Enamorándome de Dianita (31)

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T. Lectura: 9 min.

Resumen: La tensión sexual entre Thiago y Dianita es innegable. Cuando Thiago entra en la habitación, la pasión se desata. ¿Podrán resistir la tentación o cederán a sus deseos más profundos? Una noche de pasión y secretos está por comenzar.

Thiago caminó por el pasillo con el corazón acelerado, cada paso resonando en el silencio de la casa como un eco de su propia incertidumbre. Cada pisada lo alejaba de la habitación donde Dianita permanecía, pero también lo acercaba a un futuro que se sentía tan incierto como el latido de su pecho. Sabía que la conversación con Cristian al día siguiente sería crucial, no solo para él, sino para ambos. La chispa que había surgido entre ellos esa noche no era solo producto de la apuesta; era algo más, algo que no podía ignorar, pero necesitaba la ayuda de su amigo, su hermano, para mantener las cosas como estaban. Aún necesitaba entender ciertas cosas que no estaban claras en su mente.

El pasillo estaba iluminado por la luz tenue de una lámpara, proyectando sombras que parecían danzar con sus pensamientos. Thiago se detuvo un momento, apoyando una mano en la pared fría. Su corazón y su mente estaban recordando todo lo que sentía por ella y su amnesia había bloqueado y no quería admitir, Respiró hondo, intentando calmar su mente, pero la imagen de Dianita, con su sonrisa pícara y sus ojos llenos de deseo, no lo abandonaba. Se obligó a seguir caminando, aunque cada paso se sentía como una batalla interna.

Mientras tanto, en la habitación, Dianita permanecía sentada en la cama, envuelta en la sábana que apenas cubría su cuerpo. Sus pensamientos volvían una y otra vez a las palabras de Thiago antes de salir: “Que tengas lindos sueños, ¡ah! y no vayas a abusar de mí en ellos”. Una sonrisa juguetona se dibujó en su rostro mientras recordaba la forma en que él la había mirado, con esa mezcla de ternura y deseo que la hacía sentir viva. Se reprochaba no haber aprovechado la oportunidad de tener intimidad con él, de recordar lo que hacía mucho tiempo no sentía: el calor de sus manos, la intensidad de su mirada, la forma en que la hacía temblar con solo rozarla.

El silencio de la habitación fue interrumpido por el suave crujido de la puerta al abrirse. Dianita levantó la cabeza, pensando que podrían ser los padres de Thiago, pero su sorpresa fue mayúscula cuando una mano acarició su cabello. Abrió los ojos lentamente y se encontró con esos ojos que la seducían sin decir una sola palabra. Thiago estaba allí, de pie junto a la cama, con una sonrisa pícara y una mirada que la atravesaba. Su corazón comenzó a latir con fuerza, como si hubiera corrido una maratón en cuestión de segundos.

—¿Qué haces? —preguntó ella, su voz apenas un susurro, mientras sus ojos buscaban los de él, deseando escuchar la respuesta que su cuerpo ya parecía conocer.

Thiago la miraba con un deseo que no intentaba ocultar. Sus ojos brillaban con una intensidad que Dianita no había visto antes, y su mano seguía acariciando su rostro con una ternura que contrastaba con la pasión que ambos sentían. Finalmente, habló, su voz ronca y llena de emoción: —Lo siento, pero no pude contenerme. No sé por qué, pero siento la necesidad de estar cerca de ti.

Dianita también sentía el deseo recorrer su cuerpo como un río desbordado. Su piel se erizaba con cada caricia en su rostro, y su respiración se aceleraba al ritmo de su corazón. Sin pensarlo dos veces, su mano se cerró alrededor del cuello de Thiago, atrayéndolo hacia ella hasta que sus labios se encontraron. El beso comenzó tierno, casi tímido, pero rápidamente se intensificó. Sus lenguas se entrelazaron en una danza que hablaba de deseo contenido, de noches en las que ambos habían luchado por ignorar lo que sentían.

Dianita se levantó de la cama, sentándose en las piernas de Thiago mientras restregaba su sexo contra la entrepierna de él. La lujuria que habían contenido durante toda la noche quedó en el pasado, y ninguno de los dos estaba dispuesto a reprimirse más. Thiago la abrazó con fuerza, sus manos recorriendo su espalda con lentitud, como si quisiera grabar cada curva en su memoria. Sus dedos bajaron despacio, deslizándose sobre la piel suave de ella hasta encontrarse con las duras nalgas de Dianita, que se tensaron bajo su toque.

