Dilema de una buena tía (4)

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T. Lectura: 6 min.

La puerta del dormitorio sonó como un disparo en el silencio espeso de la casa.

Mis pasos fueron los primeros, mecánicos, como si caminara sobre un filo. Los de doña Carmen, justo detrás de mí, eran más lentos, arrastrados por un peso que no era físico. El pasillo, de pronto, se sintió kilométrico. La luz del salón, que entraba a través del arco, era demasiado brillante, demasiado cruda.

Diego seguía en el mismo sitio, recostado en el sofá. El short de algodón fino era una mentira de tela. La forma de su erección, gruesa, recta, obscenamente definida contra el tejido, nos recibió como un desafío silencioso. Él no se movió. Solo sus ojos, oscuros y cargados de una comprensión que me heló la sangre, se desplazaron desde la pantalla del televisor hasta nosotras.

—Tía —dijo, y su voz era ronca, diferente.

—Diego —respondí, pero el nombre se me atoró en la garganta.

Doña Carmen se adelantó un paso. En su postura aún quedaba un vestigio de autoridad, de la mujer que se abotonaba hasta el cuello. Pero sus manos, entrelazadas frente a su falda, temblaban ligeramente.

—Muchacho —comenzó, con el tono que usaba para regañar a Andrés de pequeño—. Sofía y yo hemos hablado. Ese… malestar que describes. No es sano. Un hombre no puede estar así. La congestión puede traer problemas mayores.

Era un discurso médico, prestado, hueco. Diego la miró, sin pestañear.

—¿Y qué podemos hacer, doña Carmen? —preguntó, y su inocencia sonaba falsa. Demasiado perfecta. Era la pregunta de un niño perdido, pero sus ojos no eran los de un niño.

Doña Carmen tragó saliva. El sonido fue seco, audible en la quietud de la sala.

—Podemos… ayudarte —dijo, y las palabras cayeron como piedras en un estanque—. Yo puedo… empezar. Con la mano. Es lo que hace una enfermera. Por salud.

El silencio que siguió fue absoluto. Diego no dijo nada. Solo su respiración se hizo un poco más profunda, y el bulto en su entrepierna pareció crecer, latir bajo la tela delgada.

Doña Carmen se acercó. Sus pasos eran lentos, medidos. Se detuvo junto al sofá, y por un momento, la vi congelada, mirando aquella prominencia como si fuera una serpiente a la que debía dominar. Luego, con un movimiento que pareció costarle una fuerza sobrehumana, extendió la mano.

Sus dedos, pálidos y con venas marcadas, se posaron sobre la tela del short, justo en la punta de la erección. Diego emitió un jadeo sordo, involuntario, y cerró los ojos.

Doña Carmen comenzó a frotar. Al principio, con torpeza, a través de la tela. Un movimiento circular, tímido, profesional. Pero la tela se oscureció casi de inmediato, empapada por la humedad que ya rezumaba. El sonido era húmedo, vergonzoso. Diego gimió, y su pelvis se arqueó ligeramente, buscando la presión.

—Así… —murmuró doña Carmen, pero ya no nos hablaba a nosotras. Se hablaba a sí misma—. Así es como debe ser. Por salud.

Sus dedos se enconaron. Tiró del elástico del short hacia abajo, solo lo suficiente. La cabeza del pene, violácea, brillante de líquido preseminal, emergió sobre el borde de la tela. Doña Carmen contuvo la respiración. Luego, con decisión repentina, envolvió su puño alrededor del miembro y comenzó a masturbarlo con movimientos largos y firmes.

Yo no podía moverme. No podía respirar. La escena me clavaba los pies al suelo. Ver la mano de mi suegra, esa mano que sólo había visto sostener rosarios y planchar camisas, deslizándose con avidez sobre la carne hinchada de mi sobrino… era una profanación. Y era lo más excitante que había visto en mi vida.

El sonido era obsceno. El roce de su piel contra la suya, húmedo, rápido. Los gemidos bajos y animales que Diego ya no podía contener. Doña Carmen jadeaba, su rostro estaba congestionado, y una gota de sudor le corría por la sien. Sus ojos estaban fijos en su trabajo, con una concentración feroz, devota.

Pero pasaron los minutos, y aunque el pene de Diego palpitaba y goteaba, aunque su cuerpo se tensaba en oleadas de placer, el clímax no llegaba. Él abrió los ojos, vidriosos de frustración.

—No… no puedo —jadeó—. Lo siento, doña Carmen. No es suficiente. Duele… duele más.

Doña Carmen se detuvo. Su mano seguía agarrada a él, temblando. Me miró. En sus ojos ya no había cálculo, ni justificación. Solo había pánico, y debajo del pánico, una necesidad tan voraz como la mía.

—Sofía —susurró—. La blusa. Ahora.

No fue una orden. Fue una súplica.

Mis dedos, entumecidos, encontraron los botones de mi blusa. Cada uno que se abría era una rendición, una confesión muda. La tela se separó. El aire frío de la sala me golpeó los pechos, y mis pezones, ya duros y sensibles, se erizaron al instante. No llevaba sostén.

Diego emitió un sonido gutural. Sus ojos se clavaron en mí con una intensidad que me quemó la piel.

—Así —dijo doña Carmen, y su voz era ronca de excitación—. Mírala, muchacho. Mírala bien.

Su mano reanudó el movimiento, más rápida, más desesperada. Yo me quedé allí, inmóvil, ofreciéndome. El rubor me subía por el cuello, pero la humedad entre mis piernas era un río indetenible. Esto era pecado. Esto era traición. Y mi cuerpo, al borde del abismo, cantaba de gozo.

Aún no era suficiente.

Los músculos del vientre de Diego se contraían, su respiración era un jadeo frenético, pero el alivio no llegaba. Su mirada, suplicante, se posó en mi sexo, oculto bajo la falda.

—Sofía… —gimió doña Carmen, y en su voz había lágrimas de frustración carnal—. Lo otro. Lo que hablamos.

No. No podía. Era la línea. La última línea.

Pero la línea ya se había cruzado hacía rato, y solo nos habíamos mentido para no verlo.

Con movimientos que no sentía míos, me di la vuelta. Agarré el borde de mi falda y la levanté lentamente, por encima de mis caderas, exponiendo las nalgas y, finalmente, la tela empapada de mi tanga. Un hilillo de mi propia excitación había bajado por mi muslo interno.

Eso debió bastar como estimulo suficiente para Diego. Pero yo no escuchaba.

Algo más antiguo que la razón, más hambriento que el miedo, tomó el control de mis dedos. Sin que nadie me lo pidiera, sin que hubiera palabra ni gesto que lo justificara, mis pulgares se engancharon en el elástico de la tanga. La lujuria me guiaba como un hilo invisible, tensado por los jadeos de Diego, por la urgencia desesperada en la voz de Carmen, por la presión de ese momento que parecía desgarrar el tiempo mismo.

La bajé. Lento. Deliberadamente seductora.

La tela húmeda se deslizó por mis muslos, centímetro a centímetro, hasta quedar enredada en mis rodillas. El aire frío me golpeó la piel expuesta. Mi sexo, completamente depilado, brillaba bajo la luz del salón, hinchado y visiblemente mojado, los pliegues separados por la excitación, el clítoris erguido y expuesto como una ofrenda profanada.

Diego dejó de respirar.

Su mirada se clavó en mí con una intensidad que sentí física, una quemadura en la carne de mis nalgas. Era más que deseo. Era hambre de algo que no sabía nombrar, que no podía entender todavía, pero que su cuerpo joven registraba con absoluta certeza: esto, esto era la fruta prohibida, el recuerdo que se grabaría en él para siempre, el fantasma que perseguiría en cada mujer futura, en cada oscuridad, en cada mano propia que no fuera suficiente.

Lo sabía. A nivel subconsciente, animal, lo sabía.

Y aun así, no pude detenerme.

Me quedé así, inmóvil, ofreciéndome. La humedad de mi excitación brillaba obscenamente, invitando. Provocando. Desafiando al muchacho a que me olvidara, a que alguna vez volviera a sentirse completo sin esta imagen grabada en su memoria.

El grito de Diego fue ahogado, brutal. Su cuerpo se convulsionó.

—¡Ahora! —rugió doña Carmen, y su mano se convirtió en un pistón frenético.

—Dios santo —susurró doña Carmen, y su voz era de puro terror.

Pero su mano no se detuvo.

