En sus brazos esta mi paz (2)

0
645
T. Lectura: 8 min.

Esta es una obra de semificción. Algunos nombres, personajes, empresas, organizaciones, lugares, acontecimientos y hechos que aparecen en la misma fueron modificados por la autora en el uso de su libertad literaria.

Me giré despacio, apoyándome en un codo para no romper el contacto visual. La bata afelpada de leopardo se arrugó bajo mi cuerpo, la capucha torcida a un lado de la almohada, el estampado animal rozando mis costados y espalda con cada movimiento. El top aún enrollado sobre mis senos, se deslizó un poco más arriba, dejando mis pechos más expuestos, la leche goteando despacio.

Me acomodé de lado, dándole la espalda, invitándolo con un movimiento sutil de cadera. Mi Mor entendió al instante. Se movió detrás de mí con esa lentitud cuidadosa que siempre tiene, como si temiera romper algo frágil. Su pecho se pegó a mi espalda, su brazo rodeándome por la cintura, mano abierta sobre mi vientre, dedos temblorosos rozando la piel sensible justo debajo del ombligo. Sentí su erección presionar entre mis nalgas, caliente y dura, deslizándose despacio hacia abajo hasta encontrar mi cuquita. El roce fue suave, natural, sin prisa: la punta rozó mis pliegues, separándolos ligeramente, y luego entró centímetro a centímetro, lento, cuidadoso, con esa ternura que solo él tiene.

Gemí bajito al sentirlo dentro, cálido y suave, su talla pequeña y delgada penetrándome sin presión, sin dolor, solo con esa plenitud tierna que siempre me hacía aparentar que era perfecta. “Ay, mor… me encanta… me llenas tan rico… eres perfecto para mí…”, susurré. Él gimió contra mi nuca, su aliento caliente erizando la piel de mi cuello, labios rozando la base de mi cabello.

“Bebecita… te amo tanto… eres tan hermosa… tan mía…”

Su mano subió despacio por mi costado, rozando la bata afelpada que aún colgaba abierta sobre mis hombros, luego se deslizó hacia adelante para acariciar mi pecho con cuidado infinito. Sus dedos rodearon el pezón hinchado, recogiendo la gota de leche que colgaba allí, llevándola a su boca para probarla con un gemido bajo. La leche fluía suave, cálida y dulce, mezclándose con el sudor ligero que empezaba a formarse entre nuestros cuerpos. Su otra mano se quedó en mi cadera, sosteniéndome mientras empezaba a moverse: embestidas lentas, intentando ser profundas pero suaves, con un ritmo tranquilo, como olas que llegan a la orilla sin romperse.

El calor interno era delicioso: su pilin caliente penetrándome sin fuerza, mi cuquita apretándolo con contracciones suaves, jugos fluyendo más abundantes, cubriendo su base y resbalando por mis muslos. El sudor se mezclaba entre nosotros, cálido y pegajoso, el olor a sexo llenando la habitación, dulce y almizclado, mezclado con el aroma fresco de su jabón y el dulzor persistente de la leche materna. La bata afelpada rozaba mi espalda y sus brazos con cada embestida, la tela suave contrastando con la piel caliente, el estampado animal rozando mis costados como una caricia extra.

“Bebecita… eres tan hermosa… me encanta tenerte así… pegadita a mí… pensar que otros te miran… pero que al final estás aquí, en mis brazos…”

Sus palabras susurradas contra mi nuca me hicieron gemir más fuerte. Su mano en mi pecho apretó suave, dedos pellizcando el pezón con cuidado, leche goteando entre sus dedos. Yo movía las caderas despacio, acompasando su ritmo, aparentando placer intenso: “siii… me llenas tanto… me encanta sentirte asiii…”. Mi voz ronca se quebraba en gemidos bajos, “sííí… asííí…”.

La posición cucharita era íntima, protectora: su cuerpo pegado al mío, brazo rodeándome, mano acariciando mi pecho con reverencia, labios rozando mi nuca con besos suaves. Cada embestida era lenta, profunda, consciente, como si estuviéramos respirando juntos, energía circulando entre nosotros en ese tierno ritmo que habíamos aprendido sin nombrarlo. Sentí otra ola subir, contracciones suaves apretándolo dentro, jugos fluyendo más abundantes, cubriendo su base y resbalando por mis muslos.

“Bebecita… te amo… déjame darte más… déjame hacerte venir otra vez…”

Susurró contra mi oído, voz temblorosa de deseo. Yo giré la cabeza lo suficiente para besarlo, lengua rozando la suya, saboreando mi leche y mis jugos en su boca.

“Sí… moor… pero ahora quiero montarte… quiero controlarte… quiero sentirte desde arriba…”

Lo invité con un susurro ronco, mi mano buscando la suya para guiarlo. Él asintió despacio, besándome la nuca una última vez antes de soltarse con cuidado. Su brazo me rodeaba aún, cálido y protector, pero se retiró despacio, dejando que el aire fresco de la habitación rozara la piel de mi espalda donde antes estaba pegado. Sentí el vacío inmediato cuando su pecho dejó de tocar mi espalda, un escalofrío sutil recorriendo mi espina por la separación repentina del calor compartido. Su pilin salió de mí con lentitud, un deslizamiento suave y húmedo que me hizo soltar un jadeo bajito.

La sensación de extracción fue cálida, pegajosa, mis paredes internas seguían contrayéndose instintivamente alrededor de nada, buscando ser llenadas al menos por un segundo. Un hilo de mis jugos quedó colgando entre nosotros, brillante bajo la luz tenue, conectándonos un instante antes de romperse y caer sobre la sábana arrugada.

El vacío interno fue dulce y doloroso a la vez: su talla pequeña y delgada me dejaba un hueco tierno, no doloroso, pero suficiente para hacerme sentir la ausencia, para recordarme cuánto me gustaba sentirlo dentro, aunque nunca llegara al límite que otros habían marcado en mi memoria mental y muscular.

Me giré despacio, apoyándome en un codo para no romper el contacto visual. La bata afelpada de leopardo se arrugó bajo mi cuerpo. El top aún enrollado sobre mis senos expuestos, balanceándose libres mientras me movía. La leche goteaba despacio. Mi cuquita aún palpitaba, húmeda y sensible, jugos resbalando por mis muslos internos.

Me acomodé de rodillas sobre la cama, la sábana arrugada bajo mis rodillas, la bata abierta cayendo por mis brazos como una capa suave que no me quitaba del todo —me gustaba sentir su textura afelpada rozando mis costados, ese contraste entre lo salvaje del estampado y la ternura del momento—. Mi Mor se acostó boca arriba con cuidado, su pilin duro y brillante por mis jugos apuntando al techo, latiendo visiblemente, la punta húmeda y enrojecida esperando.

Lo miré desde arriba, sus ojos fijos en mí con adoración absoluta, labios entreabiertos, respiración agitada pero controlada. Sus manos subieron despacio a mis caderas, dedos temblorosos rozando la piel sensible, sosteniéndome con esa reverencia que siempre tiene, como si yo fuera algo frágil y sagrado al mismo tiempo.

“Bebecita… eres tan hermosa… tan perfecta… me encanta verte así, encima de mí…”, susurró, voz ronca y temblorosa, cargada de deseo y ternura.

Me posicioné despacio, rodillas a los lados de sus caderas, cuquita rozando la base de su pilin. Sentí su calor contra mis pliegues, la humedad de mis jugos cubriéndolo al instante. Bajé despacio, guiándome con una mano, la punta entrando dócilmente con esa suavidad tierna que siempre me hacía aparentar que era perfecta. Gemí bajito al sentirlo dentro, voz ronca, rompiéndose en un “ay… moooor… me encanta… me llenas tan… ricooo…”. Él gimió, manos apretando mis caderas con ternura, dedos temblorosos hundidos en mi piel, sosteniéndome mientras empezaba a moverme.

Empecé lento, caderas moviéndose en círculos suaves, controlando el ritmo, la profundidad, el ángulo. Cada movimiento era deliberado, consciente, subía casi hasta dejarlo fuera, incrementando el vacío dulce y doloroso con la penetración parcial, luego bajaba despacio, sintiendo cómo me entraba completo sin fuerza, su talla pequeña y delgada encajando perfectamente en esa plenitud tierna que me hacía cerrar los ojos y gemir. Mis pechos se balanceaban con cada círculo, pesados y llenos, leche goteando despacio de los pezones y cayendo sobre su pecho, dejando rastros cálidos y pegajosos que brillaban bajo la luz tenue. Él levantó la cabeza, lengua saliendo para recoger una gota que colgaba de mi pezón izquierdo, lamiendo con devoción, gimiendo bajito contra mi piel.

“Bebecita… tu leche… eres tan hermosa… tan mía… me encanta verte así, moviéndote encima de mí…”

Sus palabras me encendieron más. Aceleré el ritmo poco a poco, caderas subiendo y bajando con más fuerza, círculos convirtiéndose en vaivenes profundos. Sentí sus manos apretar mis caderas, dedos temblorosos guiándome, pero sin imponer, solo acompañando. El sudor empezaba a formarse entre nosotros, cálido y pegajoso, el olor a sexo llenando la habitación, dulce y almizclado, mezclado con el aroma fresco de su jabón y el dulzor persistente de la leche que goteaba de mis pechos y resbalaba por su torso. La bata afelpada rozaba mis costados y sus brazos con cada movimiento, la tela suave contrastando con la piel caliente, el estampado animal rozando mis muslos como una caricia extra.

