Era un verano abrasador en Poway, California, donde el sol del mediodía convertía las calles en un horno. Kelly, con sus 22 años, era la reina indiscutible del condado: piel blanca como la leche, cabello teñido de rosa chicle, alborotado hasta los hombros, un cuerpo que hacía babear a cualquiera – senos grandes y firmes que rebotaban con cada paso, culo redondo y perfecto, y tatuajes de flores entrelazadas con figuras geométricas que serpenteaban por sus brazos como una invitación al pecado.
Siempre vestía para matar: un short de mezclilla ultracorto que apenas cubría la curva de sus nalgas, dejando ver esa piel suave y tentadora, con la tela metida entre las piernas marcando el contorno de su panocha depilada y jugosa. y un top de tirantes tan delgado que, cuando sus pezones se endurecían, se marcaban como dos botones listos para ser pulsados. No usaba brasier, porque ¿para qué? Le encantaba sentir las miradas devorándola.
Su hermano menor, Ryan, de 20 años, era todo lo contrario: delgado pero atlético, con cabello negro alborotado que le caía sobre los ojos negros y profundos. Vestía como un emo de los viejos tiempos – pantalones entubados rotos en las rodillas, camisa de leñador roja desabotonada lo justo para mostrar su pecho definido, y tenis Vans gastados. Vivía en su mundo, obsesionado con Patricia, su prima.
Ella tenía la misma edad que él: cabello lacio color café que le llegaba a la cintura, ojos color miel que derretían almas, piel clara y un cuerpo que dolía mirarlo – curvas suaves, tetas perfectas y un culo que invitaba a pecar. Las dos chicas pasaban tardes en la piscina de la casa, luciendo bikinis diminutos que apenas tapaba lo esencial. Patricia era inocente en apariencia, pero a veces soltaba una mirada seductora que hacía que Ryan se endureciera al instante. Ella también estaba loca por él, pero no lo admitía. Solo Kelly lo sabía, y eso la encendía como un fuego.
Kelly había notado cómo el bulto en la entrepierna de Ryan se marcaba cada vez que su prima estaba cerca, esa verga gruesa presionando contra los pantalones entubados. “Maldita sea”, pensaba Kelly, lamiéndose los labios. “Esa verga tiene que ser mía antes que de esa perra inocente”. Quería provocarlo, romperlo, follarlo hasta que gritara su nombre. Y hoy, con los padres fuera por el fin de semana, era el momento perfecto.
La tarde empezó inocente. Kelly y Patricia chapoteaban en la piscina, el agua cristalina resbalando por sus cuerpos semidesnudos. Kelly llevaba un bikini rosa que se pegaba a sus tetas enormes, los pezones ya erectos por el frío del agua, visibles a través de la tela fina. Patricia, con un bikini negro diminuto, reía mientras salpicaba, su culo perfecto asomando cada vez que se inclinaba. Ryan las observaba desde el borde, sentado en una silla, fingiendo leer un libro, pero su mirada traicionaba todo: devoraba a Patricia, y su verga empezaba a hincharse en esos pantalones rotos.
—Oye, Ryan —dijo Kelly con voz juguetona, saliendo del agua como una diosa empapada. El short que se puso después del baño era aún más corto, el agua goteando por sus piernas hasta mojar la tela, dejando ver el contorno de su coño depilado—. ¿Por qué no te unes? Patricia está muerta de calor… y yo también.
Patricia se sonrojó, pero sus ojos miel se clavaron en Ryan con esa seducción sutil. Él tragó saliva, el bulto ahora evidente, una erección creciente que Kelly notó de inmediato. “Pobrecito, ya está duro por ella”, pensó, pero sonrió maliciosamente.
—Nah, estoy bien aquí —murmuró Ryan, cruzando las piernas para ocultar lo obvio.
Kelly no lo dejó pasar. Se acercó a él, goteando agua sobre su camisa roja, inclinándose para que sus tetas grandes quedaran a centímetros de su cara. Los pezones erectos se marcaban como dardos, y el aroma de su piel –mezcla de cloro y perfume dulce– lo invadió.
—¿Seguro, hermanito? —susurró, su mano rozando “accidentalmente” su muslo, subiendo peligrosamente cerca de ese bulto palpitante—. Patricia te mira como si quisiera comerte vivo. Pero yo… yo sé lo que realmente necesitas.
Ryan se tensó, su verga ya estaba dura como una roca, presionando contra la tela rota de sus pantalones. Patricia, desde la piscina, fingía no notar, pero mordía su labio inferior, excitada por la tensión.
Al atardecer, Patricia se fue a casa, dejando a los hermanos solos. Kelly no perdió tiempo. Se cambió a su atuendo habitual: el short ultracorto y el top de tirantes que dejaba sus tetas al aire libre. Entró en la habitación de Ryan sin llamar, encontrándolo tumbado en la cama, con la mano en la cintura de sus pantalones, probablemente pensando en Patricia.
—¿Qué carajo, Kelly? —gruñó él, incorporándose, pero sus ojos negros se clavaron en sus pezones erectos.
Ella se acercó, gateando sobre la cama como una pantera, su cabello rosa cayendo sobre sus hombros. —Vi cómo te ponías duro por nuestra prima. Ese bulto enorme… ¿sabes que lo he visto mil veces? Quiero probarlo antes que ella. Soy tu hermana, pero puta madre, mírame. —Se quitó el top de un tirón, liberando sus tetas grandes, los pezones rosados y duros como diamantes. Las apretó con las manos, gimiendo suavemente—. Tócalas, Ryan. Sé que quieres.
Él dudó, pero su verga lo traicionó: se marcó aún más, gruesa de al menos 20 centímetros presionando contra los pantalones. Kelly no esperó; le bajó la cremallera con los dientes, liberando esa masa venosa y palpitante, la cabeza roja e hinchada goteando liquido preseminal.
—Carajo, hermanita… —gimió Ryan, pero no la detuvo.
Kelly la tomó en su boca de inmediato, chupando con hambre, su lengua girando alrededor de la cabeza mientras sus tetas rebotaban contra sus muslos. Ryan agarró su cabello rosa, empujando más profundo, follando su boca como si fuera un coño. Ella gemía, saliva resbalaba por su barbilla, sus ojos clavados en los de él. —Mmm, sabe a ti… tan grande, Ryan. Patricia nunca te la chuparía así.
Él la volteó, arrancándole el short corto, exponiendo su culo perfecto y su coño rosado, empapado y listo. —Eres una puta, Kelly —gruñó, pero la penetró de un empujón, su verga gruesa estirándola hasta el límite. Ella gritó de placer, arqueando la espalda, sus tatuajes brillando bajo la luz tenue.
La folló duro, sus bolas golpeando contra su clítoris, mientras ella se tocaba, gimiendo:
—¡Más fuerte, hermanito! Fóllame como si fuera Patricia, pero soy mejor… mi vagina es más apretada.
Ryan la embistió sin piedad, posando sus manos en sus tetas grandes, pellizcando los pezones erectos hasta hacerla chorrear. Cambiaron posiciones: misionero con piernas en los hombros, luego ella encima, cabalgándolo como una vaquera salvaje, sus nalgas rebotando, el short roto a un lado. Él le metía dedos en el culo mientras la empalaba, le chupaba las tetas, mordiendo, mientras ella apretaba su coño alrededor de su verga.
Al final, explotó dentro de ella, llenándola de semen caliente, mientras Kelly llegaba al orgasmo, su cuerpo convulsionaba, chorros de jugo cubrían su verga. Se derrumbaron jadeando, llenos de sudor y fluidos mezclados, pero ella susurró: —Esto es solo el principio. Mañana invito a Patricia… y la veremos follar juntos.
Horas después, la casa era un mausoleo de silencio roto solo por el ronroneo lejano del aire acondicionado y el latido acelerado de dos corazones incestuosos. La luna plateada se filtraba como un voyeur entre las persianas, bañando la habitación en un resplandor frío que hacía brillar el sudor seco sobre la piel.
Kelly dormía boca arriba como una ofrenda pagana: completamente desnuda, sábanas enredadas en los tobillos, cabello rosa desparramado en mechones salvajes sobre la almohada. Sus tetas grandes subían y bajaban con respiraciones profundas y lentas, sus pezones rosados todavía hinchados y sensibles de la cogida anterior. Los tatuajes de flores y geometrías en sus brazos parecían cobrar vida en la penumbra, serpenteando como promesas de más pecado. Entre sus muslos abiertos, su coño seguía rojo e hinchado, labios mayores brillantes de jugos secos y restos de semen de Ryan.