Fue entonces cuando él rompió. Un gemido largo, desgarrado, salió de su garganta. Su cuerpo se arqueó como un arco, separándose del sofá. Y yo, con la falda aún levantada, vi cómo, por primera vez, la punta de su pene se abría y un chorro grueso y blanco salía disparado, seguido por otro, y otro, manchando su vientre, la mano de doña Carmen, el sofá.

El olor, acre y masculino, llenó la sala al instante.

Doña Carmen no soltó el miembro hasta que dejó de palpitar. Jadeaba, mirando la leche que goteaba de sus nudillos con una expresión de asombro absoluto. Luego, lentamente, como despertando de un trance, levantó la vista hacia mí.

Yo bajé la falda. Me di la vuelta. Nos miramos.

Diego gimió, un sonido débil y satisfecho, y se dejó caer de espaldas en el sofá. Sus ojos estaban cerrados, una expresión de alivio total, casi beatífica, le relajaba los rasgos. El miembro, aún semierecto y brillante, reposaba sobre su vientre, en medio del desorden que habíamos provocado. La inocencia forzada había desaparecido por completo. Ahora solo había un joven saciado, y el poder que ejercía sobre nosotras nunca había sido más claro, ni más aterrador.

—Gracias —murmuró, sin abrir los ojos. La palabra sonó genuina, infantil casi, y eso lo hizo infinitamente peor.

El silencio que siguió fue casi sagrado.

Diego soltó un largo suspiro de satisfacción y, con movimientos lentos y pesados, se incorporó hasta quedar sentado en el sofá. Su miembro aún semierecto descansaba sobre su vientre, brillando bajo la luz del salón.

En ese preciso momento, doña Carmen —que seguía arrodillada frente a él— giró bruscamente el torso hacia mí, todavía en cuclillas, como si intentara esconderse de él. Su rostro estaba congestionado, los ojos muy abiertos y brillantes. La falda se le había subido casi hasta la cintura en la posición en la que estaba, dejando sus muslos pálidos completamente expuestos.

Entonces lo vi.

Su mano derecha estaba entre sus piernas, presionando con fuerza sobre la tela de sus bragas. Justo en el centro había una mancha oscura y grande de humedad que se extendía obscenamente. Sus dedos se movían en pequeños círculos lentos, casi inconscientes, como si su cuerpo actuara por cuenta propia.

Cuando nuestras miradas se encontraron, doña Carmen me lanzó una mirada cómplice, casi desesperada. Sus ojos decían claramente: No sé qué le pasa a mi cuerpo… no puedo controlarlo.

Por un instante eterno, ninguna de las dos habló. Solo nos miramos, compartiendo esa vergüenza ardiente y esa excitación traicionera.

Luego, como si despertara de un sueño, doña Carmen pareció darse cuenta de lo que estaba haciendo. Sus dedos se detuvieron bruscamente. Parpadeó varias veces, horrorizada consigo misma. Con un esfuerzo visible, apartó la mano de entre sus piernas y se levantó torpemente, bajándose la falda en cámara lenta. Lo hizo dándole la espalda a Diego, como si al no verlo, él tampoco pudiera verla a ella.

La tela descendió con lentitud vergonzosa sobre sus muslos, cubriendo la evidencia de su excitación. Cuando por fin la falda estuvo en su sitio, doña Carmen se quedó quieta un segundo, respirando agitadamente, con la mirada clavada en el suelo.

Diego, aún sentado en el sofá, no pareció notar nada. Tenía los ojos entrecerrados, respirando con calma, disfrutando del agotamiento placentero que le habíamos regalado.

Yo, en cambio, no podía apartar la imagen de la mente: la mano de mi suegra temblando entre sus piernas, la mancha oscura en sus bragas, esa mirada de absoluta rendición que me había dedicado.

Doña Carmen finalmente se atrevió a mirarme de nuevo. Esta vez ya no había justificación médica ni discurso de “por salud”. Solo quedaba una verdad cruda flotando entre nosotras:

Las dos estábamos perdidas.

Diego murmuró casi dormido, con voz satisfecha:

—Gracias… de verdad.

Ninguna de las dos contestó.

El reloj siguió tic-tac, indiferente, mientras el olor a sexo seguía flotando espeso en el aire, recordándonos lo que ya no podríamos borrar nunca.

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