó tanto?

Esa fue la que no se fue con ellos. No el ardor. No la cámara. El gusto. Haberme corrido sin que me tocaran, gimiendo como una puta, empujándome hacia el arnés de mi propia esposa, solo para que dos hombres del otro lado del mundo se quedaran contentos. El marido quería vomitar esa idea. Quería levantarse, lavarse la cara, buscar el nombre de siempre en el espejo y no encontrarlo. Sofía, todavía en la piel, la abrazaba. La guardaba. La repetía en silencio: me gustó, me gustó, me gustó.

Ella me ayudó a sentarme. Me limpió la boca con una toalla húmeda. Me acomodó el pelo. Me besó la frente, otra vez esposa, otra vez suave, como si minutos antes no me hubiera llamado prostituta frente a una pantalla.

—Estuviste bien —dijo—. Ellos quedaron felices.

“Bien” me pesó más que cualquier insulto.

Porque bien era exactamente lo que me daba miedo haber sido.

No dormí esa noche. Me quedé de lado, vestida todavía un rato, escuchándola respirar. Cada vez que cerraba los ojos veía el rosa apuntándome a la cara. Cada vez que los abría, veía el techo de nuestra pieza, el mismo de siempre, y no entendía cómo las dos imágenes podían caber en el mismo cuerpo. El esposo preguntaba si al día siguiente iba a poder servir el café. Sofía preguntaba si ella iba a volver a ponérselo. Ninguna de las dos tenía respuesta.

Los días siguientes el teléfono sonó menos.

Primero un mensaje de Kim, corto, casi cariñoso en su crueldad: que Sofía había quedado linda, que había aguantado, que quizá más adelante. Después otro de Ji-soo, más frío: que el video les había gustado, que por ahora era suficiente. Después huecos. Horas. Un día. Dos. Ella seguía mirando la pantalla, pero ya no con esa luz de antes. A veces sonreía. A veces dejaba el teléfono boca abajo, como si el silencio también fuera una orden.

No hubo pelea. No hubo despedida clara. Solo un alejamiento lento, de gente que ya vio lo que quería ver y sigue con su vida al otro lado del mundo. Los paquetes dejaron de llegar. La lencería rosa se quedó doblada en un cajón. El arnés, guardado. El juego de plugs, en el fondo, como una escalera que ya no se usaba. Kim seguía existiendo en alguna foto vieja, en alguna prenda que ella ya no se probaba frente a mí. Ji-soo se apagó como se apaga una inspección terminada.

Y Sofía, que había nacido para ellos, se quedó sin público.

Al principio pensé que eso me iba a salvar. Que sin cajas, sin cámaras, sin “date vuelta”, el esposo iba a recuperar la casa. El uniforme. La mesa. El café de la mañana. En parte lo recuperó. Salía a trabajar. Hablaba poco. Firmaba. Volvía. Ella seguía siendo mi mujer: me preguntaba si había comido, me acomodaba el cuello de la camisa, a veces me miraba un segundo de más y no decía nada. El matrimonio, por fuera, seguía intacto.

Por dentro, no.

Sofía no se fue. Se encerró. Adentro. Sin puerta. Sin paquete que la llamara. Sin coreano que la nombrara. La sentía cuando me miraba al espejo del baño de la oficina y, por un instante, buscaba el labial que ya no estaba. La sentía al sentarme y recordar el peso. La sentía, sobre todo, en la vergüenza de haberlo deseado. Porque el dilema ya no era si estaba bien o mal que ella me usara. Era peor, más íntimo, más sucio: que me había gustado ser la puta. Que una parte de mí, la que ahora no podía salir, había querido quedarse de rodillas, con la boca abierta, diciendo “soy Sofía” hasta correrse sin que la tocaran.

Esa pregunta me acompañaba en lo más normal.

Lavando un plato.

Cruzando la calle.

Acostado a su lado, con la tele baja.

¿Qué clase de esposo disfruta que lo conviertan en prostituta?

¿Qué clase de hombre, después, extraña la humillación cuando ya nadie se la pide?

Una tarde ella pasó junto al cajón y no lo abrió. Yo lo noté. Ella también notó que yo lo notaba. No hablamos. Esa fue otra forma de encierro: las dos personas en la misma cocina, cargando un secreto que ya no tenía destinatario. Ella más suelta que antes, sí, más dueña de su cuerpo, más capaz de pedir. Yo más callado. Más partido. El esposo tapando. Sofía golpeando por dentro, sin salida, sin orden, sin público.

Una noche, ya sin llamadas, apagó la luz y me preguntó, muy bajo:

—¿La extrañas?

No supe si hablaba de ellos o de Sofía.

Tardé demasiado.

—No lo sé —dije.

Mentira a medias. Los extrañaba menos que a la versión de mí que ellos habían sacado. Esa versión, encerrada, seguía de rodillas en algún rincón del pecho, esperando una voz que ya no iba a llegar. A veces, al borde del sueño, creía oírla: date vuelta, ábrela, diles quién eres. Me despertaba con el corazón golpeando y la certeza miserable de que el gusto no se había ido con la pantalla. Se había quedado. Moralmente insoportable. Físicamente vivo.

Ella me buscó la mano debajo de la sábana. Un gesto de esposa. Suave. Casi inocente.

—Si algún día quiere salir otra vez —susurró—, me lo dices.

No prometí nada.

No negué nada.

Me quedé despierto, mirando el techo, sintiendo las dos personas pelearse sin ganador. Afuera, los coreanos se habían ido poco a poco, como se va una tormenta que ya descargó. Adentro, Sofía seguía ahí, vestida de rosa en la memoria, usada, feliz en el peor sentido, y sin poder cruzar la puerta del hombre que ahora la cargaba en silencio.

El matrimonio seguía.

La puta, también.

Solo que ya no tenía a quién servir… y eso, descubrí, dolía casi tanto como haberle servido…

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