Cada mañana, a las once en punto, el timbre de la puerta suelta ese tintineo metálico suave que ya se me ha metido en la piel como un hábito. El aire cambia de golpe: del frío seco de la calle paso al abrazo cálido y húmedo de la cafetería. Huele a granos tostados recién molidos, a leche espumosa quemándose un pelín en la varita, a vainilla que se escapa de los cruasanes y, debajo de todo, ese fondo sutil a madera vieja y a perfume barato de vainilla que llevan las dos.
Cris está siempre en la barra cuando entro. Su olor me llega antes que su voz: una mezcla de jabón de coco suave, café impregnado en la piel y un toque lejano de tabaco rubio que se le pega al pelo desde los 90. Lleva una camiseta gastada de Guns N’ Roses, el logo medio borrado por lavados, que se le pega un poco al pecho cuando se mueve. El delantal marrón tiene manchas eternas de espresso en el pecho y en los muslos.
Cuando me sonríe, se le marcan las arruguitas en las comisuras de los ojos, y su voz sale ronca, cálida, como si hubiera fumado un cigarro hace media hora: “¿Lo de siempre, guapo?”. Al pasarme la taza, sus dedos callosos por años de manejar mangos calientes rozan los míos; la piel áspera pero suave en las yemas, uñas cortas sin pintar, y un calor que sube directo al estómago.
Clara aparece desde la trastienda o desde recoger mesas, con el pelo recogido en una coleta alta que se le mueve como un péndulo cuando camina. Huele a vainilla pura, a crema corporal barata pero adictiva, y a ese sudor limpio de quien ha estado moviéndose toda la mañana. Su delantal se ata flojo en la cintura, marcando las curvas suaves de las caderas y el culo redondo que se tensa contra los vaqueros cada vez que se estira para alcanzar algo alto. Cuando me sirve, se muerde el labio inferior sin darse cuenta, y su aliento huele a chicle de fresa que mastica para calmar los nervios. “Aquí tienes… ¿caliente, verdad?” dice bajito, y su voz tiembla un poco al final, como si la pregunta tuviera doble sentido.
Los días van acumulando roces. El roce de sus caderas cuando pasa por detrás de mí para limpiar una mesa y su muslo roza el mío. El calor de la mano de Cris cuando me aprieta el hombro al decir “siéntate tranquilo, que hoy invito yo”. El sonido de la risa de Clara cuando le cuento algo tonto, esa risa que empieza como un gorjeo y termina en un suspiro. El clic-clic de la máquina de café, el siseo de la leche, el crujir de los taburetes de madera cuando me siento.
Y llega el martes de lluvia. El local vacío, el golpeteo de las gotas contra el cristal, el olor a tierra mojada que se cuela por la rendija de la puerta. Cris gira el cartel, cierra con llave. El clic del pestillo suena como un disparo en el silencio. Me miran las dos. Clara se retuerce las manos en el delantal, el pulso latiéndole visible en el cuello. Cris se acerca primero, despacio. Su aliento cálido en mi cara, con ese punto de café y menta. Me besa y sabe a espresso fuerte y a deseo contenido durante semanas. Su lengua es lenta, exploradora, áspera por el tabaco antiguo. Sus manos suben por mi nuca, uñas cortas rascando suavemente el cuero cabelludo, enviando escalofríos por la espalda.
Clara se pega por detrás. Siento sus pechos blandos y cálidos contra mis omóplatos, el latido acelerado de su corazón contra mi columna. Su aliento entrecortado en mi cuello, húmedo, caliente, con olor a fresa. Sus manos bajan por mi abdomen, temblando, hasta el cinturón. El metal del cierre suena seco cuando lo abre.
En la trastienda el aire es más denso: olor concentrado a café en grano, a sacos de yute ásperos, a madera vieja y ahora también a excitación. La bombilla amarillenta parpadea un poco, proyectando sombras largas. La mesa está cubierta de un hule rayado, frío al tacto cuando Cris me empuja suavemente contra ella.
Clara se arrodilla primero. Sus rodillas crujen contra el suelo de baldosas frías. Sus manos calientes suben por mis muslos, uñas pintadas de rosa claro rozando la piel. Cuando me mete en la boca, es suave al principio, lengua tibia y tímida explorando la cabeza, saboreando el precum salado. Luego más valiente: succiona con labios carnosos, el calor húmedo envolviéndome entero, el sonido húmedo y succionante llenando el espacio pequeño. Cris se pega a mi espalda, sus tetas maduras y pesadas contra mí, pezones duros marcándose a través de la camiseta. Sus manos bajan, acarician mis huevos con dedos expertos, masajeando con presión justa, mientras murmura en mi oído: “Mírala… qué bien lo hace mi niña”.
Luego cambian. Cris se arrodilla y me demuestra todo lo que sabe: succiones profundas que me hacen doblar las rodillas, lengua plana recorriendo toda la longitud, garganta relajada tragándome hasta el fondo sin esfuerzo. Su boca sabe a café y a ella misma, cálida, experimentada. Clara se sube a la mesa, se quita la camiseta. Sus pechos se liberan, pezones rosados y erectos, piel suave con pecas leves en el escote. Me besa mientras Cris me chupa, su lengua dulce chocando con la mía, gemidos ahogados en mi boca.
Terminamos sobre la mesa. Clara se sube encima, vaqueros bajados hasta los tobillos. Su coño está empapado, caliente, resbaladizo. Cuando se empala despacio, suelta un gemido largo, ronco, que vibra en su pecho. Sus caderas se mueven en círculos lentos al principio, el roce de su clítoris contra mi pubis enviando chispas. El sonido húmedo de nuestros cuerpos chocando, el slap-slap rítmico, el crujir de la mesa vieja. Cris se sube a mi cara: su coño maduro, labios hinchados, sabor salado y almizclado, vello recortado áspero contra mi lengua. Se mueve contra mi boca, muslos fuertes apretándome la cabeza, gimiendo bajito con voz ronca mientras yo la devoro.
Clara acelera, uñas clavándose en mi pecho, dejando medias lunas rojas. Su interior se contrae en oleadas cuando se corre, un gemido roto que se le escapa entre dientes, cuerpo temblando encima de mí. Cris se corre después, apretándome la cara con los muslos, un chorro caliente y sutil mojándome la barbilla mientras tiembla entera.
Las dos se arrodillan al final. Lenguas entrelazadas alrededor de mi polla, alternando succiones, besos húmedos compartiendo el sabor. Cuando exploto, chorros calientes caen en sus bocas abiertas, en sus lenguas rosadas. Se besan después, lento, profundo, mi semen mezclándose entre sus labios, un hilo plateado colgando un segundo antes de romperse.
Nos quedamos allí, respirando agitados. El olor a sexo se mezcla con el café. Cris me besa la frente, sudor salado en sus labios. Clara se acurruca contra mi pecho, su pelo oliendo a vainilla y a nosotros.
“Mañana a las once” susurra Cris, voz ronca y satisfecha. “Y trae hambre… de todo.”
Salgo con las piernas flojas, el sabor de las dos todavía en la boca, el cuerpo marcado por sus uñas y sus besos.
Cris 52 años, divorciada desde hace siete. El exmarido fue un camionero que se pasó la vida en la carretera y acabó dejando más vacío que recuerdos. Cris se quedó con la cafetería que habían montado juntos y la convirtió en su refugio. Ex roquera de los 90: todavía conserva camisetas de Pearl Jam y Soundgarden que se ponen como segunda piel, vaqueros pitillo gastados en las rodillas, botas camperas que crujen al andar. El pelo castaño con canas plateadas que se niega a teñir del todo porque “ya me jodieron bastante la vida como para seguir fingiendo”.
Cuerpo maduro, curvas generosas que han ganado peso con los años pero siguen siendo fuertes: tetas pesadas que se mueven con naturalidad bajo la camiseta, caderas anchas, culo firme por años de estar de pie doce horas al día. No es guapa de revista, pero cuando te mira con esos ojos verdes cansados y profundos sientes que te está desnudando el alma antes que la ropa. Su sexualidad es un terreno borroso y delicioso: se casó joven con un hombre porque “era lo que tocaba”, pero en los últimos años ha confesado (solo a media voz, entre copas de vino barato) que las mujeres le despiertan cosas que nunca entendió del todo.
Besos con amigas en fiestas de juventud que se le quedaron grabados en la piel, miradas largas a camareras guapas, sueños húmedos que la despiertan sudando. No se define, no le hace falta. Solo sabe que le gusta el tacto suave de una mujer tanto como el roce áspero de un hombre. Y contigo… y con Clara… todo eso se mezcla en un cóctel que la pone cachonda sin remedio.
Clara 27 años, sobrina de Cris (hija de su hermana pequeña). Novia de un búlgaro camionero llamado Ivo: alto, tatuado, voz grave, siempre oliendo a diésel y a colonia barata cuando vuelve de ruta. Está fuera tres semanas de cada cuatro, manda audios de voz largos en búlgaro que ella escucha con auriculares mientras limpia mesas, sonriendo a medias. Clara lo quiere, o al menos lo quiere como se quiere a alguien que te llena la nevera y te folla con ganas cuando llega. Pero la ausencia pesa. Y el vacío se llena con detalles: el roce de tu mano al pagar, tu mirada fija cuando le dices “estás guapa hoy”, el modo en que te quedas más tiempo del necesario cuando el local se vacía.
Es dulce hasta el tuétano: voz suave con un leve acento del sur, siempre “cariño” o “guapo” de forma natural. Cuerpo de gimnasio suave: cintura estrecha, tetas medianas y altas que se marcan cuando se estira, culo redondo y prieto que se tensa contra los leggins negros del uniforme. Pelo largo castaño oscuro, ojos miel grandes e inocentes que se abren mucho cuando se sorprende (o cuando se excita). Huele a vainilla, a crema corporal y a ese sudor limpio de quien ha estado moviéndose todo el día. Inocente en la superficie, pero con un fuego debajo: se masturba pensando en tríos desde los 19, ha fantaseado con mujeres (sobre todo con su tía, aunque nunca lo diría en voz alta), y contigo… contigo lleva semanas mojándose solo de verte entrar por la puerta.
Tú oficina a tres calles de la cafetería. Casado, fiel por convicción, enamorado de tu mujer hasta los huesos. Pero humano. El matrimonio es bueno, sólido, con sexo regular y cariñoso… pero falta ese filo salvaje, esa urgencia prohibida. Entras en la cafetería cada día a las once como quien entra en un confesionario: para descargar la tensión del curro, para verlas sonreír, para sentir ese cosquilleo culpable que te recorre la espalda cuando Cris te roza los dedos o Clara se muerde el labio mirándote.
Y llega el día de la avería.
Miércoles. Llueve a cántaros desde las nueve. A las 10:15 Cris pone el cartel de “Cerrado por avería eléctrica” y baja la persiana metálica con ese ruido grave y lento que resuena en la calle vacía. Dentro, la luz es tenue: solo la bombilla de emergencia y la claridad gris que se cuela por las rendijas. El olor a café aún caliente flota pesado, mezclado con humedad de la lluvia y con el aroma corporal de las dos.
Cris cierra la puerta de la trastienda con pestillo. Clara está nerviosa, jugando con el borde del delantal, las mejillas sonrosadas. “Tenemos nata montada del expositor que caduca mañana… y chocolate caliente que sobró del desayuno” dice Cris con esa voz ronca, tranquila, como si estuviera hablando del tiempo. Saca el bote industrial de nata y una jarra metálica de chocolate espeso que todavía humea un poco.
Te sientan en la silla vieja de oficina que usan para hacer cuentas. Cris se coloca a horcajadas encima de ti primero, despacio. Te besa profundo, lengua con sabor a café y a menta, mientras sus manos te quitan la camisa botón a botón. Clara se acerca por detrás, te rodea con los brazos, te besa el cuello. Su aliento caliente huele a fresa.
Cris coge el bote de nata. Presiona el botón y un chorro blanco y frío cae sobre tu pecho. El contraste te hace jadear: frío pegajoso que se desliza por los pectorales, bajando hacia el abdomen. Cris se inclina y lame despacio, lengua áspera recorriendo los caminos de nata, mordisqueando la piel. Clara se une: lame el otro lado, sus labios suaves y cálidos contrastando con la lengua experimentada de su tía. Las dos se besan encima de tu pecho, nata entre sus bocas, lenguas blancas entrelazadas.
Clara se arrodilla entre tus piernas. Te baja los pantalones. Coge más nata y la extiende por tu polla: fría, espesa, pegajosa. El frío te hace endurecerte más. Ella te mira con esos ojos grandes mientras te mete en la boca: lengua caliente contra la nata fría, succionando despacio, saboreando la mezcla dulce y salada. Cris se quita la camiseta, se unta nata en los pezones y te los acerca a la boca. Los chupas, el chocolate caliente que le echa por encima gotea por sus tetas maduras, resbalando hasta tu lengua. Sabor a cacao amargo, nata dulce, piel salada.
Clara se sube encima. Se quita los leggins y las bragas empapadas. Coge chocolate caliente con los dedos y se lo unta en el coño: espeso, caliente, resbaladizo. Se empala despacio, gimiendo cuando el calor del chocolate se mezcla con su humedad. Cabalga lento, el slap húmedo y pegajoso resonando en la trastienda. Cris se pone detrás de ella, le unta nata en el culo, mete un dedo cubierto de nata y lo desliza dentro mientras Clara te monta. Clara gime más fuerte, el cuerpo temblando.
Cris se sube a la mesa, abre las piernas delante de tu cara. Se unta chocolate en los labios del coño y te dice “lamé”. Lo haces: lengua hundida en el chocolate caliente y en su sabor maduro, almizclado, salado. Ella se corre apretándote la cabeza con los muslos, un chorro sutil mezclándose con el chocolate.
Clara acelera, uñas clavadas en tu pecho, nata y chocolate manchando todo. Se corre gritando bajito, contrayéndose alrededor de ti. Tú aguantas lo justo para que las dos se arrodillen otra vez: bocas abiertas, lenguas cubiertas de nata y chocolate. Te corres en chorros calientes que caen en sus caras, en sus tetas, mezclándose con todo lo demás. Se besan después, lamiéndose mutuamente la cara, el cuello, los pechos, compartiendo el desastre dulce y sucio.
Quedáis los tres jadeando, pegajosos, oliendo a sexo, chocolate y café. Cris te da un beso lento en la boca. “Mañana no hay avería… pero a las once vienes igual, ¿verdad?”
Clara te abraza por detrás, sus tetas pegajosas contra tu espalda. “Y trae hambre… que aún queda nata.”
El día antes de la llegada de Ivo – “aprovechando” al límite
Es jueves por la tarde. El local cierra a las 20:00, pero a las 19:45 Cris pone el cartel de “cerrado” y baja la persiana con ese ruido metálico que ya me pone la piel de gallina. Clara está acelerada todo el día: se le nota en cómo se muerde el labio cada vez que me mira, en cómo se pega más de lo necesario al pasar por mi lado, en el temblor sutil de sus manos cuando me sirve el último café.
“Solo quedan cuatro noches antes de que vuelva” susurra Clara mientras cierra la puerta de la trastienda. Su voz sale ronca, casi suplicante. “Quiero… quiero que me hagáis sentir todo lo que no me da cuando está fuera.”
Cris sonríe de lado, esa sonrisa lenta y cómplice. “Pues entonces hoy no nos guardamos nada, pequeña.”
La mesa de siempre, pero esta vez la cubren con un mantel desechable porque saben que va a ser un desastre. Clara se quita el delantal despacio, como un striptease inconsciente. Debajo lleva solo bragas negras de encaje y una camiseta fina sin sujetador; los pezones ya están duros, marcándose contra la tela. Se sube a la mesa de rodillas, culo en pompa, mirándome por encima del hombro con esos ojos miel abiertos de par en par.
Cris se coloca detrás de ella primero. Le baja las bragas hasta los tobillos, le separa las nalgas con las manos callosas y empieza a lamerle el coño desde atrás, lengua lenta y profunda. Clara gime bajito, arqueando la espalda, el pelo suelto cayéndole por la cara. Yo me acerco por delante: ella me agarra la polla con mano temblorosa, se la mete en la boca entera, succionando con hambre. El sonido húmedo de Cris comiéndosela por detrás se mezcla con los gemidos ahogados de Clara alrededor de mí.
Cambiamos. Me siento en la silla, Clara se sube encima a horcajadas, empalándose de golpe. Su interior está ardiendo, empapado, contrayéndose ya de pura anticipación. Cabalga fuerte, rápido, uñas clavadas en mis hombros, gimiendo “más… joder, más… antes de que vuelva”. Cris se sube a la mesa delante de nosotras, abre las piernas y se masturba mirándonos: dedos dentro de su coño maduro, el otro mano pellizcándose un pezón. Clara se inclina y le chupa las tetas mientras me monta, lengua rodeando los pezones duros de su tía.
Yo aguanto lo que puedo, pero cuando Clara se corre –un orgasmo violento, cuerpo temblando, chorro caliente mojándome el regazo–, no resisto más. Me corro dentro de ella, chorros profundos que la llenan mientras ella gime “sí… lléname… que lo sienta cuando vuelva”. Cris se corre viéndonos, dedos acelerados, un gemido ronco que resuena en la trastienda.
Quedamos jadeando, pegajosos, oliendo a sexo crudo. Clara se baja despacio, semen goteándole por el muslo. Se arrodilla y lame lo que queda de mí y de ella misma, lengua suave y agradecida. “Gracias… por estos días” susurra. “Ahora… cuando vuelva Ivo, voy a ser buena chica. Pero os voy a echar de menos.”
Cris le da un beso suave en la frente. “Ya habrá más, pequeña. Siempre habrá más.”
Los encuentros solo con Cris – mi alma gemela
Los días siguientes el trío se pausa por seguridad. Ivo llega el lunes, y Clara desaparece unos días del radar. Pero yo sigo yendo a las once… y Cris me espera con esa mirada que dice “esto es nuestro ahora”.
Nos volvemos íntimos de una forma que no esperaba. Hablamos de música mientras follamos despacio: ella pone vinilos viejos en el equipo cutre de la trastienda –Nirvana unplugged, Alice in Chains, Soundgarden–. Yo le cuento mis conciertos de juventud, ella me cuenta los suyos. Nos reímos de lo mismo, odiamos las mismas mierdas del mundo, nos entendemos en silencio. Es como si hubiéramos crecido en la misma época, con los mismos discos rayados y las mismas ganas de huir.
Un viernes por la tarde, después de cerrar. Estamos solos. Ella me monta despacio en el sofá viejo del almacén, caderas moviéndose en círculos lentos, tetas pesadas rozándome el pecho. Yo le chupo el cuello, le muerdo el lóbulo, le susurro que es jodidamente perfecta. Ella gime bajito, ronca, con voz de tabaco y deseo.
Cuando terminamos –ella corriéndose encima de mí con un temblor largo y profundo, yo llenándola mientras la abrazo fuerte–, se queda encima, sudada, pelo pegado a la frente. Respira hondo, me mira fijo con esos ojos verdes cansados.
“Sabes… hay algo que me pone mucho” confiesa en voz muy baja, casi avergonzada. “Tu mujer. Sara.”
Me quedo quieto. El corazón me late fuerte.
“La he visto un par de veces cuando viene a buscarte. Menuda, 1,55, 45 kilos escasos… esa cintura fina que parece que se va a romper si la aprietas, pero caderas anchas que se mueven como si supieran lo que quieren. Rubia con ese flequillo que le cae sobre los ojos castaños claros, casi miel. Pecho pequeño y firme, de los que se marcan bajo la blusa sin sujetador cuando hace calor. Tiene esa cara de niña buena que esconde algo salvaje… y joder, me pone. Mucho. Me imagino besándola, lamiéndole ese cuello fino, metiéndole mano por debajo de la falda mientras tú miras.”
Se muerde el labio, sonrojada pero sin apartar la mirada. “No sé si es porque es tuya… o porque es tan diferente a mí. Pero cada vez que la veo, me mojo solo de pensarlo.”
Silencio. Solo el zumbido del frigorífico y nuestra respiración.
Yo trago saliva. “¿Y si… algún día…?”
Cris sonríe lento, esa sonrisa de ex roquera que sabe que la vida da muchas vueltas. “Un paso a la vez, cariño. Pero si alguna vez pasa… quiero estar ahí.”
Me besa profundo, lengua con sabor a café y a nosotros. Y en ese beso hay promesas, fantasías y un futuro que ninguno de los dos sabe aún cómo va a ser.
El viernes por la tarde, como siempre, la cafetería cierra temprano. La persiana baja con ese ruido grave que ya me acelera el pulso. Dentro huele a café residual, a vainilla de Clara (que ya no está, se ha ido a preparar la llegada de Ivo) y a ese perfume sutil de coco y tabaco que lleva Cris impregnado en la piel.
Nos vamos directos a la trastienda. Ella pone el vinilo de Unplugged in New York de Nirvana –“Come As You Are” empieza a sonar bajito, distorsionado por el equipo viejo–. Me empuja contra el sofá raído, se sube encima a horcajadas sin quitarse los vaqueros del todo, solo bajándolos lo justo. Se quita la camiseta de Soundgarden con un movimiento rápido; sus tetas pesadas caen libres, pezones ya duros por el aire fresco y la anticipación. Me besa profundo mientras se frota contra mí, el roce áspero de la tela vaquera contra mi polla dura.
La penetro despacio, de abajo arriba. Ella suelta un gemido ronco, gutural, que vibra contra mi boca. Empieza a moverse en círculos lentos, controlados, apretándome dentro con cada contracción. Sus manos en mi nuca, uñas rascando el cuero cabelludo, enviando escalofríos por la espalda. El ritmo se sincroniza con la guitarra acústica de fondo.
Entonces, entre jadeos, con la voz entrecortada y baja, empieza a hablar. No para de moverse, solo baja el volumen de su voz para que suene más íntima, más prohibida.
“Joder… cada vez que pienso en Sara… me mojo tanto como ahora…”
La miro fijo. Ella no aparta la vista, ojos verdes brillando bajo la bombilla tenue.
“La imagino entrando aquí un día cualquiera… con esa blusita fina que se le pega cuando hace calor, sin sujetador, pezones pequeños marcándose como si pidieran atención. Menuda, frágil casi, 1,55 de puro nervio y curvas escondidas. Esa cintura tan fina que podría rodearla con las manos enteras… y luego esas caderas anchas que se balancean cuando camina, como si supiera que la estás mirando.”
Acelera un poco el movimiento de cadera, gimiendo bajito al sentirme más profundo.
“La sentaría en esta misma mesa… le subiría la falda despacio, le apartaría las bragas a un lado. Tiene que tener un coño precioso, rosado, depilado o con un triángulo perfecto… lo lamería primero, lengua plana desde abajo hasta el clítoris, saboreando lo mojada que se pone solo de verme. Le metería dos dedos mientras le chupo el cuello, ese cuello fino con la vena latiendo rápido. Le diría al oído: ‘Tu marido me folla cada día aquí… y ahora te toca a ti sentirlo’.”
Sus caderas se clavan más fuerte, el slap húmedo resonando con la batería suave del tema.
“La pondría de rodillas delante de mí… le quitaría el flequillo de la cara para verle esos ojos castaños claros, casi miel, dilatados de deseo. Le metería la lengua en la boca mientras le pellizco los pezones pequeños y firmes, tirando hasta que gima contra mis labios. Luego la tumbaría boca arriba, le abriría las piernas y me frotaría contra ella, coño contra coño.
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