Capitana de látex

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La luz rojiza de los motores de plasma se filtraba por los amplios ventanales curvos de la sala de mando, bañando todo en un resplandor cálido y pulsante, como si la propia nave respirara. En el centro, reclinada en el sillón de mando de cuero negro mate —un asiento obscenamente grande y profundo pensado para largas travesías interestelares—, estaba ella. Muy pocas personas conocían su nombre verdadero; en los puertos espaciales más sórdidos simplemente la llamaban «la Capitana de Látex».

Su catsuit parecía haber sido vertido sobre su piel en lugar de cosido, un látex de alta densidad, negro absoluto, con un brillo húmedo y profundo que capturaba y devolvía la luz como petróleo líquido. El material, grueso pero elástico, se adhería tan perfectamente que marcaba cada curva, cada músculo, cada pliegue de su cuerpo. Desde las puntas de las botas hasta la base del cuello no había ni un milímetro de piel expuesta. Las botas altísimas, con cordones plateados que cruzaban en zigzag perfecto, llegaban casi hasta la ingle, dejando rombos de látex tenso entre cada cruce. Una banda reflectante plateada abrazaba la parte superior de los muslos, se repetía en antebrazos, hombros y en el ancho cinturón-corsé.

El torso era pura provocación fetichista, se empujaban sus pechos hacia arriba y hacia afuera, convirtiéndolos en dos globos brillantes y perfectos. La cremallera industrial plateada, gruesa y pesada, bajaba en ese momento hasta la mitad del esternón, dejando a la vista un profundo valle de piel bronceada y el borde superior de un sujetador-corsé de látex aún más apretado debajo. Las mangas terminaban en guantes de ópera que le cubrían hasta la mitad del bíceps; solo un delgado anillo de piel quedaba visible entre el guante y la hombrera.

El cuello alto de cinco centímetros se cerraba con tres broches magnéticos plateados. Su cabello castaño oscuro, casi negro, iba recogido en una coleta alta y tirante que dejaba expuesta la nuca. El maquillaje era puro dominio: ojos negros ahumados, pestañas largas, labios de rojo burdeos oscuro que brillaban como sangre fresca.

Ella giró lentamente el sillón hacia la puerta. Las luces del corredor se encendieron al detectar movimiento y la bañaron desde atrás, convirtiendo su silueta en un contorno iridiscente. Cruzó las piernas con deliberada lentitud. El látex crujió húmedo, caro, obsceno. El sonido reverberó en la sala silenciosa y ella sintió cómo ese simple roce le humedecía la entrepierna dentro del traje. Entró un tripulante, ojos clavados en el suelo, voz temblorosa al informar del estado de la nave y la próxima misión. Nunca la miraba a los ojos. Con un gesto de su mano enguantada lo despachó.

Cuando quedó sola, suspiró profundamente.—Otra noche más… —murmuró, mientras sus dedos enguantados recorrían el borde de la cremallera abierta—. Otra patrulla, otro sector vacío, otro montón de contrabandistas que no se atreven ni a mirarme.- Se mordió el labio inferior, dejando una marca perfecta en el pintalabios. —Estoy harta de miradas cobardes… de hombres y mujeres que se mojan o se empalman solo con el roce de un guante mío en su brazo. Quiero a alguien que entienda. Alguien que no tiemble, que se atreva a tocarme… que me quite el control.

Se inclinó hacia adelante. La cremallera bajó otros cinco centímetros por inercia, dejando ver más piel y el inicio del sujetador interior. Su voz bajó a un ronroneo cargado de hambre—Quiero a alguien que me dé placer sin que yo tenga que ordenárselo. Alguien que entienda que este traje es la jaula más deliciosa que yo misma me pongo cada día… y que solo abriré cuando encuentre al fetichista correcto. Al que me haga pasar de Capitana intocable a puta sumisa en segundos.

Se levantó, altísima sobre las botas. Caminó hasta el ventanal panorámico y apoyó la palma enguantada en el cristal. Su reflejo la miró, era una diosa de negro brillante contra el vacío estrellado.

Entonces llegó el mensaje que había esperado hace semanas. Una voz grave, distorsionada, pero firme, le comunico lo que deseaba escuchar, finalizó el mensaje – entiendo exactamente lo que necesitas, Capitana, ven a buscarme. Ella sonrió.

A los pocos días, se encontraba en su nave personal para un descenso discreto en un planeta tipo M casi olvidado. Aterrizó al amanecer en un claro rodeado de pinos oscuros. El aire olía a resina, tierra húmeda y petricor. Había llovido toda la noche. Caminó con paso firme por el sendero de grava; cada crujido de sus botas contra las piedras le enviaba una descarga directa al clítoris. Llegó al borde de un pueblo abandonado. Frente a una iglesia pequeña de madera blanca y amarilla desvaída, inmóvil como una estatua profana, estaba él esperando.

El hombre llevaba un gimp-suit completo de látex negro espejo, tan brillante que parecía mojado. El material era aún más grueso que el de ella, sin una sola costura visible. Cubría absolutamente todo, botas altas, piernas que marcaban cada músculo, torso ancho y cintura contenida. La capucha integrada era una máscara sin rostro, con lentes negros polarizados integrados, dos pequeños orificios nasales y una cremallera horizontal en la boca, cerrada. Guantes fusionados con las mangas. Una cremallera larga bajaba por su entrepierna. El traje brillaba tanto que reflejaba el cielo entero distorsionado.

Ella se detuvo a cinco metros. El corazón le golpeaba contra el corsé de látex. Por primera vez en años sintió auténtico vértigo… y una excitación tan intensa que el látex entre sus piernas se volvió resbaladizo de sus propios jugos. Él giró la cabeza lentamente. El sol rebotó en la máscara. Sin decir nada, señaló el suelo frente a él. Ella, la Capitana que hacía temblar a toda una tripulación con solo entrar en una sala, sintió que las rodillas se le aflojaban. Y se arrodilló y bajó la mirada. El simple acto de rendición le provocó un espasmo de placer tan fuerte que tuvo que morderse el labio para no gemir.

Él se acercó. Colocó la punta de su bota contra el pecho de ella, justo entre los paneles que empujaban sus senos. Presionó. No fuerte. Solo lo suficiente para recordarle quién mandaba ahora. Ella jadeó. El látex crujió. Sintió cómo sus pezones se endurecían dolorosamente contra el interior del traje. Él se agachó. Abrió la cremallera de su boca. Inclinó la cabeza enmascarada y rozó los labios pintados de ella con el borde caliente de látex. No fue un beso. Fue una invasión. La lengua de él empujó contra la de ella a través del hueco, húmeda, exigente, saboreándola como si ya fuera suya.

Ella gimió contra el material, las manos subiendo instintivamente a palpar el torso de él, látex caliente, tenso, vivo, que olía a goma, sudor y poder. Se besaron con violencia contenida. Lenguas chocando con látex, dientes rozando cremalleras, respiraciones atrapadas.

Él la levantó como si no pesara nada, la empujó y la llevo dentro de una casa del pueblo abandonado. El sol calentó los dos trajes hasta que el olor a látex caliente y excitación llenó el aire. Con un tirón brusco bajó la cremallera central de ella hasta el ombligo. Debajo apareció el sujetador de látex negro que apenas contenía sus pechos. Él lo abrió de un solo movimiento. Los senos de ella saltaron libres, pesados, pezones duros como piedras. Él los tomó entre sus dedos enguantados y los pellizcó fuerte, girándolos. Ella arqueó la espalda y gritó de placer. La giró de cara a la pared, le levantó una pierna enguantada y la apoyó contra la madera.

La otra mano bajó la cremallera trasera del traje de ella hasta la mitad de las nalgas, dejando expuesta su coño hinchado, brillante de jugos, y el ano apretado. Luego abrió su propia cremallera entrepierna. De allí surgió su polla enfundada en un grueso condón de látex negro con varios anillos gruesos y protuberancias que prometían destrozarla de placer. No hubo preámbulos. Entró en ella de un solo empujón brutal, hasta el fondo.

El látex de ambos se rozó, chirrió, se pegó por el calor y los fluidos. Ella gritó, pero no de dolor: de rendición absoluta, de alivio, de éxtasis. —¡Síííí! —aulló—. ¡Por fin…! Cada embestida era profunda, salvaje. Los anillos de látex de la polla de él rozaban cada punto sensible dentro de ella, estirándola, llenándola, marcándola.

El sonido era obsceno, de látex contra látex, carne mojada, cremalleras tintineando, botas crujiendo contra la tierra. El olor a goma caliente, sudor y sexo era embriagador. Mientras la follaba sin piedad, él gruñó contra su oreja a través de la máscara—Dilo.

Ella temblaba, piernas flojas, coño contrayéndose alrededor de la gruesa verga enfundada.—Soy tuya… —sollozó—. Domíname… rómpeme… por favor…Él aceleró. Una mano enguantada subió a su garganta y apretó justo lo suficiente para que la respiración se volviera deliciosamente limitada. La otra bajó entre sus cuerpos, dedos enguantados frotando su clítoris hinchado en círculos duros, implacables.

La Capitana de Látex —la mujer que había dominado naves enteras— se deshizo en segundos. El orgasmo la atravesó como una descarga eléctrica.

Sus músculos internos se contrajeron violentamente alrededor de la polla enfundada, ordeñándola. Un chorro caliente salió de ella, empapando ambos trajes, corriendo por sus muslos dentro del látex. Gritó tan fuerte que su voz resonó entre las torres de la iglesia.

Pero él no paró. Siguió follándola a través del orgasmo, prolongándolo, convirtiéndolo en algo casi doloroso de tan intenso. Ella lloraba de placer, el maquillaje corrido, los labios hinchados, el látex de su traje brillando con sudor y fluidos.—Nunca más decidirás —le gruñó él—. Este traje solo se abrirá cuando yo lo diga. Tu coño, tu boca, tu culo… todo mío.

Ella, aún convulsionando, susurró exhausta pero feliz—Nunca… Nunca más decidiré. Úsame. Rómpeme. Hazme tu puta de látex.

Él la siguió segundos después, apretándola contra la pared, llenándola con chorros calientes que ella sintió incluso a través del látex. Los dos trajes quedaron fundidos en una sola masa negra y brillante, temblando juntos.

Permanecieron así un largo rato, respiraciones sincronizadas tras máscaras y cuellos altos, el látex crujiendo suavemente con cada inhalación — Ahora eres mía —dijo él con voz grave—. Y este traje… nunca volverá a abrirse sin mi permiso.

Ella, aun temblando, apoyó la frente contra la madera caliente. Por primera vez en años se sentía completa. Había pasado de ser la dueña absoluta de todo a ser propiedad absoluta de alguien… y el cambio era el placer más intenso que había experimentado jamás. —Nunca —repitió ella, en paz.

Dos figuras de negro absoluto, fundidas en una sola silueta brillante, caminaron de vuelta entre los pinos hacia la nave. En el aire solo quedó el eco del látex crujiendo al enfriarse… y la promesa de noches mucho más largas, mucho más oscuras y mucho más intensas.

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