Dilema de una buena tía (1)

0
10389
T. Lectura: 6 min.

Punto de vista: Sofía, la tía menor.

Mi hermana Elena sonaba rara por teléfono. Tensa.

—Tuve que despedir a la enfermera de Diego… no era profesional.

—¿Qué quieres decir con eso?

—No importa. ¿Puedes venir unos días?

—Elena, si me estás pidiendo que cuide a mi sobrino, necesito saber qué pasó.

Hubo una pausa. El silencio de mi hermana siempre ha sido demasiado elocuente.

—La enfermera… se quedaba mirando a Diego. De una forma que no me gustó.

—¿Mirarlo cómo?

—Sofía, por favor. ¿Vienes o no?

Acepté. No porque entendiera, sino porque necesitaba salir de mi casa. Mi matrimonio estaba hecho pedazos desde que encontré a Carlos con su secretaria en el coche de empresa. La había visto antes, en las fiestas de la firma: una chica de veintitantos, delgada como un espárrago, con la gracia natural de quien nunca ha tenido que esforzarse por nada.

Yo tenía treinta y tres años. Me pasaba dos horas diarias en el gimnasio, levantando peso, moldeando cada curva, sudando en clases de spinning hasta que las piernas me temblaban. Tenía un cuerpo voluptuoso que había construido con disciplina, con sacrificio: caderas anchas que llenaban bien cualquier vestido, pechos firmes que no necesitaban sujetador de relleno, una cintura que marcaba el contraste. Me miraba en el espejo del vestuario después de entrenar y sentía orgullo. No solo vanidad. Orgullo de trabajo bien hecho.

Carlos lo sabía. Había sido él quien me animó al principio, quien me compró la membresía de cumpleaños, quien disfrutaba de los resultados en nuestra cama. O eso creía.

La secretaria no tenía nada de eso. Era joven, sí. Pero sin forma, sin dedicación, sin la tensión muscular que yo había cultivado durante años. Y sin embargo, él la había elegido. En el asiento trasero de su coche, con la falda subida y las piernas flacas abriéndose para él, ella no había pensado en mí. Y él, aparentemente, tampoco.

Como castigo, le prohibí tocarme. No calculé que el castigo más grande sería para mí: dormir cada noche junto a un hombre al que deseaba estrangular y, al mismo tiempo, sentir un vacío entre las piernas que se hacía más hondo con cada día de abstinencia. Un vacío que mi propio cuerpo, tan entrenado, tan sensible, reclamaba con insistencia cruel. Acepté. No porque entendiera, sino porque necesitaba salir de mi casa. Mi matrimonio estaba hecho pedazos desde que encontré a Carlos con su secretaria en el coche. Como castigo, le prohibí tocarme. No calculé que el castigo más grande sería para mí: dormir cada noche junto a un hombre al que deseaba estrangular y, al mismo tiempo, sentir un vacío entre las piernas que se hacía más hondo con cada día de abstinencia.

Cuando llegué el lunes, me sorprendió ver lo mucho que había crecido Diego. A sus diecinueve años ya era más alto que yo, con hombros anchos y mandíbula cuadrada. Me saludó con una sonrisa que me desarmó.

—Hola, tía Sofía.

—Diego… madre mía. ¿Cuándo creciste tanto?

Se rio, medio avergonzado, frotándose la nuca con la mano sana.

—Hace tiempo, tía. Usted no me veía.

—Es verdad. Lo siento.

—No, no. Es que usted siempre llega y se va. Entra y sale. Como el viento.

Su comentario me pinchó. Tenía razón. La última vez que lo vi fue en Navidad, distraída con mis propios problemas, contando los minutos para irme.

—Esta vez me quedo —prometí—. Varios días.

—¿Y su trabajo?

—Laptop y wifi. Tu mamá tiene buen internet, ¿no?

—El mejor.

Los primeros días fueron normales. Demasiado normales, quizás. Le llevaba comida en bandejas que dejaba en la mesa auxiliar del sofá. Le ponía series que él elegía, la mayoría sobre fútbol o detectives con mucha violencia. Charlábamos de tonterías: el clima, la comida, si el equipo de su padre ganaría el domingo.

Pero noté que olía. No era desagradable, exactamente. Era… intenso. A chico joven, a sudor que se acumula en los pliegues del cuello, a algo más dulce que no supe identificar. Al tercer día, el miércoles, ya no pude ignorarlo.

