Mi hija (7): Final

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1963
T. Lectura: 11 min.

Al día siguiente, el domingo, decidimos ir los tres a pasar el día a un gran centro comercial que se encuentra a unos 50 km de casa.

Estuvimos toda la mañana muy bien, hasta que en un momento dado, cuando subíamos por unas escaleras automáticas sucedió algo que estuvo a punto de marcar otro antes y después en nuestra relación.

Paralela a nuestras escaleras que subían, estaban las que bajaban.

En estas últimas, bajando por ellas y entre otra mucha gente, destacaban dos jóvenes de unos 20 o 25 años despampanantes.

Las miré con naturalidad, mientras ellas bajaban y nosotros subíamos. Incluso una de ellas me sonrió.

Pensé que seguramente se reía de mi cara y de mi nariz aún bien roja.

—¿Tú qué…? —escuché a mi espalda.

Miré a mi hija que estaba detrás de mí. Era la que había dicho eso.

—¿Qué pasa cielo? —peguntó mi mujer que iba delante mío.

—¿Qué pasa…? —me señaló mi hija—, a tu marido se le caía la baba con esas dos.

—Más con una que con la otra cariño. —dije sonriendo a mi mujer que iba delante de mí.

Mi mujer se giró, pero ya tan solo pudo verlas lejos y de espaldas.

—Ya te vale chico. Podrían ser tus hijas.

—Si podrían ser mis hijas, entonces ya son mayores de edad no te jode —miré muy serio a mi mujer—. ¿Qué problema hay? ¿Ahora tampoco voy a poder mirar a los ojos a las chicas?

—¡Si claro a los ojos! —replicó mi hija—. Por qué no te vas con ellas si tanto te gustan listo.

—Vamos a dejarlo estar ¿vale? —dije muy serio y acelerando el paso ya fuera de las escaleras automáticas.

Poco rato después, mi mujer quiso ir al servicio. Mi hija prefirió quedarse conmigo.

—Vigílalo bien cariño —le dijo mi mujer a mi hija—, ahora vuelvo.

Cuando mi mujer se alejó, nos apoyamos en una de las barandillas, desde la cuál veíamos la parte inferior de buena parte del centro comercial.

—No vuelvas a hacer eso papá —luego bajó mucho el tono de voz—. Si vuelves a hacer algo así, no me tocas más.

—Estás de broma, ¿verdad?

—Te lo digo muy en serio.

Miré a nuestro alrededor asegurándome de que nadie podía, ni por casualidad escucharnos:

—Vamos a ver cariño. No pienso permitir que me amenaces y menos aún me chantajees. Por mi parte podemos dejarlo ahora mismo.

—¡Ja! No serás capaz y tú lo sabes papi.

—Tú me conoces y sabes que soy muy capaz de eso y más. Si me propongo algo sabes que lo cumplo por mucho que me duela.

Buena muestra era cuando después de llevar toda una vida fumando más de dos paquetes diarios, una tarde dije que no volvía a fumar y así llevaba más de 30 años, sin probar un pitillo. Me encanta fumar y sigo teniendo de vez en cuando ganas de fumar. Pero mi tozudez es inmensamente superior.

—Te voy a dejar algo muy claro cielo —volví a mirar a nuestro alrededor—. Tú y yo no somos pareja, ni vamos a serlo nunca. Lo nuestro es maravilloso pero solo es sexo, es placer es disfrutar y pasarlo muy bien. No voy a dejar que pase de ahí.

Estaba claro, que no se esperaba para nada mi respuesta. Vi como su expresión altanera y desafiante había cambiado por completo. Su seguridad había desaparecido. Vi que se le humedecían sus ojos.

Eso no me ablandó lo más mínimo, más bien todo lo contrario.

—Esto lo corto de raíz si veo que se está convirtiendo en una obsesión, peor aún en algo tóxico. No voy a permitirlo, aunque dejemos incluso de hablarnos. No pienso permitir esto. No pienso tolerar entre nosotros una relación toxica.

—Papá… vale… déjalo estar por fa… —dijo temblándole la voz.

—Déjame terminar por favor —la interrumpí—. ¿Los próximos celos con quién serán…? ¿con tu madre? Eso no puede pasar de ninguna de las maneras.

La miré a los ojos. Ella bajó la mirada.

—Te vuelvo a repetir para que te quede muy claro. Tú no eres mi pareja y nunca lo serás. Eres lo que más quiero en mi vida con mucha diferencia y siempre ha sido así y será. Pero eso es como mi hija, no como mi folla-hija.

