Día 2: Martes en la cocina

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Me desperté con el cuerpo pesado, como si la culpa de ayer me hubiera caído encima como una losa. El semen de Roberto todavía parecía latir dentro de mí, aunque me había duchado tres veces antes de dormir. Cristian me había llamado anoche desde el hotel: “Todo bien por allá, amor. Te extraño”. Yo le respondí con voz dulce, “Yo también, mi vida. Cuídate mucho”. Y colgué antes de que se me quebrara la voz.

Me miré al espejo del baño y decidí castigarme un poco. O tal vez… provocarme. Elegí un minivestido negro ajustado, de esos que se pegan al cuerpo como una segunda piel, con escote profundo en V y falda que apenas cubre la mitad del muslo. Debajo, pantimedias negras transparentes que hacían que mis piernas se vieran más largas y más… disponibles. Me puse unos stilettos negros de aguja de 12 centímetros, los que normalmente uso porque me encanta lucir sexy y femenina, y hoy no era la excepción. Me pinté los labios de un rojo sangre intenso, me puse pestañas postizas largas y enchinadas, y me hice una cola de caballo alta con un moño negro grande en la coronilla.

Me veía como una puta de catálogo. Y eso era exactamente lo que quería sentir: que si el Negro cuando llegara del taller mecánico me veía así, no iba a poder controlarse. Y yo… yo quería ver hasta dónde llegaba mi propia calentura.

Bajé a la cocina a preparar el desayuno. Café, huevos, tostadas. Algo normal. Algo que me recordara que seguía siendo Julieta, la esposa decente. Pero mis tacones resonaban en el piso de cerámica como un tambor de guerra. Cada paso hacía que el vestido se subiera un poco más por mis muslos, y yo no lo bajaba. Dejaba que se quedara ahí, rozando el encaje de las pantimedias.

Escuché la puerta trasera del taller abrirse. No tuve tiempo ni de girarme. El Negro entró como si la casa ya fuera suya. Cerró la puerta con el pie, caminó con sigilo, y en dos pasos largos estuvo detrás de mí.

—Buenos días, mi putita que rico se te ve el culito con ese vestido negro ya se me está antojando — al momento en que me abrazaba por detrás y me susurraba contra mi nuca, soltando su aliento caliente con olor a cigarro y cerveza—. ¿Te pusiste así para mí, ehh putita?, sabes que soy adicto a tu culo y hoy no será la excepción.

Intenté apartarme, pero sus manos ya estaban entrelazadas en mis caderas, apretándome contra la encimera de la cocina.

—Suéltame, Negro, que estoy cocinando. Alguien puede vernos desde la ventana…

—Que miren como me cojo a mi putita, recuerda que eres mía y no me importa que los demás se den cuenta de que eres de mi propiedad, que tu culo es mío y que mi semen es para que lo tragues y me lo guardes en el fondo de tu conchita—gruñó, y comenzó a besarme de lengua con ansiedad al mismo tiempo que iba subiendo las manos por mis costados hasta agarrarme los pechos por encima del vestido.

Mis zapatillas negras de charol quedaron flotando en el aire. Amasó mis pechos con fuerza, pellizcando los pezones a través de la tela fina, hasta que se me escapó un gemido involuntario, mientras su lengua exploraba mi boca mmh.

—Mira cómo se te paran los pezones puta. Ya te sentí, de seguro que estás mojada desde que me oíste entrar, ¿verdad, putona, no niegues que te gusta mi verga y me estás esperando para que te dé tu dosis del día de hoy?

—No, Negro… no es verdad, estás loco… — le mentí, pero mi voz salió temblorosa.

Él rio bajito, esa risa ronca que me ponía la piel de gallina. Me giró de golpe y me sentó en la encimera, abriéndome las piernas con sus caderas. El vestido se subió hasta la cintura, dejando a la vista las medias blanca de red con liga y la tanga negro diminuta debajo. Mis zapatillas negras de charol se movían como dos péndulos.

—Arrodíllate, putona —me ordenó, desabrochándose el cinturón mientras me bajaba de la encimera y me sometía para que mi culo se apoyara en el talón negro de mis zapatillas—. Primero vas a chupármela como buena puta. Después te cojo.

Quise negarme. Quise decirle que no, que parara, que esto tenía que terminar. Pero cuando sacó su miembro —grueso, venoso, ya duro como piedra—, mi boca se hizo agua. Estando arrodillada ahí mismo, en el piso frío de la cocina, los stilettos estaban clavados en mis talones, la cola de caballo balanceándose con cada movimiento.

Abrí la boca y él me la metió sin esperar. Hasta el fondo. Sentí cómo me llenaba la garganta, cómo me costaba respirar. Unas pequeñas lágrimas se me escaparon por el rabillo del ojo, pero no paré. Se la chupé, se la lamí, se la succioné como si mi vida dependiera de eso. Él me agarró del moño y empezó a moverme la cabeza a su ritmo, follándome la boca con embestidas cortas y profundas. Yo me detuve de sus piernas y por momentos le acaricié los testículos.

—Así, putita… trágatela toda. Esa boquita roja está hecha para mi verga. Me dijo amo y señor del momento y de mi voluntad

Gemí alrededor de su miembro, el sonido ahogado y obsceno. Mis manos subieron a sus muslos, aferrándome a sus jeans mientras él me usaba. Sentía el sabor salado, el calor, el pulso latiendo contra mi lengua. Y entre mis piernas, mi tanga ya estaba empapado de que mis juguitos vaginales escurrían sin parar, mi clítoris estaba duro.

Después de varios minutos de bombear su verga, me la sacó de mi boca con un pop húmedo. Me levantó de un tirón y me giró de nuevo, empujándome y poniéndome de espaldas contra la encimera. Me subió el vestido y como llevaba medias de liga, solo tuvo que bajarme la tanga hasta medio muslo, sin quitármela del todo. Yo sentí el aire fresco en mi conchita y luego… su miembro empujando, entrando de un solo golpe brutal.

Grité bajito, mordiéndome el labio para no hacer ruido. Él me tapó la boca con una mano enorme mientras empezaba a embestir, profundo, rápido, sin piedad. Con la otra mano me amasaba los pechos, sacándolos del escote del vestido, pellizcando los pezones hasta que dolían de placer. Yo me paré con un solo pie, mientras el otro lo flexioné hacia atrás quedando en medio de sus piernas que paradas en compás tomaban impulso para empujarme su vergota una y otra vez.

—¿Ves, putona? —gruñó en mi oído—. Te vistes de puta y ya vi que te encanta que te cojan como perra en tu propia cocina. Eso me decía mientras su verga entraba y salía de mi vagina una y otra vez, yo estaba parada de puntitas para sostenerme.

Quise negar que me vestí así, pero mis medias blancas de red con liguero me delataban que me las puse para facilitar que me cogiera. Con cada embestida me sacaba un gemido más alto. Mis caderas empezaron a moverse solas, empujando hacia atrás, buscando más. Los tacones se me clavaban en el piso, el vestido arrugado en la cintura, la cola de caballo deshecha por sus manos. Sentí el orgasmo subir como una ola imparable. Intenté contenerme, pero cuando él aceleró y me mordió el cuello, exploté. Me corrí temblando, apretándolo dentro de mí, mis jugos escurrieron por mis muslos y manchando las medias blancas de red con liguero.

El Negro no paró. Siguió follándome hasta que gruñó y se corrió dentro, llenándome otra vez con chorros calientes de su semen que sentí palpitar dentro de mí. Se quedó quieto un momento, con su verga metida hasta el fondo de mí, ya sin bombearme, parecía que su miembro tenía vida propia porque todavía se estremecía escupiendo en mí sus últimas gotas de semen, mientras él quedó respirando pesado contra mi espalda, su miembro todavía latiendo dentro.

Luego lo retiró lentamente. Me giró, me miró a los ojos y me limpió el labio inferior con el pulgar, quitando un rastro de saliva y semen.

—Límpiate y sírveme el desayuno, putita. Y no te cambies. Quiero verte así todo el día.

Se sentó en la mesa de la cocina como si fuera el dueño de la casa. Yo me quedé ahí, temblando, con el vestido arrugado, las pantimedias mojadas de semen, los labios hinchados y rojos, el semen todavía escurriendo por mis piernas.

Me subí la ropa como pude, me lavé la cara en el fregadero y le serví los huevos y el café con manos temblorosas.

Mientras comía, me miró con esa sonrisa satisfecha.

—A ver puta, mañana te quiero con falda corta, con medias al muslo, sin tanga y con otros stilettos, ¿Entendido, putona?

Asentí sin mirarlo.

—Sí… entendido, Negro.

Y cuando salió de nuevo al taller, me quedé sola en la cocina, apoyada en la encimera donde acababa de ser follada como una cualquiera.

Suspiré en silencio mientras mi cuerpo seguía palpitando.

No pasó mucho tiempo cuando en mi mente, ya estaba pensando en qué ropa ponerme mañana.

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