La habitación de al lado

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Yo llevaba casi diez minutos esperando en la recepción del hotel, con una maleta negra junto a mis piernas y un libro entre las manos que había elegido para fingir que aquel fin de semana tenía un propósito. Había llegado poco después de las ocho de la noche, cuando la ciudad empezaba a iluminarse y las calles adquirían ese aire de promesa que tienen los viernes.

Había reservado dos noches en un hotel del centro, lejos de mis obligaciones, de las conversaciones pendientes y de las personas que creían tener derecho a saber por qué necesitaba estar sola.

Quería silencio. Una cama cómoda. Una copa de vino. Tal vez una cena tardía.

Y, sobre todo, no tener que explicarle nada a nadie.

El vestíbulo era cálido, casi íntimo. Había sillones de terciopelo oscuro, lámparas bajas y un piano junto a los ventanales. Una música instrumental flotaba en el aire sin imponerse, como si el hotel hubiese sido diseñado para que sus huéspedes olvidaran el mundo exterior.

Entonces lo vi.

Estaba sentado en uno de los sillones próximos al bar, con un vaso bajo entre los dedos y un libro abierto. Vestía una camisa oscura con las mangas ligeramente remangadas. No parecía estar esperando a nadie. Tampoco parecía especialmente interesado en su lectura.

Levantó la vista cuando la recepcionista me pidió que confirmara mis datos. Nuestros ojos se encontraron apenas un instante. Después volvió a su libro. No sé por qué aquello me llamó la atención. Tal vez porque estaba acostumbrada a que una mirada durara más de lo necesario cuando alguien quería hacerse notar. Él, en cambio, parecía perfectamente capaz de mirarme y continuar con su vida.

Me entregaron la llave de la habitación 417.

—El ascensor está al fondo, a la derecha —me indicó la recepcionista—. Espero que disfrute de su estancia.

Le di las gracias y recogí mi maleta.

Al pasar junto al bar, sentí de nuevo aquella mirada. Esta vez no giré la cabeza. Me limité a seguir caminando, consciente de que una parte de mí deseaba comprobar si él volvería a mirarme.

Lo hizo.

Lo supe sin necesidad de verlo.

Y me molestó un poco descubrir que sonreía.

Mi habitación era más bonita de lo que esperaba. Tenía una cama amplia, cortinas pesadas, un escritorio de madera y una ventana desde la que podían verse las luces de los edificios vecinos. Dejé la maleta junto al armario, me quité los zapatos y permanecí unos segundos en medio de la estancia.

Por fin, sola.

Me duché, me puse un vestido negro sencillo y me recogí el cabello antes de bajar al bar. No tenía hambre suficiente para cenar, pero sí ganas de una copa. Además, me negaba a pasar la primera noche de mi pequeño escape mirando el techo.

El hombre seguía allí. Esta vez, el libro descansaba cerrado junto a su vaso. Elegí un taburete en el extremo de la barra y pedí una copa de vino tinto. El camarero la dejó frente a mí, y yo me dediqué a observar el movimiento tranquilo del vestíbulo a través del espejo que cubría la pared.

—¿Siempre lees tan poco? —preguntó una voz a mi lado.

Giré la cabeza.

Era él.

De cerca parecía algo mayor de lo que había imaginado, aunque no habría sabido decir cuánto. Tenía una expresión serena y unos ojos atentos, de esos que daban la impresión de escuchar incluso antes de que alguien comenzara a hablar. Miré el libro que llevaba bajo el brazo.

—¿Perdón?

—El libro que traías al llegar. Lo abriste mientras esperabas la llave, pero no pasaste de la primera página.

Lo miré con una ceja levantada.

—¿Estabas observándome?

—Estaba sentado frente a la recepción.

—Eso no responde a mi pregunta.

Sonrió apenas.

—Entonces sí.

Debería haberme parecido impertinente. En cambio, me sorprendió descubrir que no me molestaba tanto como habría querido.

—Quizá el libro no era tan interesante como prometía.

—¿Y qué te prometía?

Tomé un sorbo de vino antes de responder.

—Una buena historia.

—¿Y qué historia buscas esta noche?

La pregunta quedó entre nosotros con una naturalidad sospechosa. Podría haberle dicho que ninguna. Que había venido para descansar. Que no estaba interesada en conversaciones con desconocidos. En lugar de eso, lo miré directamente.

