Descubriendo lo puta que es mi esposa (2)

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T. Lectura: 12 min.

Después de esa noche, el sexo con ella fue muy intenso. Siempre que follábamos, ella empezaba con la conversación o, a veces, era yo. Recuerdo que al día siguiente de la fiesta de la empresa, en la habitación, empezamos a besarnos y en un parpadeo ya estábamos desnudos. Ella me estaba haciendo sexo oral y yo le dije:

—Eso, amor, chúpalo así… se nota que tienes mucha experiencia.

—Sí, amor, ¿te gusta? —respondió Sofía—. La experiencia la tengo de tantas vergas que he chupado.

La verdad, no esperaba esa respuesta, pero sentí un calor que llenaba todo mi ser.

—Eres tan puta que reconoces que te gusta chupar vergas…

—Sí, amor, me encantan las vergas de todos los tamaños y sabores.

—Uff, amor, al parecer sí has chupado muchas, porque cada vez lo haces más rico.

—Claro que sí, amor, soy una auténtica mamadora de penes. ¿Acaso no me crees o es que quieres ver cómo se lo chupo a otro?

—¿Eso es lo que quieres, perrita? ¿Chupar otra verga aparte de la mía? ¿Me quieres ser infiel?

—Amor, si tú quieres, yo lo hago. Si es con tu consentimiento, no es infidelidad.

Esto lo decía mientras lamía mis testículos y pasaba su lengua desde las huevas hasta la punta de mi pene; me daba pequeños mordiscos en la zona donde empiezan mis piernas, provocándome corrientazos. En ese momento la puse contra la cama, me subí en ella y la penetré rápidamente. Necesitaba poseerla. Empecé a darle duro mientras ella gemía:

—¡Mmm, sí, amor! Dale duro a la putita de tu esposa, se lo merece… te acabo de decir que quiere mamar otras vergas si tú la dejas.

—Sí, últimamente estás siendo muy puta. Dime, putita, si te doy permiso, ¿quieres follar con otros?

—Sí, amor, si tú me dejas, follo con otros y te cuento lo que me hacen… o si quieres, puedes ver.

Esa conversación me encendió demasiado.

—Eso quiere la putita: follar con otros y que el cornudo de tu esposo los vea.

—Sí, amor. Quiero que veas cómo gozo con otra verga, pero quiero que te masturbes mientras me ves.

No pude más y terminé llenándola de toda mi esperma. Fue una de las mejores corridas de mi vida. Desde ese día, nuestro sexo siempre incluía estas conversaciones. Lo más raro era que, al terminar, hablábamos y nos decíamos que era solo por el momento, una fantasía; sin embargo, era un tema que a ambos nos prendía muchísimo. Si la veía en la cocina, la tomaba por sorpresa por la espalda y le susurraba al oído: “Amor, ¿qué haces aquí solita? No me digas que estás esperando que alguien entre y te folle… ¿Acaso quieres que tu esposo entre y vea cómo se follar a su mujer?”. Sofía respondía: “Mmm, sí, amor, me encantaría verte disfrutar viéndome, que veas cómo otro me clava… qué delicia”.

Aproveché para follarla en cada rincón de la casa, ventaja de no tener hijos. Así vivimos esos meses después de aquella fiesta, hasta que hace tres días fue su cumpleaños. Ese día recibió muchas llamadas, sobre todo de sus compañeros de trabajo. Me percaté de que recibió un ramo de rosas de parte de Alberto, Diego y Juan; la conmovió mucho y vi cómo se sonrojó.

Al mediodía le dije que hiciéramos una cena especial e invitara a algunos amigos. Ella, muy contenta, me dio un beso y salió corriendo al cuarto. Me dio curiosidad y escuché cómo hablaba con Diego: “Hola, Diego, ¿cómo estás? Quiero invitarte a ti y a tus compinches… jajaja… ¿A quién más? ¡Claro, a Alberto y Juan! Los espero en mi casa a las 8:00 pm.”.

Me sorprendió que solo los invitara a ellos, pero no quise dañar su día. Cociné y le hice el aseo a toda la casa para que ella descansara. Pasó bastante tiempo en el baño. A las 6:00 pm, yo estaba decorando la mesa con velas, confeti y globos; para ese día compré whisky. Faltaba media hora cuando ella llegó a la cocina:

—¿Cómo me veo, amor?

Tenía unos shorts bastante tallados y una camiseta ombliguera. Estaba hermosa, parecía una auténtica puta esperando un cliente; ese culito se le veía increíble. Me acerqué, la besé apasionadamente y le cogí ese culo sabroso. Ella me detuvo: “Ve y te cambias, ya deben venir los invitados”. Le di una buena nalgada y me fui a bañar rápido. Mientras terminaba, escuché el timbre.

—¡Yo voy! —gritó Sofía.

Bajé rápido y saludé a Diego, Juan y Alberto. Me entregaron tres botellas del mismo vino de la fiesta pasada. Mientras entrábamos, noté cómo los tres devoraban con la mirada el culito de Sofía moviéndose de derecha a izquierda. Me dio rabia, pero me callé. Comimos, tomamos vino y whisky, y nos fuimos a la sala a escuchar música. Sofía les ofrecía trago y ellos, sin importar que yo estuviera ahí, la desnudaban con la mirada.

Ya entrada la noche, Sofía dijo:

—Muchachos, me voy a cambiar y ya vuelvo. Amor, ¿puedes venir, por favor?

La acompañé al cuarto y vi cómo se desnudaba, dejando ver esa tanguita negra que tanto me gustaba. Se puso una camiseta de licra sin brasier, dejando sus teticas visibles, y un short de pijama cómodo. Yo me puse una pantalonera y un esqueleto. Bajamos y, mientras yo terminaba en el baño, escuché risas. Al bajar, estaban terminando la última botella de vino.

—Hasta aquí llegó la diversión —dijo Sofía.

—En la cocina hay un regalo que nos gustaría a todos —le respondí. Ella se sonrojó y fue a la cocina. Al volver, me dijo:

—Amor, necesitamos hielo para tu grandioso regalo, ¿puedes ir a la tienda?

Fui, pero la tienda estaba cerrada. Regresé a la casa y, al pasar por la ventana, vi que la sala estaba vacía. Entré sin hacer ruido y escuché que hablaban:

—Me gustó mucho el ramo de rosas, pero no debieron molestarse —decía Sofía.

—Nos encanta que te hayan gustado —respondió Diego—. Además, te lo debíamos.

—Sí, Sofía, estábamos en deuda —agregó Alberto.

—No entiendo a qué se refieren —dijo ella.

—Verás, en la fiesta de la empresa, cuando bailaste con los tres… creemos que nos pasamos contigo esa noche —explicó Diego.

—La verdad, no recuerdo mucho —respondió Sofía.

—Bailaste muy sensual con nosotros —dijo Alberto.

—No hicimos nada malo —dijo ella—. Seguramente quería bailar y así lo hice.

—Claro que lo hiciste —dijo Juan—. Fue muy sexy, cada vez que recuerdo me da un corrientazo extraño…

—Jajaja, no puede ser que eso te ponga así, fue solo un baile.

—Es que no es el baile, es la bailarina… Tienes un cuerpo envidiable, cualquier hombre desearía tenerte.

Hubo un silencio.

—¿A qué te refieres? —preguntó Sofía.

—¿Acaso no te has visto al espejo?

—¿Acaso este cuerpo les gusta? ¿Les gusta más esto… o esto? —dijo ella.

—Uff, ese culo es lo más tentador —exclamó Alberto.

Mi mente volaba; mi esposa les estaba mostrando el culo. Decidí entrar. Estaban todos en la cocina, con las miradas fijas en Sofía, que parecía disfrutar de la atención. Caminé haciendo ruido para notar mi presencia y la tomé por sorpresa por detrás, abrazando su abdomen y dándole besos agresivos en el cuello. El silencio en la cocina se volvió sepulcral; Diego, Juan y Alberto no parpadeaban.

Aprovechando su conmoción, le susurré al oído, lo suficientemente alto para que los demás escucharan:

—¿La putita está traviesa esta noche enseñando el culo?

Sofía reaccionó de inmediato, poniéndose rígida y tratando de soltarse de mi agarre. Su rostro, antes coqueto, se llenó de genuina vergüenza.

—¡No, amor! ¡Suéltame, por favor! —suplicó en un susurro desesperado, empujando mis manos—. No me hagas esto frente a ellos… por favor, para.

En lugar de soltarla, recargué mi peso sobre ella, forzándola a dar unos pasos hacia el mesón de la cocina, quedando de espaldas a mí y de frente a sus tres amigos. Ella colocó una mano en el muro y la otra en el cajón superior, tratando de mantener el equilibrio y la compostura. Le hablé de nuevo al oído, con voz ronca:

—No digas que no, Sofía. Sé perfectamente que estás mojada. ¿O acaso no te pone que ellos te vean así?

—Amor… por favor… no… —gimió ella, pero esta vez su voz no tenía la misma fuerza. Sus caderas empezaron a ceder, pegándose involuntariamente a mi pelvis.

Empecé a tocarle las tetas por encima de la camisa blanca, apretándolas con fuerza ante la vista atónita de los tres hombres sentados a la mesa. Ella, acorralada entre mi cuerpo y el mesón, soltó un quejido ahogado.

—¿Amor, qué haces? —preguntó ella, con la voz entrecortada, mirando asus compañeros

—¿La putita no entiende? Ella necesita esto, ¿verdad, mi putita? —mientras le tocaba una teta con una mano, con la otra la tomé suavemente del cuello y le mordí la oreja, sintiendo cómo su cuerpo empezaba a temblar, no de miedo, sino de una excitación desbocada.

—¿Te gusta, verdad, Sofía? Decídete: o paras esto ahora o dejas que tu esposo y tus amigos vean lo puta que eres.

Ella se quedó paralizada unos segundos, mirando a Diego, quien se estaba acomodando nerviosamente la entrepierna. Entonces, Sofía cerró los ojos y dejó caer la cabeza hacia atrás, apoyándola en mi hombro. Su respiración se volvió errática y pesada.

—Pellizca mis pezones, amor… hazlo fuerte por favor —susurró, rindiéndose por completo al morbo—.

¡Acéptalo, putita! Te encanta que te miren y aquí nadie te juzgará, solo te desean.

Desesperada, con el labio mordido, clavó las uñas en el mesón y gritó para que todos la oyeran:

—¡Sí, amor! ¡Me encanta! ¡Qué rico que me vean!

—Mira, Sofía… tus compañeros te están viendo. Alberto te está devorando con los ojos. ¿No te molesta?

—No, amor… qué rico… mmm… quiero que miren… quiero que sepan.

Ahí supe que la había quebrado. Saqué mi mano de su entrepierna empapada por encima del short y les mostré los dedos brillantes a los muchachos, como un trofeo:

—Miren… ya le caben dos dedos a esta putita. Está lista para que la pongan en su sitio.

Ninguno de los tres dijo nada; solo miraban con una sonrisa pícara y contenida, las manos ya trabajando sobre sus propios pantalones. La tomé del pelo, la recosté sobre el mesón de perfil ante ellos, con su culito parádito, y empecé a darle nalgadas que retumbaban en la cocina.

—Mira, amor, tus amigos se están tocando las vergas… se van a poner duros si siguen así.

—¡Qué rico que se pongan duros! ¡Que se pongan como piedras por mí! —gritó ella, totalmente entregada al exhibicionismo.

Saqué la mano de su entrepierna y les mostré los dedos a los muchachos. Yo ya estaba a mil. Saqué mi pene y empecé a pasárselo por su conchita y su culito. Estaba tan mojada que parecía que me absorbía. Empecé a penetrarla delante de ellos. Ahí estábamos los cinco: ellos tres sentados masturbándose por encima de la ropa y yo dándole a mi esposa con las tetas al aire.

—Amor, se nota que están incómodos con sus erecciones. ¿Qué hacemos, mi putita?

—¡Que se saquen los penes y se masturben! —dijo ella con un tono muy sensual.

Ellos se bajaron los pantalones y dejaron sus vergas fuera. Empecé con las embestidas; el morbo era terrible.

—Mira, amor, se están masturbando viéndote cómo recibes verga… ¿Qué te parece?

—¡Delicioso, amor! ¡Mmm! ¡Que se vengan, que saquen la lechita!

Juan, Diego y Alberto se pusieron de pie y se acercaron mientras se pajeaban. Yo estaba llegando a mi punto y Sofía gemía mirando fijamente las vergas de ellos, mordiéndose los labios. De pronto, sentí un calor en mi brazo: Juan se había venido y su semen cayó una parte en mi mano y la otra en una nalga de Sofia. Luego Alberto lanzó un chorro en la espalda de ella.

—¡Mmm, qué rico, jueputa! ¡Denle la lechita a la bebé! —gritaba Sofía.

Diego se vino con más fuerza, su semen llegó al hombro y al cabello de mi mujer. Ver a mi esposa llena de semen de tres hombres me excitó muchísimo.

—¡Toma más leche, perra! —le dije mientras me vaciaba en ella.

—¡Mmm, dame más!

La llené toda y ella terminó con unos espasmos fuertes. Todos estábamos agotados. Los muchachos se vistieron en silencio, leyeron mi mirada y se despidieron: “Adiós, Sofía, feliz cumpleaños”. Se cerró la puerta. Me despegué de ella, le di una nalgada y ella salió corriendo al baño. Yo subí al cuarto, con las piernas temblándome, esperando para hablar de lo que pasó.

Me quedé sentado en la cama, escuchando el agua de la ducha caer. Mis manos todavía temblaban un poco y tenía el brazo manchado con el rastro seco de lo que Juan había dejado. No sentía asco; sentía una posesión extraña, como si Sofía, al ser marcada por otros frente a mí, se hubiera vuelto más mía que nunca.

Sofía entró al cuarto envuelta en una toalla blanca, con el pelo húmedo y los ojos un poco rojos. Se sentó en el borde de la cama, dándome la espalda. El silencio pesaba más que las botellas de whisky que nos habíamos bajado.

—¿Estás bien, amor? —le pregunté, acercándome y poniéndole una mano en el hombro.

Ella suspiró y se volteó. Tenía una sonrisa pequeña, traviesa, pero cargada de una duda que me mataba.

—Amor… ¿qué acabamos de hacer? —me dijo en un susurro—. Les pedí que se la pajearan frente a nosotros. Me bañaron, amor… me bañaron de leche frente a ti.

La tomé de la barbilla y la obligué a mirarme.

—Hiciste lo que querías, putita. Y yo disfruté cada maldito segundo viendo cómo esos tipos te devoraban. ¿Te dolió?

—No… —respondió ella, y sus ojos brillaron de nuevo—. Me dolió más saber que se fueron. Cuando sentí la leche de Diego en mi pelo, sentí que era una perra de verdad. Pero mañana es lunes, amor. Tengo que verlos a los tres a las ocho de la mañana en la oficina. ¿Cómo carajos voy a mirar a mi jefe a la cara después de que me vio desnuda y siendo penetrada por ti, amor su leche tocó mi cuerpo, entiendes?

—Los vas a mirar como la mujer empoderada que eres —le dije, bajándole la toalla y dejando sus tetas al aire otra vez—. Porque ahora ellos saben quién manda en esa oficina, y saben que tú eres la que decide quién te toca.

Esa noche no dormimos. Hicimos el amor de una forma lenta, casi ritual, pero las palabras seguían siendo sucias. Ella me confesó que cuando Juan la miraba, sentía que él quería penetrarla también, y que le quedó la duda de a qué sabría la verga de su jefe. Quedamos en algo: lo de esa noche no se hablaba con nadie, pero el juego no terminaba ahí.

El lunes: La prueba de fuego

El lunes la llevé a la oficina. Sofía iba impecable, estaba tan excitado que no recuerdo su ropa solo recuerdo la conversación:

—Mándame un mensaje apenas los veas —le ordené.

A las 10:00 am me llegó un WhatsApp. Era una foto de ella desde el baño de la oficina. Se había bajado un poco la falda y se veía su mano acariciándose por encima de la tanga. El texto decía:

“Amor, acabo de cruzarme con Alberto en el pasillo. No me dijo ni “buenos días”, solo se me acercó al oído y me dijo: “Te gusto mi lechita, perrita”. Estoy empapada, no puedo concentrarme. Juan me llamó a su oficina a solas para “revisar unos informes”. Tengo miedo de lo que me vaya a pedir…”

Mi corazón empezó a latir a mil. Le respondí de inmediato:

—”Entra a esa oficina, Sofía. Si te pide algo, hazlo. Pero quiero que me grabes el audio. Quiero escuchar cómo tu jefe te pone en tu sitio”.

Media hora después, el celular vibró. Era un archivo de audio de cinco minutos. Lo puse en el altavoz, solo en mi sala en Polonia, sintiendo el frío de afuera mientras el calor me subía por las piernas.

En el audio se escuchaba la voz gruesa de Juan:

—”Siéntate, Sofía. Ese ramo de rosas fue solo el principio. Después de lo del sábado, no esperes que te trate como a una empleada normal. ¿Sabes qué quiero ahora? Quiero que me termines lo que empezaste en tu cocina, pero esta vez, sin que tu marido te defienda”.

Se escuchaba el roce de la seda, un gemido ahogado de Sofía y luego el sonido de un cierre bajándose.

—”Sí, jefe… lo que usted mande” —susurró ella.

Corté el audio. No podía más. El juego ya no era una fantasía de una noche; se había convertido en nuestra realidad. Mi mujer estaba en la oficina, bajo el mando de tres hombres, y yo estaba aquí, masturbándome con el sonido de su entrega. Continuó con el audio escucho una puerta y alguien dice

Este se nos adelantó, pero creo que lo justo es que nos atienda a los tres, ahí el audio de corta, me quedo pasmado con muchas preguntas

¿Quiénes entraron? ¿Qué pasó?

Un sonido de mi celular me empieza a dar nuevas ideas era Sofía me acaba de enviar su ubicación en tiempo real al WhatsApp y puedo ver qué está saliendo de su trabajo, rápidamente salgo de mi trabajo, agarro mi vehículo y empiezo a dirigirme a esta dirección, la ubicación se detiene en un hotel. Mis manos sudaban sobre el volante mientras manejaba por las calles sintiendo que el frío de la mañana no era nada comparado con el incendio que llevaba por dentro. Un nuevo mensa de Sofia:

-Hotel el dulce pasión, habitación 05 piso 5.

Esta era mi invitación al infierno.

Caminé por el pasillo del quinto piso. El silencio del hotel se rompía por unos gemidos que yo reconocería en cualquier parte del mundo. Empujé la puerta un centímetro. El olor a sexo, sudor y ese perfume dulce de Sofía me golpeó la cara.

Ahí estaban. En la cama matrimonial, Juan estaba sentado en el cabecero, fumando un cigarrillo mientras sostenía el pelo de Sofía. Ella estaba en cuatro, de espaldas a la puerta, con el vestido gris hecho un nudo en su cuello, dejando su espalda blanca y su culito totalmente expuestos. Diego la estaba embistiendo con una furia animal por detrás, mientras Alberto estaba arrodillado frente a ella, obligándola a tragarse su verga hasta el fondo.

—¡Eso, perrita! Trágatela toda que hoy no hay oficina —decía Alberto con la voz ronca.

Entré despacio. Mis pasos no se escuchaban sobre el tapete. Me quedé de pie a los pies de la cama, con las manos en los bolsillos, viendo la carnicería. Juan fue el primero en verme; soltó una carcajada de humo y le dio un tirón al pelo de Sofía para que levantara la cara.

—Mira quién llegó, Sofía. Tu marido vino a ver si estamos haciendo bien el trabajo de auditoría —se burló Juan.

Sofía soltó la verga de Alberto, con un hilo de saliva colgando entre sus labios y los ojos desorbitados por el placer. Al verme ahí, parado como un extraño, su rostro se transformó. No sintió vergüenza; sintió un éxtasis que la hizo temblar.

—¡Amor! —gritó ella, mientras Diego le daba una nalgada que retumbó en todo el cuarto—. ¡Mírame! ¡Mira cómo me tienen estos hombres! ¿Esto era lo que querías, no? ¡Querías ver cómo se follan a tu esposa, pues aquí me tienes, hecha una puta para ellos!

Diego no paró. Al contrario, al saberse observado por el esposo, empezó a darle más duro, haciendo que las tetas de Sofía rebotaran contra las sábanas.

—¡Díselo, Sofía! —le gritó Diego—. ¡Dile a este cornudo qué se siente que tres hombres de verdad te rompan el nido mientras él solo puede mirar!

—¡Se siente delicioso, papi! —gemía ella, buscándome con la mirada mientras Alberto le volvía a meter la verga en la boca—. ¡Mira cómo me llenan! ¡Mira cómo disfruto que me usen como un trapo! ¡Eres un cornudo, amor, y me encanta que me veas así!

Yo no podía moverme. Ver a mi mujer, la mujer con la que compartí tantas cosas, la que cuido y amo, siendo repartida como un trofeo entre sus compañeros de oficina me dio un morbo que me hizo perder la razón. Me saqué la verga y empecé a masturbarme ahí mismo, frente a ellos.

—¡Eso, mira cómo se toca el esposo! —gritó Juan, soltando el cigarrillo y bajándose los pantalones—. ¡Venga, Sofía, que todavía falta el jefe! ¡Póngase de espaldas que ahora le toca al que manda!

Sofía se giró, empapada en sudor y fluidos, y me miró fijo mientras Juan la penetraba con una fuerza que la hizo arquear la espalda.

—¿Te gusta, amor? ¿Te gusta ver cómo el jefe me reclama? ¡Mastúrbate, perrito, mira cómo tu mujer goza con vergas que no son la tuya!

La habitación se volvió un caos de gemidos, insultos y golpes de piel contra piel. Yo era el dueño de la escena, pero ellos eran los dueños de su cuerpo. Verla así, humillada y adorada al mismo tiempo, fue la culminación de meses de fantasías en la cocina.

La habitación 05 olía a una mezcla densa de fluidos, whisky y derrota masculina. Yo seguía de pie, con la mano cerrada sobre mi verga, viendo cómo los tres hombres que compartían oficina con mi mujer se turnaban para dejarle claro quién mandaba ahora.

—”¡Eso es, Sofía! ¡Pida más, perrita, que todavía nos queda aliento!” —gritaba Diego mientras le daba nalgadas que dejaban la marca de sus dedos en los muslos blancos de mi esposa.

Sofía me miraba fijo, con los ojos desorbitados y el rímel chorreando por sus mejillas.

—”¿Te gusta, amor? ¡Mira cómo me rompen! ¡Mira cómo tu mujer se traga todo lo que estos hombres le dan! ¡Eres un cornudo, papi, y me encanta que me veas así, hecha mierda!” —gemía ella, mientras Alberto le apretaba el cuello con una mano y con la otra la guiaba de nuevo a su boca.

El clímax llegó como una explosión en cadena. Primero fue Alberto, que le llenó la cara con un chorro espeso; luego Diego, que se vino dentro de ella con un rugido animal, y finalmente Juan, el jefe, que la obligó a ponerse de rodillas en la alfombra para terminar sobre su espalda, justo encima del tatuaje que yo tanto le beso en las noches y claramente yo ya tenía mi mano llena de mi propio semen, mi respiración era acelerada, no entendía lo que acaba de pasar.

—”Buen trabajo, Sofía” —dijo Juan, vistiéndose con una frialdad que me dio escalofríos—. “Nos vemos mañana a las ocho. Y lleve los informes impresos, no quiero excusas”.

Los tres se acomodaron las corbatas, me dieron una palmadita en el hombro al salir —como quien saluda a un viejo conocido— y cerraron la puerta tras de sí. El silencio que quedó fue sepulcral.

En mi mente solo pensaba mañana es martes. Mañana ella tiene junta de presupuesto a las nueve. Y yo… yo estaré esperando el siguiente audio.

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