Dilema de una buena tía (2)

0
10116
T. Lectura: 8 min.

Isabel llegó el jueves por la mañana, radiante, con un vestido ajustado de color vino y esa sonrisa peligrosa que siempre tiene. Traía una bolsa con vino tinto, queso, y un libro de crímenes que estaba leyendo.

—Para la chaperona aburrida —dijo, dejando todo en la cocina.

Diego la saludó desde el sofá. Había algo diferente en él: una confianza nueva, o quizás solo la ausencia de vergüenza del primer día.

—Hola, Isabel. No sabía que venías.

—Sorpresa —dijo ella, con una sonrisa que yo conocía demasiado bien—. Tu tía dice que necesitas ayuda.

—Ya le dije que no es necesario…

—Y ya te dije yo que sí lo es —intervine, trayendo café para los tres—. Vamos, quítate eso.

—¿qué cosa?

—La ropa. Necesitas otro baño.

Isabel se sentó en el borde del sofá, cruzando las piernas con una elegancia que nunca había tenido que aprender.

—¿Otro baño? ¿Cuántos lleva?

—Este es el segundo —dije, y mi voz sonó defensiva—. Con el yeso es difícil mantenerse…

—Limpio —terminó Diego—. Ya sé. Lo entiendo.

—Entonces vamos. Las dos. Así es más fácil.

Isabel levantó una ceja, divertida.

—¿”Más fácil”? ¿Desde cuándo tú y yo hacemos equipo para bañar hombres?

—Desde ahora.

En el baño, el ambiente se sintió diferente desde el primer minuto. Más iluminado, quizás, o más consciente. Diego parecía menos tímido que el día anterior. Esta vez, cuando se quitó la ropa, no se dio la vuelta tan rápido. Vi cómo Isabel lo miraba, evaluando, con la misma atención que pone en un cuadro o en un desconocido en un bar.

—Madre mía, Diego. ¿Haces deporte?

—Fútbol —respondió, y por primera vez sonó orgulloso—. Antes del accidente, al menos. Ahora no puedo ni correr.

—Se nota. El cuerpo no miente.

Empecé a lavarlo como la vez anterior, pero mi corazón latía desbocado. La presencia de Isabel debería haberme calmado, pero hacía todo más intenso, más performático. Cada movimiento mío parecía observado, juzgado.

Isabel estaba apoyada contra el lavabo, mirando en silencio. De vez en cuando tomaba un sorbo de su café, como si estuviéramos en una terraza y no en un baño con mi sobrino desnudo.

—Tu tía Sofía te tiene muy mimado —dijo de repente.

—No es mimo —respondí, sin detenerme, la esponja en su espalda—. Es ayuda.

—Claro, claro. —Otro sorbo—. Aunque, Diego, ¿tú también la mimas a ella?

—¿Cómo?

—¿Le preguntas cómo duerme? ¿Le sirves café? ¿La miras cuando cree que no te está mirando?

—Isa, basta.

—Solo curiosidad femenina.

Cuando el miembro de Diego empezó a endurecerse de nuevo, la oí soltar un pequeño suspiro. No de sorpresa. De… reconocimiento.

—Hostia, Sofía… —murmuró casi sin voz.

—¿Qué?

—Nada. Nada.

No pude evitar mirar. Estaba completamente empalmado otra vez, aún más grueso que el día anterior, si eso era posible. La cabeza brillaba, hinchada, de un rojo intenso. La vena que había notado antes parecía más marcada, palpitante.

—Perdón —dijo Diego, pero esta vez no sonaba avergonzado. Sonaba… diferente. Más grave, más lento.

—Que te pongas así con tu tía presente. Significa que te gusta cómo te toca.—dijo Isabel

—Isa —la advertí, pero sonó débil.

—¿Qué? Solo digo la verdad. Mira cómo te mira. No es solo higiene, Diego. Tu tía es demasiado atenta contigo.

Quise negarlo, quise salir del baño, quise hacer algo. Pero mis manos seguían con la esponja, y mis ojos seguían viendo, y mi cuerpo seguía respondiendo con esa humedad traicionera.

De repente sonó mi teléfono en la sala. Un ringtone estridente, el de una llamada, no un mensaje. Me hizo dar un brinco. La esponja cayó al suelo.

—Ahora vuelvo —dije, casi aliviada.

—Yo sigo aquí —dijo Isabel, sin apartar los ojos de Diego—. No te preocupes.

Salí corriendo. El pasillo me pareció más largo de lo normal. En la sala, busqué el teléfono entre los cojines del sofá, debajo de las revistas, en la mesa. No estaba. Sonaba de nuevo, desde la cocina. Lo había dejado cerca del cargador.

Era Elena. Mi hermana.

—¿Sofía? ¿Todo bien?

—Sí, todo bien. Diego está bien. Yo estoy bien.

—Suenas rara.

—Es que… estoy ocupada. Estamos en medio de algo.

—¿De qué?

—De… una tarea. De la casa. Te llamo después, ¿sí?

—Sofía, si pasa algo…

—No pasa nada. Todo está controlado.

Colgué antes de que pudiera seguir. El reloj de la cocina marcaba que habían pasado dos minutos, no uno. Quizás tres. Me quedé allí, parada, respirando.

Ya casi termino, pensé. Le estaba enjuagando la espalda. Fue buena idea haber invitado a Isabel. Ella está allí, todo es apropiado, todo está bien.

Me sentí reconfortada por un segundo. Por la normalidad de hablar con mi hermana, de preocuparme por el tiempo, de pensar en tareas domésticas. El mundo real, el mundo donde yo era una tía responsable y una mujer traicionada pero correcta.

Volví al baño con paso tranquilo. La puerta seguía entreabierta, como la había dejado. Me asomé…

Y me detuve.

Isabel estaba de rodillas frente a Diego y tenía su polla en la mano, envuelta en sus dedos con uñas esmaltadas de rojo, y la miraba con una expresión que solo puedo describir como admiración pura, casi reverencia. La movía lentamente, muy lentamente, de arriba abajo, mientras Diego la miraba desde arriba con los ojos muy abiertos, completamente avergonzado.

—Dios, mira esto —murmuraba Isabel, más para sí misma que para él—. Mira cómo late.

—Isabel, por favor… —Diego intentó retroceder, pero el azulejo de la pared lo detenía.

—¿Por favor qué? ¿Que pare? —Se rio, bajito—. Esto es una obra de arte, Diego. Sería un pecado no apreciarla.

Yo debería haber entrado. Debería haber gritado, o al menos toser, hacer cualquier ruido que los interrumpiera. Pero mis pies estaban clavados en el umbral, y mi voz no respondía.

Fue Diego quien me vio primero. Sus ojos se encontraron con los míos y se abrieron aún más, si eso era posible. Se puso completamente rojo, desde el pecho hasta la frente, y soltó un gemido que no era de placer sino de pánico.

—Tía…

Isabel giró la cabeza. Por un segundo, pareció sorprendida de verme. Luego sonrió, esa sonrisa peligrosa que siempre tiene, y siguió moviendo la mano, ahora más lento, casi desafiante.

—Ah, Sofía. Ya volviste.

—Isabel. —Mi voz salió más alta de lo que quería, con un filo de molestia que no podía disimular—. ¿Qué estás haciendo?

—¿Yo? —Hizo un gesto teatral con la mano libre—. Estaba ayudando. Tú dijiste que necesitabas ayuda.

—Ayuda seria que le enjuagaras la espalda.

—Y eso hago. —Miró hacia abajo, hacia la polla que seguía acariciando con indolencia—. Bueno, estoy en la zona lumbar. Más o menos.

—Usa la esponja.

Isabel parpadeó. Por primera vez, pareció confundida.

—¿La esponja?

—Sí. La esponja. —Señalé el objeto que yo había dejado caer, ahora en el borde de la bañera.

Isabel suspiró, dramática, pero obedeció. Recogió la esponja, la enjuagó bajo el chorro de la ducha, y volvió a Diego. Pero lo que hizo después no fue lo que yo esperaba.

No usó la esponja como yo lo había hecho: con movimientos funcionales, evitando lo inevitable. Ella la empapó, la enjabonó hasta que quedó blanca y espumosa, y luego la apretó contra la base de la polla de Diego con una deliberación que me quitó el aliento. Subió lentamente, enrollando la esponja alrededor del tronco, apretando lo suficiente para que el jabón rezumara, bajó con la misma lentitud, y repitió.

—Así mejor, ¿no? —dijo, dirigiéndose a Diego, no a mí—. Más… higiénico.

Diego no respondió. Tenía la mandíbula apretada, los ojos fijos en algún punto del techo, como si pudiera hacer que la escena desapareciera por fuerza de voluntad.

Pero Isabel no había terminado. Subió de nuevo, esta vez dejando que la esponja rozara las bolas, que se tensaron visiblemente. Volvió a subir, más lento, más lento, hasta que la esponja quedó envuelta alrededor de la cabeza hinchada, roja, brillante. La apretó. Diego gimió, involuntariamente, y ella sonrió.

