Día 14 (domingo): Polvo en el roof garden

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Era domingo y el Negro no tenía que trabajar en el taller, pero ambos sabíamos que cualquier pretexto servía. Un día antes habíamos acordado —Ven mañana domingo a bajar la escalera del roof garden que necesitas para las herramientas del taller. Te espero—. Él solo respondió con un “OK” seco y una sonrisa ligera, pero yo sabía que estaba tan ansioso como yo.

Así que me puse un outfit especial para volverlo loco: un minivestido negro de licra elástica que me marcaba el pecho y el culo, unas tobilleras negras con volantes y corazones calados, y mis supersexis zapatillas de charol Christian Louboutin—esas de taconazo de 13 centímetros que hacen que mis piernas se vean interminables y realzan mi figura—. Además, llevaba los labios de un rojo intenso con pintalabios indeleble y el cabello suelto.

Sabía que mi marido Cristian llegaba el lunes por la tarde y que este podía ser uno de los últimos días que podíamos coger el Negro y yo dentro de la casa sin riesgo.

A las cuatro de la tarde llegó el Negro con jeans oscuros y camisa negra. En cuanto entró a la casa sin siquiera saludarnos, nos fundimos en un beso con lengua apasionado, un “caldo” largo y baboso que nos dejó jadeando en la entrada misma de la casa. Mis manos bajaron directo a su pantalón, le bajé el cierre y saqué su verga gruesa y semidura. Empecé a masturbarla con las dos manos mientras seguíamos besándonos.

Él gruñó bajito contra mi boca. —Necesito tu leche ya… no puedo esperar —le susurré, y me arrodillé ahí mismo en la entrada. Me la metí toda en la boca, chupando con avidez, mi lengua iba girando alrededor del glande, mientras yo le estaba succionando profundo hasta la garganta. Él me sujetó del cabello con suavidad y y se corrió fuerte en menos de un minuto. Chorros espesos y calientes me llenaron la boca. Tragué todo sin derramar una gota, succionando la punta para sacarle hasta la última gota de semen mientras lo miraba a los ojos. Me limpié los labios con el dedo y me lo chupé.

—Vamos arriba —le dije y subimos al roof garden tomados de la mano.

El sol empezaba a bajar y el cielo estaba precioso con colores naranja y rosa; pero yo no había subido a ver estrellas… había subido para coger con el Negro y dejarlo seco, pues yo tenía la idea de que si lo dejaba satisfecho sexualmente y le exprimía todo el semen, no tendría que andar buscando coger con otras tipas, además, él mismo sabía que si seguía de cabrón con más viejas podía perderme y aunque me doliera el corazón, yo también lo perdería.

Así que mi táctica fue… si tanto me deseaba el culo cuando me veía entrar a la tienda, le voy a dar a probar a la hembra que soy y si quiere que sea su puta, pues que me coja como una puta, con la diferencia de que yo también estoy gozando su verga y su semen y esta relación clandestina ya no es una tortura ni un martirio, es una complicidad entre dos adultos calientes y amantes del sexo.

Yo estaba segura que a él le gustaba mi cuerpo y mi forma de vestir, así que tenía en mente que dándole esa variedad visual cada vez que nos viéramos, él no se aburriría de mí y le costaría muy caro serme infiel.

Mientras él se subió al banco para bajar la escalera que estaba apoyada contra la pared, su verga todavía medio dura asomaba por el pantalón abierto, gruesa y pesada, justo a la altura de mi rostro. No pude resistirme ni un segundo. Me acerqué como una adicta, se la saqué y me la metí en la boca con avidez brutal.

Empecé a mamar con hambre insaciable, con mi lengua plana lamiendo toda la longitud desde los huevos hasta la punta, succionando el glande hinchado como si quisiera sacarle el alma, metiéndomela hasta la garganta una y otra vez, tragando profundo mientras mi saliva espesa le chorreaba por el tronco y me caía entre las tetas. Mis labios apretaban fuerte, mis mejillas se hundían y yo gemía alrededor de su verga vibrando. Pareciera que tenía mucho tiempo en no habérsela mamado, cuando en realidad hacía unos minutos se acababa de correr dentro de mi boca. Mi adicción por su verga y su semen ya parecía enfermiza.

—Joder, Julieta… me estás volviendo loco con tus mamadas tan ricas —gruñó bajito, tratando de concentrarse en bajar la escalera mientras yo no paraba de chupar.

Bajó la escalera como pudo, temblando, y la dejó caer al piso con un ruido seco. Yo lo empujé fuerte contra el suelo del roof garden. Me subí encima de él en posición 69, acomodé mi coño empapado sobre su boca y empecé a chuparle la verga otra vez con devoción obscena. Mi lengua daba vueltas alrededor del glande, bajaba a lamerle los huevos pesados uno por uno, metiéndomelos en la boca mientras mi mano masturbaba el tronco rápido y fuerte.

Él me devoraba el coño con el mismo apetito, su lengua iba entrando en lo profundo de mi vagina y luego se me succionaba mi clítoris hinchado, metiéndome dos dedos gruesos y follándome la vagina mientras yo rebotaba sobre su cara. —Quiero tu verga siempre… aunque Cristian regrese mañana a casa, necesito que me llenes la boca siempre que se pueda —gemí con la verga dentro y la voz ahogada.

El Negro me respondió mientras me estaba chupando la vagina — tú ya eres mi puta, yo también soy adicto a ti, me la mamas delicioso y amo tu culo, amo que seas caliente, si ya te deseaba desde antes de hacer trato con tu marido, ahora que te he hecho mía, no pienso dejarte. Ya eres mía, Julieta, eres mi mujer, mi puta y te aviso que desde este momento yo soy tu hombre, tu macho y tu culo solo será llenado por mi semen. ¿Escuchaste bien, putita?

Esa declaración más que una amenaza fue un golpe de excitación brutal en mi mente y en mi corazón, que comenzó a latir de emoción, de deseo, de ansiedad por sentirme penetrada por su bestial verga del Negro. No dudo que de solo escucharlo decir que soy de él y que soy su puta, mis labios vaginales escurrieron poco a poco y lo sentí, porque el Negro al percibirlo, comenzó a beberlos con avidez y yo solo gemí con su verga dentro mi boca.

Ambas declaraciones hicieron que nos corriéramos casi al mismo tiempo. Yo le inundé la boca con chorros calientes de mis jugos, temblando entera sobre su cara. Él me llenó la garganta con otro chorro espeso y abundante de semen que tragué todo, succionando hasta la última gota mientras sentía cómo su verga palpitaba contra mi lengua.

No lo dejé levantarse. Me quedé hincada sobre él, succionando su lengua con besos babosos y profundos mientras mi mano masturbaba su verga todavía sensible para que se pusiera dura otra vez. —Quiero tu verga otra vez… necesito que me folles, por favor —le supliqué entre besos, con mi voz temblorosa de deseo—. No puedo vivir sin tu semen, sin que me llenes el culo con tu exquisito esperma.

Me monté sobre él de frente, levanté el minivestido negro, aparté la tanga y me acomodé la verga gruesa en mi coño empapado. Bajé despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me abría las paredes vaginales y empecé a cabalgarlo profundo y lento al principio, luego más rápido, rebotando con mis zapatillas apoyadas en el piso. Por momentos me agachaba sobre su pecho, lo besaba con lengua y le susurraba al oído:

—Tu verga me llena tanto… quiero que me cojas así siempre, aunque Cristian regrese de su viaje. Necesito que me folles todas las veces que se puedan, así sea rápido y a escondidas.

Luego me giré, monté de espaldas a él, saqué su verga de mi coño y la acomodé contra mi culito apretado. Bajé despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me abría el ano con esa polla gruesa y caliente. El apretón lo hizo gemir fuerte.

Empecé a rebotar más rápido, sintiendo cómo me entraba en el culo por completo. —Llénamelo de tu semen… vacíate dentro de mí, por favor —le pedí con insistencia, moviéndome como toda una puta—. Quiero sentir tu leche caliente rebosando en mi culo, ahorita y aunque mi marido esté de vuelta. No pares de cogerme nunca, quiero que busquemos los espacios y los momentos. El Negro me agarró de las caderas con fuerza y empujó hacia arriba, follándome el culo con embestidas profundas y contenidas.

—Yo tampoco quiero dejar de cogerte, putita, veo que te encanta mi verga y te la voy a dar cuantas veces quieras —gruñó entre dientes, la voz ronca de placer—. Deseo tu coño apretado, tu culo caliente y tu boca tragando mi semen todas las putas veces. Vamos a seguir follando aunque Cristian esté de regreso en tu casa.

Me corrí temblando violentamente, mordiéndome el labio para no gritar, mi culo contrayéndose alrededor de su verga. Él se corrió casi al mismo tiempo: borbotones calientes, espesos y abundantes me inundaron el ano por completo. Sentí cada chorro golpeando dentro de mí, llenándome hasta rebosar, bajando caliente por mis muslos y manchando mis tobilleras negras.

Me bajé despacio, todavía temblando, y le succioné la verga otra vez con devoción total, limpiando cada gota de semen y de mis jugos con la lengua, lamiéndole hasta los huevos mientras él jadeaba agotado.

Nos quedamos un momento abrazados en el piso del roof garden, exhaustos.

—Mañana lunes… quiero sentirte por última vez aquí en la casa antes de que llegue Cristian, aunque sea de rápido —le dije—. Tu verga y tu semen es mi necesidad para estar bien.

Él dibujó en su rostro esa sonrisa cínica y oscura que tanto me gusta.

—Perfecto —respondió el Negro.

—Te aviso la hora en que esté por llegar mi marido —agregué—. Necesito que me cojas una vez más antes de que todo se complique.

Bajamos tomados de la mano como dos adolescentes enamorados que estábamos descubriendo el sexo, pero en nuestra situación eso era cursi, solo queríamos coger y nada más. Todavía nos caldeamos en el descanso de la escalera donde ya me había cogido bien rico hace unos días y nos despedimos en la entrada, yo aún con el culo todavía lleno de su semen y el sabor de su verga en la boca. Fin de mi día14.

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