—Todavía no lo he decidido.

Él asintió, como si aquella respuesta le pareciera suficiente.

—Entonces espero que encuentres una buena.

Se presentó como Daniel. Yo le dije mi nombre, y durante los minutos siguientes hablamos de cosas pequeñas: la ciudad, el hotel, los restaurantes de la zona y los libros que uno compra convencido de que cambiarán su vida, aunque después los deje abandonados en una mesilla. Daniel tenía una manera particular de conversar. No llenaba los silencios por nerviosismo ni hacía preguntas solo para hablar de sí mismo después. Me dejaba espacio para responder, y esa atención, tan sencilla en apariencia, resultaba más desconcertante que cualquier cumplido.

Cuando le pregunté qué lo había llevado al hotel, señaló su vaso.

—Necesitaba un par de días lejos de todo.

Me reí.

—Eso suena sospechosamente parecido a mi respuesta.

—Quizá el hotel tenga debilidad por las personas que necesitan escapar.

—¿Y tú de qué escapas, Daniel?

Su sonrisa desapareció durante un segundo.

—De algunas decisiones que llevo demasiado tiempo aplazando.

No insistí. Había algo en su expresión que me hizo entender que la respuesta verdadera no era asunto mío. Seguimos hablando hasta que miré el reloj y descubrí que había transcurrido casi una hora.

—Debería subir —dije.

—Deberías.

No hizo ademán de acompañarme ni intentó detenerme. Aquello volvió a despertar mi curiosidad. Me levanté, recogí mi bolso y me despedí con una sonrisa.

—Buenas noches, Daniel.

—Buenas noches.

Caminé hasta el ascensor sin mirar atrás. Esta vez, sin embargo, no necesité adivinar si me observaba. Sentía su presencia a mis espaldas como una pregunta que todavía no me había atrevido a formular. El ascensor se detuvo en la cuarta planta. Salí al pasillo y avancé entre las puertas numeradas. La alfombra amortiguaba mis pasos y las luces del techo dibujaban pequeños círculos dorados sobre las paredes.

Encontré mi habitación, busqué la tarjeta en el bolso y estaba a punto de abrir cuando escuché el ascensor detrás de mí.

No me volví inmediatamente. Primero introduje la tarjeta. Después giré la cabeza. Daniel caminaba por el pasillo con una llave en la mano. Se detuvo al verme.

—Parece que tenemos algo en común —dijo.

Miré la puerta junto a la que estaba parado.

Entre nuestras habitaciones había otra puerta: la 418.

Tres números consecutivos. Un pasillo silencioso. Dos desconocidos que, hasta hacía una hora, no tenían ningún motivo para volver a encontrarse.

—No me digas que también has venido a buscar una buena historia —respondí.

Daniel miró su llave y después a mí.

—No había pensado en ello. Pero empiezo a creer que este hotel tiene sentido del humor.

Me apoyé ligeramente contra el marco de mi puerta.

—¿Y qué piensas hacer al respecto?

No respondió enseguida. Su mirada descendió hasta la tarjeta que yo sostenía entre los dedos y regresó a mis ojos.

—Todavía no lo he decidido.

Sonreí. Era mi propia respuesta, devuelta con una precisión que me hizo sentir extrañamente expuesta.

—Buenas noches, vecino.

—Buenas noches.

Entré en la habitación y cerré la puerta. Me quedé inmóvil unos segundos, con la espalda apoyada contra la madera. No había ocurrido nada. Habíamos hablado, compartido una copa y descubierto que nuestras habitaciones estaban separadas por una sola puerta. Nada que justificara la sonrisa que seguía dibujándose en mi rostro.

Nada que explicara por qué, cuando me metí en la cama, presté más atención a los sonidos del pasillo que al murmullo de la ciudad.

A la mañana siguiente desperté más tarde de lo habitual.

La luz entraba a través de las cortinas y la habitación olía a café recién hecho, porque había pedido uno al servicio de habitaciones. Me senté junto a la ventana, abrí por fin el libro y leí varias páginas.

La historia era bastante buena. O quizá simplemente estaba de mejor humor.

A media mañana salí a caminar. Almorcé en un restaurante pequeño, compré una revista y regresé al hotel después de las cuatro. Había decidido que el resto de la tarde sería para mí: un baño largo, música y una cena tranquila. Cuando abrí la puerta de mi habitación, encontré un papel doblado en el suelo.

No tenía sobre ni nombre. Lo recogí y lo abrí.

“Hay libros que uno lleva para leer y otros que lleva para no tener que explicar qué está pensando”. Debajo, una segunda línea:

“¿Cuál de los dos era el tuyo anoche?”

Me quedé mirando la nota.

No había firma. No hacía falta.

Sentí una sonrisa lenta, involuntaria. Después miré hacia la puerta 419, al otro lado de la habitación intermedia. El pasillo estaba vacío. Podía haber llamado a su puerta. Podía haberle devuelto el papel con una respuesta ingeniosa. Podía, simplemente, haberlo ignorado. En lugar de hacer cualquiera de esas cosas, entré en mi habitación, busqué una hoja en blanco y escribí:

“Depende. ¿Siempre haces preguntas que no te atreves a formular en persona?”

Doblé el papel y lo dejé junto a la puerta. Durante los siguientes minutos me sentí ridícula. ¿Qué estaba haciendo? ¿Tenía otra vez quince años? ¿Desde cuándo una nota anónima bastaba para convertir una tarde corriente en algo que merecía mi atención?

Puse música. Intenté leer. A las seis menos cuarto, escuché pasos en el pasillo. Después, el sonido discreto de un papel deslizándose por debajo de mi puerta. Esperé hasta que los pasos se alejaron para recogerlo.

“Depende. ¿Siempre respondes a las preguntas que dices que no quieres contestar?”

Esta vez me reí en voz alta. Daniel no estaba simplemente jugando. Había entendido algo que yo todavía no quería admitir: aquella conversación, tan inocente en apariencia, se había convertido en una forma de acercarnos sin que ninguno tuviera que reconocerlo abiertamente.

Escribí:

“Solo cuando la pregunta merece la pena”

La respuesta llegó diez minutos después.

“Entonces quizá deberíamos hablar de algo que merezca la pena.

Ocho y media. Bar del hotel. Si te apetece”

Miré el reloj.

Faltaban casi tres horas. Dejé la nota sobre el escritorio y traté de convencerme de que no iba a bajar. Naturalmente, a las ocho y veinticinco ya estaba frente al espejo, decidiendo entre dos vestidos.

Daniel había elegido una mesa apartada, junto a los ventanales. Cuando llegué, se puso de pie para saludarme. Llevaba una camisa clara y el mismo aire tranquilo de la noche anterior.

—Pensé que quizá no vendrías —dijo.

—Yo también.

Su sonrisa fue suficiente para que ambos nos echáramos a reír. Pedimos algo de beber y hablamos durante largo rato. Esta vez, sin embargo, las preguntas fueron un poco más personales. Le conté que me costaba pedir ayuda, que a menudo confundía la independencia con la necesidad de demostrar que podía hacerlo todo sola. Él me habló de una relación que había terminado hacía unos meses y de lo extraño que resultaba acostumbrarse al silencio cuando uno llevaba años compartiendo su vida con otra persona. No hubo confesiones dramáticas ni promesas improvisadas.

Solo dos personas reconociendo, poco a poco, que sus soledades no eran tan distintas.

—¿Por qué viniste realmente? —me preguntó Daniel cuando el camarero retiró nuestras copas vacías.

Miré hacia la ventana. La ciudad brillaba detrás del cristal.

—Porque estaba cansada de ser la persona que todos esperan que sea.

Él no respondió inmediatamente.

—¿Y quién eres cuando nadie espera nada de ti?

La pregunta me sorprendió más que cualquier otra cosa que hubiera dicho aquella noche. Bajé la mirada hacia mis manos.

—No estoy segura.

—Quizá este fin de semana sea una buena oportunidad para averiguarlo.

Lo miré. No había ironía en su voz. Tampoco la intención de convertirse en el protagonista de una historia que no le pertenecía. Por primera vez desde que había llegado, sentí que podía hablar sin necesidad de defender cada una de mis palabras.

—¿Y tú? —pregunté—. ¿Ya sabes quién eres cuando nadie espera nada de ti?

Daniel apoyó los antebrazos sobre la mesa.

—Estoy empezando a descubrirlo.

Hubo un silencio. No fue incómodo. Al contrario, parecía contener algo que ninguno de los dos necesitaba apresurarse a nombrar. Cuando regresamos al ascensor, ya era tarde. En la cuarta planta, las puertas se abrieron y salimos al pasillo. Esta vez caminamos despacio. Nos detuvimos frente a mi habitación. La suya quedaba unos metros más allá.

—Ha sido una buena noche —dije.

—Sí.

Daniel parecía dispuesto a marcharse. No se acercó más, no intentó besarme ni buscó una excusa para entrar.

Y, de pronto, comprendí que quería que se quedara un poco más. No porque estuviera obligada a hacer algo con aquella atracción. No porque le debiera una respuesta a sus notas. Simplemente porque quería seguir hablando con él, descubrir qué había detrás de aquella serenidad y comprobar si el silencio entre nosotros podía convertirse en algo distinto.

—Daniel.

Se volvió.

—¿Sí?

Miré mi tarjeta, todavía entre mis dedos, y después levanté los ojos hacia él.

—¿Vas a pasar todo el fin de semana haciendo preguntas desde el otro lado de una puerta?

Su expresión cambió. No mucho. Apenas una sonrisa que apareció lentamente y una mirada que dejó de fingir indiferencia.

—Solo si tú prefieres que sea así.

Sentí que aquella respuesta me gustaba más de lo que estaba dispuesta a reconocer. Porque no daba por hecho nada. Porque me dejaba elegir.

Y porque, de pronto, la decisión ya no parecía tan difícil.

—¿Quieres pasar? —pregunté finalmente.

Daniel no respondió de inmediato.

—¿Estás segura?

Asentí.

—Sí. Pero quiero que sepas algo.

—Te escucho.

—No sé qué estoy buscando este fin de semana. Ni siquiera sé qué quiero encontrar.

Él me miró con una seriedad que no había visto hasta entonces.

—No tienes que saberlo ahora.

Aquellas palabras hicieron más por mí que cualquier intento de seducción. Abrí la puerta. Daniel esperó a que me apartara antes de cruzar el umbral. No entró como si aquella invitación significara que ya conocía el final de la historia. Entró como quien comprende que le han confiado algo pequeño y valioso: la posibilidad de quedarse.

Dejé mi bolso sobre el escritorio. Daniel miró el libro que había terminado de leer esa tarde.

—¿Y qué tal la historia? —preguntó.

Tomé el libro y se lo tendí.

—Mejor de lo que esperaba.

Daniel examinó la cubierta.

—¿Me lo recomendarías?

—Depende.

Levantó la vista, divertido.

—¿De qué?

Me acerqué un poco.

—De si sabes leer entre líneas.

Su sonrisa se volvió más lenta.

—Creo que podría intentarlo.

Dejó el libro sobre el escritorio y volvió a mirarme.

—¿Siempre invitas a desconocidos a tu habitación para hablar de literatura? —preguntó.

—Solo a los que hacen demasiadas preguntas.

—Entonces debería tener cuidado.

—Muchísimo.

Sonrió, pero esta vez ninguno de los dos se rio. Había cambiado algo en el ambiente. Quizá fuera la hora, la luz tenue de las lámparas o la conciencia de que estábamos solos, sin camareros que interrumpieran nuestras conversaciones ni puertas de ascensor que nos obligaran a separarnos.

Daniel se acercó despacio.

—¿Puedo besarte? —preguntó.

La sencillez de la pregunta me desarmó. No había arrogancia en su voz ni una expectativa que yo tuviera que satisfacer. Solo una posibilidad que podía aceptar o rechazar.

—Sí —respondí.

Su mano rozó mi mejilla antes de que sus labios encontraran los míos.

El primer beso fue suave, casi prudente. Una pregunta más, formulada de una manera distinta. Le respondí acercándome un poco, apoyando una mano en su hombro y dejando que el beso durara lo suficiente para que desapareciera la última duda. Cuando nos separamos, Daniel mantuvo la frente cerca de la mía.

—Creo que llevo toda la noche intentando no hacer eso —confesó.

—Pues se te daba bastante bien disimularlo.

Su sonrisa fue breve, pero sincera. Esta vez fui yo quien acortó la distancia.

El segundo beso tuvo menos cautela. Mis manos encontraron sus hombros y las suyas descansaron en mi cintura, acercándome con suavidad. Sentí el calor de su cuerpo y el roce de su camisa bajo mis dedos. Por primera vez desde que había llegado al hotel, dejé de pensar en lo que debía hacer, en lo que los demás esperaban de mí o en cómo explicaría aquella decisión al día siguiente.

Estaba allí porque quería estar. Y eso bastaba.

Nos separamos para respirar. Daniel me apartó un mechón de cabello del rostro y me miró con una ternura que me resultó casi más desconcertante que el deseo.

—¿En qué estás pensando? —preguntó.

—En que había venido aquí para estar sola.

—Puedo marcharme.

Negué con la cabeza y entrelacé mis dedos con los suyos.

—No he dicho que quiera que te marches.

Él esperó, dándome tiempo para encontrar las palabras.

—Solo estoy intentando recordar cuándo fue la última vez que hice algo sin preguntarme primero si era conveniente.

—¿Y qué has decidido?

Sonreí.

—Que esta noche no quiero ser conveniente.

Daniel soltó una risa baja y volvió a besarme.

Nos quedamos cerca de la ventana, alternando los besos con conversaciones interrumpidas y silencios que ya no necesitaban explicaciones. Afuera, las luces de la ciudad parecían pequeñas estrellas atrapadas entre los edificios. Dentro, el tiempo había perdido aquella urgencia que siempre me acompañaba. En un momento dado, apoyé la cabeza contra su pecho. Él me rodeó con los brazos y permanecimos así, escuchando el murmullo lejano del tráfico.

No necesitábamos fingir que aquello era el comienzo de una gran historia de amor. Ni prometer que volveríamos a encontrarnos. Ni ponerle nombre a una atracción que apenas comenzábamos a comprender. Solo éramos dos personas que, por una noche, habían decidido dejar de esconderse detrás de las respuestas fáciles. Levanté el rostro y lo besé una vez más.

Daniel sonrió contra mis labios.

—¿Qué? —pregunté.

—Nada.

—Daniel.

—Estaba pensando que quizá debería haber reservado una habitación en otro hotel.

Me aparté lo suficiente para mirarlo, fingiendo indignación.

—¿Ah, sí?

—No. —Me estrechó un poco más entre sus brazos—. Creo que habría sido un error.

Me reí y volví a apoyar la cabeza en su pecho. Permanecimos juntos un rato más, hablando de cosas que no habíamos contado en el bar y descubriendo que, a veces, la intimidad comienza mucho antes de que dos personas se atrevan a tocarse. Comienza cuando dejan de preparar sus respuestas y se permiten decir lo que realmente piensan.

En algún momento, Daniel tomó mi mano y acarició mis dedos distraídamente.

—¿Puedo preguntarte algo sin que me respondas con otra pregunta?

—No prometo nada.

—¿Te gustaría volver a verme después de este fin de semana?

La pregunta me tomó desprevenida.

Había pasado buena parte de aquellos dos días convenciéndome de que no quería expectativas. Sin embargo, escucharla no me produjo el miedo que había anticipado. Me hizo pensar que quizá la libertad no consistía en evitar cualquier posibilidad de apego, sino en elegir sin sentirse obligada por el resultado.

—Sí —respondí—. Me gustaría.

Daniel sonrió, pero no intentó convertir mi respuesta en una promesa.

—Entonces podemos empezar por el desayuno de mañana.

—A las nueve.

—A las nueve.

Nos besamos junto a la puerta antes de despedirnos. Fue un beso tranquilo, sin la urgencia de demostrar nada, pero cuando Daniel se apartó sentí que me habría gustado prolongarlo un poco más.

—Buenas noches —dijo.

—Buenas noches, Daniel.

Esperé hasta que llegó a su habitación antes de cerrar la puerta.

Me quedé unos segundos en medio de la habitación, escuchando el silencio. La cama seguía perfectamente hecha. Las cortinas continuaban abiertas y el libro descansaba sobre el escritorio. Todo parecía exactamente igual que antes de que Daniel entrara. Sin embargo, yo ya no era la misma mujer que había llegado al hotel el viernes por la noche.

No porque un desconocido me hubiera cambiado la vida en unas horas. No era tan ingenua como para confundir una noche agradable con una promesa de felicidad.

Había algo más sencillo y, al mismo tiempo, más importante. Me había permitido desear algo sin sentir que tenía que justificarlo.

