Apuró el trago con el cigarro ya en la otra mano y el bolso negro de cuero colgando del antebrazo. Al menos mientras bebía no se escuchaba la voz de retrasada que dios le había regalado al nacer.
No me explicaba quién podía pagar por ir hasta aquella cuadra para las vacas que era la casa de Sandra, y dejar que aquella desdentada medio yonki usara su polla para tener algo de leche que beber todos los días. Ni siquiera me podía explicar cómo podía haberlo hecho yo también alguna vez.
Bueno, sí que podía. Porque me encantaba pagar putas de 20€ decadentes, que te permitían lo que fuera a cambio de una miseria porque era su única posibilidad de conseguir clientes.
Putas del siglo pasado que se aferraban a lo único que habían conocido desde la adolescencia que se pudiera llamar “trabajo”.
Me giré hacia María Jesús y pensé que ella también hubiera sido una excelente puta de 20€ de haber querido. Maquillaje en exceso y tonalidades chillonas propio del gremio, las faldas vaqueras de los ’90 combinadas con camisetas de tirantes blancas, y los zapatos negros de tacón bajo. El cabello teñido de naranja butano, fucsia, violeta… propio de adolescentes, no de una vieja.
En cambio aquellos enormes aros dorados chapados en algo que pretendía ser oro, colgando a ambos lados me agradaban. Bisutería barata para mujeres baratas.
-Que pena esta mujer, verse en esa situación a su edad -dijo María Jesús mientras pasaba la llave de la puerta.
-¿Por su edad pena por qué? ¿Qué le pasa?
-A ver, con sus años, aparte de lo que tiene que hacer para vivir, no me imagino el tipo de clientes que puede tener -Chus hablaba mientras ponía las contras de la ventana y yo me deleitaba con la vista de su culo enorme y apretado bajo aquella falda pasada de moda.
La noche prometía.
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