Ryan no había pegado ojo. La mente le daba vueltas como un porno en loop infinito: el sabor almizclado y dulce de su hermana en la lengua, el calor asfixiante de su coño apretado tragándose cada centímetro de su verga, los gemidos roncos que decían “hermanito” mientras lo ordeñaba hasta vaciarlo. La culpa le mordía los huevos… pero la verga dura y palpitante le recordaba que ya estaba perdido. Se levantó en silencio, el corazón en la garganta, y se arrodilló entre esas piernas que lo habían criado y ahora lo destruían.
No pidió permiso. Bajó la cabeza y hundió la lengua directamente en esa panocha todavía caliente y empapada. Lamió despacio al principio, lengua plana recorriendo los labios hinchados, saboreando la mezcla de sus propios restos y los jugos frescos que volvían a brotar. El olor lo golpeó como droga: sexo crudo, cloro residual de la piscina, sudor y puro incesto.
Kelly se removió en sueños, un suspiro suave escapaba entre sus labios entreabiertos. Sus caderas se movieron instintivamente, buscando más. Ryan succionó el clítoris endurecido con delicadeza al principio, luego con hambre voraz, labios envolviéndolo mientras la punta de la lengua lo azotaba rápido.
—Ahhh… joder… —el gemido salió largo y gutural mientras sus ojos se abrían de golpe—. Ryan… ¿qué coño…? Oh, mierda… sí, lame así, cabrón…
Sus manos tatuadas bajaron como garras al cabello negro revuelto de su hermano, empujándolo con fuerza contra su entrepierna. Ryan gruñó contra su carne, la vibración la hizo temblar. Metió la lengua lo más profundo que pudo, follándola con ella mientras chupaba sus jugos como si muriera de sed. Kelly arqueó la espalda brutalmente, sus tetas rebotaban con violencia, sus pezones duros apuntaban al techo como si pidieran ser mordidos.
—¡Más profundo, hermanito! ¡Chúpame el clítoris, trágatelo todo! —gritaba sin filtro, sus caderas follaban su cara, untándolo de jugos hasta la nariz—. ¡Me vas a hacer correrme en la boca de mi propio hermano!
Ryan vibró más fuerte, su lengua azotaba sin piedad. Kelly se tensó entera, con las piernas temblando.
—¡Me corro! ¡Me corro en tu puta boca, Ryaaan! —el grito fue agudo, descarado, resonando como un eco prohibido.
Su vagina se contrajo en espasmos violentos, chorros calientes y claros salpicaban la cara y el pecho de Ryan. Él tragó lo que pudo, lamiendo sin parar, prolongando el orgasmo hasta que ella lo empujó jadeando, piernas apretándole la cabeza como si quisiera asfixiarlo de placer.
Kelly reía entre jadeos, ojos brillando con lujuria animal.
—Ven aquí, pervertido… —lo jaló hacia arriba y lo besó con lengua profunda, saboreándose a sí misma en su boca, mordiendo su labio inferior hasta casi sacarle sangre—. Ahora te doy un regalo que vas a ver mil veces cuando estés solo.
Se recostó contra la cabecera, abrió las piernas hasta el límite, exponiendo su coño rojo, hinchado y chorreante. Tomó el teléfono de Ryan de la mesita y se lo lanzó.
—Grábame, cabrón. Quiero que tengas esto para masturbarte como loco cada vez que pienses en Patricia… y te des cuenta de que ninguna te va a dar lo que yo.
Ryan encendió la cámara con manos temblorosas, enfocando directo al centro de su perdición. Kelly separó los labios mayores con dedos tatuados, mostrando el interior rosado, brillante y palpitante.
—Mira bien, hermanito… este coño que acabas de devorar es tuyo para siempre —susurró con voz ronca y cachonda—. Está tan sensible que duele… siento todavía tu lengua lamiéndome.
Metió dos dedos de golpe, gimiendo alto mientras los hundía hasta los nudillos. El sonido obsceno de su coño empapado llenó la habitación: chap-chap-chap. Con la otra mano apretó una teta enorme, pellizcando el pezón hasta ponerlo morado.
—Acércate más… graba cómo me follo pensando en tu verga gruesa abriéndome —ordenó, acelerando el ritmo, su pulgar frotaba el clítoris hinchado como loco—. ¡Mírame, Ryan! ¡Mira cómo me vengo para ti otra vez!
