El aprendiz de doña Lulú

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Lunes por la tarde. Yo aún con muchas cosas que hacer.

Lo que me faltaba: mi hijo me acaba de mandar un mensaje. Que ya viene en camino, pero que invitó a dos de sus amigos a jugar.

Le he dicho que no haga eso. Sabe que los lunes en la noche los dedico para mis mascarillas y mi pedicure. Es mi momento. Mi ritual. Mi paz.

—¡Mamá, ya llegué! —me gritó desde la puerta.

Solo le respondí que sí. Recién me salía de bañar y no iba a bajar así, en bata, con el pelo mojado, la cara limpia.

—Les dejé algo para que coman ahí en el horno. Solo ponle tres minutos —le dije.

—Gracias, mamá.

Todo transcurría sin novedad. Los escuchaba cómo se divertían jugando, las risas, los gritos frente a la tele. Yo seguí en mi habitación, con mis cremas, mis mascarillas, mi paz.

Pero algo me inquietaba.

Voy a tener que bajar a la cocina de rápido, pensé. Sirve que me aseguro de que esté todo bien.

Bajé. Y sí, todo bien. Dos jóvenes y mi hijo jugando videojuegos en la sala. Ni me vieron. O hicieron como que no.

—Voy a estar en mi habitación, consintiéndome —les dije—. Si ocupas algo, me avisas, hijo.

—Sí, mamá.

Subí. Llevaba pepino, aguacate para mis mascarillas. Y una botanita para mí. Me acosté en la cama, en bata, con la tele prendida pero sin verla. Solo disfrutando el silencio después del ruido.

Cuando de repente, abren mi puerta.

Era uno de los amigos.

—Perdón, doñita, perdón —dijo, todo nervioso—. Yo quería ir al baño y creo que me equivoqué.

—No pasa nada —respondí, sin moverme—. El baño está dos puertas adelante.

Pero él no se iba. Se quedó ahí, parado en el marco, como si algo lo retuviera.

—Oye —dije, incorporándome apenas—. A ti no te conocía.

—Yo soy hermano de Gerard —explicó—. El amigo de su hijo. Su hijo nos invitó a los dos. Yo soy el hermano mayor.

—Ahhh —hice, como si entendiera—. ¿Y cómo te llamas?

—Andrés. Para servirle.

—Yo soy Lulú —dije, sonriendo—. Puedes decirme Lulú. Para que no me digas doñita.

—Ok, doñita… doña Lulú.

Me reí. Él también. Pero sus ojos… sus ojos no se reían. Sus ojos miraban otra cosa.

No sé si era mi imaginación, pero Andrés no me quitaba los ojos de encima. Sentía cómo me desnudaba con la mirada. Y yo ahí, tan vulnerable, en bata, recién bañada, con la piel todavía caliente.

Se dio la media vuelta y se fue.

Yo continué en lo mío. Pero algo había cambiado. El aire se sentía distinto.

Hora y media después.

Toc, toc.

—Adelante —dije, sin pensar.

Y era Andrés.

—Hola, Andrés —le dije, con una sonrisa.

—Oiga, doña Lulú —dijo, con la voz más temblorosa que antes—. ¿Me deja pasar a su baño?

—Ya sabes que sí —respondí—. No me tienes que preguntar tantas veces.

—Ok —dijo, y pasó.

Esta vez lo notaba más nervioso. Las manos le temblaban. La respiración entrecortada.

—¿Pasa algo? —le pregunté.

—Sí —respondió, sin mirarme a los ojos.

—Dime. Sin problema.

Se quedó callado un momento. Tragó saliva. Y luego soltó:

—Es que su hijo nos ha contado que usted no tiene esposo… y yo quería invitarla a salir.

—¿En serio? —pregunté, medio riendo—. ¿A dónde me llevarías?

—Al hotel —dijo, sin dudar.

Me moría de risa por dentro, pero me aguanté. Quería ver hasta dónde llegaba.

—¿Así de rápido? —le pregunté.

—Es que eso hacen los novios —respondió, con una mezcla de seguridad e inocencia.

—¿Y tú quieres que yo sea tu novia?

—Sí —dijo, mirándome a los ojos por primera vez.

—Ven —le señalé la orilla de la cama—. Siéntate aquí.

Se sentó. Sus piernas temblaban.

—¿Cuántos años tienes? —pregunté, aunque ya lo sabía.

—Diecinueve.

—Yo tengo treinta y ocho.

—Yo quiero una novia como usted —dijo, sin inmutarse.

—¿Por qué? Cuéntame.

Se quedó callado un momento. Bajó la mirada. Y luego, con la voz casi en un susurro, confesó:

—La verdad… quiero que me enseñe a hacer el amor.

—Para eso no necesitamos ser novios —dije, acariciándole la mejilla—. Puede ser de amigos.

Sus ojos se abrieron. Brillaron.

—¿De verdad?

—Claro. Si quieres, te enseño.

—¿De una vez? —preguntó, con la voz rota.

—Están los chicos —dije, mirando hacia la puerta—. Pero en la noche puedes venir.

—¿A qué hora?

—A las nueve.

—¡Sí! —contestó sin dudar, con una sonrisa de oreja a oreja.

Le dije que anotara mi número. Que me escribiera cuando ya viniera. Salió de la habitación caminando en el aire.

