Una mañana inolvidable en que pude contemplar desde la buhardilla de mi casa de verano a mis vecinos disfrutando de su sexo.
Ella está sentada al borde de la piscina, como una brillante sirena de cabello corto y pechos turgentes bajo la ajustada prenda negra. Juega con sus pies, chapoteando en la cristalina y quieta agua azulada por el fondo artificial que la contiene.
Él llega, se sienta junto a ella y le acaricia el cabello. Ella le mira con una sonrisa. Él lleva su mano al pecho cubierto con el bañador negro; introduce su mano y acaricia el seno, baja la copa del sujetador del bañador y el blanco pecho sale al aire.
Él acaricia la mama. Ella lleva su cabeza al pecho y él se inclina para tomar el pezón entre sus labios, lo chupa, lo mordisquea levemente. Ella gime cerrando los ojos castaños y retira a un lado la braguita del bañador: el terciopelo oscuro de su vello brilla bajo la intensidad del sol de agosto. Riendo suavemente deja brotar entre la prieta rajita un torrente diamantino con iridiscencia dorada.
Él observa cómo el pequeño surtidor traza un arco ambarino claro y mezcla su liquidez caliente con el pequeño lago transparente; antes de que la hermosa parábola surgida de entre los carnosos labios vaginales merme, coloca sus dedos bajo la lluvia dorada, caliente y apetitosa.
Ante su atrevimiento, ella ríe mientras hierve el interior sedoso de su sexo, apresa su mano y la empuja en el espacio estrecho entre el racimo de vello. Cuando penetras en el santuario húmedo de su placer, ella gime.
Él se hunde en las paredes gelatinosas y cálidas y aspira broncamente el aire tórrido de la mañana canicular cuando nota la mano de ella agarrando la verga tiesa entre su albornoz blanco. Los dedos suaves acarician las esferas cargadas de espeso líquido seminal.
Con una larga secuencia lenta se aman en silencio. Los dedos hurgan; los dedos acarician hasta que ambos gimen acompasadamente y los néctares ardientes impregnan de lava sexual cada centímetro de piel que ha sido bendecida en el ritual del placer.
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