El cuerpo se le tensó como arco, y explotó: otro squirt brutal, chorros claros salpicando la lente, la cama, sus muslos. Gritó su nombre sin vergüenza, retorciéndose en un orgasmo que parecía interminable.
Cuando recuperó el aliento, le arrebató el teléfono.
—Ahora acuéstate. Esta parte también la quiero grabada.
Ryan se tumbó, con su verga tiesa y venosa apuntando al techo, goteando como grifo roto. Kelly puso el teléfono en modo grabación, lo apoyó perfecto en la mesita y se arrodilló entre sus piernas.
—Esto es para que veas cómo tu hermana mayor te mama la verga como la zorra que soy —dijo mirando directo a la cámara antes de bajar la boca.
Se la tragó entera de un golpe, garganta profunda hasta que la nariz tocó su pelvis. Saliva chorreó en hilos gruesos por las bolas, gimiendo alrededor de la carne mientras la lengua giraba en la cabeza. Ryan agarró su cabello rosa con ambas manos, follándole la boca con embestidas profundas, mirando la pantalla que capturaba todo: tetas rebotando salvajes, ojos clavados en él con malicia pura, saliva y pre-semen mezclados corriendo por su barbilla.
—Carajo, Kelly… eres la puta perfecta —gruñó él, empujando más hondo.
Ella lo sacó un segundo solo para jadear:
—Y tú estás a punto de venirte en mi garganta mientras grabamos… para que lo veas una y otra vez.
Volvió a tragársela, chupando con hambre desesperada, una mano masajeaba sus testículos, y con la otra se metía los dedos en su propio coño todavía sensible.
La noche estaba lejos de terminar. El teléfono seguía grabando, testigo mudo de cómo los hermanos se hundían más profundo en su propio infierno de placer prohibido.
Kelly se levantó de la cama con una sonrisa diabólica, con el cuerpo todavía convulsionando por los orgasmos previos, jugos resbalando por sus muslos internos. La cámara seguía rodando desde la mesita, capturando cada detalle bajo la luz plateada y fría de la luna que se colaba como un testigo silencioso y pervertido.
—Quiero más, Ryan… quiero que me rompas el culo virgen —susurró con voz ronca y cargada de vicio, gateando hasta ponerse en cuatro sobre el colchón. Elevó ese culo perfecto y tatuado al aire, nalgas redondas separándose lo justo para exponer el ano rosado, apretado y nunca profanado por nadie más que por sus propios dedos en noches solitarias. Debajo, su coño seguía chorreando, labios hinchados brillando para la lente como una invitación obscena.
Ryan se posicionó detrás de ella de rodillas, con la verga gruesa y venosa palpitando como un arma cargada, todavía cubierta de los jugos de su hermana. Pero antes de clavarla, levantó la mano y la dejó caer con violencia brutal sobre la nalga derecha.
¡Plasss!
El eco retumbó como un disparo en la habitación. Una marca roja ardiente apareció al instante en esa piel blanca de leche.
—¡Joder, sí! ¡Otra vez! —gritó Kelly, arqueando la espalda más, ofreciéndose como ofrenda.
Ryan no se contuvo. Empezó a azotarla sin piedad: nalgadas rápidas, duras, alternando lados con precisión sádica. Las nalgas temblaban, se enrojecían, se hinchaban bajo cada impacto. Contó mentalmente al principio —diez, veinte, treinta…— pero pronto se perdió en el frenesí. Cincuenta, ochenta, cien azotes brutales que convirtieron ese culo perfecto en un lienzo de huellas ardientes, moradas y palpitantes. Cada golpe hacía que sus tetas grandes colgaran y rebotaran, pezones duros rozando las sábanas.
Kelly gritaba de placer mezclado con dolor exquisito, voz cada vez más rota y desesperada:
—¡Más fuerte, hermanito! ¡Azótame como la puta que soy! ¡Me arde, joder, me encanta arder por ti!
Mientras recibía la paliza, sus manos bajaron a sus tetas colgantes, apretándolas con violencia, pellizcando y retorciendo los pezones hasta ponerlos morados e hinchados, tirando de ellos como si quisiera arrancarlos, todo frente a la cámara que grababa cada grito, cada marca, cada gota de sudor.
