Atrapada en el Mall (2 de 4)

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T. Lectura: 7 min.

El mundo se inclinó aún más. ¿Registro completo? ¿Desnudarme? ¿Aquí? ¿Con ella mirándome? ¿Con la cámara ahora apagada —un gesto que debería darme alivio, pero que en cambio me hacía sentir más atrapada, más dependiente de su “comprensión”? El compañero (El Cerdo) afuera, con esa sonrisa asquerosa, esperando cualquier excusa para entrar. La posibilidad de que esto saliera en las noticias…

El silencio cayó pesado. Lágrimas calientes seguían rodando por mis mejillas. Mis dedos fueron al borde inferior de la blusa, torpes y temblorosos. La agarré con ambas manos y la levanté despacio, deslizándola de abajo hacia arriba por mi torso. La tela húmeda por el sudor se pegaba a mi piel, resistiéndose un poco al subir, rozando mis costados y el encaje del sostén.

Al llegar al pecho, la blusa se tensó un instante sobre mis senos generosos, obligándolos a bambolearse pesadamente hacia arriba con el movimiento ascendente. Luego, al pasar por la cabeza, mis pechos se liberaron por completo: se balancearon con fuerza natural al quedar expuestos al aire frío del cuarto, mis pezones endurecidos, apuntando hacia adelante, erguidos por el contraste entre el calor de mi vergüenza y el soplo helado del aire acondicionado.

La blusa se enredó un segundo en mi cabello lacio —mechones se pegaron a la tela húmeda y se levantaron con ella, cayendo desordenados sobre mis hombros y espalda al liberarse. Mis aretes, esos llamativos diseños en color naranja que destacaban contra mi piel, tintinearon suavemente con el movimiento, rozando mi cuello y mandíbula, un sonido delicado y traicionero que contrastaba con el zumbido frío del fluorescente. La blusa terminó de deslizarse por mis brazos y cayó al piso con un susurro suave.

Quedé ahí, torso desnudo salvo por el sostén, piel erizada, gotas de sudor frío rodando por el valle entre mis pechos y bajando por mi abdomen. La vergüenza me abrasó como fuego lento: sentía cada centímetro expuesto bajo su mirada serena, la luz fluorescente fría iluminando cada curva, cada gota brillante, cada mechón desordenado de cabello pegado a mi frente y cuello.

Pero también sentí ese calor traicionero entre las piernas aumentar, la tanga ya húmeda pegándose a mis pliegues hinchados de la panocha, un pulso involuntario que me hacía apretar los muslos sin poder evitarlo. La contradicción me rompía: quería cubrirme, desaparecer, gritar… pero una parte oscura y prohibida de mí respondía a su control, a esa calma dominante que me tenía atrapada sin tocarme aún.

Alex sonrió, un gesto lento y triunfante.

Alex me observó en silencio un segundo más, sus ojos almendrados recorriendo mi torso semidesnudo con calma deliberada. Su postura era imponente: piernas separadas ligeramente, caderas anchas marcadas por el pantalón tipo cargo, sus senos firmes presionando la tela del polo con cada respiración profunda y controlada. El logo bordado subía y bajaba sutilmente sobre su pecho izquierdo, y su perfume seguía envolviéndome —jazmín oscuro, pachulí y vainilla profunda—, cálido y dominante, contrastando con el frío químico del aire acondicionado que erizaba mi piel expuesta.

Alex (con voz grave, ronca pero femenina, casi un susurro): “Ahora el pantalón. Bájalo despacio. No hay prisa… quiero ver cada detalle.”

Mis manos temblaron al ir al botón del pantalón ceñido. El cierre metálico sonó seco al soltarlo, el zipper bajando con un zumbido lento que resonó en el cuartito gris. La tela elástica y ajustada se resistió al principio: pegada por el sudor frío que había bajado por mis caderas y muslos durante todo el trayecto desde la alarma. Agarré los bordes con dedos torpes y empecé a bajarlo, deslizándolo centímetro a centímetro por mis caderas anchas.

La tela se estiró y luego se soltó con un leve chasquido al pasar la curva superior de mis glúteos redondos; sentí el temblor involuntario en la carne blanda, un leve bamboleo al liberarse del abrazo apretado del pantalón. Al inclinarme ligeramente para bajarlo por los muslos, mis glúteos se tensaron y temblaron de nuevo, la piel erizada por el aire helado que ahora rozaba directamente la parte baja de mi espalda y la división entre nalgas.

El pantalón se deslizó por mis piernas, rozando la cara interna de los muslos donde la tanga ya estaba empapada, pegándose a los pliegues hinchados y sensibles de mi panocha. Al llegar a los tobillos, tuve que levantar un pie y luego el otro; el movimiento hizo que mis glúteos se contrajeran una vez más, temblando sutilmente, y que mis pechos bambolearan de nuevo con el equilibrio precario sobre los tacones. El pantalón cayó al piso junto a mi blusa con un sonido suave y húmedo, dejando un rastro de sudor en la tela interior.