—Ves —dijo, mirándome por encima del hombro—. Esto es lo que pasa cuando no se limpia bien. Se acumulan… tensiones.

—Isabel, basta.

—¿Basta? Pero si apenas empecé. —Y repitió el movimiento, obsesivo, metódico, como si estuviera puliendo un mueble antiguo o acariciando a un gato—Eso es lo que necesita esto. Alguien que lo aprecie.

Me llevé la mano a la frente. El gesto era automático, de maestra exasperada, de hermana mayor, de mujer que no sabe si reír o llorar. Esto no podía estar pasando. Yo no podía estar viendo esto, mi amiga no podía estar haciendo esto, mi sobrino no podía estar… respondiendo así, con la polla aún más dura, más roja, más implacable.

—Sofía, relájate —dijo Isabel, sin detenerse—. Estoy siendo útil. Mira, ya casi termino de enjuagar.

—Eso no es enjuagar.

—¿No? ¿Entonces qué es?

No pude responder. Y en ese momento, sonó mi teléfono otra vez.

El mismo ringtone estridente, ahora desde mi habitación. Lo había dejado cargando en el enchufe junto a la cama.

—No me muevas —dije, señalando a Isabel con un dedo que quería ser autoritario pero temblaba.

—Yo solo estoy limpiando —respondió ella, con inocencia que no la caracterizaba.

Corrí hacia mi habitación. El teléfono vibraba en la mesa de noche, iluminando la pantalla con un nombre que no quería ver: Carlos.

Mi esposo. Mi marido infiel. El hombre con quien dormía cada noche sin tocarme.

Contesté sin pensar, sin querer pensar.

—¿Sí?

—Sofía. —Su voz sonó sorprendida de que contestara—. Llevo tres días llamando.

—He estado ocupada.

—¿Con qué? Tu hermana no te necesita todo el tiempo.

—Mi sobrino se rompió el brazo. Mi hermana trabaja. Alguien tiene que cuidarlo.

—¿Y eso te lleva tres días?

—Me lleva lo que me lleve, Carlos.

Hubo una pausa. Oí su respiración, esa forma que tiene de suspirar cuando está frustrado, cuando no entiende por qué el mundo no se doblega a su voluntad.

—¿Vas a volver? —preguntó, finalmente—. Necesitamos hablar.

—¿De qué? ¿De tu secretaria? ¿Del asiento trasero de tu coche de empresa?

—Sofía, por favor…

—Mi hermana y mi sobrino me necesitan. —La frase salió firme, práctica, y me di cuenta de que era cierta, aunque no de la forma que él entendía—. Te llamo cuando pueda.

—Esto no se arregla ignorándome.

—Yo no te estoy ignorando. Te estoy colgando.

Y lo hice. Dejé el teléfono en la mesa, miré mi reflejo en el espejo del armario: mejillas sonrojadas, pelo desordenado, ojos de mujer que no sabe qué está haciendo. Me di cuenta de que había sonreído al colgar. Una sonrisa pequeña, vengativa, que no me pertenecía.

Sigo molesta, pensé. No le perdono nada. Esto que siento, esto que estoy haciendo, no tiene nada que ver con Carlos. Es solo… abstinencia. Frustración. Normalidad.

Me dije esto mientras volvía al baño, más lenta esta vez. Me dije esto mientras empujaba la puerta, ya sin cuidado, ya sin pretensión de sorpresa.

Y entonces vi lo que Isabel había hecho.

Seguía de rodillas pero ahora la esponja yacía olvidada en el suelo mojado, y su boca, pintada de rojo intenso, estaba completamente abierta alrededor de la cabeza gruesa de la polla de Diego. No era delicada. Era feroz, hambrienta, moviéndose arriba y abajo con una rapidez que contrastaba con la lentitud de antes.

—¡Isabel! —Mi voz salió estridente, aguda—. ¡Te dije que no!

Ella se detuvo. Solo se detuvo. No se apartó, no se disculpó. Mantuvo la polla en la boca, los labios cerrados alrededor de la mitad, y me miró con ojos vidriosos de lujuria.

—Mmm-mmm —murmuró, negando con la cabeza, y el sonido vibró en Diego, que gimió, incapaz de contenerse.

—¡Sácate eso de la boca!

Lo hizo. Lentamente, con una succión final que hizo que Diego jadeara, y luego se apartó, dejando un hilo de saliva que se estiraba, brillante, entre sus labios y la punta roja.

—Estaba probando —dijo, como si no fuera obvio—. Para ver si estaba bien limpia.

—¡Eso no es limpiar! ¡Eso es… eso es…!