Cuando el culo de Kelly estaba en llamas y temblaba incontrolablemente, Ryan separó esas nalgas enrojecidas con ambas manos, exponiendo el ano arrugado y virgen que latía de anticipación. Sin aviso, bajó la cabeza y atacó: lengua plana lamiendo en círculos amplios, luego puntiaguda metiéndose dentro, follándola analmente con la boca mientras saboreaba ese sabor prohibido y limpio.
—¡Oh, mierda, Ryan…! ¡Chúpame el culo, méteme la lengua hasta el fondo, sííí! —gemía ella como loca, empujando hacia atrás, frotando el ano contra su cara.
No aguantó más. Se enderezó, apuntó la cabeza gruesa y goteante directo al agujero apretado y, de una estocada salvaje, la enterró hasta las bolas en un solo movimiento brutal.
Kelly soltó un alarido desgarrador, cuerpo tensándose como cable de acero:
—¡Aaaaah! ¡Duele, cabrón! ¡Es demasiado grande! ¡Despacio, por favor… me estás partiendo en dos!
Pero Ryan ya estaba perdido en la lujuria. La agarró por las tetas desde atrás como si fueran asas, sus dedos clavándose en la carne blanda, pellizcando pezones con crueldad. Pegó su pecho sudoroso contra la espalda de ella y empezó a bombear: lento y profundo al principio, ignorando las súplicas, luego cada vez más rápido y salvaje. Le habló al oído con voz grave y oscura, alto para que la cámara captara cada palabra sucia:
—Te he deseado desde que hace años, Kelly… te espiaba en la ducha, mirando por la rendija cómo te enjabonabas esas tetas enormes y te metías dedos en el coño pensando que nadie te veía. Robaba tus tangas del cesto, me las ponía en la cara y me masturbaba hasta venirme en ellas, imaginando que era tu boca… o tu culo.
Kelly, entre el dolor que se transformaba en placer ardiente, empezó a masturbarse furiosamente, sus dedos volaban sobre el clítoris hinchado y sensible, el ano abriéndose más con cada embestida.
—Ahhh… lo sabía, pervertido hijo de puta… encontraba mis tangas pegajosas de tu semen seco y me las ponía así, frotándome el coño con tu venida… me excitaba tanto saber que te masturbabas con mi olor… yo quería ser tu primera, Ryan… quería que me follaras el culo antes que a ninguna otra puta.
Él aceleró, el sonido de carne contra carne resonando como latigazos: slap-slap-slap. Sus testículos golpeaban el coño empapado de ella con cada empujón.
—Tú eres mi primera vez de verdad, hermanita… Patricia nunca tendrá esto. Este culo virgen es mío… solo mío.
En esa posición posesiva y animal —él clavado hasta el fondo en su ano, manos amasando sus tetas como masa, cuerpos pegados por el sudor—, giraron las cabezas y se devoraron la boca: beso brutal, lenguas luchando, dientes mordiendo labios hasta sangrar, saliva goteando mientras él la follaba sin piedad y ella se corría otra vez, masturbándose con violencia.
El orgasmo la atravesó como un rayo: cuerpo convulsionando, ano apretando la verga como un puño, chorros saliendo de su coño y salpicando las sábanas. Gritó dentro de su boca, el sonido ahogado en el beso incestuoso.
La cámara lo grabó todo: la paliza brutal, el rimming sucio, la penetración anal salvaje, las confesiones prohibidas, el beso final mientras ella se corría temblando.
El video perfecto. El secreto que los uniría para siempre… o los destruiría.
Ryan no pudo aguantar más. Con el pecho sudoroso pegado a la espalda de Kelly, manos clavadas en esas tetas enormes como si fueran suyas para siempre, y la verga enterrada hasta las bolas en el ano ya no virgen y apretadísimo de su hermana, empezó a bombear con furia animal. Cada embestida era brutal, profunda, haciendo que sus huevos pesados golpearan el coño chorreante de ella con sonidos húmedos y obscenos.
—Carajo, Kelly… ¡terminaré dentro de tu culo! —gruñó mordiéndole el lóbulo, voz ronca y posesiva.
El primer chorro salió caliente y espeso, inundando su recto. Luego otro, y otro más, hasta vaciarse por completo en pulsaciones violentas. Ryan la llenó hasta rebosar, su semen ardiente presionaba contra sus paredes internas mientras ella temblaba.
—¡Ay, mierda… qué rico! —gimió Kelly, cuerpo convulsionando—. Siento cada chorro quemándome el culo, hermanito… lléname más, no pares… ¡tu leche caliente me está derritiendo por dentro!
