Andrés había pasado la tarde frente a su laptop, el corazón latiéndole como un tambor. Usando el acceso remoto que tenía al sistema de seguridad de la oficina (un “backdoor” que instaló hace meses por “seguridad del proyecto”), abrió el feed de la cámara oculta en la esquina del escritorio de Mario. La imagen era nítida: su madre Paula inclinada sobre la madera, la falda subida hasta la cintura. Mario, con los pantalones en los tobillos, la embestía por detrás con fuerza, su barriga chocando contra el culo de ella. El sonido era obsceno incluso sin audio: el clap-clap del orto de su madre, los gemidos ahogados de Paula, el gruñido ronco del jefe.
—Joder, ma… qué puta eres —murmuró Andrés, la polla dura como piedra en su mano mientras se masturbaba despacio. Vio cómo Mario escupía directo en el culo de Paula, frotaba la saliva con el pulgar en su ano rosado antes de meter dos dedos gruesos. Ella se arqueó, soltando un grito que sonó a mitad placer y mitad vergüenza. Luego el jefe sacó los dedos, alineó su verga gorda y empujó: la cabeza entró con un pop húmedo, y Paula lloriqueó “No… por favor, no ahí… duele…”. Pero Mario no paró; la sodomizó lento al principio, luego más rápido, hasta que su barriga temblaba y se corría dentro, chorros espesos desbordando y goteando por los muslos de ella.
Casa de Andrés, 6:15 pm.
Paula abrió la puerta de la casa. Se quitó los tacones en la entrada para no hacer ruido, respiró hondo y entró a la sala como si nada hubiera pasado. Andrés estaba en el sofá con la laptop cerrada, fingiendo revisar mensajes en el celular. Levantó la vista con una sonrisa casual.
—Ma, ¿ya llegaste? ¿Todo bien con la USB?
Paula forzó una sonrisa dulce, la misma que usaba cuando llegaba cansada del supermercado. Se acercó al sofá y se sentó a su lado, cruzando las piernas con cuidado para que no se notara el temblor.
—Sí, hijo, entregué la USB sin problema. Mario estaba en su oficina, me recibió muy atento… insistió en que me tomara un café con él antes de irme. —Hizo una pausa, arrugando la nariz como si recordara algo molesto—. Ese gordo asqueroso es insoportable, Andrés. No para de hablar de trabajo y de lo “importante” que eres tú, pero se le nota que solo quiere lucirse. Me tuvo ahí media hora charlando tonterías.
Andrés soltó una risita baja, mirándola con ojos inocentes mientras por dentro revivía cada detalle del video: el pop húmedo del ano, los chorros de semen por su muslo.
—Pobre ma, qué fastidio. Pero gracias por ir, de verdad. Seguro que le caíste bien. ¿Te ofreció algo más? ¿Café rico al menos?
Paula se encogió de hombros, ajustándose la blusa para ocultar el brasier todavía torcido.
—Café normalito, nada especial. Ya sabes cómo es él… siempre exagerado. —Se levantó despacio, sintiendo el semen seco tirando en la piel—. Voy a ducharme, estoy sudada del calor de la tarde. ¿Quieres que prepare algo de cena después?
Andrés asintió, sonriendo con esa ternura de hijo perfecto.
—Claro, ma. Descansa un rato. Gracias otra vez… eres la mejor.
Paula subió las escaleras, el culo todavía sensible y caliente, sintiendo cómo el semen seco de Mario tiraba de la piel cada vez que movía las piernas. Andrés esperó unos segundos en el sofá, la polla latiéndole bajo el pantalón. Cuando oyó el ruido de la puerta del baño cerrándose y el agua de la regadera empezando a caer, se levantó sin hacer ruido.
Subió despacio. La puerta del baño estaba cerrada con llave, pero había una pequeña rendija en la parte inferior —lo suficientemente ancha para que cupiera el extremo de su celular si lo inclinaba con cuidado. Andrés se arrodilló en el pasillo, sacó el teléfono y activó la cámara en modo silencioso. Apoyó el dispositivo en el piso, apuntando hacia arriba por la rendija, y abrió la vista en vivo.
El vapor ya llenaba el baño, pero la imagen a través de la rendija era nítida y sin piedad. Paula estaba de espaldas a la puerta, bajo el chorro caliente que le caía directo sobre la espalda. Se había quitado todo: la blusa blanca, el brasier rojo torcido, los jeans ajustados y el tanga negro empapado. Su cuerpo desnudo brillaba bajo el agua, piel bronceada y suave reluciendo como si estuviera aceitada.
Sus tetas grandes se erguían altas, pezones rosados duros y apuntando al frente, goteando agua que resbalaba por la curva inferior hasta caer en chorros pesados. Cintura estrecha, vientre plano con esa leve curva suave de mujer madura, caderas anchas que se abrían en un culo de diosa: redo, alto, perfecto, dos nalgas duras y elevadas que temblaban ligeramente con cada gota que golpeaba. Las marcas rojas de dedos y palmadas todavía ardían en la carne, huellas frescas del gordo que la había abierto esa tarde. Entre las nalgas, el ano rosado ligeramente dilatado palpitaba con cada latido, brillante de agua y restos espesos de semen que el chorro arrastraba despacio por los muslos internos, dejando hilos blancos que se diluían en el desagüe.
Paula apoyó las manos en los azulejos, dejó caer la cabeza hacia atrás y soltó un suspiro largo. El agua corría por su espalda, bajaba por la curva de las tetas, goteaba de los pezones y seguía por el culo, resbalando entre las nalgas hasta llegar al coño hinchado y rojo. Andrés sintió la polla endurecerse del todo, la sacó despacio y empezó a masturbarse en silencio, arrodillado en el pasillo.
Vio cómo Paula deslizaba una mano entre las piernas, los dedos rozando el clítoris hinchado. Cerró los ojos, mordiéndose el labio, y empezó a frotarse despacio, imitando el ritmo que Mario había usado en la oficina. El agua golpeaba su culo, haciendo que las nalgas temblaran ligeramente. Andrés imaginó el semen del jefe todavía dentro, mezclado con su propia humedad, y aceleró la mano.
—Joder, ma… qué puta tan rica —susurró para sí, voz ahogada—. Ese culo todavía caliente del gordo… y ahora te tocas pensando en él, ¿verdad?
Paula arqueó la espalda, metió dos dedos en el coño y soltó un gemido bajito que se perdió en el ruido del agua. Sus tetas se balanceaban con cada movimiento de la mano, pezones duros rozando el aire húmedo. Andrés se masturbó más rápido, sincronizando con los movimientos de ella, hasta que vio cómo su madre se corría: cuerpo temblando, rodillas flojas, un gemido roto escapando de su boca mientras el orgasmo la atravesaba.
Él se corrió al mismo tiempo, semen caliente salpicando el piso del pasillo. Se limpió rápido con papel higiénico, guardó el celular y bajó las escaleras antes de que Paula apagara la regadera.
Cuando ella bajó después, envuelta en la bata, Andrés ya estaba en la cocina calentando la cena, sonriendo como si nada hubiera pasado.
—Listo, ma. ¿Qué tal la ducha?
Paula se sentó, todavía con las mejillas sonrosadas.
—Bien, hijo… necesitaba relajarme.
Andrés asintió, sirviéndole el plato.
—Claro. Mañana es sábado… descansa bien.
No escribo estos relatos por dinero, aunque obviamente me gustaría ganar dinero por mi hobby, sin embargo los likes y sus comentarios me motivan a seguir.
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Ya esperando el próximo tremendo relatos