El sobrino de mi mujer (1)

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T. Lectura: 3 min.

Diana, la hermana de mi mujer, 28 años, muy atractiva, con las medidas ideales y un plus de sensualidad, pelo castaño en melena hasta los hombros, ojos marrones de mirada intensa, pestañas de naturales de vértigo, boca dibujada, labios carnosos, hoyuelos en las mejillas, altura media, bastante parecida a mi mujer, en fin.

Manda un mensaje avisando que su hijo (el hijo de su marido, cincuentón casado con ella en segundas nupcias, buen mozo, de físico bien plantado, empresario del petróleo) vendrá a Buenos Aires para instalarse en un departamento céntrico que compraron para estudiar en la universidad. Debo cumplir con mis deberes familiares e ir a buscarlo al aeropuerto. Se llama Eric, tiene algo más de 18 años, no lo conozco y me enviarán su foto al celular.

Llego con el tiempo justo al aeropuerto, estaciono mi auto donde no debo y me apresuro al área de llegadas. Veo la foto, parece un chico guapo, con la mirada pícara de ojos claros, rubio de pelo corto con un mechón rebelde sobre la frente, cuello limpio y con el ancho justo, orejas pequeñas, mirada vivaz. Boca bien dibujada, labios apenas carnosos, lo justo, deseables, un arco de Cupido destacado, un verdadero bombón.

Lo veo a unos diez metros, enfundado en una remera blanca ajustada al torso bien modelado, hombros anchos, cintura estrecha, pantalones celestes deportivos, chupines, ceñidos, que destacan su paquete y al volverse también denotan un trasero firme, delicado, redondo, respingón. Parece perdido en la terminal viendo la pantalla de su celular y mirando hacia todos lados. No me ve, no sé si me conoce. Me acerco y le pregunto:

-¿Eric?

Gira hacia mí y se sorprende:

-¿Tío? ¡Qué joven!

-Tampoco tanto. Dame un abrazo.

Tenemos la misma altura, 1,75, por ahí. Siento su calidez y huelo un rico perfume a madera y esencias.

-¡Qué rico olés! Se sonroja.

-Me lo regaló mamita, perdón, mi mamá.

-No pasa nada, Diana es una verdadera mamita.

Nos reímos. Tiene una sonrisa que derrite las piedras. Tomándolo de la cintura y acariciando descaradamente su espalda (no se molesta, toma confianza, también él me toma de la cintura y me da la leve impresión de que me ha rozado las nalgas, apetecibles y siempre ávidas de recibir mimos y caricias), nos hacemos unas selfies para mandarle a la madre y a la tía, mi mujer.

-Ya estamos juntos, pongo en el mensaje, redundante. Lo llevo al departamento.

El piso, se trata de un penthouse (cómo se las gasta el petrolero, pienso, y tiene con qué) cuenta con cochera privada, donde puedo aparcar mi auto. Subimos un par de tramos de escalera interna hasta la planta baja, él por delante, cuando puedo apreciar y deleitarme con su traste perfecto, bamboleante al subir lentamente los escalones para no estropear el carry on.

Mientras esperamos el ascensor mensaje de mi mujer:

-¡Qué fuerte que está!

Le muestro el mensaje de mi mujer a Eric. Sonríe. Al oído le susurro (y de paso, me deleito con su perfume):

-Tu tía está muy caliente con vos.

Se relame, muerde su labio inferior, creo que se le paró, porque lo miré sin disimulo y asentí, como para hacerle notar mi satisfacción por lo que veía.

El pent house ocupa todo el piso 15 del edificio, amplio balcón terraza con vista directa al Río de la Plata, tres dormitorios y un living comedor de unos diez metros de largo por seis de ancho, un verdadero palacete, más que un piso.

-¡Qué lujo! Te lo merecés, supe que tuviste muy buenas calificaciones en la escuela secundaria y aprobaste el ingreso universitario con holgura.

-Hice lo que pude, no tuve que esforzarme tanto.

-Modestia aparte, le dije en son de broma.

Toma unas fotos, varias selfies, incluso juntos los dos, muy cariñosos ambos, haciendo muecas, trompitas, lengua y esas boludeces.

-Para mis redes, tranqui, me dice. Las tengo limitadas, aclara.

-Hay sánguches de miga y unas cervezas en la heladera. Los dejó la señora que se ocupa de la limpieza y las compras. ¿Almorzamos?

Acepté el convite para quedarme más tiempo con Eric y seguir deleitándome con su presencia y su cercanía. Lo ayudo a desempacar, siguiendo sus indicaciones para ubicar su ropa en estantes, cajones y perchas. Sin disimulo aprecio sus slips y bóxers que palpo para notar la suavidad de las telas.

-Parecen todos nuevos, le digo, refiriéndome a su ropa interior.

-Sí, casi todos. Me los provee el fabricante. Le sirvo de modelo.

-¿De verdad que modelás slips?

-Sí, bóxers, sungas, hasta vedetinas… Y me pagan.

-¡Mirá vos! ¿Y tenés fotos? (me debo estar babeando y al palo).

-Claro. Las puedo pasar a la tele mientras comemos algo.

Pongo un plato sobre mis piernas para tratar de tapar mi ya indisimulable erección cuando empieza a pasar sus fotos en ropa interior en la tele, de frente, de perfil de espaldas, haciendo mohínes, guiñando un ojo. Muestra sus increíbles abdominales y pectorales, su ombligo ovalado, la cintura estrecha, los glúteos redondos, firmes, perfectos, las piernas como columnas, su paquete destacado, cargado hacia la derecha, apenas contenido. Miro las imágenes, arrobado.

-¡Qué fotogénico!, le digo jadeando casi (en mi pensamiento se traduce a ¡qué fuerte que estás! pero lo disimulo al hablar).

-Algunas no las publican, como en las que me estoy acariciando.

-¿Tenés fotos en las que te estás acariciando? (casi me atraganto). Dejámelas ver (me falta decirle por favor).

-Tiene que ser entre nosotros.

-De acá no sale (miento sin descaro, pienso que serían para deleite de Luli, mi mujer, su tía).

Continuará…

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