Ella gimió suavemente, su cabeza cayendo hacia atrás mientras el placer la invadía. Thiago aprovechó el momento para besar su cuello, sus labios dejando un rastro de fuego que la hacía temblar. Sus manos no se detenían, explorando cada centímetro de su cuerpo como si fuera la primera vez que la tocaba. Dianita se movía sobre él, su sexo rozando el bulto que crecía en sus pantalones, ambos conscientes de la intensidad del momento.

—Thiago —susurró ella, su voz cargada de necesidad—, no quiero que te vayas.

Él levantó la mirada, sus ojos encontrándose con los de ella en un silencio que hablaba más que cualquier palabra. Sin decir nada, la levantó con facilidad, colocándola sobre la cama mientras se arrodillaba entre sus piernas. Sus manos subieron por sus muslos, apartando la sábana que la cubría, revelando los pezones erectos sobre la tela del top a la luz tenue de la habitación. Dianita lo miró con una mezcla de timidez y deseo, pero no se apartó. Sabía que lo que estaba por venir era inevitable.

Thiago se inclinó hacia ella, sus labios buscando los suyos en un beso profundo y apasionado. Sus manos no se detenían, recorriendo su cuerpo con una urgencia que contrastaba con la ternura de sus caricias. Sus dedos se deslizaron entre sus piernas, tomando la tea del short ajustado y bajándolo por completo, sus dedos fueron directo a encontrarse con su sexo húmedo y caliente. Dianita gimió en su boca, sus manos agarrando su cabello mientras él comenzaba a moverlos con lentitud, explorando cada pliegue con una destreza que la hacía perder el aliento.

—Thiago… por favor —suplicó ella, su voz quebrada por el placer.

Él sonrió contra sus labios, su aliento caliente en su rostro. Sin decir una palabra, bajó su cabeza, sus labios encontrando su clítoris hinchado. Dianita arqueó la espalda, sus manos apretando las sábanas mientras Thiago la lamía con una intensidad que la hacía sentir como si estuviera a punto de estallar. Sus movimientos eran firmes pero suaves, su lengua trazando círculos que la llevaban al borde del abismo una y otra vez.

—No te detengas —gimió ella, su cuerpo temblando bajo su toque.

Thiago no tenía intención de hacerlo. Sus manos sostenían sus caderas, manteniéndola firme mientras continuaba su exploración. Sus labios y su lengua trabajaban en armonía, llevándola a un lugar donde solo existía el placer. Dianita se retorcía bajo él, sus gemidos llenando la habitación mientras se acercaba al clímax.

Y entonces, justo cuando estaba a punto de alcanzarlo, Thiago se detuvo. Levantó la mirada, sus ojos encontrándose con los de ella, que lo miraban con una mezcla de frustración y deseo.

—¿Qué…? —intentó preguntar ella, pero Thiago la silenció con un beso.

—Aún no —susurró él contra sus labios, su voz ronca y llena de promesa.

Dianita lo miró, su respiración entrecortada, pero no insistió. Sabía que Thiago tenía algo más en mente, algo que la haría desearlo aún más. Y mientras él se levantaba, desabrochando sus pantalones con una lentitud que la hacía temblar, ella se recostó en la cama, esperando con anticipación lo que estaba por venir.

Thiago se paró junto a la cama, su cuerpo desnudo iluminado por la luz tenue de la habitación. Sus músculos se marcaban bajo su piel, y su erección era evidente, una prueba tangible de su deseo. Dianita lo miró con ojos llenos de anhelo, su cuerpo todavía temblando por el placer que había sido interrumpido. Él se acercó a ella con una sonrisa que prometía una noche inolvidable, su mirada cargada de una intensidad que la hizo sentir como si fuera la única mujer en el mundo.

—¿Estás lista? —preguntó él, su voz baja y seductora. Dianita asintió, incapaz de hablar, su cuerpo ya respondiendo a su presencia. Thiago se arrodilló junto a ella, sus manos acariciando sus muslos con una suavidad que contrastaba con la firmeza de su mirada. Sus dedos se deslizaron hacia arriba, rozando su sexo húmedo antes de detenerse, como si quisiera torturarla un poco más. Dianita gimió, su cuerpo arqueándose hacia él, pero Thiago la sostuvo con una mano, manteniéndola firme.

—No tan rápido —murmuró él, su aliento caliente rozando su oído. La frase, cargada de promesa y advertencia, la hizo temblar. Sus labios se posaron en su cuello, besando y lamiendo con una lentitud torturante. Cada roce enviaba escalofríos por su columna vertebral, haciendo que sus músculos se tensaran y relajaran en una danza de placer. Dianita cerró los ojos, entregándose por completo a sus caricias, sabiendo que cada segundo de espera valdría la pena.

Thiago se tomó su tiempo, como si estuviera mapeando su cuerpo con su boca. Sus labios descendieron por su clavícula, deteniéndose en cada punto sensible, besando y chupando con una intensidad que la hacía perder la noción del tiempo. Sus manos no se quedaban atrás, acariciando su abdomen, sus caderas, como si estuviera memorizando cada curva, cada detalle de su cuerpo. Cuando sus labios finalmente encontraron su pecho, Dianita gimió, sus manos enredándose en su cabello oscuro y rebelde. Sus pezones, duros y sensibles, fueron succionados con una intensidad que la hizo arquear hacia él, haciéndola perder la noción del tiempo.

—Thiago… por favor —susurró ella, su voz ronca por el deseo. Pero él no se apresuró. Continuó explorando su cuerpo, sus labios y lengua trazando patrones que la hacían sentir como si estuviera al borde de algo grande, algo que la consumiría por completo. Sus manos la guiaron, posicionándola de rodillas en la cama, su cuerpo expuesto y vulnerable ante él. Dianita lo miró por encima de su hombro, sus ojos llenos de deseo y sumisión. Su respiración era acelerada, su pecho subiendo y bajando con la intensidad del momento.

Thiago se colocó detrás de ella, sus manos acariciando su espalda con una suavidad que contrastaba con la firmeza de su erección presionando contra sus nalgas. Sus dedos se deslizaron por la curva de su cintura, bajando hasta sus nalgas, apretándolas con posesión. Dianita gimió, su cuerpo respondiendo a su toque, su sexo palpitando con una necesidad que ya no podía ignorar.

—Eres perfecta —murmuró él, su aliento caliente en su oído. Sus labios besaron la curva de su cuello, descendiendo por su espalda, dejando un rastro de fuego a su paso. Dianita se mordió el labio, sintiendo cómo su cuerpo se tensaba, anticipando lo que estaba por venir. Thiago se detuvo justo antes de su sexo, sus manos sosteniendo sus caderas con firmeza.

—¿Quieres esto? —preguntó, su voz baja y dominante. Dianita asintió, su cuerpo temblando de deseo. —Dímelo —insistió él, su tono dejando claro que no se conformaría con menos.

—Sí… por favor —susurró ella, su voz quebrada por la necesidad. Thiago sonrió, una sonrisa que prometía placer y rendición. Sus dedos finalmente se deslizaron entre sus piernas, encontrando su sexo húmedo y caliente. Dianita gimió, su cuerpo arqueándose hacia él mientras sus dedos la penetraban con lentitud, como si estuviera saboreando cada momento.

—No te muevas —ordenó él, su voz firme, casi un susurro que la hizo obedecer sin cuestionamientos. Dianita se quedó quieta, aunque cada fibra de su ser quería moverse, quería más. Thiago comenzó a mover sus dedos con una lentitud torturante, entrando y saliendo de su cuerpo con un ritmo que la hacía sentir como si estuviera al borde de un precipicio. Cada movimiento era una promesa, una amenaza, un susurro de placer que la llevaba más cerca del abismo.

Sus labios besaron la curva de su espalda, y sus dedos seguían entrando y saliendo, ahora con un ritmo más frenético, más urgente. Dianita sintió cómo su cuerpo se tensaba, cómo el placer se acumulaba en su interior hasta que ya no pudo contenerlo más. Su cuerpo se arqueó, su respiración se volvió agitada, y un gemido ahogado escapó de sus labios mientras alcanzaba el clímax.

Pero entonces, algo cambió. La habitación estaba sumida en una penumbra acogedora, apenas iluminada por los primeros rayos de la madrugada que se filtraban a través de las cortinas entreabiertas. La hizo abrir los ojos de golpe, la habitación estaba en silencio, recordándole que todo había sido un sueño. Su mano estaba en su sexo, sus dedos aún dentro de ella, y el placer que había sentido, que había creído real, no era más que una fantasía. Dianita yacía en la cama, su cuerpo aún tibio por el sueño que la había envuelto como una segunda piel. En su mente, las imágenes eran vívidas, casi reales: Thiago, con su presencia imponente y su voz grave, la había hecho sentir como la única mujer en el mundo.

Dianita sonrió, una sonrisa melancólica pero satisfecha. En cierto modo, había abusado de Thiago en sus sueños, lo había hecho suyo de una manera que en la vida real nunca se atrevería. Se incorporó lentamente, su cuerpo aún tembloroso por las sensaciones que la habían invadido. Se levantó de la cama, sintiendo el frío de la habitación en su piel desnuda, y se dirigió al baño.

La ducha fue rápida, el agua caliente lavando no solo su cuerpo, sino también las últimas trazas de su sueño. Se vistió con cuidado, y se miró al espejo, su rostro estaba sonrojado, sus ojos brillaban con una luz que solo el placer podía dar. Sonrió de nuevo, esta vez con una mezcla de timidez y satisfacción.

Salió de la casa de Thiago en silencio, asegurándose de que nadie la viera. La calle estaba desierta, el mundo aún dormido. Caminó con paso ligero, sintiendo el aire fresco de la madrugada en su rostro. El sueño había sido intenso, casi real, pero ahora era hora de volver a la realidad. Con una sonrisa en los labios y el corazón aún acelerado, Dianita desapareció en la madrugada, llevándose consigo el recuerdo de un sueño que la había hecho sentir más viva que nunca, aunque sabía que había sido solo una fantasía.

El amanecer llegó con una luz tenue que se filtraba a través de las cortinas en la habitación donde durmió Thiago. Con el corazón aún acelerado por la noche anterior, recordó cada palabra, cada mirada compartida con Dianita. Era como si la noche se hubiera convertido en un laberinto de emociones, donde cada rincón revelaba un nuevo deseo, una nueva posibilidad.

Se duchó, la ducha caliente ayudó a calmar su mente, pero no apaciguó la inquietud en su pecho. Sabía que la conversación con Cristian no sería fácil. Había heridas que sanar, malentendidos que aclarar, pero la promesa de Dianita lo impulsaba a seguir adelante. Necesitaba hacer esto, no solo por su amistad con Cristian, sino por él mismo, cuando termino de vestirse se acercó a la puerta de su habitación donde había pasado la noche Dianita, toco la puerta, pero nadie abrió, entonces decidió entrar y se percató que Dianita ya no estaba en la habitación.

Bajo rápidamente las escaleras, busco en la sala y en la cocina, pero no la encontró por ningún lado, su corazón se encogió realmente quería verla, quiso llamarla, pero prefirió contenerse.

Al llegar a la universidad, el bullicio de los estudiantes lo envolvió. La risa, los gritos, la música de los pasillos parecían un eco distante de la confusión que sentía. Se dirigió a la cafetería donde sabía que estaba Cristian. Su estómago se retorcía mientras recordaba la última vez que habían hablado, la tensión palpable, las palabras hirientes que él le había dicho cuando despertó en el hospital.

Cristian estaba con Natalia en la cafetería, ambos reían mientras esperaban a Dianita para preguntarle como le había ido con Thiago, mientras caminaba a su encuentro con la alegría que era recuperar a su amigo, su hermano de toda la vida, aprovechando que Sofia no hacía presencia en la Universidad, pero antes de acercarse escucho su nombre, era Amber llamándolo, con una mano le hizo señas para que se acercara a la mesa donde ella estaba.

Él disimulando su descontento, con una sonrisa fingida se acercó dónde estaba Amber, la saludo con un beso en la mejilla y pregunto por Sofia, —Hola y Sofia, ¿aún no ha llegado?

—Hola, no aun no llega, ayer nos acostamos tarde terminando el trabajo, me imagino que ya estará por llegar. – respondió Amber con una sonrisa en su rostro y un poco de fina coquetería.

—Si, me imagino que estuvieron muy ocupados ya que en toda la noche no me llamo. —dijo Thiago, ignorando la coquetería de Amber.

—Hablando de la Reina y ella se asoma. —dijo Amber mientras miraba la entrada de Sofia a la cafetería.

Continuará….

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