Él entra en la habitación sin saludar. Se dirige directamente a la jaula, abre el candado con un chasquido seco y le ordena que salga. Ella obedece de inmediato, gateando desnuda hasta sus pies sobre el suelo frío.
—Al despacho. Ahora —dice él, dándose la vuelta sin esperar.
Ella camina detrás, con la vista en el suelo, escuchando el eco de sus propios pasos descalzos contra la madera. Al entrar, él se sienta en su sillón de cuero y se desabrocha el cinturón. Se baja los pantalones y el calzoncillo, dejando su sexo a la vista, todavía con el rastro del encuentro anterior.
—De rodillas. Aquí, en medio —le ordena, separando las piernas.
Ella se encaja entre sus muslos, sintiendo el calor que desprende su piel.
—Huéleme —dice él, agarrándola del pelo para obligarla a pegar la nariz a su verga—. Aspira bien. Quiero que reconozcas el rastro de la otra.
Ella inhala profundamente. El olor de él está mezclado con un perfume ajeno, dulce y joven, y el aroma denso del sexo reciente de otra mujer. Se le revuelve el estómago de excitación y humillación al mismo tiempo.
—He quedado con una de veinte y pocos en un hotel del centro —empieza él, mientras le acaricia la nuca con brusquedad—. Una cría con la piel perfecta que no sabía dónde se metía. En cuanto cerré la puerta de la habitación, la tiré sobre la cama y le prohibí que me mirara a la cara.
Él la obliga a restregar la mejilla contra su glande, marcándola con el fluido de la otra.
—Estaba aterrorizada, pero chorreaba. La puse de espaldas, le agarré las manos detrás de la nuca y la follen con una rabia que no te puedes imaginar. Se clavaba los dedos en las sábanas mientras yo le daba latigazos con el cinturón en el culo para que dejara de llorar y empezara a gemir de verdad.
—Me suplicaba que fuera más despacio —continúa él, apretando los dedos en el cuero cabelludo de ella—, pero cada vez que abría la boca le soltaba un bofetón con la mano abierta para que se callara. La tenía doblada en el borde de la cama, con el pecho aplastado contra el colchón y el culo en pompa. La folle con una rabia que me hacía sudar; cada embestida era un golpe seco, un impacto de mi pelvis contra sus nalgas que sonaba en toda la habitación. Le metía la polla entera, hasta el fondo, notando cómo sus paredes se estrechaban intentando expulsarme mientras yo la reventaba por dentro.
Él obliga a ella a lamerle la base de la verga, donde todavía queda el rastro pegajoso del sudor de la otra.
—Tenía el culo en carne viva —sigue él, bajando la voz—. Cogí el cinturón de cuero, lo doblé y le di diez azotes seguidos, con fuerza, hasta que la piel se le puso de un rojo oscuro, casi morado. Ella gritaba, hundiendo la cara en las sábanas para no despertar a todo el hotel, y yo aprovechaba ese momento de tensión para metérsela por el culo sin una gota de lubricante. La desgarré un poco, noté cómo se resistía, pero la agarré de las coletas y tiré hacia atrás con tanta fuerza que su cuello crujió. La folle por detrás mientras ella lloraba de dolor, sintiendo cómo mi verga la ensanchaba a la fuerza, entrando y saliendo de ese agujero que no paraba de sangrar un poco.
Él respira con fuerza, reviviendo la excitación de la violencia del acto.
—No la dejé moverse. Estuve una hora dándole por todas partes, alternando entre el coño y el culo, sin darle tiempo a que se recuperara. Le metía los dedos en la boca para que no gritara mientras le propinaba rodillazos en los muslos para que abriera más las piernas. La tenía totalmente dominada, tratándola como un trozo de carne que solo servía para recibir mis golpes y mis embestidas. Estaba tan destrozada que al final ni siquiera podía mantener el equilibrio, se caía de lado y yo la levantaba del pelo para seguir dándole.
Él clava la mirada en ella, que escucha cada detalle con la respiración entrecortada.
—¿Te imaginas el ruido de mi polla entrando en ella después de haberla azotado durante media hora? ¿El olor a sexo y a sudor de una cría que está muerta de miedo pero que no puede parar de recibirme?
Él baja la mano y le hunde los dedos en el coño, que está empapado y ardiendo. Siente cómo ella se estremece al contacto, goteando sobre el cuero del sillón.
—Mírate, estás hecha un asco —dice él con desprecio, restregándole el flujo por los labios vaginales—. Te he contado cómo he reventado a esa puta en el hotel y tú te has puesto a chorrear como una cerda. ¿Te pone cachonda saber que mi verga ha estado dentro de una cría de veinte años mientras tú te pudrías en la jaula? ¿Te gusta imaginarte cómo lloraba mientras yo le daba por el culo?
—Sí, amo… —responde ella con un hilo de voz, temblando de deseo y humillación.
Sin previo aviso, él le agarra el pelo con fuerza y le mete la verga en la boca de un golpe, obligándola a tragársela hasta la garganta. Ella sufre una arcada, pero él no se detiene; empieza a bombear con un ritmo seco, obligándola a mamar con fuerza mientras el olor de la otra mujer le llena la nariz.
—Muerde un poco y te quedas sin dientes —le advierte mientras la sigue follando la boca—. Esa puta la tenía más pequeña que tú, pero sabía usar mejor la lengua. Me la mamaba mientras yo le cruzaba la cara a bofetones, y la tía no paraba. Se tragaba cada centímetro con ganas, sabiendo que si se detenía le iba a dar otro cinturonazo en el culo. Me encantaba ver su cara de pánico mezclada con las ganas de complacerme para que no le pegara más fuerte.
Él le saca la verga de la boca un segundo, solo para que ella pueda recuperar el aire, y le da un revés en la mejilla.
—Sigue. No he terminado de contarte cómo se tragó mi corrida después de haberla usado como a una perra.
—Me corrí en su boca con ganas, un chorro tras otro. La obligué a mantener el semen ahí, sin tragar, mientras yo me limpiaba con su propia ropa. Luego le ordené que se lo tragara todo y que me enseñara la lengua limpia. Estaba tan humillada que ni siquiera podía mirarme a los ojos mientras lo hacía.
Él la agarra del pelo y la levanta del suelo de un tirón, ignorando su quejido. La empuja con violencia contra la mesa del despacho, haciendo que su pecho golpee contra la madera y que los papeles salten por los aires.
—Ponte de espaldas. Apóyate en la mesa y saca el culo —le ordena con voz gélida mientras le presiona la cara contra la superficie dura.
Ella obedece, temblando, con las nalgas en pompa y las piernas abiertas. Él se coloca detrás, rozándole la entrada del culo con su verga todavía húmeda por la saliva de ella y el rastro de la otra.
—Vamos a ver si tú aguantas lo mismo que aguantó esa puta en el hotel antes de empezar a llorar como una cría —dice él, mientras desenvaina el cinturón de nuevo—. Ella me pedía clemencia a cada embestida. Tú te vas a quedar callada mientras te abro por el culo, sabiendo que ella ya ha pasado por esto mismo hace un rato.
Él le propina un bofetón seco en una nalga, dejando la marca de sus dedos al instante.
—Dime que eres mi perra y que te da igual que venga de follarme a otra mientras te trato como a ella.
Él enrolla el cinturón en su mano, dejando apenas unos centímetros de cuero libre para que el golpe sea más seco y doloroso. Sin aviso, descarga el primer latigazo sobre sus nalgas. El sonido del cuero contra la carne desnuda retumba en el despacho.
—¡Abre más! —le ruge, mientras le sujeta la nuca contra la mesa.
Él se posiciona y le clava la verga por el culo de un solo empujón, sin miramientos. Ella suelta un grito ahogado que muere contra la madera de la mesa. Él empieza a embestirla con una violencia mecánica, sacándola casi entera y volviendo a hundirla hasta la base, haciendo que el cuerpo de ella se desplace hacia adelante con cada impacto.
—A esa puta del hotel todavía tengo que domarla —dice él, jadeando por el esfuerzo mientras le suelta otro cinturonazo en el muslo—. Todavía tiene ese miedo que me divierte, esa resistencia que hace que me den ganas de romperle las costillas. Pero a ti… a ti ya puedo romperte de verdad. Ya sé dónde están tus límites y me da igual pasarlos.
Le propina otro golpe de cuero justo en la zona donde su verga entra y sale de ella, mezclando el dolor del azote con la presión del sexo anal.