Me miró.

—¿Folla-hija? —susurró sorprendida.

—Sí cariño. Tienes que hacer tu vida y tener las parejas que quieras. Juntarte, casarte o lo que desees. Quiero en la medida de lo posible, que tengas una vida normal. No quiero que lo nuestro se convierta en algo enfermizo.

Me miró nuevamente extrañada.

—¿Me estás diciendo que si tengo pareja a ti te da igual?

—¡Pues claro que me da igual! Es más, es lo que deseo. Tienes que salir con chicos y chicas de tu edad, como has hecho siempre.

—¿De verdad? —me dijo con asombro—. Y si es así, si tengo pareja, ¿podrás seguir siendo…? —hizo una pausa y sonriendo me la devolvió—, ¿mi folla-padre?

—Pues claro que sí —sonreí—, todo el tiempo y las veces que tú quieras. Pero tienes que cambiar el chip. Esto de hoy no se puede repetir de ninguna de las maneras. Ni de broma.

Se pegó a mi haciendo que nuestros hombros se tocasen..

—Ya está papá. No volverá a pasar.

—¿Seguro hija? No quiero volver a verte sufrir por algo que no podemos tener.

—Te lo prometo. No sabía verlo de otra forma. Tienes toda la razón, Me lo estaba planteando muy mal. Gracias por hacérmelo ver de otro modo. Me siento ahora…, más liberada, más segura. Lo tengo todo más claro.

—Me alegro cielo. Nos quedemos un rato callados.

—Tengo una pregunta papá.

—Dime.

Me miró fijamente a los ojos y luego a nuestro alrededor.

—¿Qué sucede si entre esos chicos que dices que aún debo conocer, encuentro a uno que me haga disfrutar tanto o más que tú?

—¡Joder cariño!, espero por mi bien que eso no suceda nunca.

Estallamos los dos a carcajadas.

—Pero bueno mientras tanto no suceda eso, seguiremos follando y dándonos placer como locos —le dije.

—Anda para, por favor papá, haces que me moje toda diciendo eso…y no es broma.

—Pues anda que tu a la mía no veas como me la pones.

La miré fijamente a sus azules ojos y le pregunté:

—Por cierto, ¿Cómo estas después de la sesión de ayer?

—¡Fenomenal papá! Con ganas de mucho más. Sobre todo con muchas ganas de volver a experimentar eso que no me acuerdo muy bien como dijiste que se llamaba.

—El squirting cielo.

—Sí eso. Ahora me tiene muy intrigada, pero sobre todo, muy cachonda cuando pienso en ello y en como me trataste después —dijo deslizando su lengua por sus carnoso labios.

Volvimos a reírnos juntos con toda naturalidad.

Todo el resto del día en el centro comercial transcurrió estupendamente y sin más incidentes.

Lo que mi hija me tenía reservado esa misma noche, fue del todo inconcebible…

Yo tengo una mente calenturienta, si no que se lo pregunten a mi mujer. Pero mi hija, me supera por mil.

Aún no me puedo creer lo que llegó a planear y llevar a buen termino. Dudo mucho que algo así se pueda volver a repetir, sin que mi esposa se de cuenta de lo que sucede.

Pero bueno, aunque sea una sola vez, eso es lo que me he llevado y lo tendré por ahora como la experiencia sexual más deliciosa, morbosa, atrevida, descarada y arriesgada de mi vida.

Después de cenar, coincidimos los dos en el pasillo de casa. Casi en el mismo lugar donde el día anterior, se había tragado en cuclillas mi polla hasta correrse.

Ella salía en pijama de su habitación y yo me dirigía al baño. Me cogió del brazo y miró hacia la cocina donde estaba su madre, luego me susurró al oído:

—Papi, ponte el pijama y no te pongas el calzoncillo.

Abrí mucho los ojos.

—Ni hablar. ¿Qué se te habrá pasado ahora por esa cabecita loca?

—Hazme caso porfa.

Acercó sus labios a mi oreja.

—Tranquilo, mamá no se va a dar cuenta de nada. Date prisa y vuelve antes de que ella salga de la cocina.

—Pero…

Sin dejarme derecho a réplica, siguió hacia delante y se introdujo en el salón.

Prometo que no le iba a hacer caso, pero como se dice por ahí, la curiosidad mató al gato.

Me introduje en el baño, oriné y mientras se descargaba y llenaba la cisterna del váter, abrí el grifo del bidé y me lavé bien rápido el rabo. Terminé justo cuando el ruido del llenado de la cisterna terminó. No quería que mi mujer se preguntara al escuchar el bidé, del por qué me estaba lavando la polla en ese momento.

Volví al salón con un bonito pijama. Al verme mi hija se le iluminó por completo su precioso rostro.

Ella se encontraba sentada en un extremo del sofá en el lado izquierdo, junto al sillón. Al verme entrar se recostó de lado poniendo su cabeza sobre el apoyabrazos mirando el televisor. Extendió sus piernas hasta la mitad del sofá. Solo quedaba un hueco en el otro extremo que era donde yo me sentaba habitualmente, en el lado derecho. Me senté y me puse sobre mi regazo uno de los cojines.

Mi hija entonces cogió la manta que teníamos en el sofá y se cubrió hasta el cuello. Sus pies rozaban mi pierna izquierda y los apretó contra ella jugueteando con sus deditos.

Mi mujer salió de la cocina y se dirigió al baño.

—¿¡Quién acaba de usar el bidé!? —gritó mi mujer desde el baño.

¡Mierda! Me dije.

Toqué uno de los pies de mi hija y cuando me miró sorprendida le indiqué que le contestara ella.

Lo entendió enseguida.

—He sido yo mamá.

—Ten cuidado cariño, has puesto todo el suelo perdido de agua.

—Vale mamá, perdona —y me soltó un buen talonazo en mi pierna izquierda.

Cuando mi mujer volvió al salón, no le quedaba más sitio para sentarse que en el sillón, que se encontraba a la izquierda del sofá, a un par de palmos de éste. Que por cierto, era muy cómodo. Sobre todo lo usaban indistintamente mi mujer y mi hija. Yo era más del sofá, pocas veces me sentaba en el sillón.

No pasaron 10 minutos que mi hija dijo;

—¿Por qué no pones alguna serie de streaming papá?

—¿Qué quieres ver?

—Me han dicho que la serie esa llamada La maldición de Hill Houser está muy bien. Es de terror.

—Sí que está bien. Es muy buena. Yo ya la he visto.

—Yo no y la mamá seguro que tampoco. ¿Verdad mamá? —dijo esto acompañándolo de otro pequeño talonazo.

—A mí no me suena de nada. Ponla anda cariño.

—Y apaga la lámpara papá, así dará más miedo.

Así lo hice.

Cuando llevábamos un par de episodios, mi hija protestó:

—¡Por dios! Voy a coger tortícolis con este reposabrazos. Está tan alto que el cuello ya me hace 90 grados.

Tanto yo como mi mujer nos la quedemos mirando.

—¿Puedo poner mi cabeza en tu regazo papá?

—¿Qué…, cómo…?

Me quedé helado.

—¿Para qué le preguntas cariño? Ya sabes como es tu padre. Ponte y listo. Si se queja, lo mandamos a la cama.

—Eso, eso a la cama papá —contestó mi hija mientras, en décimas de segundo se giró por completo y dejó caer su cabeza sobre el cojín, que yo tenía sobre mi regazo.

Se tapó nuevamente hasta el cuello con la manta y muy disimuladamente como si se acomodara en el cojín, introdujo su mano izquierda bajo éste, buscando la apertura del pantalón. Agarró mi polla flácida y la sacó del pijama. La mantuvo dentro de su mano bajo el cojín.

Mi sorpresa fue desde luego mayúscula.

Cuando agarró mi polla, ésta (como dije) estaba bien flácida, pero segundos después estaba grande y dura como una piedra.

Así estuvimos un buen rato. Yo no lograba averiguar ni entender a donde quería llegar mi hija. No podía sospechar ni imaginar hasta donde su cabeza y su paciencia podía controlar y manejar la situación.

Habían pasado más de 20 minutos cuando escuché a mi mujer decir:

—Tu hija se ha quedado grogui. Está bien dormida.

Se incorporó del sillón y sacudió levemente a mi hija por el hombro.

—Cariño ve a tu habitación. Estás durmiendo.

—No mamá, ya iré un poco más tarde.

Dicho esto, soltó mi polla de debajo del cojín y se dio por completo la vuelta quedando su cara frente a mi estómago. Pero no pegada a éste, sino sobre mis rodillas.

Acto seguido cogió la manta y se cubrió en su totalidad la cabeza, dejando su brazo derecho en esa posición sobre su cara bajo la manta.

Cuando escuchó el ruido de su madre al sentarse en el sillón, dejó caer al suelo sobre la alfombra el cojín que separaba su cabeza de mis piernas.

—Uuuf este cojín también está un poco alto —dijo con voz soñolienta.

¡Madre mía!, ¡madre mía!, ya empezaba yo a intuir algo…

Cuando dejó caer su cabeza sobre mi regazo, se introdujo totalmente mi capullo en su boca. Me quedé por completo sin respiración.

¡Madre de dios!

Miré a mi mujer en el sillón a nuestra izquierda. Seguía atentamente la serie en el televisor.

Miré a mi hija. Tal como estaba, en la oscuridad del salón, rota por el resplandor tenue del televisor, tan solo se le intuía el brazo doblado sobre su cabeza y bajo la manta.

¡La hostia puta! ¿¡Será posible!?

Era tremendo ver como mi hija se las ingeniaba y lo controlaba con esa frialdad. Yo no salía de mi asombro. Mi hija con parte de mi polla dentro de su boca y su madre a tan solo a unos centímetros de nosotros sin enterarse de nada.

Mi excitación morbosa fue tal que, me empezó a doler la polla de lo grande y dura que se me puso. La piel de ésta no estaba preparada para tal hinchazón, lo juro.

Mi hija también tuvo que abrir bastante más su boca, pero tan seguro que ella estaba encantada con ello.

¿Y ahora qué?, me dije. ¿Cómo se iban a desarrollar los acontecimientos?

Tenía muy claro que ella no podía chuparme el rabo, por que eso, sí que se iba a notar.

Rápidamente me sacó de dudas. Vi pero sobre todo noté con sorpresa, como ella lo tenía todo perfectamente calculado.

Con mi capullo totalmente introducido en su boca, noté como su juguetona lengua, no paraba de recorrerlo en su totalidad, como una culebrilla sin parar.

Fue la mamada más extraña, placentera, pero sobre todo larga. Vamos, las maravillosa que he experimentado en mi vida.

A intervalos dejaba descansar un poco su lengua para hacer presión pulsante y movimientos lentos de derecha a izquierda con sus labios.

¡No paraba de estimularme! ¿No se cansaba?, me pregunté.

Ninguno de esos movimiento se apreciaban desde el exterior gracias a la posición de su brazo bajo la manta. La muy picara, cuando el audio de la serie aumentaba por cualquier motivo, ella lo aprovechaba para aumentar el ritmo de su mamada, para luego disminuir de súbito a la par que lo hacia el audio. ¡Me iba a volver loco de pacer!

Cuando llevábamos unos 25 minutos, noté bajo la manta un leve movimiento por el rabillo del ojo, la altura de sus caderas.

Con disimulo y con mucho cuidado introduje mi mano bajo manta hasta tocar su brazo izquierdo. Lo seguí muy despacio buscando su mano.

No me equivocaba, su mano se metía dentro de su pijama. La tenía bien atrapada entre sus prietos muslos.

La muy traviesa, separó levemente sus muslos para que pudiera tocarla. Por dios, pude notar su mano bien húmeda, a la que le faltaban dos dedos, dedos que tenía por completo introducidos hasta lo más profundo de su palpitante coño. Juro que noté en mi polla la sonrisa de satisfacción de mi hija. Ella sabía muy bien como me ponía que se tocase la vagina.

¡Esto ya era demasiado!

Que me estuviera lamiendo la polla de ese modo tan curioso, con su madre a un par de palmos de nosotros, vale, pero que encima se estuviera metiendo los dedos en el coño, esto ya me superaba. Empecé de súbito a llenar toda su boca de mi espesa leche con una presión y cantidad inusitada.

Agarré bajo la manta disimuladamente, uno de sus pechos y mientras no paraba de correrme, por el rabillo del ojo miraba a mi mujer, ajena a todo esto con la penumbra que proyectaba la serie en el salón. Segundos después, noté como el cuerpo de mi hija se tensaba considerablemente, sus pies se clavaron en el reposa brazos y todo el sofá comenzó a estremecerse y temblar.

Mi imparable corrida en su boca había provocado que mi preciosa y maravillosa hija se corriera también. Tuvo un potente e increíblemente silencioso orgasmo, que la estremeció toda y que por suerte ella pudo controlar sin emitir ruido alguno. Sus ganas de polla eran tales que no pudo evitar, mientras nos corríamos, ir introduciendo lentamente mi polla casi hasta los huevos. A decir verdad, yo tampoco pude evitar no ayudarle, elevando ligeramente mis caderas para introducirle todo lo que pude mientras un me corría.

Gracias a dios que el sofá se encontraba sobre la alfombra. Esto hizo que quedara amortiguado cualquier temblor y vibración del cuerpo de mi hija. Yo sí pude notar a la perfección como no paraba de estremecerse. Pero más noté con extraordinaria satisfacción como me golpeaba en la base de la polla con fuerza, el aire expulsado por su pequeña nariz mientras se corría. Tal fue así, que ese sonido no lo pudo ocultar. Pude ver por el rabillo del ojo como mi mujer, se giraba y miraba en la penumbra a mi hija. Debió achacar ese sonido al sueño profundo de mi hija, por que volvió a prestar a tención a la serie en el televisor.

¡Madre mía, y mi polla seguía más tiesa que un palo en la garganta de mi pervertida hija!

Era ciertamente extraordinario lo que le encantaba a mi hija comerme la polla. No digamos ya, el tragarse sin problemas toda esa cantidad de semen.

En mi vida había tenido un órganos tan silencioso. Pero no por ello menos placentero. Mas bien todo lo contrario. La peligrosa situación había causado que lo disfrutara como ningún otro.

Nos quedemos unos 10 minutos sin apenas movernos. Mi polla se negaba a ablandarse dentro de su jugosa boca.

No fue hasta que escuchemos a mi mujer decirme muy bajito, que se iba al baño a orinar. Mi hija aprovechó entonces para terminar de chuparme la polla por completo una y otra vez, hasta los huevos a una velocidad de locura.

Quité la manta de su cabeza para poder ver tremendo espectáculo. Acaricié su cabeza animándola a terminar de limpiar bien mi rabo. Yo por mi parte introduje mi mano bajo su pijama, acaricié su mojado coño e introduje un par de mis dedos hasta el fondo en la vagina.

Saqué la mano de su coño y lamí mis dedos con deleite y placer. Liberé muy a mi pesar la polla de su boca e hice que se incorporase. Mi mujer estaba a punto de volver del aseo.

Mi hija me agarró la cara a toda velocidad y comenzó a besarme con pasión.

¡Joder!

La muy pervertida, se había dejado sin tragar buena parte de mi semen. Nuestras lenguas se entrelazaron y dimos buena cuenta de él.

Terminó todo esto por su parte con un buen lametón, que empezó por mi labio inferior pasando por el superior, recorriendo toda mi nariz para terminar en mi frente.

El olor que dejó en toda mi cara de mi propio semen mezclado con su saliva, fue increíblemente fresco y agradable.

Escuchemos la cisterna del baño.

Se puso bien su pijama se sentó en el sofá y nos cubrimos los dos con la manta.

—Ufff cariño —dijo mi mujer arrugando la nariz nada más entrar al salón—. ¿Tienes o te va a venir la regla?

—¿Por qué?

—Me ha venido un olor fuerte como de… esto. —y se señaló así misma en sus partes íntimas.

Mi hija se quedó unas décimas de segundos pensando.

—Pues sí, me ha venido la regla hoy mismo —mintió.

Lo cierto es que olía todo un poco a sexo. Pero bueno, mejor que a mi mujer le oliera todo de otro modo.

—¿Tú no notas nada nene?

—Ahora que lo dices es verdad, la niña huele bastante a choto —y me reí a carcajada limpia.

—¡Vete a paseo papá! —me dijo muy seria—. ¡Tú sí que echas peste!

Se levantó y dijo:

—Me voy a lavar y a dormir mamá.

—Vale cariño que descanses.

Desde luego que va a descansar, pensé yo. ¡Menudo fin de semana que se había trajinado la niña! Bueno mejor dicho, ¡nos habíamos trajinado los dos!

Viendo lo predispuesta que estaba mi hija a todo. No había salido mi hija del salón, que mi mente pervertida y calenturienta ya estaba maquinando nuevas cosas.

Bueno, para todos y todas que seguís mi historia, tengo que decir que esta es el la última parte de “Mi hija”.

Pero esto no se ha terminado, ni mucho menos. Aunque el título no va a ser igual, mi hija va a estar muy presente en los acontecimientos acontecidos bastante tiempo después. ¡Las cosas se animan y mucho! Os puedo asegurar, que si esto os ha gustado, y os ha puesto bien cachondos y cachondas, lo que queda por venir, ni tan siquiera os lo podéis imaginar…

Tampoco me lo podía imaginar yo antes de que sucediera… Jejeje

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