Y así fue. A las nueve en punto.

“Ya estoy afuera”, me escribió.

Le respondí: “Pásate despacito. Directo a mi habitación. Ahora voy.”

Terminé lo que estaba haciendo. Me miré al espejo. Me puse mi bata de seda negra, la que me hace sentir poderosa. Me solté el pelo. Me mordí los labios.

Bajé.

Llegué a mi habitación. La puerta estaba entreabierta. Entré.

Y ahí estaba.

Desnudo. Acostado en mi cama. Con una erección que parecía haber estado esperando toda la tarde. Me imagino que la tuvo que aguantar. Las ganas. Las horas. Los nervios.

—Hola, Andrés —dije, cerrando la puerta con llave.

—Hola, doña Lulú —respondió, con la voz temblorosa.

Se levantó. Me quedé quieta. Me miró de arriba abajo. Pero esta vez no era la mirada nerviosa de antes. Esta vez era una mirada de deseo. De ansias locas de poseerme.

Me sonreí.

Y le bailé.

Sin música. Solo yo, moviendo mis caderas al ritmo de su respiración. Me quité la bata despacio, dejando que cayera al suelo. Me quedé en nada. Mis tetas firmes. Mi piel morena brillando bajo la luz de la lámpara.

Él estaba hipnotizado. No podía apartar los ojos. Su miembro se movía solo, palpitando.

Me acerqué. Lo empujé suavemente para que se recostara. Me subí sobre él.

Lo ayudé. Lo guie. Hacia mi entrada. Despacio. Muy despacio.

Entró.

Su cara… Dios mío. Su cara de placer me volvía loca. Los ojos cerrados. La boca entreabierta. Los labios temblando.

—Así —le susurré—. Tú no hagas nada. Solo disfruta.

Empecé a moverme. Arriba y abajo. Marcando el ritmo. Su verga se movía dentro de mí, deliciosa, caliente, dura. Mi coño la comía. La tragaba entera. Él solo gemía.

—Ay, doña Lulú… —susurraba.

—No digas nada —le ordené—. Solo siéntelo.

Aumenté el ritmo. Él se retorcía de placer. Agarrando las sábanas. Mordiéndose los labios. Le sudaba la frente.

Yo seguía. Más rápido. Más profundo. Quería hacerla explorar. Quería que sintiera cada centímetro de mi coño apretándolo.

Y quería más.

Quería sacarle toda la lechita que llevaba acumulada. Días. Semanas. Tal vez años de no tener a nadie que lo enseñara.

Más rápido.

Más rico.

Él lo disfrutaba como loco. Pero notaba en su respiración que ya no iba a aguantar por mucho tiempo. Los jadeos se volvían más cortos. Más agudos.

—Doña Lulú… ya, por favor… —decía, con la voz cortada—. Yaaaa…

—¿Ya qué? —pregunté, sin parar.

—Ya no aguanto… ya no más…

Pero mientras lo decía, sus manos me apretaban las caderas con más fuerza. Me empujaban hacia abajo. Como si me pidiera lo contrario. Como si necesitara más.

—Me vas a sacar la leche —gimió—. Ay, se me sale la leche… ¡se me va a salir!

Casi gritaba.

Yo no paré. Al contrario. Aumenté el ritmo una vez más. Hasta que lo sentí.

Un gemido largo. Profundo. Ronco.

Sus ojos se pusieron totalmente en blanco. Su cuerpo se arqueó. Se retorció de tanto placer. Sudando. Temblando.

Y una explosión caliente dentro de mí. Me llenó entera. Pulsación tras pulsación. Hasta que quedó exhausto. Sin fuerzas. Con el pecho subiendo y bajando como si hubiera corrido una maratón.

Me quedé sobre él un momento. Sintiendo cómo se iba apagando dentro de mí. Cómo su respiración volvía a la normalidad.

Me incliné y le di un beso en la frente.

—Bien —dije—. Para ser la primera vez, no estuvo mal.

—¿Primera vez? —preguntó, todavía sin aliento—. ¿Eso no fue…?

—Eso fue una lección —respondí, sonriendo—. La primera de muchas, si te portas bien.

Me miró con los ojos brillantes.

—¿Muchas?

—Claro —dije, bajándome de él y tomando mi bata—. Esto no termina aquí, Andrés. Tienes mucho que aprender.

Se sentó en la cama, desnudo, sudoroso, con una sonrisa de oreja a oreja.

—¿Cuándo es la próxima clase? —preguntó.

—Estudiante aplicado, ¿eh? —me reí—. Ya veremos. Por ahora, vístete. Y sal igual que entraste: despacito y sin hacer ruido.

Se vistió rápido. Antes de irse, se acercó, dudó un segundo, y me dio un beso en la mejilla.

—Gracias, doña Lulú —susurró.

—De nada, Andrés. Y recuerda: esto es nuestro secreto.

Salió. Cerré la puerta. Me quedé apoyada en la madera, con el corazón acelerado y el coño todavía lleno de él.

Y sonreí.

Los lunes ya no serían solo para mascarillas y pedicure.

Fin

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1 COMENTARIO

  1. Woooow que excitante la primer lección de Andrés! Espero nos compartas más, saludos DulceErotica!!!

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