—Diego, ¿cuánto tiempo llevas sin bañarte?

Se puso rojo hasta las orejas. La televisión seguía sonando, algún comentarista gritando sobre una falta.

—Con el yeso es complicado…

—¿Complicado cómo? Explícame.

Apagó el televisor con el control remoto. El silencio nos hizo más conscientes del espacio reducido del sofá.

—Es que no puedo mojarme el brazo. Y solo tengo una mano para… ya sabe. Lavarme el pelo, enjabonarme. Es frustrante.

—¿Y tu mamá?

—Mi mamá trabaja todo el día. Llega tarde, sale temprano. Usted sabe cómo es.

Lo sabía. Elena siempre había sido ambiciosa. Ahora, sola con Diego, peor.

—Vamos, yo te ayudo.

—Tía, no es necesario, de verdad…

—Diego. —Lo miré fijamente, con la voz que usaba cuando era maestra, hace años—. No voy a dejar que estés así. Vamos.

Lo llevé al baño intentando actuar con naturalidad. El pasillo de la casa de Elena era estrecho; nuestros hombros casi se rozaban.

—Quítate la ropa. Y date la vuelta, por favor.

—¿Por qué la vuelta?

—Porque soy tu tía, Diego. Y tú eres… ya no eres un niño.

Entendió. Obedeció, aunque titubeó con los botones de los pantalones de deporte. Mientras preparaba el agua, ajustando la temperatura con la mano bajo el chorro, cubrí su yeso con la bolsa plástica que Elena tenía preparada en el gabinete. Los sonidos me ayudaban: el agua corriendo, el plástico crujiendo, mi propia respiración.

—Listo. Puedes girarte.

Cuando se dio la vuelta, sentí que el aire se me atoró en la garganta.

Dios… ya no era un niño. Para nada.

Su cuerpo se había vuelto muy masculino. Pecho ancho, abdomen con líneas que no estaban ahí la última vez. Y entre sus piernas… bueno, era bastante grande. Incluso estando suave se veía grueso y pesado, colgando con una pesadez que me resultó… no, no voy a decirlo.

Sentí un calor repentino en la cara. Y entre las piernas, esa humedad familiar, traicionera.

Tranquila, Sofía. Llevas un mes sin sexo. Es normal mojarse con cualquier cosa.

—El agua está lista —dije, con una voz que esperaba sonara firme—. Entra.

—Tía… —empezó, claramente incómodo.

—¿Qué?

—Nada. Es que… es raro. Usted no es… no es enfermera.

—Yo también lo siento raro, ¿sabes? —La esponja en mi mano parecía un objeto extraño, demasiado pequeño—. Pero no podemos dejarte hecho un apestoso.

Se rio, nervioso. El sonido lo hizo parecer más joven, más cercano al niño que recordaba.

Empecé por la espalda. La esponja, enjabonada, recorría sus omóplatos prominentes, la línea de su columna. Su piel se erizó donde pasaba el agua.

—¿Frío?

—No. Está bien.

Bajé hacia los muslos, evitando el centro. Pero la visión periférica es implacable: vi cómo su respiración cambiaba, cómo su pecho empezaba a subir y bajar más rápido. Y entonces, delante de mis ojos, su miembro empezó a crecer.

No era rápido. Era lento, casi tentativo, como si su cuerpo estuviera averiguando si esto estaba permitido. Se fue poniendo más grueso, más largo, más oscuro… hasta que quedó completamente duro, apuntando hacia arriba con una fuerza que parecía desafiar la gravedad. La vena central se marcó, palpitante.

—Perdón, tía… —murmuró, claramente avergonzado.

—No pasa nada —contesté, con la voz más ronca de lo que quería—. Es… el agua caliente. Es normal.

—No es el agua caliente —dijo, casi para sí mismo.

No supe qué responder. Terminé el baño lo más rápido que pude, enjuagándolo con la ducha a toda prisa, sin mirar allí, sin mirar sus ojos que ahora tenían algo nuevo. Algo que no quería identificar.

Esa noche no pude dormir.

La cama de invitados de Elena era cómoda, demasiado cómoda. El silencio de la casa me parecía conspirador. Cada vez que cerraba los ojos veía esa imagen: la polla de Diego, creciendo, desafiando, respondiendo.