Quedé en sostén y tanga, mis piernas temblando, la piel expuesta al fluorescente frío que iluminaba cada gota de sudor rodando por mi abdomen y el interior de mis muslos. La vergüenza me quemó más fuerte: sentía los ojos de Alex fijos en mí, recorriendo cada curva —las caderas anchas que ahora se movían con temblores involuntarios, los glúteos redondos aun temblando por el esfuerzo de bajar el pantalón, la tanga fina y húmeda marcando claramente la forma de mis labios de la panocha hinchados—. Pero el calor traicionero entre mis piernas crecía sin control: la humedad se filtraba más, la tanga se adhería como una segunda piel pegajosa, y un pulso profundo y rítmico latía en mi clítoris, traicionándome con cada respiración agitada.

Alex dio un paso más cerca. Su perfume me envolvió por completo, cálido y embriagador. Su respiración era profunda y controlada, haciendo que sus senos firmes subieran y bajaran bajo el polo, sus pezones marcándose sutilmente contra la tela. Inclinó la cabeza ligeramente, mechones sueltos de su cola alta rozando su hombro moreno radiante, y sonrió con esa curva lenta y triunfante en los labios carnosos.

Alex (con voz ronca, casi íntima): “Buena chica… ahora la tanga. Despacio. Quiero ver todo.”

Mis dedos fueron al borde de la tanga negra de seda fina. La tela estaba empapada, pegada a mis pliegues hinchados de la panocha como una segunda piel caliente y resbaladiza. Enganché los pulgares en los costados y empecé a bajarla, deslizándola por mis caderas anchas con lentitud forzada. La seda se resistió un instante, adherida por la abundancia de mis jugos, antes de soltarse con un leve sonido húmedo y pegajoso que resonó en el silencio del cuartito.

Al pasar por la curva superior de mis glúteos, estos temblaron de nuevo, la carne blanda contrayéndose y bamboleándose sutilmente al liberarse del elástico apretado. Bajé la tanga por los muslos tonificados, la tela rozando la cara interna donde la piel estaba caliente y ultrasensible, dejando un rastro brillante y viscoso de humedad en el interior de las piernas.

Al llegar a las rodillas, tuve que inclinarme ligeramente para sacarla por los tobillos; el movimiento hizo que mis glúteos se separaran un poco más, exponiendo la división húmeda y rosada entre ellos, mientras mis pechos colgaban pesados dentro del sostén, bamboleándose hacia adelante con el cambio de postura, mis pezones endurecidos rozando el encaje floral. La tanga cayó al piso vinílico con un sonido suave y húmedo, dejando una pequeña mancha oscura y reluciente en el suelo, como evidencia de mi excitación traicionera.

Quedé completamente desnuda de cintura para abajo, salvo por los tacones y el sostén que aún abrazaba mis pechos generosos. La exposición parcial fue ya abrumadora: mi panocha depilada expuesta, los labios mayores hinchados y abiertos por la excitación, mi clítoris rosado y prominente latiendo visiblemente, jugos transparentes goteando por el interior de los muslos en hilos lentos y brillantes que se acumulaban en pequeñas gotas sobre el piso. El olor de mi excitación femenina —dulce-vainilla mezclado con salado almizclado— llenó el aire viciado del cuarto, mezclándose con el perfume floral-masculino de Alex. Sentí un nuevo chorro de humedad bajar por mi perineo, traicionándome otra vez.

Alex me recorrió con la mirada, lenta y hambrienta, sus ojos almendrados recorriendo mi cuerpo desnudo de cintura para abajo como si estuviera midiendo cada centímetro expuesto. Su respiración se hizo más pesada y profunda, haciendo que sus senos firmes subieran y bajaran con fuerza bajo la tela ajustada del polo, sus pezones marcándose claramente contra el tejido delgado, endurecidos y prominentes por la excitación. El pantalón de cargo extrañamente se tensó en la entrepierna, un contorno grueso latía bajo la tela, una mancha oscura filtrándose lentamente en la zona de la bragueta, como si… tuviera una verga… pero no, seguramente era mi imaginación, o algún gas pimienta o algo por el estilo.

Dio un paso más cerca. Su perfume me envolvió por completo —jazmín oscuro, pachulí y vainilla profunda—, cálido y embriagador, mezclado ahora con un leve olor almizclado que empezaba a filtrarse desde su entrepierna. Extendió una mano: sus uñas rojo oscuro impecables rozaron apenas mi abdomen, bajando en una caricia lenta y deliberada hasta detenerse justo encima de mi monte de Venus depilado, sus dedos suspendidos a milímetros de mis labios mayores hinchados y abiertos.

El contacto fantasma fue eléctrico: sentí un nuevo pulso profundo en mi clítoris, un chorro caliente de jugos bajando por el interior de mis muslos, goteando hasta formar pequeñas gotas relucientes en el piso vinílico. Gemí sin poder evitarlo, un sonido roto y femenino que resonó en el cuartito gris.

Pensé: “Dios… estoy desnuda de cintura para abajo frente a ella… expuesta como nunca, sus pezones duros marcándose en el polo, su perfume envolviéndome… todo en ella me llama. La vergüenza me quema, pero el deseo… el deseo me ahoga. Quiero que me toque. Quiero que se desnude también. Quiero sentirla entera.”

Alex sonrió, sus labios carnosos curvándose en triunfo, su voz ronca y casi un ronroneo femenino:

Alex: “Mírate… tan hermosa… tan mojada… Nadie sabrá. Nadie te juzgará. Solo yo… y tú vas a disfrutar cada segundo de esto, ¿verdad, buena chica?”

Sus dedos bajaron un centímetro más, rozando el borde superior de mis labios mayores hinchados. El contacto ligero fue como una descarga: mi clítoris latió con fuerza, un nuevo chorro de jugos calientes bajó por mis muslos, y gemí más alto, mi cuerpo temblando entero.

Alex (susurrando, inclinándose hasta que su aliento cálido rozó mi oreja): “Buena chica… ahora el sostén. Quítatelo. Quiero verte entera….”

Mis manos subieron a la espalda, dedos torpes buscando los broches del sostén. Los desenganché con un clic suave que sonó demasiado alto en el silencio. La tela de encaje floral se aflojó al instante. Bajé los tirantes por los hombros despacio, dejando que el sostén se deslizara por mis brazos. Al liberarse, mis pechos generosos cayeron pesados con un bamboleo natural y profundo, balanceándose hacia adelante y atrás antes de asentarse, mis pezones oscuros y endurecidos apuntando al frente, erguidos por el aire helado y la excitación que me quemaba por dentro.

Quedé completamente desnuda, salvo por los tacones, mis pechos bamboleando con cada respiración agitada, mi abdomen plano temblando, mis caderas anchas, mis glúteos redondos, mi panocha depilada goteando jugos por los muslos. El olor de mi excitación llenó el cuarto, dulce-vainilla y salado almizclado, mezclándose con el perfume de Alex.

Alex me miró entera, sus ojos oscuros brillando con hambre. En mi shock volví a percibir ese latido en sus pantalones, que se convertían en una carpa. Sus senos subieron y bajaron con una respiración más pesada, sus pezones marcándose como si quisieran romper el polo. Dio un paso final, su cuerpo casi pegado al mío, el calor irradiando de ella.

Alex dio un paso atrás, rompiendo el contacto apenas un segundo. Sus manos fueron al borde del polo ajustado. Lo levantó despacio por la cabeza, revelando primero la cintura marcada y el abdomen tonificado, luego los senos firmes y altos, sus areolas amplias y oscuras, sus pezones erectos y sensibles apuntando hacia mí como si me reclamaran. El polo se deslizó por sus brazos con un susurro suave y cayó al piso junto a mis prendas abandonadas. Su piel morena radiante, gotas sutiles de sudor perlando el valle entre sus senos, sus pezones endurecidos temblando ligeramente con cada respiración profunda.

Pensé: “Dios… es hermosa. Senos perfectos, curvas que envidiaría cualquier mujer… tan femenina, tan controlada. Esto es… esto es seguro. Solo una mujer fuerte dominándome.”

Pero entonces sus manos bajaron al cierre del pantalón. El zipper bajó con un zumbido metálico lento y deliberado que resonó en el cuartito como un preludio prohibido. Bajó la tela junto con el bóxer gris ajustado en un solo movimiento fluido, dejando que todo cayera a sus tobillos.

Y entonces lo vi.

Una verga saltó libre de su cuerpo femenil, gruesa, venosa con líneas azules protuberantes latiendo bajo la piel morena tersa, la cabeza morada e hinchada y brillante de precum que goteaba en hilos viscosos y lentos hacia el piso. Erecta hacia arriba con una ligera curvatura, la base rodeada de vello negro recortado y ordenado.

Mi mente tardó en procesarlo. Primero incredulidad pura: no. No puede ser. Es tan perfecta… maquillaje impecable, labios carnosos, senos firmes, caderas anchas, perfume floral envolvente… ¿cómo? Esto no encaja. Mi respiración se detuvo un segundo. Luego, una ola lenta de comprensión subió por mi nuca, bajó por la columna y se instaló ardiente en mi vientre: es una verga. Dura. Caliente. Pulsando por mí. Es… ella es trans.

La tensión sexual en el pequeño cuarto de seguridad ha alcanzado un punto crítico. No te pierdas la siguiente parte para descubrir cómo se desata la pasión.

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