—Estoy en casa
Marcos dejó a medias la paja que se estaba haciendo y apresuradamente subió la cremallera y se abrochó el botón de los vaqueros.
Se notaba el pene abultado pero ya se relajaría.
Marta, la mujer que acababa de llegar, tenía la manía de anunciar lo obvio, pero era un poco impredecible con los horarios. Marcos la esperaba media hora más tarde y la interrupción no le sentó muy bien. Por fortuna no le había pillado con los dedos pringados de semen en plena eyaculación.
Aun así, estaba a medias.
—¿Qué estabas haciendo? —dijo Marta camino de su habitación.
—Nada. —respondió el hombre.
Normalmente Marcos esperaba a que su chica se cambiase de ropa, visitase el baño y ya con ropa de andar por casa se reuniese con él en el comedor. Sin embargo en aquel momento el quedarse a medias le fastidiaba y sin pensarlo mucho, se dirigió al baño y abrió la puerta sin llamar.
Su pareja le daba la espalda y tenía puestas unas bragas lisas de color azul celeste cuya tela había sido devorada de forma glotona por la raja del generoso culo.
Marcos miró la retaguardia de su compañera en ese instante y casi al unísono, oyó el sonido inconfundible en forma de silbido de un pedo.
Marta se volvió y su cara se ruborizó.
—¿Qué haces entrando sin llamar? —protestó mortificada.
El olor de la flatulencia alcanzó la nariz del intruso. Olía mal, pero no tan mal como se había imaginado.
—Eres una cochinota —dijo antes de pensar.
—Y tú un pervertido
Marcos encontró la situación de lo más excitante y dio una nalgada a Marta.
—Auu —se quejó la mujer frotando el glúteo.
El hombre se acercó a ella y la besó en los labios con apetito mientras le sobaba el trasero con las manos. Luego, arrodillándose, le bajo la prenda, volteó su cuerpo y hundió su rostro en la hendidura que separa las tiernas medias lunas.
Marta gimió.
—¡Apóyate sobre la taza del váter!
La mujer obedeció y quedo a la espera, tensa, nerviosa, excitada.
Marcos se bajó los pantalones y los calzoncillos dejando el miembro libre, crecido y palpitante, expuesto. Luego, sin demora, se colocó en posición y embistió hundiendo el pene en la vagina hasta el fondo. Sus nalgas peludas contrayéndose en el acto. Sus manos, esta vez, sobre los pechos de Marta.
Sacó el miembro unos centímetros y volvió a empujar. A partir de ahí cogió ritmo penetrándola una y otra vez, entre jadeos, gemidos y alguna que otra nalgada.
No tardó mucho en eyacular.
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