Me repetía que era solo la abstinencia, que cualquier mujer en mi situación reaccionaría así. Que el cuerpo no entiende de tabúes, solo de estímulos. Que era fisiología, no deseo.

Aun así, terminé tocándome en la oscuridad, mordiendo la almohada para no hacer ruido. No era suave, no era exploratorio. Era furioso, necesario, culpable. Imaginaba que eran sus manos, no las mías. Que era él quien me tocaba, a pesar de todo, a pesar de ser mi sobrino.

El orgasmo fue fuerte. Demasiado fuerte. Y después, el vacío peor que el deseo.

Al día siguiente me sentí aterrorizada de mí misma.

Desayuné con Diego en silencio. Él parecía diferente: más atento, sus ojos me seguían cuando movía los platos, cuando me servía café. Yo evitaba su mirada.

—¿Dormiste bien, tía?

—Más o menos. El colchón es nuevo para mí.

—A mí también me costó los primeros días. Después del accidente, quiero decir. Todo es incómodo con esto.

Señaló su brazo enyesado.

—¿Te duele mucho?

—Menos ahora. Lo que me vuelve loco es la inmovilidad. No poder hacer nada con esta mano.

No poder tocarse, pensé, y el pensamiento me sonrojó.

No podía quedarme sola con él en esas circunstancias. Necesitaba una chaperona, alguien que me obligara a comportarme, que interrumpiera la corriente eléctrica que parecía fluir entre nosotros cuando estábamos cerca.

Llamé a Isabel después del desayuno, desde el balcón de la habitación, donde Diego no podía oírme.

—¿Qué tal, sexy? —Su voz siempre sonaba como si estuviera sonriendo—. ¿Cómo va el exilio conyugal?

—No es exilio. Es… recalibración.

—Ay, Sofía. Siempre tan psicóloga. ¿Y cómo va el sobrino?

—Necesito que vengas.

—¿Por qué suena eso a llamada de emergencia?

—No es emergencia. Es… precaución.

Hubo una pausa. Oí el sonido de Isabel encendiendo un cigarrillo, la inhalación familiar.

—Ahora sí que me interesaste.

—No es nada grave, de verdad. Es solo que… —Me detuve. ¿Cómo explicarlo sin explicarlo todo?—. Diego necesita ayuda con ciertas cosas. Por el yeso. Y yo… yo no puedo ser la única.

—¿Qué clase de cosas?

—Cosas de… higiene personal.

—¿Estás bañando a tu sobrino, Sofía?

—¡No es así! Es que no tiene otra persona, y yo soy su tía, y…

—Y te pones nerviosa.

—No me pongo nerviosa. Me pongo… responsable. Y necesito que alguien más esté presente. Para que sea apropiado.

Isabel se rio, un sonido áspero y cariñoso.

—Apropiado. Esa palabra tuya. Siempre tan apropiada, tan correcta. Hasta que no lo eres.

—Isa, por favor. ¿Vienes o no?

—Claro que voy. Pero quiero detalles. ¿Está bueno?

—No sé de qué hablas.

—Sofía. Llevas un mes sin sexo, estás encerrada con un chico de diecinueve años, y me llamas diciendo “precaución”. Hay algo que contar.

—Está… crecido. —La palabra me sonó ridícula, infantil—. Quiero decir, físicamente. Se convirtió en un hombre sin que yo me diera cuenta.

—¿Y eso te molesta?

—Me… me sorprende. Me desconcierta.

—¿Te excita?

—¡Isa!

—Eso es un sí.

—Es un no. Es un… no sé qué es.

Isabel suspiró. Oí el sonido de ceniza cayendo en algún cenicero.

—Voy mañana. O pasado. Depende de si encuentro quién me cuide al gato.

—Mañana. Por favor.

—Tan urgente, ¿eh? —Otra pausa—. Sofía, escúchame. No te estoy juzgando. Dios sabe que yo he hecho cosas peores. Pero si estás llamándome, es porque ya cruzaste una línea en tu cabeza. Solo te advierto: las líneas en la cabeza son las más peligrosas. Porque ya estás del otro lado, aunque tu cuerpo no lo sepa.

Colgué sin saber qué responder.

Loading

DEJA UN COMENTARIO

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí