Dilema de una buena tía (6)

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La tensión del salón se disipó, pero dejó atrás un silencio espeso. Verónica se levantó del suelo con un movimiento brusco, limpiándose la mano en el vestido con gestos que pretendían ser casuales. Demasiado repetidos. Demasiado rápidos.

—Necesito un vaso de agua —murmuró con voz quebrada, casi corriendo hacia la cocina.

Diego soltó un suspiro largo y satisfecho, estirándose como un gato. El semen seco y blanquecino manchaba su abdomen y su short. El olor a sexo seguía flotando en el aire, denso y animal.

—Gracias, tía… —dijo con una nueva complicidad en la voz, casi un ronroneo.

Gracias, tía… Qué lindo suena eso después de que te corriste gracias a la paja de Verónica. Me encanta cómo ya me mira diferente. Como si supiera que esto recién empieza.

Las horas siguientes fueron una farsa ridícula de normalidad. Almorzamos en silencio. Verónica apenas probaba bocado, mientras Diego comía con un apetito voraz y descarado. Yo solo observaba, esperando el momento perfecto.

Cuando la luz de la tarde empezó a bajar, el short holgado de Diego mostraba claramente las manchas rígidas. Se movía incómodo, como si la tela le molestara.

Ahora que tanto mi suegra como mi cuñada son cómplices y sé que no me van a delatar con mi marido, se me ocurre aprovechar un poco la situación.

Subí a mi habitación con el corazón latiendo fuerte. Abrí el armario y elegí con cuidado sádico: un short de algodón gris extremadamente corto y suelto, que apenas cubría la mitad de mis nalgas. Una playera blanca vieja, enorme, de tela muy fina y casi transparente. No me puse nada debajo. Ni bragas, ni sostén.

Me miré en el espejo y sonreí.

Mírate… Pareces una tía preocupada, pero en realidad eres una zorra. Esta tela mojada va a volverse completamente transparente. Mis tetas, mis pezones duros, el contorno de mi coño… Quiero que Verónica y Diego contemplen mi cuerpo. Si no me es posible follar con Diego en presencia de Verónica, al menos voy a obtener placer de la situación morbosa y de torturarlos a los dos.

Cuando bajé, Diego se quedó sin aliento. Sus ojos recorrieron mis piernas desnudas, la playera que apenas cubría mis nalgas y cómo mis pechos se movían libres bajo la tela blanca. Tragó saliva audiblemente.

—Con todo este desorden —dije con voz casual—, ya es hora del baño, Diego.

Verónica levantó la cabeza de golpe, alarmada.

—No hace falta, tía. Yo puedo bañarme solo… —intentó decir Diego.

—No —lo corté con suavidad pero firme—. Después de lo de esta mañana, necesita una higiene completa. Verónica y yo te vamos a ayudar.

Verónica palideció visiblemente.

—Verónica, cariño, no te alarmes —dije con una sonrisa que pretendía ser tranquilizadora—. Esta vez yo me encargo. Tú solo tienes que observar y asistir. Como una buena enfermera en prácticas.

Observar… Sí. Quiero que esta niña inocente vea cómo se complace a un hombre. Quiero que se le grabe en la retina para siempre.

Ella asintió de forma mecánica, demasiado abrumada para oponer resistencia.

La luz anaranjada de la tarde llenaba el salón cuando repetí:

—Se ha hecho tarde, hay que apurarnos.

Verónica se tensó.

—¿Ahora? —preguntó con voz aguda.

—La higiene es parte del tratamiento —respondí con tono profesional—. Y después del “procedimiento” de esta mañana, es imprescindible. No vamos a hacer esto a medias.

Diego se levantó sin protestar, con una chispa de excitación en los ojos. Verónica, en cambio, parecía clavada al sofá.

—Yo… puedo esperar aquí —tartamudeó, suplicando con la mirada.

—No —dije extendiendo mi mano hacia ella, pero no como una invitación, sino como una orden—. Eres parte de la asistencia. Ven.

La palabra “asistencia” pareció romper su resistencia. Tomó mi mano con dedos helados y temblorosos. Caminamos los tres por el pasillo: Diego adelante, yo en medio sintiendo cómo temblaba Verónica, y ella detrás, arrastrando los pies como si la llevaran al patíbulo.

Al entrar al baño pequeño, cerré la puerta con un clic suave pero definitivo. Verónica se estremeció.

El silencio en el baño era tan denso que se podía sentir. Solo se escuchaba el goteo del agua en la regadera y la respiración agitada de Verónica.

—Primero hay que quitarle la ropa sucia —anuncié.

Me acerqué a Diego hasta casi rozarlo. El olor a sexo seco y sudor seguía fuerte en su cuerpo, más intenso ahora por el calor del baño. Noté cómo movía el brazo izquierdo con cuidado, el yeso blanco rígido desde la muñeca hasta el codo, resto del accidente que lo mantenía dependiente de nosotras.

—Ayúdame, Verónica. Toma del otro lado de la camiseta.

Ella se acercó como un autómata. Sus dedos temblorosos agarraron la tela. Por un segundo nuestras miradas se cruzaron sobre el hombro de Diego. La de ella estaba llena de pánico. La mía, de anticipación perversa.

Así, mi niña… siente cómo es pegarte a un hombre sudoroso. Siente su calor. Quiero que tu concha se vaya humedeciendo…

—Ya —susurré.

Juntas levantamos la camiseta. Diego alzó el brazo derecho con naturalidad; el izquierdo, envuelto en yeso, se movió más lento, sin dejar de ser funcional. La tela pasó por su cabeza, revelando el torso que había construido antes del accidente: pectorales duros, hombros anchos, abdomen marcado por líneas que descendían en V hacia la cintura. Un cuerpo de gimnasio, ahora postrado en nuestras manos.

Las manchas secas y blanquecinas de su corrida matinal contrastaban contra su piel morena. El olor a sexo se hizo más denso.

Verónica apartó la mirada al instante, clavando los ojos en los azulejos. Su pecho subía y bajaba con rapidez.

Ahí está… esa mirada de horror. Pero también vi cómo tragó saliva, cómo sus ojos se escaparon hacia los músculos de su abdomen. No quiere mirar, y aun así vuelve. Qué dulce es corromper algo tan frágil.

Dejé la camiseta en el suelo mojado. Mis dedos bajaron hasta el elástico del short. La tela estaba rígida, tensa, levantada por lo que contenía: su polla completamente dura, empalada contra la tela, la punta húmeda dejando mancha oscura visible.

—Verónica —llamé con voz más baja, casi íntima—. No me dejes hacer todo el trabajo. Agarra del otro lado del elástico.

Ella se quedó congelada. Podía ver la batalla en su rostro: repulsión, miedo, y esa curiosidad que empezaba a asomar. Sus ojos, contra su voluntad, se posaron en la protuberancia del short, en la forma obvia de su erección.

Vamos, Verónica… Sé que una parte de ti quiere volver a ver esa hermosa polla. La última vez estabas tan nerviosa que ni lo disfrutaste. Mírala ahora, cómo se marca contra la tela. Cómo lo necesita.

Finalmente, con movimiento torpe y tembloroso, extendió la mano y sujetó el elástico. Sus dedos helados rozaron los míos.

—Bien —dije suavemente—. Ahora… juntas. Despacio.

Nos agachamos al mismo tiempo. Tiramos del short hacia abajo. La tela se deslizó por sus caderas, enganchándose un momento en la polla erguida —gruesa, roja, la punta goteando preseminal— antes de caer hasta sus tobillos.

Diego quedó completamente desnudo frente a nosotras. El yeso blanco en su brazo contrastaba con la piel oscura, pero lo que dominaba la vista era su verga: pesada, palpitante, emergiendo de ese cuerpo atlético como una exigencia.