Él dio unas últimas embestidas débiles, vaciándose hasta la última gota. Cuando su verga empezó a ablandarse, salió despacio con un sonido chapoteante y sucio. Un río grueso de semen blanco brotó inmediatamente del ano dilatado y rojo, goteando por el perineo hasta el coño y las sábanas.
Kelly se giró rápido, poniéndose de lado frente a la cámara que seguía grabando sin piedad. Abrió las piernas, agarró sus nalgas marcadas y enrojecidas por los azotes, y las separó con fuerza, exponiendo todo.
—Mira, futuro yo… mira cómo mi hermanito me destrozó el culo —dijo ronca y cachonda, mirando directo a la lente.
Empujó con los músculos internos: el ano se abrió y cerró en pulsaciones obscenas, expulsando chorros viscosos de semen que resbalaban lentos y brillantes. Lo hizo despacio, alternando nalgas, dejando que la cámara captara cada hilo grueso, cada gota cayendo como prueba de su pecado.
Entonces vio a Ryan: su verga seguía dura como roca, venosa y brillante con restos de semen y jugos, apuntando al techo sin flaquear.
—¿Todavía así de tieso? —susurró ella, ojos brillando de hambre.
—Quiero que me montes —ordenó él, voz grave—. Cabálgame hasta que te corras gritando.
Kelly lo empujó boca arriba y se lanzó sobre él. Primero lamió con avidez la cabeza y el tronco, saboreando la mezcla de su propio culo, semen y coño.
—Mmm… sabe a incesto puro —gimió antes de empalarse.
Se sentó de golpe, tragándose la verga gruesa hasta el fondo en su coño empapado. Bajó con un gemido largo y gutural. Ryan levantó la cabeza y atacó sus tetas: lamiendo, chupando, mordiendo pezones duros mientras ella empezaba a moverse arriba y abajo.
Al principio lento, profundo, saboreando cada roce. Luego la charla sucia salió sola.
—¿Qué harían mamá y papá si entraran ahora? —susurró Kelly, girando caderas en círculos lentos y torturantes.
—Se volverían locos… pero, me excita la idea de que nos cachen cogiendo como bestias —gruñó Ryan, succionando un pezón con fuerza.
Ella rio entre gemidos.
—Imagínate a mamá viendo cómo su hija se traga la verga de su hermano… se pondría celosa de lo puta que soy.
—Y papá… quizás querría probar —bromeó él, la idea encendiendo a ambos más de lo normal.
El ritmo explotó. Kelly se puso en cuclillas, pies en la cama, y empezó a rebotar como loca: tetas saltando salvajes, sonidos chapoteantes llenaban la habitación. Hablaron de Patricia sin parar.
—¿Todavía piensas en ella mientras me coges? —jadeó Kelly, subiendo y bajando como máquina.
—Ya no… tú eres mejor puta —gruñó Ryan, agarrando sus caderas para clavarla más hondo—. Este coño aprieta como vicio… no creo que Patricia te llegue ni a los talones.
Kelly aceleró, riendo.
—Mañana la invito… la hacemos mirar cómo me rompes. O mejor: que te chupe mientras yo te monto. Las dos chorreando para ti.
—Joder, sí… las dos mías —gimió él, imaginándolo.
Casi cuarenta minutos así: rebotando sin piedad, sudando ríos, hablando cochinadas sobre padres pillándolos, videos en la piscina, coger en el coche familiar, compartir a Patricia, todo lo prohibido. Sus cuerpos parecían inagotables.
Hasta que el clímax los alcanzó al unísono.
—¡Me vengo, Ryan! —gritó Kelly, su vagina contrayéndose como puño.
—¡Dentro otra vez! —rugió él.
Explotaron al mismo tiempo, él llenándola de semen caliente por segunda vez, ella squirteando encima de su verga, temblando y gritando su nombre. Kelly se derrumbó sobre su pecho, los dos jadeando, cubiertos de sudor, semen y jugos.
Con las últimas fuerzas, tomó el teléfono y detuvo la grabación.
—Nuestro primer video casero… perfecto —susurró contra su cuello, riendo bajito.
Ryan la abrazó fuerte, verga aún dentro, ablandándose lento.
Se durmieron así: pegados, exhaustos, impregnados de sexo, con la promesa de un mañana mucho más sucio.
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