—Ella lloraba cada vez que le metía un dedo por el culo, pero tú ya estás acostumbrada a que te use como a un vertedero. Sabes que me importa una mierda si mañana no puedes ni sentarte. Ella todavía me mira con esperanza; tú solo me miras con la desesperación de saber que no eres nada.
Él agarra el cinturón con las dos manos, lo pasa por delante del cuello de ella y tira hacia atrás, obligándola a arquear la espalda mientras la sigue follando por detrás con una fuerza bruta que la hace gemir de puro dolor.
—Dime que te gusta que te rompa mientras pienso en la otra. Dime que sientes cómo mi verga te ensancha el culo después de haber ensanchado el de esa cría.
Él aprieta el cinturón alrededor de su cuello, tirando con fuerza para que ella tenga que ponerse de puntillas sobre la mesa mientras él la embiste con una saña animal. El sonido de su pelvis chocando contra el culo de ella es constante, un golpeteo húmedo y violento.
—A esa puta no la pude tratar con tanta rabia —suelta él, con la respiración entrecortada y el sudor goteando sobre la espalda de ella—. Con ella tenía que controlarme para no mandarla al hospital, pero contigo no tengo que fingir. Puedo reventarte el culo hasta que sangres y sé que no te vas a mover.
Le descarga un cinturonazo seco en la parte interna del muslo, una de las zonas más sensibles, justo cuando siente que está llegando al límite. Ella gime, una mezcla de agonía y un placer retorcido que la hace apretar las paredes del ano alrededor de la verga de él.
—Ni se te ocurra —le gruñe él al oído, notando cómo ella empieza a temblar—. Tienes prohibido correrte. Si noto una sola contracción de placer que no sea para recibirme, te juro que te encierro una semana sin tocarte. Vas a quedarte así, cargada de deseo y muerta de dolor, mientras yo me quedo vacío.
Él acelera, dándole los últimos golpes de cadera, cada vez más profundos, más brutales. Siente cómo la presión aumenta y, con un último empujón que la aplasta literalmente contra la mesa, se corre dentro de ella. Nota cómo el chorro de semen caliente invade su recto, llenándola con el despojo de su excitación, mientras ella lloriquea de frustración sexual al tener que contener su propio orgasmo por puro terror a la represalia.
Él se queda un momento ahí, clavado dentro de ella, disfrutando de su pesadez y del temblor de las piernas de su sumisa.
—La otra se corrió tres veces mientras la azotaba —le susurra con desprecio antes de salir de ella de golpe—. Tú te vas a quedar así, empapada y con las ganas quemándote por dentro, para que aprendas que tu placer no me importa una mierda comparado con el mío.
Se sube los pantalones sin limpiarse, dejando que el rastro de la mezcla de ambos gotee por los muslos de ella hacia el suelo.
—A la jaula. Ahora. Sin limpiarte. Quiero que huelas a mí y a puta toda la noche.
Él le da una patada suave pero cargada de desprecio en el costado para que se baje de la mesa. Ella cae al suelo, con las piernas temblando y el culo ardiendo por los cinturonazos y la penetración bruta. El semen de él, mezclado con el rastro de la otra chica, empieza a resbalar por su entrepierna, manchando la madera del despacho.
—Gatea hasta la jaula —le ordena mientras se ajusta el cinturón—. Y no te atrevas a cerrar las piernas. Quiero que vayas dejando el rastro de mi corrida por todo el pasillo.
Ella obedece, arrastrándose de rodillas, sintiendo el frío del suelo y la humillación de ser tratada como un animal de carga que acaba de ser usado. Él camina detrás de ella, observando cómo su cuerpo maltrecho se mueve con dificultad. Al llegar a la jaula, ella entra y se ovilla en el rincón de siempre.
Antes de cerrar la reja, él se agacha y le agarra la cara para que lo mire una última vez.
—Mañana volveré a ver a esa zorrita —suelta con una sonrisa cruel—. Me ha gustado tanto cómo se tragaba mi verga que voy a repetir. Y tú vas a estar aquí, encerrada, imaginando cada bofetón que le dé y cada vez que me corra en su boca. Vas a dormir con el olor de su sexo en tu piel, sabiendo que ella es mi juguete nuevo y tú solo eres la que limpia los restos.
Él cierra el candado con un golpe seco que resuena en toda la estancia.
Fin.
Autora y escritora Sally ac
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