El castillo de los fetichistas

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En las alturas brumosas de una región de Europa Central, se erigía en la cima de una montaña, un imponente Castillo, construido en estilo neogótico, con sus torres puntiagudas perforando el cielo y sus murallas vigilando los valles verdes, el castillo no solo era un símbolo de linaje real, sino también un refugio para los secretos más oscuros de la aristocracia, el actual señor del castillo, era un multimillonario sudamericano, pero le gustaba hacerse llamar el Barón, quien en las sombras de los salones privados, exploraba sus placeres y fetiches, inspirados en antiguas leyendas de dominación y sumisión que se susurraban en las cortes europeas.

Era una tarde de otoño, cuando el sol se filtraba a través de las altas ventanas arqueadas de la gran sala de audiencias, proyectando débiles rayos dorados sobre el parquet pulido. Afuera, el paisaje se extendía en colinas ondulantes, con el propio castillo reflejado en la distancia como un guardián eterno.

Dentro, el barón se erguía en el centro, su figura imponente envuelta en un traje de una especie de látex negro, un material exótico y revolucionario que había llegado a sus manos a través de contactos en las fábricas químicas emergentes, moldeado en prendas que ceñían el cuerpo como una segunda piel y que mantenía su temperatura en grados constantes, que permitía ser usados por grandes periodos de tiempo. El traje cubría su torso ancho, con patrones hexagonales que evocaban escamas de dragón, brillando bajo la luz como obsidiana pulida. Sus hombros estaban acentuados por hombreras elevadas, y sus pantalones ajustados delineaban sus muslos, terminando en botas altas que crujían con cada paso.

Una máscara completa ocultaba su rostro, con aberturas para ojos y boca que le daban un aire demoníaco, enmarcando su mirada penetrante y su sonrisa autoritaria. Sus manos, enguantadas en látex fino y negro, se flexionaban con anticipación, el material suave y elástico prometiendo un toque que era a la vez frío y sensual.

A sus pies, arrodilladas en sumisa devoción, estaban sus dos consortes Elise y Sofia, mujeres que habían elegido libremente este camino de placer. Ambas habian manifestados sus fantasías y fetiches en redes sociales, atraídas por el magnetismo del Barón y la promesa de hacer realidad sus fantasías fetichistas, incluyendo dominación. Les gustaba –no, anhelaban– ser guiadas por su mano firme, encontrando en la sumisión una liberación que la sociedad vainilla les negaba. Sus trajes eran idénticos en su erotismo, usaban catsuits de látex negro que abrazaban cada curva de sus cuerpos voluptuosos, desde los cuellos altos hasta los pies enfundados.

El material brillaba con un lustre aceitoso, acentuando sus senos plenos y redondeados, sus caderas anchas y sus vientres suaves, con pliegues que se marcaban tentadoramente. Máscaras idénticas a la del Barón cubrían sus cabezas, dejando solo ojos expresivos y bocas entreabiertas visibles, sus labios pintados de rojo oscuro contrastando con el negro impenetrable. Guantes largos llegaban hasta sus codos, y sus posturas –rodillas separadas, manos sobre los muslos– eran un acto de consentimiento total, sus cuerpos temblando de excitación anticipada.

El Barón extendió una mano enguantada hacia Elise, la de la izquierda, y rozó su mejilla enmascarada. El látex de su guante se deslizó con una suavidad fría y resbaladiza, enviando un escalofrío por su espina dorsal. “Sientes eso, mi dulce Elise?”, murmuró con voz grave. Ella asintió, jadeando suavemente; el toque era como hielo envuelto en seda, despertando cada nervio bajo la fina capa de su propio traje. El látex amplificaba las sensaciones: el frío inicial se convertía en calor ardiente, haciendo que su piel hormigueara y su pulso se acelerara. Sofia, observando con envidia, se inclinó hacia adelante, suplicando con los ojos.

El Barón las ordenó levantarse, y ellas obedecieron gustosamente, sus cuerpos moviéndose con gracia felina. Comenzó la danza de dominación en la primera posición, el barón las colocó de espaldas contra la ventana, tomó a Elise por la cintura, sus guantes látex deslizándose sobre sus caderas, el roce produciendo un sonido sutil y erótico, como susurros de seda. Entonces primero le toco su intimidad con sus guantes sobre su traje, ella gimió, sintiendo el frío penetrante del látex a través de su traje, que se convertía en un fuego líquido entre sus piernas.

Sofia, a su lado, no fue desatendida, fue besada con fuerza, la boca del Barón reclamando la suya mientras sus manos enguantadas exploraban sus senos, pellizcando los pezones endurecidos bajo el látex. La sensación era exquisita, el guante amortiguaba, pero intensificaba, como un amante invisible que mordía y acariciaba al mismo tiempo. Ambas mujeres se arquearon hacia él, consintiendo con cada suspiro, sus cuerpos húmedos de deseo.

Entonces él las guio al suelo de nuevo, pero esta vez las colocó en cuatro patas, Él se posicionó detrás de Elise primero, desabrochando hábilmente el cierre oculto en su traje para exponer su intimidad. Sus guantes látex exploraron su entrada, los dedos resbaladizos por el aceite que usaban para mantener el brillo, provocando oleadas de placer. “Dime que lo quieres”, ordenó. “Sí, mi señor, lo anhelo”, respondió ella, su voz temblorosa de excitación genuina.

Entonces abrió su entrepierna y su pene salto de su traje, se coloque un anillo peneano para que su erección durara más tiempo y entonces la penetró con firmeza, su traje crujiendo contra el de ella, mientras Sofia observaba, tocándose a sí misma con permiso, sus guantes propios amplificando sus propias sensaciones –el látex contra látex era como electricidad estática, enviando chispas de éxtasis.

Mas tarde el barón se recostó en un diván antiguo, ordenando a las mujeres montarlo en tándem. Sofia se sentó primero sobre su rostro, su traje abierto permitiendo que su lengua la explorara, mientras Elise lo cabalgaba con pasión, sus caderas girando en un ritmo que gritaba consentimiento y deleite. Las manos enguantadas del Barón vagaban por sus cuerpos, primero sobre los muslos de Sofia, el toque frío haciendo que se contrajera de placer; sobre el abdomen de Elise, trazando círculos que la hacían gemir. El látex hacía todo más intenso –sudor se acumulaba debajo, calentando la piel, pero el exterior permanecía fresco y resbaladizo, creando un contraste que las volvía locas.

En la posición final, más dominante, el barón las ató suavemente con correas de cuero –un guiño a las tradiciones prusianas de disciplina– y las penetró alternadamente de pie, con ellas inclinadas sobre la ventana. Sus guantes agarraban sus caderas, el agarre firme pero consentido, dejando marcas rojas bajo el látex que ellas adoraban. Cada embestida era un reclamo, pero ellas respondían con gemidos de éxtasis, sus cuerpos temblando en orgasmos múltiples. “Más, mi señor”, suplicaban, sus voces un coro de sumisión voluntaria. El castillo afuera parecía aprobar, su silueta eterna testigo de placeres que trascendían el tiempo.

Al final, exhaustos y satisfechos, se derrumbaron en un abrazo, los trajes de látex pegándose como amantes inseparables. En aquel castillo adaptado a los fetiches del barón, la dominación no era opresión, sino un baile consentido de poder y placer, donde el Barón reinaba y sus consortes consentían sus deseos y fetiches.

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