—¿Sexo oral? —completó, sonriendo—. Sí. Lo es. Y es delicioso, Sofía. Deberías probarlo.

—¡Es mi sobrino!

—Y es un hombre. Un hombre joven, sano, que lleva… ¿cuánto, Diego? ¿Días sin poder tocarse?

—Una semana —respondió él, casinaudible, avergonzado pero excitado, confundido pero presente.

—Una semana —repitió Isabel, como si fuera una tragedia—. Eso no es saludable, ¿sabes? Para un hombre. Acumular todo eso. Especialmente uno tan… —miró hacia abajo, hacia la polla que seguía sosteniendo con la mano—. Tan dotado.

—Isabel, esto es enfermizo.

—¿Enfermizo? —Se rio, y el sonido fue genuino, sin malicia—. Es biología, Sofía. Un hombre joven debe follar todos los días. Todos. Los. Días. —Enfatizó cada palabra con un pequeño movimiento de su mano, y Diego gimió de nuevo—. Es para su salud. Para su bienestar. Yo solo estoy… ayudando.

—No estás ayudando. Estás… estás…

—¿Qué? ¿Dándole lo que necesita? ¿Lo que tú no te atreves a darle?

No pude responder. Isabel aprovechó mi silencio para volver a mirar a Diego, para acercar su rostro a su entrepierna, para darle un pequeño beso en la cabeza de la polla, un beso de complicidad, de promesa.

—Quiero probar tu leche, Diego —dijo, en voz baja, íntima, como si yo no estuviera allí—. Quiero sentir cómo te vienes en mi boca. ¿Me dejas?

—Tía… —Diego me buscó con la mirada, confundido, pidiendo permiso o perdón, no sabía cuál.

—No me mires —dije, pero no sonó firme. Sonó a súplica.

—No seas egoísta, Sofía —dijo Isabel, y ahora su voz tenía filo—. Si no quieres, no te quedes. Pero no me pidas que pare. No cuando esto es tan… —lamió la longitud de la base a la punta, lentamente—. Tan necesario.

Salí.

No corrí, no esta vez. Caminé, rápido, con las piernas temblorosas y el sexo empapado y la mente llena de imágenes que no quería. Cerré la puerta de mi habitación, me apoyé contra ella, me deslicé hasta el suelo.

Y luego, solo entonces, escuché los sonidos. Los gemidos de Diego, ahogados. Los sonidos húmedos, obscenos, de la boca de Isabel. Su voz, de vez en cuando, diciendo algo que no entendía, algo que hacía que él respondiera con jadeos más fuertes.

Me tapé los oídos. No funcionó. Me metí dos dedos en la boca, mordiendo hasta sangrar. Tampoco funcionó.

Al final, hice lo que había hecho la noche anterior. Me toqué, furiosa, culpable, envidiosa, mientras los sonidos del baño llegaban aunque no quisiera oírlos. Y cuando el orgasmo vino, vino con el nombre de Diego en mis labios, mordido, silenciado, traicionero.

Pasé el resto del día como un fantasma.

Serví la comida sin mirarlos a los ojos. Isabel se había arreglado el pelo, el vestido, la sonrisa. Parecía satisfecha, completa, como después de una comida especialmente buena. Diego parecía relajado, eufórico, y no dejaba de mirarme con una curiosidad nueva, intensa. Como si ahora supiera algo de mí que yo no quería que supiera.

Isabel se fue al atardecer. En la puerta, no me agarró del brazo. Solo me miró, con algo que no supe identificar: compasión, tal vez. O victoria.

—Dijo tu nombre —dijo. Al final. Cuando se vino.

No respondí. Cerré la puerta.

Ahora, de noche, estoy aquí otra vez. En la cama. Sola.

La escena se repite en mi cabeza con variaciones imposibles. Conmigo de rodillas. Conmigo saliendo antes, interrumpiendo antes, diciendo algo, cualquier cosa, en lugar de quedarme parada mirando.

Pienso en Carlos, en su llamada, en mi voz firme colgándole. Pienso en que no le he perdonado nada, que el rencor sigue siendo un nudo apretado, que mi orgullo me tiene prisionera en esta abstinencia estúpida.

Y luego pienso en Diego. En su polla. En la forma en que Isabel la miró, primero con admiración, luego con hambre. En lo mucho que yo, su tía, deseé ser la causa de esa admiración. De esa hambre.

Mañana tendré que bañar a Diego otra vez. Estaremos solos.

Y no sé, Dios mío, no sé qué voy a hacer.

Loading

DEJA UN COMENTARIO

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí