Resumen: Un encuentro prohibido en el salón de clases desata una pasión intensa entre la profe Violeta y Thiago. Entre miedo y deseo, exploran límites y secretos que transformarán su vínculo para siempre.
Thiago la miro fijamente, en sus ojos había deseo, y al escuchar la petición de la profesora su pene empezó a cobrar vida, sentía como iba creciendo y se ponía duro, tomo aire lentamente y dijo:
—Con ese vestido te cogería hasta en la cafetería delante de todos y si eso quisieras. —dijo mientras se acercaba a la profe.
Miro hacia la puerta y se dio cuenta que tenía seguro, con más confianza tomo de la cintura a la profe y la pego a su cuerpo, podía sentir sus grandes senos, se percató que no tenía sostén, la punta de los pezones sobresalían en el vestido, la profe Violeta estaba excitada, sus labios se encontraron se dieron un beso intenso, con lujuria, como si solo existieran los dos en el mundo, sus lenguas se entrelazaban, las manos de la profe se enredaban con los cabellos de Thiago, la respiración de ambos era agitada, la otra mano de la profesora se metió debajo de la camiseta y empezó acariciar el pecho de Thiago, podía sentir su cuerpo caliente.
Thiago, cegado por el deseo abrió más el escote del vestido, dejando libre las grandes tetas de la profe Violeta, sus pezones duros fueron directamente a la boca de Thiago, los mordía, chupaba, con su lengua hacia círculos, y con su mano los apretaba, Violeta gemía, pero se contenía para no ser descubierta, su cabeza la tiraba haca atrás, mientras él seguía chupando sus grandes tetas.
Thiago la acostó sobre el escritorio, quitando por completo la parte de arriba del vestido, lo bajo hasta poder mirar su ombligo, con su lengua la recorría como si se tratara de un pincel, con sus dos manos tomo la parte de la falda del vestido y lo subió por completo, quedando como un cinturón, la tanga negra que solo cubría su pubis con un pequeña tela, lo demás eran encajes transparentes, la imagen descontrolo por completo a Thiago, ya que vio como las nalgas se tragaban la tela de la tanga, convirtiéndolo en un hilo, paso su lengua por los muslos de Violeta, hasta llegar a la tela que cubría su pubis.
La profe temblaba, con sus propias manos se tapaba la boca para que sus gemidos no fueran escuchados, su vagina estaba tan húmeda que la pequeña tela no contenía los líquidos que salían, por sus muslos se podía ver claramente el hilo del líquido, que empapaba el escritorio y los papeles que en el había.
Thiago con sus dos manos rompió la tanga, y se la metió en la boca a la profe, abrió más las piernas de la profe y empezó a devorar su vagina, con su lengua lamia sus labios vaginales, introdujo un dedo en la vagina y lo doblo quedando como un gancho, metiendo y sacando, y con su lengua castigaba el clítoris, Violeta se retorcía de placer, sus gemidos, aunque contenidos eran evidentes, cualquiera que pasara por el pasillo podía percatarse que allí adentro pasaba algo.
El salón de clases estaba en silencio, solo interrumpido por el sonido de la respiración agitada de Violeta. Sus pechos subían y bajaban rápidamente, sus pezones duros como piedras bajo la ajustada blusa que apenas contenía su exuberancia. Thiago, con los ojos brillantes de deseo, la observaba con una mezcla de lujuria y dominación. El ambiente estaba cargado de tensión sexual, el aire espeso con el aroma de su pasión.
Violeta, con el cuerpo tembloroso, alcanzó un orgasmo brutal. Su espalda se arqueó, sus músculos se tensaron, y un gemido ahogado escapó de sus labios. Thiago se detuvo momentáneamente, permitiendo que ella recuperara el aliento, pero su respiración seguía siendo acelerada, sus pechos se inflaban como si estuvieran a punto de estallar, y su mirada era de pura lujuria.
Con un movimiento firme, Thiago la levantó, colocándola de espaldas al escritorio. Sus piernas se abrieron, ofreciendo su cuerpo a su amante, y su culo se levantó, exponiendo su intimidad sin reservas. La luz del salón, tenue pero suficiente, resaltaba las curvas de su cuerpo, la humedad entre sus muslos y el brillo de sudor en su piel. Thiago, con una sonrisa traviesa, pasó un dedo por el medio de sus nalgas, sintiendo la calidez y la humedad que delataban su excitación. Recorrió su vulva con lentitud, trazando un camino que la hizo temblar, hasta llegar al pequeño orificio de su ano. Allí, trazó suaves círculos, provocándola, tentándola.
Violeta, con el cuerpo aún tembloroso por el orgasmo reciente, giró su rostro hacia atrás, sus ojos encontrándose con los de Thiago. Su voz era un susurro ronco, cargado de deseo y un toque de miedo:
—Puedes hacer conmigo lo que quieras, pero si me lo metes por ahí, ten la seguridad de que, si nos descubren, será el fin. Thiago sonrió, su mirada llena de complicidad y deseo.
—Hoy quiero que seas mía por completo. Tú lo dijiste, quieres cumplir una fantasía, y yo también. Mi fantasía es romperte el orto en este salón, así cada vez que me des la espalda en las clases, recordaré esta imagen: mi verga rompiéndote el orto, y solo tú y yo nos reiremos de esto. Quiero ver tu aguante y tu deseo de cumplir estas fantasías.
Violeta tragó saliva, su corazón latía con fuerza en su pecho. La idea la excitaba, pero también la asustaba. Su carrera, su reputación, todo estaba en juego. Sin embargo, no dijo nada, ni se negó. Levantó más las nalgas, ofreciéndose a él, su cuerpo tembloroso de anticipación. Thiago, sin embargo, decidió guardar el postre para el final. Con un movimiento rápido, bajó su pantalón, liberando su verga dura y palpitante. Se posicionó detrás de ella y, sin previo aviso, la introdujo en su coño de una sola estocada. Violeta estaba tan lubricada que su verga entró sin resistencia, llenándola por completo.
Las embestidas fueron rápidas y profundas, cada una más intensa que la anterior. Violeta se agarró al escritorio con una mano, sus nudillos blancos por la fuerza con que lo apretaba, mientras con la otra tapaba su boca para ahogar sus gemidos. Sus tetas se balanceaban con cada movimiento, su pelvis chocaba contra las nalgas de Violeta, creando un sonido carnal que resonaba en el salón vacío. Era un espectáculo que cualquier hombre de la Universidad pagaría por ver, pero solo ellos dos eran testigos de esa escena prohibida.
Thiago se inclinó hacia ella, su aliento caliente rozando su oído.
—Ahora sí, prepárate, que te voy a romper el orto. Cuando estés lista, mueve la cabeza.
Violeta sudaba, su cuerpo brillaba bajo la luz tenue del salón. No sabía si era por el placer o por el miedo a ser descubierta. Su carrera estaba en juego, pero era un reto que ella misma había buscado. Thiago la sacó de sus pensamientos con una fuerte nalgada que dejó sus dedos marcados en su piel. El sonido resonó en el salón, un eco de su dominación.
Abrió más las nalgas de Violeta, exponiendo su ano, y dejó caer un hilo de saliva entre ellas. Con movimientos lentos y deliberados, esparció la saliva con suaves círculos, preparándola para lo que estaba por venir. Violeta, con los ojos cerrados, tomó su tanga del escritorio y la apretó entre sus dientes, tapando su boca para silenciar sus gemidos.
Thiago, con su verga erecta y palpitante, apuntó hacia el pequeño orificio y la introdujo con delicadeza. Sabía que la violencia los delataría, así que avanzó con cuidado. Primero entró la cabeza, y se detuvo, permitiendo que ella se adaptara a la sensación. Violeta rasgó el escritorio con sus uñas, sus ojos se pusieron en blanco al sentir cómo la verga dura entraba en su orto. La sensación era intensa, una mezcla de placer y dolor que la hizo temblar.
Thiago abrió de nuevo las nalgas y dejó caer otro hilo de saliva, sacando un poco su verga para volver a hundirla suavemente. Esta vez entró hasta la mitad, y Violeta sintió su orto palpitar, apretando su verga con un agarre firme. La sensación era placentera para ambos, una conexión íntima que los unía en ese momento. Violeta giró su rostro, sus ojos encontrándose con los de Thiago, e hizo un ademán para que siguiera.
Thiago retrocedió y, con un movimiento firme, introdujo su falo por completo. Violeta arqueó su espalda, sintiendo que la desgarraban por dentro, pero después de unos segundos, solo quedó el placer. Su ano se acostumbró al grosor, adaptándose a la invasión. La piel de Violeta brillaba por el sudor, su espalda estaba empapada, y su respiración era acelerada. Thiago la acarició para relajarla, sus manos trazando caminos suaves sobre su piel, esperando la señal para seguir.
Se acercó a su oído, su aliento caliente rozando su piel, y pasó su lengua por el lóbulo, erizando su piel. Los jugos de su vagina caían por sus muslos, evidencia de su deseo y lujuria. Violeta estaba consumida por la pasión, su cuerpo respondiendo a cada movimiento de Thiago. El salón, que momentos antes había sido un lugar de aprendizaje, ahora era el escenario de su fantasía más oscura, un secreto que solo ellos compartirían. Y mientras Thiago continuaba moviéndose dentro de ella, Violeta supo que ese momento sería grabado en su memoria para siempre, un recuerdo que los uniría en un juego de miradas y sonrisas cómplices cada vez que se cruzaran en los pasillos de la Universidad.
El aire en el salón de clases olía a tiza y a madera vieja, ese aroma característico que se mezclaba con el sudor fresco de dos cuerpos excitados. Violeta, recostada sobre el escritorio de roble oscuro, tenía las piernas temblorosas y el vestido arrugado hasta la cintura, exponiendo su culo redondo y pálido, aún marcado por los azotes que Thiago le había propinado minutos antes. Entre los labios carnosos de su coño, brillaba el hilillo plateado de su excitación, resbalando hasta el borde del mueble. Con dedos trémulos, sacó la tanga negra de su boca, la misma que ella había metido en su boca para ahogar sus gemidos, y la dejó caer sobre el montón de papeles desordenados. Su voz, ronca y cargada de lujuria, rompió el silencio tenso que los envolvía.
—Ya puedes romperme el culo, como tú quieras —susurró, girando la cabeza para mirarlo por encima del hombro, los labios hinchados y los ojos brillantes de anticipación—. No me importa si nos descubren. Soy solo tuya.
Thiago se quedó paralizado, sus dedos apretando con fuerza las caderas de la profesora Violeta. El sonido de su propia respiración, acelerada y pesada, llenaba el espacio entre ellos. No era la primera vez que Violeta lo provocaba, pero esta vez había algo diferente en su tono, una entrega absoluta que lo tomó por sorpresa. Sus ojos recorrieron el cuerpo de su profesora: las piernas ligeramente separadas, el coño hinchado y brillante, el ano rosado y apretado que se contraía levemente, envolviendo su dura verga, como si supiera lo que se avecinaba. La idea de violar ese agujero en el salón de clases lo hizo estremecer.
—¿Estás segura de tus palabras? —preguntó, la voz quebrada por el deseo y la incredulidad. No era un juego. Sabía que, una vez que cruzaran esa línea, no habría vuelta atrás.
Ella asintió, una sonrisa pícara curvando sus labios mientras se mordía el inferior, juguetona.
—Sí, estoy completamente segura —susurró, arqueando la espalda para ofrecerse mejor—. Voy a tratar de aguantar, pero si no puedo, no me importa. Tú no te contengas.
Esa fue la confirmación que necesitaba. Los dedos de Thiago rozando la piel suave de sus caderas antes de hundirlos en la carne. Violeta jadeó cuando la atrajo hacia sí, sintiendo el calor de su cuerpo contra su espalda, la dureza de su verga palpitando en su ano. No hubo preliminares esta vez. No los necesitaba. Con un gruñido animal, sus manos en las caderas retrocedieron un poco y empujó.
El grito de Violeta quedó ahogado contra el escritorio cuando la penetró de una estocada seca, rompiendo la resistencia de su esfínter en un solo movimiento brutal. Sus huevos chocaron contra sus nalgas con un sonido húmedo, y ella se aferró al borde del mueble, los nudillos blancos, las uñas arañando la madera. Thiago sintió cómo su ano se cerraba alrededor de su verga como un puño caliente y apretado, los músculos luchando contra la invasión. Pero no se detuvo. No podía. Con un gemido gutural, comenzó a moverla con violencia, agarrando sus caderas con tanta fuerza que sabía que le dejaría moretones.
—¡Dios mío! —Violeta masticó las palabras entre jadeos, la saliva goteando sobre los papeles—. ¡Más fuerte, joder, más fuerte!
Cada embestida era más rápida, más profunda, el sonido obsceno de sus cuerpos chocando llenando el salón vacío. La adrenalina de saber que podían ser descubiertos en cualquier momento los enciende aún más. Thiago sintió cómo su polla se hinchaba dentro de ella, el placer casi insoportable. Con un gruñido, soltó una de sus caderas y enredó los dedos en su cabello Violeta, jalando su cabeza hacia atrás hasta que el cuello quedó expuesto, vulnerable. Violeta arqueó la espalda, los ojos en blanco, la boca abierta en un gemido silencioso que se ahogó en su propia garganta.
—No aguanto… —murmuró Thiago, sintiendo cómo las bolas se le apretaban, el orgasmo acercándose como un tren desbocado—. Me voy a venir.
—¡No pares! —suplicó ella, la voz quebrada—. Por favor, lléname el culo con tu leche. Quiero sentirla.
Esas palabras fueron su perdición. Con un rugido, Thiago hundió los dedos en su carne y la penetró con una fuerza descomunal, la verga palpitando mientras el primer chorro de semen caliente inundaba su ano. Violeta gritó, un sonido ahogado y desesperado que resonó en las paredes, y por un segundo, ambos se quedaron inmóviles, conteniendo la respiración. ¿Alguien los había escuchado?, El silencio que siguió fue casi peor que el acto en sí. Solo se oía el goteo lento del semen escapando de su culo, resbalando por sus muslos.
Thiago se separó lentamente, su verga flácida y brillante, manchada de fluidos. Observó, fascinado, cómo su semen seguía escapando del ano de Violeta, mezclándose con el jugo de su coño que había empapado el escritorio. El espectáculo era tan obsceno que sintió cómo su polla daba un pequeño espasmo, como si quisiera volver a llenarla.
—Esta imagen la quiero de recuerdo para toda la vida —murmuró, sacando el celular del bolsillo con manos temblorosas. El click de la cámara sonó alto en el silencio, capturando el culo rojo y usado de su profesora, el semen goteando entre sus piernas.
Continuará.
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