Verónica soltó un sonido ahogado, casi un gemido de angustia, y dio un paso atrás, chocando contra la puerta. Sus ojos no podían apartarse.

Wow. Diego se encuentra totalmente empalmado. Me pregunto si será por verme a mí con poca ropa, o será el morbo de ver a Verónica incomodarse mientras sus ojos no pueden dejar de ver su polla con especial atención.

—Perfecto —dije rompiendo el silencio, como si nada—. Ahora sí podemos limpiarlo bien.

Abrí la llave del agua. El chorro caliente comenzó a caer con fuerza, llenando el baño de vapor rápidamente.

—Adelante, Diego.

Diego entró bajo el agua. El calor lo hizo soltar un suspiro de alivio. Se dio la vuelta para quedar de frente a nosotras, con el agua cayendo por su pecho y abdomen.

Yo me quité las sandalias y, sin decir una palabra más, entré a la regadera con él. El agua caliente me empapó al instante.

Verónica abrió mucho los ojos.

Mi short gris se volvió oscuro y se pegó a mi cuerpo como una segunda piel. La playera blanca grande se adhirió completamente a mis pechos, volviéndose casi transparente. Mis pezones, duros por la excitación y el contraste de temperatura, se marcaban con total claridad bajo la tela mojada.

Diego me miró fijamente. Su respiración cambió.

Sí… mírame. Mira lo que tu tía es capaz de hacer. Y tú, Verónica, no pierdas detalle. Quiero que veas cómo se excita tu primo mirándome.

Desde afuera, a través de la cortina de plástico transparente cubierta de vapor y gotas, Verónica tenía una vista completa del espectáculo.

Tomé la barra de jabón y empecé a pasarla por los hombros y brazos de Diego con movimientos lentos y deliberados.

—La limpieza tiene que ser muy completa —dije en voz alta para que Verónica escuchara bien—. Sobre todo después de lo de esta mañana.

Bajé por su pecho, su abdomen. Luego dejé el jabón a un lado.

Mis dedos envolvieron su miembro, ya hinchado, rojo, palpitando, con un poco de líquido preseminal en la punta.

Diego soltó un gemido grave.

Qué polla tan sabrosa… Nunca deja de sorprenderme lo grande y gruesa que es. Ciertamente es más grande que la de mi esposo. Uuff, y yo que poco ocupo para hacerme agua con la idea de cualquier polla, debido a mi abstinencia…

Empecé a mover la mano con lentitud al principio, lavándolo con cuidado.

Verónica no decía nada. Solo se escuchaba su respiración entrecortada desde el otro lado de la cortina. Sus ojos estaban fijos en la escena: mi cuerpo semidesnudo y empapado, la playera completamente transparente pegada a mis pechos, y mi mano moviéndose rítmicamente sobre la hermosa polla de Diego.

Mi mano se detuvo un instante. Un segundo, no más. Y en ese segundo el mundo se contrajo hasta quedar reducido a esto: el calor de su polla en mi puño, la mirada de Diego devorándome las tetas, el agua cayendo.

Quiero chuparla.

La idea surgió sin permiso, sin elegancia. Desnuda. Animal.

Quiero metérmela en la boca hasta que me ahogue. Hasta que me salga por la nariz. Quiero que me agarre del pelo con la mano buena y me folle la cara, que me use como el puto juguete que soy. Que me llene de leche hasta que no pueda tragar más y me escurra por la barbilla.

Diego gimió. La mano sobre su polla se tensó sola, sin que yo le ordenara nada.

Pero no quiero solo eso.

La imagen cambió. Violenta. Inmediata.

Quiero estar sola con él. La puerta cerrada. Verónica echada a patadas. Y montarlo. Sentir cómo me parte por la mitad, cómo esa polla gruesa me estira la concha después de tanto tiempo de nada, de dedos inútiles, de un marido que ya ni me mira. Quiero sentir el dolor del primer embiste, sí, ese dolor que me hace ver estrellas, que me hace morder mi propio labio hasta sangrar.

El agua seguía cayendo. Mi mano se movía sola, mecánica, mientras yo estaba ya montada sobre él en mi cabeza, cabalgando, cabalgando.

Sin piedad. Sin amor. Solo carne contra carne. Mi concha mojada resbalando sobre su polla, golpeándome el clítoris en cada bajada, esa fricción exacta, esa que me vuelve estúpida, que borra todo. Quiero que me agarre la cintura con la mano sana y me clave hasta el fondo, que me deje moretones, que mañana me duelan las caderas y sepa por qué.

Diego jadeó. Cerca. Demasiado cerca.

Y cuando se corra, cuando no pueda más, yo no pararé. Seguiré cabalgando sobre su polla sensible, torturándolo, usando su propia leche como lubricante para mi orgasmo. Ese que viene desde abajo, desde el centro, que me contrae toda, que me hace gritar como puta, que me deja temblando, chorreando, vaciada. El que necesito. El que merezco.

—Tía…

La voz de Diego, rota, me sacó del trance como una bofetada.

Aceleré el movimiento. Diego gimió más fuerte y apoyó una mano en la pared.

Aceleré el movimiento. Diego gimió más fuerte y apoyó una mano en la pared.

—Tía… —jadeó, con la voz ronca.

—Relájate, Diego —murmuré cerca de su oído, pero lo suficientemente alto para que Verónica escuchara—. Déjate llevar.

Mi mano subía y bajaba con más decisión. La espuma y el agua hacían que el movimiento sonara obsceno. Incliné mi cuerpo hacia él, dejando que la playera mojada se abriera más, mostrando claramente mis pechos.

Esto es mucho mejor de lo que imaginé. Verónica no puede dejar de mirar. Está presenciando cómo su cuñada, vestida como una puta, le está pajeando a un completo desconocido que no es su hermano, delante de ella. Quiero que esta imagen la persiga cuando esté sola en su cuarto.

El cuerpo de Diego empezó a tensarse.

—Estoy cerca… —gruñó.

—No pares de mirar, Verónica —dije con voz firme—. Esto es parte de la higiene. Tienes que aprender.

Diego soltó un gemido largo y profundo. Su cuerpo se sacudió con fuerza mientras se corría entre mis dedos. Los chorros calientes se mezclaron con el agua y fueron arrastrados por el desagüe.

Mantuve el ritmo hasta que terminó de vaciarse, luego bajé lentamente la velocidad.

Cerré la llave del agua.

El silencio repentino fue ensordecedor. Solo se escuchaban nuestras respiraciones agitadas y el goteo del agua.

Salí de la regadera chorreando. La playera y el short se pegaban obscenamente a mi cuerpo, completamente transparentes. Mis pezones seguían duros y claramente visibles. Pasé muy cerca de Verónica, que permanecía paralizada contra la puerta con las mejillas claramente enrojecidas.

Ella no podía apartar la mirada de mí. Sus ojos iban de mi cuerpo mojado y expuesto al de Diego, que seguía dentro de la regadera con la cabeza baja, recuperándose.

—Ya está —dije con voz calmada y serena, como si acabara de dar una clase de cocina—. Limpio y sin riesgo de congestión.

Me pasé una mano por el cabello mojado y la miré directamente a los ojos.

—¿Viste cómo se hace, Verónica? —pregunté con una ligera sonrisa—. Por si algún día tienes que… asistir tú sola.

Ya está. La semilla está plantada. Esa imagen de mí, su cuñada, masturbando a mi sobrino bajo el agua, con la ropa transparente, va a volver a su mente una y otra vez.

Verónica no respondió. Solo se quedó ahí, con los labios entreabiertos, respirando agitada, como si su mundo entero acabara de cambiar de forma irreversible.

Pasé a su lado, dejando un rastro de agua en el piso, y abrí la puerta del baño.

La lección había terminado.

Pero sabía que, para Verónica, el verdadero tormento apenas estaba comenzando.

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