Me había permitido decir que sí porque quería, no porque alguien insistiera. Y había descubierto que podía mostrar una parte de mí sin tener que entregarlo todo.

Me quité los zapatos, apagué las lámparas y me metí en la cama. Antes de cerrar los ojos, escuché una puerta cerrarse al otro lado del pasillo. Sonreí en la oscuridad. Mañana volvería a verlo. Tendríamos que hablar de libros, de desayunos y de todas aquellas cosas pequeñas que, sin que uno se dé cuenta, empiezan a importar.

Pero aquella noche me quedé con una certeza.

A veces, lo que cambia una historia no es una gran decisión ni un encuentro extraordinario. A veces, basta una puerta.

Una pregunta.

Y el valor de dejarla abierta.

A las nueve en punto bajé al restaurante del hotel. Daniel ya estaba sentado junto a una ventana, con dos tazas de café sobre la mesa. Al verme, levantó una mano para saludarme.

—Empiezo a pensar que eres puntual por naturaleza —dijo cuando me senté.

—Y yo empiezo a pensar que haces demasiadas observaciones.

—Es una de mis virtudes.

—¿Estás seguro de que no es uno de tus defectos?

Se rio y me acercó una taza. Desayunamos sin prisa. Hablamos de nuestros planes para el día, de los lugares que todavía quería visitar y de la novela que le había prestado. Daniel prometió devolverla antes de marcharse, aunque ambos sabíamos que no necesitaba una excusa para volver a verme. En algún momento, mientras untaba una tostada, me sorprendí observándolo.

—¿Qué pasa? —preguntó.

—Nada. Solo estaba pensando que esto es bastante agradable.

—¿El café?

—El café también.

Sonrió. No nos hicimos promesas sobre el futuro. No hablamos de destinos ni de relaciones perfectas. Nos limitamos a intercambiar números de teléfono y a acordar que, cuando terminara el fin de semana, intentaríamos encontrar otra ocasión para vernos.

Quizá no funcionara.

Quizá descubriéramos que nuestra conexión pertenecía únicamente a aquel hotel, a aquellas conversaciones nocturnas y a la libertad extraña de estar lejos de nuestras vidas habituales. Pero no quería decidirlo antes de tiempo. Cuando terminamos de desayunar, Daniel me acompañó hasta el vestíbulo. Afuera, la ciudad seguía con su ritmo habitual, ajena a lo que había ocurrido entre dos desconocidos en la cuarta planta.

—¿A qué hora te marchas? —preguntó.

—Mañana por la mañana.

—Entonces todavía tenemos tiempo para terminar esa conversación sobre libros.

—Creía que ya habíamos terminado.

—Eso sería una lástima.

Lo miré y sonreí.

—Tendrás que encontrar una pregunta mejor.

Daniel se inclinó y me besó suavemente. Esta vez no necesité preguntarme qué significaba aquel gesto. No significaba para siempre, ni siquiera significaba necesariamente el comienzo de una relación.

Significaba que ambos queríamos volver a vernos.

Y, por ahora, era suficiente. La última noche llegó más rápido de lo que esperaba. Después de pasar el día recorriendo la ciudad, regresé al hotel con una mezcla de satisfacción y melancolía. Había disfrutado de la soledad que tanto necesitaba, pero ahora me descubría deseando que las horas transcurrieran un poco más despacio. Daniel y yo cenamos juntos en el restaurante del hotel. Hablamos de nuestras vidas, de las decisiones aplazadas y de las cosas que habíamos aprendido demasiado tarde. Por momentos, la conversación se volvió tan natural que olvidé que apenas nos conocíamos desde hacía unos días. Al despedirnos, subimos juntos al cuarto piso.

Nos detuvimos frente a la habitación 417.

—Me alegro de haberte conocido —dijo Daniel.

—Yo también.

Me besó, y durante unos segundos permanecimos abrazados en el pasillo, sin necesidad de decir nada más. Después se apartó.

—Escríbeme cuando llegues a casa.

—Lo haré.

Esta vez no me quedé esperando junto a la puerta. Terminé de preparar mi maleta. Había llegado al hotel buscando un fin de semana a solas y me marcharía con algo inesperado: el recuerdo de una conversación, un beso y la certeza de haber elegido por mí misma.

—Freyja Bellmont

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