Contexto: Soy una mujer casada muy joven. Mi esposo Cris tuvo que salir 15 días por motivos de trabajo fuera de la ciudad. Dejó encargado de su taller mecánico a un Negro de 1.90 de estatura quien, sin saberlo mi marido, siempre me acosaba cada que me veía en la calle. No le dije nada a Cris porque significaba perder esa oportunidad de empleo temporal. Pensé que podría controlar la situación con el Negro trabajando durante los 15 días en el taller contiguo a la casa, pero la realidad fue otra…
Esa tarde el calor era insoportable. El sol pegaba fuerte contra las ventanas y yo sentía la piel pegajosa, el cuerpo inquieto. No podía concentrarme en nada: ni en leer, ni en ordenar la casa, ni en fingir que hacía algo normal. Mi mente volvía una y otra vez al Negro, a su verga gruesa, al sabor salado que me había dejado en la boca el día anterior, al ardor placentero en el culo cuando me había follado sin piedad. Me odiaba por desearlo tanto, pero al mismo tiempo me mojaba solo de recordarlo.
Decidí darme un baño relajante. Abrí el guardarropa del baño principal y, entre las toallas y los productos olvidados, encontré un traje de baño nuevo que me había comprado hace años para unas vacaciones con Cristian. Era un bikini de color negro con estampado floral blanco, top triangular de copas suaves que se atan detrás del cuello y la espalda con tirantes finos, parte inferior de corte clásico con lazos laterales ajustables sobre las caderas. Tela elástica mate, ligera, veraniega. Me lo probé frente al espejo del baño.
El top apenas contenía mis pechos, los pezones se marcaban bajo la tela fina. La parte de abajo se ajustaba justo, dejando la mitad de mis nalgas al descubierto. Me vi y sonreí pícara: me veía como una puta de playa, pero al menos si el Negro abusivamente entraba a la casa… no me vería completamente desnuda. Era una excusa patética, lo sabía.
Llené la bañera con agua tibia, eché un poco de sales de baño que olían a lavanda y me metí con el bikini puesto. Me recosté, cerrando los ojos, intentando calmar los pensamientos que me asaltaban: su verga entrando en mi boca, en mi coño, en mi culo… el sabor espeso de su semen bajando por mi garganta. Me toqué discretamente por encima de la tela del bikini, pero no era suficiente. Necesitaba más.
No pasó ni diez minutos cuando escuché la puerta del baño abrirse sin tocar. No tuve tiempo de reaccionar. El Negro entró, cerró la puerta y se quedó mirándome con lujuria y deseo.
—¿Qué haces aquí, Negro imprudente, ¿cómo te atreves a meterte hasta este lugar, la puerta estaba cerrada? —le dije, fingiendo molestia, cruzándome de brazos sobre el pecho—. Qué no ves que estoy tomando un baño. Sal de aquí Negro atrevido.
El Negro se rio con esa risa grave y vulgar que me erizaba la piel.
—Cállate, putita. Vine a lavarme después del taller y me encuentro con mi puta favorita en bikini. ¿Te pusiste eso para provocarme?
—No, cómo crees, estás loco… solo… se me antojó probarme esto —murmuré, bajando la mirada, pero mi voz salió débil. Además, para lavarte tienes un baño especial, no este, que es privado y tú no tienes acceso a él.
—Yo tengo acceso a todo, Cris me dejó a cargo de atender el taller y yo además decidí hacerme cargo de atenderte a ti también. Ya te lo dije muy bien, puta de mierda, tú eres mi putita, y yo te busco para cogerte cuando a mí se me antoje, y ahorita que te estoy viendo con ese bikini… ¿Qué crees?, ¡que te voy a coger porque te me antojaste, mira ya me pusiste dura la verga!
El Negro se quitó la camiseta sucia en un movimiento rápido, el overol, los bóxers. Su verga ya estaba medio dura. Se metió a la bañera sin pedir permiso, el agua salpicando por los lados. Me tomó de la nuca y me besó con lengua, profundo, agresivo. Su boca sabía a cigarro y cerveza, pero no me aparté. Le correspondí, succionando su lengua, dejando que explorara mi boca como si ya fuera suya. Nos besamos con lengua apasionadamente, el Negro estrujaba mis pechos y debajo del agua me frotaba mi clítoris primero y luego, sin dejar de darme lengua hizo a un lado el traje y me metió el dedo en la vagina. Yo sentí desfallecer de placer, creo que ahí tuve mi primer orgasmo, yo lo sentí, pero debajo del agua.
—Qué rica boca tienes, putita, chupa mi lengua, anda —gruñó contra mis labios y me ordenó—. Abre las piernas, putona que ya me la pusiste bien dura y ahorita te voy a meter mi trozo de carne que tanto te gusta.
—Pero Chúpamela primero —ordenó, empujándome hacia abajo.
Me arrodillé en la bañera, el agua hasta la cintura, y abrí la boca. Tomé su miembro entero, chupando con fuerza, mi lengua iba recorriendo las venas de su duro y oscuro trono mientras yo le succionando la cabeza. Él me agarró del cabello mojado y me folló la boca, embistiendo hasta la garganta. Gemí alrededor de su miembro, el agua se estaba salpicando con cada movimiento salvaje que él me provocaba al controlar la follada que me estaba dando por la boca.
—No aguanto, puta, me excita verte con bikini… —gruñó—. Trágate mi lechita, ramera.
Se corrió en mi boca con un gemido ronco. Chorros espesos y calientes me llenaron la garganta. Tragué un poco, el resto se me escapó por las comisuras de los labios y cayó al agua. El sabor salado y amargo me invadió, y aunque fingí asco limpiándome la boca con el dorso de la mano, muy en el fondo me gustó. Me estaba volviendo adicta a ese sabor, a esa humillación.
No me dio tiempo a recuperarme. Me besó de nuevo, metió su lengua de manera profunda en mi boquita, saboreando su propio semen en mi boca. Yo busqué su verga para masturbarlo y se le volvió a parar casi de inmediato.
Me levantó, me separó los muslos con las rodillas y me quitó el top del bikini de un tirón, los tirantes se rompieron. Luego bajó la parte de abajo, dejándome desnuda en el agua. Me montó encima de él de frente, sentándome a horcajadas, su verga dura rozando la entrada de mi vagina y comenzó a penetrar mi conchita de golpe. El agua chapoteaba alrededor mientras me follaba sentados, mis pechos rebotando contra su pecho, mis manos aferradas a sus hombros.
—Qué coño tan apretado tienes arrggg qué placer me provocas, si supieras cuántas ganas te tenía cuando te veía en la calle y mira ahorita ve… te encanta que te cojan en la bañera, ¿verdad, puta? Y tú, tan difícil que te me ponías.
—No… no me gusta… —mentí entre gemidos, pero mis caderas se movían solas, buscando más profundidad, mientras me sujetaba del filo de la bañera.
Siguió embistiendo unos minutos, luego me levantó un poco, apoyándome contra el borde de la bañera. Me inclinó hacia adelante, mis rodillas se apoyaron en el fondo y mis manos aferradas al mármol resbaladizo.
—Ahora el culo —dijo, escupiendo en su mano para lubricar.
—No… por favor… ahí no, duele bastante, la tienes muy grande, no seas salvaje, Negro infeliz… —protesté bajito, pero abrí las piernas un poco más.
Empujó despacio, entrando en mi culo centímetro a centímetro. El agua tibia ayudaba, pero el estiramiento era intenso. Gemí fuerte cuando estuvo todo dentro. Me folló el culo de pie, sujetándome por las caderas, embestidas profundas que hacían que el agua salpicara por todos lados. Una mano en mi garganta, la otra amasando mis pechos.
—Este culo ya es mío, te lo voy a llenar otra vez con mi leche caliente, si se te nota que bien que te gusta, eres bien putona.
Aceleró, gruñendo vulgaridades:
—Quien lo dijera, te hacías la muy decente y mira ahora, eres mi puta mojada con mi leche dentro de ti… te encanta que te rompa el culo… quiero oír que digas que eres mi puta.
El placer que sentía era inmenso, me sentía llena, plena y mis orgasmos se sucedían uno tras otro, jamás había sentido tanto placer y sentirme usada y humillada le daba un toque indescriptible a lo que estaba viviendo, así que entre pena y obligación por sus modos groseros, lo acepté…
—Soy… soy tu puta, Negro, eso es lo que soy, tu puta … —susurré, cediendo, el placer que sentía iba subiendo como una ola.
El Negro se corrió dentro de mi culo con un rugido, chorros calientes que sentí palpitar. Me quedé temblando contra el borde de la bañera, exhausta, el agua ahora turbia por nuestros fluidos.
Me soltó despacio y salió de la bañera, secándose con mi toalla como si nada.
—Mañana te busco cuando salga del taller, quiero verte vestida, así como cuando ibas a comprar cervezas y desde entonces me daban ganas de cogerte, así que ponte algo así para mí y quiero verte con tacones puestos. Ah, y sin hacerte la difícil, ¿eh, puta?
Asentí en silencio, fingiendo molestia, pero cuando cerró la puerta, me quedé en el agua tibia, tocándome despacio, reviviendo cada segundo. No había culpa. Solo adicción. Y ya estaba contando las horas para mañana a la hora de la cena.
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