Me llamo Victoria, aunque, mi familia y amigos me llaman Vicky. Tengo 21 años y estudio arquitectura en la universidad. Soy una chica morena, de ojos marrones. Mido 1,67 m y peso 52 kilos.
Mi familia vive a más de 200 kilómetros. por lo que comparto piso en la ciudad donde estudio con dos compañeras más.
Tengo un novio, Luis. Él también estudia en la universidad, aunque en otra diferente a la mía. Nos conocimos en el pueblo, durante las fiestas y hemos mantenido una relación de casi 2 años.
La noche en la que sucedió lo que voy a contar había discutido con mi novio. Había recorrido los 200 Km con mi coche para ver si era cierto eso que me había contado una amiga. ¡Que me había puesto los cuernos!
Era el mes de enero y estaba en plenos exámenes. Pero necesitaba hablar con él. Decirle a la cara unas cuantas cosas.
Después de la discusión y con los nervios, cogí el coche, de vuelta al piso que compartía. Solo que, si no tenía bastante con los exámenes y la discusión con mi novio (ex novio, en realidad) encima… se ponía a nevar.
Y no una nevada normal. La nevada del año. O de la década. O del siglo.
Paré, algo nerviosa por todo, en una estación de servicio. Además de que necesitaba poner gasolina, habían cortado carreteras (por la nevada). Así que, aproveché para tomar algo y tranquilizarme.
Pero, lejos de conseguir tranquilizarme, mis nervios iban en aumento. Ahí estaba yo. En una estación de servicio cualquiera, una noche fría, habiendo discutido con mi novio porque me había puesto los cuernos, en plena época de exámenes y con una monumental nevada.
Además, era de madrugada. Así que estaba sola. En mis pensamientos. Lamentándome. Una lágrima asomó en mi mejilla. El zumo de piña sin azúcar que había pedido y una tila… no me calmaban.
De repente, una voz profunda, a mi lado, dijo:
—¿Qué te ocurre, niña?
Me giré y vi a un hombre de edad indefinida. Calvo, no muy alto, apenas pasaría el 1,70. De brazos fuertes. Cara redonda, barba de varios días, una gran papada, y unos penetrantes ojos negros. Pero lo que, sin duda, más destacaba en él era su inmensa barriga. Iba vestido con una camisa de cuadros y unos pantalones vaqueros.
El extraño me miraba. Atento. Recordé que me había preguntado algo.
—¿Qué? —Le dije, tímida. Mi voz sonó temblorosa.
—¿Qué si te sucede algo, bombón?
No sé en qué momento, ese hombre se creía con derecho a llamarme niña o bombón. Pero, como no quería discutir, le respondí.
—Estoy en plena época de exámenes, he viajado más de 200 kilómetros para decirle a mi novio que es un cabrón por ponerme los cuernos —Y, sin quererlo, me puse a llorar.
El hombre, se acercó a mí. Me rodeó con su fuerte brazo por el cuello.
—¿Quién dejaría a una chica tan guapa como tú? Debe ser muy idiota.
—Lo es —Le dije (y de nuevo, algunas lágrimas comenzaron a brotar de mis ojos).
—Déjame que te invite a algo, bombón. Y así, verás qué pronto le olvidas.
Y sin darme tiempo a responder, pidió dos cervezas.
No sé muy bien por qué, pero acepté esa cerveza. Y, en unos pocos minutos, el extraño y yo estábamos sentados en la mesa, tomando una cerveza y hablando.
Me dijo que se llamaba Alfredo. Trabajaba de camionero y había dejado el camión fuera, ya que, por la nevada, no podía seguir la ruta.
Era extraño. Pero me sentía a gusto con él. Tal vez, necesitaba hablar. Contarle mis problemas a alguien. Por eso, pasé por encima que, de vez en cuando, Alfredo, me mirara las tetas.
Yo llevaba unos vaqueros y un jersey de invierno. Aunque el jersey era grueso, se notaban mis pechos (talla 90).
—Pues tu novio, es un imbécil, con una hembra como tú, hay que ser imbécil para ponerte los cuernos con otra. —Rio.
No sé por qué, quizás por mi alterado estado de ánimo, acepté que me llamara hembra. Y, no solo eso, si no que le dije.
—Muchas gracias, señor —Le dije, más por cortesía que otra cosa.
—Uy, señor. Si solo tengo 57 ¿Tú tienes, cuantos?, ¿22?
—Veintiuno —Le dije.
—Y con veintiún años, ¿Estás llorando por un imbécil? Deberías hacer tú lo mismo que él Y, por cierto, llámame Alfredo.
—No te entiendo, Alfredo.
—Ya sabes lo que dicen: La mancha de una mora, con otra verde se quita. O, como dicen en mi pueblo, un clavo saca a otro clavo —Al terminar de decirlo, volvió a reír, en una estruendosa carcajada. Mientras reía, su barriga, temblaba como un flan.
Quizás fue el movimiento de su cuerpo o quizás, algo intencionado. El caso es que puso su mano en mi muslo.
—O sea, ¿Liarme con alguien? —le dije, sin prestar demasiada atención a su mano.
—¿Liar? No hablo de colgarse. De enamorarse. Hablo de echar un polvo. Además, estás estresada con lo de los exámenes y una buena empotrada, siempre desestresa. Me pillas, ¿No? —Me miró directamente a los ojos. Mientras esperaba mi respuesta, pidió a la barra, un par de cervezas más.
En otro momento, en otras circunstancias, le habría mandado a la mierda. Pero, Alfredo había conseguido que, aunque fuera un poco, olvidara mis exámenes y los cuernos de mi novio y me estaba animando. Aunque fuera por eso, se merecía que, al menos, le concediera mi atención.
—Cre… creo que sí. Bueno, tal vez. Pero, ¿Con quién? Vivo a doscientos kilómetros de aquí y…
No dije nada más. Estuvimos en silencio, mirándonos. Ahora, yo era plenamente consciente de la mano de Alfredo en mi muslo. Pero no dije nada. De repente, Alfredo, dijo.
—Si quieres, podemos ir a la cabina de mi camión. Nos tomamos unas birras y me sigues contando a ver si tienes claro con quién vengarte de ese cabrón.
No me lo podía creer. ¿Me estaba proponiendo lo que me estaba proponiendo? Que fuera a la cabina de su camión. Había dicho a tomar unas cervezas, pero su mano en mi muslo, daban a entender otras cosas.
—Bueno, si es a tomar unas cervezas… —Le dije. Más que nada, porque no me apetecía quedarme sola en aquella estación de servicio.
—Claro… y me cuentas con quien te liarías, bombón. Quien te gustaría que te pegara esa buena empotrada.
Alfredo fue a la caja, pagó lo que habíamos tomado. Yo, mientras, esperaba en la puerta de la estación de servicio, pensando en todo lo que había sucedido ese día. Y, en lo que estaba por suceder. De hecho, tan ensimismada estaba en mis pensamientos que no me di cuenta como Alfredo, me tomaba de la cintura, llevándome fuera de la estación. En su otra mano, grande, enorme, tenía un par de latas de cerveza.
El tacto de su mano en mi cintura y el frío de la noche, me hicieron reaccionar. Por un lado, ese hombre, feo, gordo, mayor, me estaba cogiendo de la cintura y me estaba proponiendo ir con él, a la cabina de su camión. Un sentimiento de náusea acudió a mi garganta. Pero, por otro lado, mi sexo, me envió una señal. Una señal de venganza. De que ese hombre, tenía razón. Que debía desquitarme de la afrenta de mi novio y relajarme de mis exámenes. Además, la palabra “empotrada” resonaba fuerte en mi cerebro.
No sé cómo, pero me vi andando hacia el camión. Al llegar a la puerta contraria a la del conductor, Alfredo se adelantó, abriéndome la puerta y sujetándola. Me dio la mano, para que me agarrará, ya que había un escalón elevado.
—Gracias —Le dije y me dispuse a subir. Cuando alcancé el escalón, Alfredo, me soltó la mano y, en un rápido movimiento, se situó detrás de mí.
Imaginé que, en la situación en la que estábamos (yo, subiendo los escalones y el detrás, de pie, más abajo), Alfredo tenía una buena visión de mi culo. Pero, por si me quedaba alguna duda, le oí silbar.
—Joder, qué culo, niña. Menuda empotrada tiene.
Me giré. Iba a decirle algo. A quejarme. Pero sus ojos, de cerdo baboso fijos en mi culo, provocaron en mi un latigazo de placer. No me lo podía creer. Me estaba gustando que un viejo, gordo y feo me viera el culo. Y no solo eso, incluso…yo estaba disfrutando la situación.
De hecho, me sorprendí a mi misma, cuando me giré sí, pero para sonreírle. Y no era una sonrisa normal. Era esa sonrisa que pongo cuando quiero seducir a un tío.
Pasaron unos pocos segundos, en los que yo me acomodé en el asiento del copiloto, mientras Alfredo daba la vuelta para subir a la cabina.
Él subió y cerró la puerta del conductor. Yo, aproveché para echar una ojeada, curiosa, a la cabina del camión. Detrás de la fila de asientos, donde estábamos sentados, había una cortinilla.
Alfredo, me miraba. Siguiendo con sus ojos los míos. Los dos, estábamos en silencio. Él, acerco su mano, dándome una de las cervezas.
—¿Por la venganza, bombón? —Me dijo. Sus ojos, de nuevo, miraban a mis pechos.
—Chin chin —Le dije, sonriendo.
—Uy, chin chin, que fina, la niña.
No respondí. Me limité a chocar su cerveza con la mía. Y a sonreír. De nuevo, poniéndole esa sonrisa seductora. Estuvimos unos minutos en silencio, mirándonos.
De repente, sin decir nada, su mano, esa mano enorme, fuerte, se posó, de nuevo, en mi muslo.
Yo sentía que mi corazón latía a mil por hora. Alfredo me miró a los ojos, esbozó una sonrisa pícara y me dijo:
—¿Quieres que te enseñe donde está la cama?
—Cla… claro —Le respondí, aguantándole la mirada.
Alfredo se incorporó, giró su cuerpo y descorrió la cortinilla que había detrás de los asientos. Me giré, pasando mi cara entre los asientos y quedando a pocos centímetros de la suya.
Miré el pequeño cuarto. Con la cama, que ocupaba casi toda la pequeña estancia, y algún pequeño mueble. Al girarme, de nuevo, nuestras caras, se toparon. De frente.
No sé cómo pasó, pero nos besamos. Un beso que comenzó como un pequeño pico, para, poco después, pasar a comernos las bocas, como si fuéramos dos adolescentes. Y, de comernos las bocas, pasé a tener la lengua de Alfredo, casi en mi garganta.
Ni yo misma me lo podía creer. Un tipo que casi me triplicaba la edad, feo, gordo, me estaba comiendo la boca como loco. Y lo peor, es que lo disfrutaba. Y mucho.
Y más, cuando esas manazas fuertes, enormes, se posaron sobre mis pechos.
—Joder, niña, menudos melones tienes —rio— ¿Por qué no me los enseñas? —Me miró a los ojos, fijamente.
Mi cuerpo temblaba. Una cosa, era darme unos besos con un tío. Otra, enseñarle mis tetas. No sé explicar qué me pasó. Solo sé que, me separé un poco de él, puse mis manos en la parte baja de mi jersey y me lo saqué.
Por si acaso tenía alguna duda de lo que estaba haciendo, la mirada de Alfredo, relamiéndose, como un sátiro, a mis pechos, aún envueltos en el sujetador, me confirmaron que yo, estaba disfrutando. Como una perra.
—Joder, que tetitas.
—Tetas o tetitas, decídete —Le dije, juguetona.
—No sé, como no las veo bien —Contestó, siguiéndome el juego.
Pocas veces en mi vida me he quitado más rápido un sujetador que aquella vez.
Le estaba enseñando mis pechos, talla 90, a un tipo al que acababa de conocer y que distaba mucho de los chicos de mi edad con los que he estado.
—Joder… qué tetas
Sus manazas, enormes, se lanzaron a magrear mis pechos. Yo, estaba como loca. Todas las emociones de ese día, afloraban ahora, y mi sexo, estaba dándome unas punzadas como nunca había sentido.
—Joder niña, qué buena estás.
—Muchas gracias —Le dije, sonriendo. Halagada.
Ahora, en un rápido movimiento, Alfredo, comenzó a quitarse la camisa. Yo le miraba. Ese cuerpo, enorme, gordo, fofo. Nada que ver con los chicos con los que he estado. Sorprendentemente, era yo, ahora, la que, babosa, miraba esa amorfa y descomunal barriga.
No me lo podía creer y más cuando, después de despojarse de su camisa, comenzó a desabrocharse los pantalones. Pese a las estrecheces de la cabina, no le costó nada hacerlo y, en unos pocos segundos, Alfredo estaba completamente desnudo.
Yo, miraba, ahora, su miembro. Pequeño (le calculé unos 14 cm), lleno de vello cano, grueso. Muy grueso. Estuve en silencio unos segundos, contemplando ese miembro pequeño pero grueso. Comparándola con las de los chicos con los que he estado (con sus inglés depiladas y, en algunos casos, largos y potentes miembros). Como si me estuviera leyendo el pensamiento, Alfredo, me dijo:
—¿Qué?, ¿Te gusta?, Seguramente no será como la de ese imbécil que te ha puesto los cuernos. Ni como la de otros chicos que te hayas follado…pero es suficiente para pegarte una buena empotrada.
No le dije nada… sonreí. Iba a decir algo. No me dio tiempo.
—Bombón, ¿Por qué no te quitas esos pantalones y me dejas ver ese culazo que tienes?
Como pude, llevada más por un impulso salvaje, irracional, me quité los pantalones, dejándole ver el tanga que llevaba.
—Joder, qué culo —Después de decir eso, alargó su manaza. Y me dio un azote. Seco, duro. En una de mis nalgas— Sería maravilloso poder follártelo.
—No serías el primero —Le contesté.
¿Aquellas palabras habían salido de mi boca? Sí. Había hecho anal. Con mi, ahora ex novio, y con algún que otro novio y ligue. Pero ahora, ¿Estaba aceptando que ese viejo gordo me follara el culo? No había duda. Lo había hecho.
—Hostia, niña, qué empotrada te voy a pegar. Esta noche, no la vas a olvidar en mucho tiempo.
—Ni tu tampoco —Le contesté, excitada.
—¿Ah sí?, y dime —hizo una pausa. Mirándome a los ojos. Con una mirada de cerdo sátiro que me hizo sentir un escalofrío.— ¿Por qué no empiezas comiéndome la polla?
Esa manera de hablarme, de mirarme… no lo dudé. Me hice una coleta y me lancé. Me puse en 4, sobre el asiento del camión e introduje todo ese miembro… en mi boca.
Las he tragado más largas (mi ex, tiene un miembro de 18 cm y algún otro ex y algún ligue, pues… algo mayores). Pero ese miembro, era muy grueso. Así que me rellenaba la boca
—Joder… qué boquita tienes, niña
Halagada, seguí con la mamada que le estaba haciendo. Y no debía estar haciéndoselo nada mal porque oía los gruñidos de placer de Alfredo. Además, por si fuera poco, así, en la posición en que estaba, Alfredo, me dio algunos azotes con esas manos enormes y fuertes.
Aunque, sinceramente, no sé quién estaba disfrutando más de la mamada. Si él, recibiéndola o yo, haciéndosela.
—Para niña, que me corro —Me dijo, en un momento determinado— Y quiero pegarte una buena empotrada.
—¿Así?, ¿Sin protección? —De repente, no sé muy bien por qué, caí, en ese detalle. No quería quedarme embarazada a mis veinte años y menos de un tipo gordo, feo y que me dobla la edad, por mucho placer que estuviera dándome.
—Cuando vaya a correrme, te aviso y la saco. Ven, pasemos.
Alfredo, descorrió la cortina, pasamos donde estaba la cama, se echó encima de mí, así, con ese descomunal barriga y comenzó a penetrarme.
Sus embestidas eran lentas pero brutales. Sacaba, por completo, su pequeño pero grueso miembro y me lo introducía, de golpe.
Al principio, ese miembro grueso me hizo un poco de daño. Pero, poco a poco, mi vagina cedió y lo disfrutaba. Ya lo creo que lo disfrutaba. Lo hacíamos los dos.
—Ponte en 4, niña, que te voy a empotrar.
Me giré, de forma que, mi cabeza quedó atravesada entre los asientos delanteros. Alfredo, detrás, comenzó a penetrarme. De una manera brutal, salvaje.
Por increíble que pudiera parecer, ese hombre, esa noche, me estaba dando un placer que jamás habría imaginado. Hasta el punto de que lamenté que, después de unos minutos penetrando mi vagina, que Alfredo parara.
Afortunadamente, solo fueron unos pocos segundos. Iba a mirarle, a preguntar por qué paraba, cuando, me dijo.
—Solo estoy cogiendo aire, para petarte el culo.
Hala. Así, a lo bruto. Sin más. Comenzó a penetrarme analmente. Yo, con la cabeza casi encajada entre los asientos, miraba hacia la estación de servicio. En concreto, a la mesa donde, unos minutos antes, lloraba, recordando todo lo vivido ese día.
Y ahora, estaba siendo salvajemente penetrada por un tipo que casi me triplicaba la edad, feo, gordo. Pero lo peor, no era eso. Lo peor, es que me estaba gustando. Y mucho.
Tanto es así que, para mi desgracia, a los pocos minutos, Alfredo, rugió.
—Que me corro. Joder, abre la boca.
Muy pocas veces he dejado que los chicos se corran en mi boca. Pero, evidentemente, me giré, sacando mi cabeza de donde estaba, miré fijamente a Alfredo, que apretaba su grueso y pequeño pene y abrí mi boca. Encantada.
Alfredo, metió la punta de su miembro en mi garganta, quitó la mano que apretaba su miembro para ponerla en mi nuca y explotó. En mi boca. O, más concretamente, en mi garganta.
Intenté detener aquello. Sujetarlo en la boca, pero fue imposible.
Me tragué todo lo que llevaba dentro. Que no era poco.
Así me tuvo, apastada mi nuca contra esa amorfa barriga hasta que los últimos estertores cayeron en mi garganta.
—Joder, niña… qué polvazo
Me limpié algunos grumos en mis labios y en mi barbilla.
—Desde luego —le dije. Con una sonrisa.
—Ya te dije que, lo mejor para olvidar a ese imbécil, era una buena empotrada. ¿Tenía razón o no?
Asentí.
Después del polvo, estuvimos un rato más, en la cama. Ahora, era yo la que estaba semitumbada, encima de Alfredo. Él, me cogía por la cintura, aunque, su mano, palmeaba, de vez en cuando, mi culo.
Estábamos los dos tumbados. Como dos novios.
Estuvimos así, un buen rato. Miré mi reloj. Eran casi las 4 de la mañana. Llevaba casi 2 horas en el camión de Alfredo. Y, lo mejor de todo, es que no me quería marchar.
Pero, a veces, las cosas no salen como una quiere. En ese momento, la radio de la cabina pitó, indicando que las quitanieves, ya habían finalizado su trabajo y volvían abrir carreteras.
Alfredo me miró. No dijo nada. Yo, entendí el mensaje.
Me vestí.
Justo, antes de bajar, Alfredo me pidió mi número de móvil y…
Bueno, si queréis saber como continua, escribid comentarios.
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Muy bueno segui contando