Gemí más fuerte, voz ronca y entrecortada, “sííí… mooorrr… me encanta… me llenas tanto…”. Aparentaba placer intenso, contrayendo mi cuquita alrededor de él con cada bajada, apretándolo dentro, sintiendo su calor y su pulso latiendo contra mis húmedas paredes. Él gemía contra mi pecho, lengua lamiendo la leche que goteaba, manos subiendo para sostener mis pechos con reverencia, dedos pellizcando suave los pezones, leche fluyendo entre sus dedos y cayendo sobre su piel.

El ritmo se volvió más rápido, caderas moviéndose en vaivenes profundos, contracciones fuertes apretándolo dentro, jugos fluyendo abundantes y cubriendo su base, resbalando por mis muslos y goteando sobre su pelvis. Sentí la ola subir, imparable, contracciones intensas alrededor de su pilin, mi cuerpo temblando encima de él. Gemí fuerte, voz quebrándose en un “¡sí… me vengo… mi amor…!”. Él me sostuvo, manos en mis caderas apretando suave, ojos cerrados en éxtasis, gimiendo mi nombre mientras se venía dentro de mí, semen caliente llenándome sin funda por primera vez en mucho tiempo, pulso latiendo fuerte contra mis paredes.

Me quedé encima de él un momento, respirando agitada, cuerpo temblando por el orgasmo, pechos balanceándose sobre su cara, leche goteando sobre su pecho y barbilla. Él me miró desde abajo, ojos brillantes de amor y deseo, labios entreabiertos, lengua saliendo para lamer una gota que colgaba de mi pezón.

“Bebecita… te amo… eres tan hermosa… tan poderosa… déjame probarte otra vez…”

Sus palabras me hicieron sonreír con morbo y ternura. Me incliné hacia adelante, apoyando las manos en la cabecera de la cama, y le susurré:

“¿Te gusta el sabor de mi leche, Mor?”

Él asintió despacio, lengua lamiendo otra gota que resbaló por mi pecho, ojos cerrados en devoción, gimiendo bajito un “sí… bebecita… sabe a ti…”.

Sonreí con picardía y ternura, moviéndome despacio hacia arriba, deslizándome sobre su torso, dejando un rastro húmedo de jugos y semen sobre su piel. Me coloqué a horcajadas sobre su cara, rodillas a los lados de su cabeza, mi cuquita justo sobre su boca, aún palpitando por el orgasmo. Susurré con voz ronca y dominante pero llena de amor:

“Ahora vas a probar la tuya… todo lo que me diste… trágatelo para mí, mor…”

La luz tenue de la lámpara de mesa proyectaba sombras suaves en su cara, en mis muslos temblorosos, en la curva de mis caderas más anchas.

Bajé despacio, sintiendo su aliento caliente contra mis pliegues, su nariz rozando la piel sensible de mi clítoris. Sus manos subieron temblorosas a mis caderas, dedos hundidos con reverencia, sosteniéndome sin apretar, como si temiera romperme. Su lengua salió primero, ansiosa pero lenta, lamiendo la humedad que aún fluía de mí: jugos espesos, semen tibio que empezaba a salir despacio, mezclado con mi dulzor. Gemí bajito, “sí… mor… trágatelo todo… por mí…”.

Contraje mis músculos pélvicos con fuerza, empujando hacia abajo, sintiendo cómo una gota caliente y espesa salía de mí y caía directamente en su lengua extendida. Él gimió contra mi cuquita, el sonido vibrando dentro, lengua plana recogiendo todo con devoción, tragando despacio, labios succionando suave para prolongar la sensación. El sabor salado de su semen mezclado con mis jugos llenó su boca; lo vi tragar, garganta moviéndose, ojos cerrados en éxtasis absoluto. Otra contracción, otra gota, más espesa, resbalando por su lengua y cayendo en su barbilla. Él lamió con ansia, lengua ancha y plana limpiando cada rastro, gimiendo bajito contra mi piel sensible.

“¿Te gusta? ¿Te gusta el sabor de tu propia leche mezclada con mis jugos?”, susurré ronca, con voz grave y dominante pero llena de amor, caderas moviéndose en círculos lentos sobre su boca.

Él asintió despacio, lengua saliendo para lamer otra gota que colgaba de mi clítoris, ojos abriéndose un instante para mirarme con adoración pura. “Sí… bebecita… sabe a nosotros… a ti… me encanta… todo lo que me des…”, murmuró entre lamidas, voz ahogada pero llena de entrega.

Sonreí con morbo y ternura, contrayendo otra vez, empujando lo último que quedaba, una gota espesa que cayó directamente en su lengua abierta. Él tragó con devoción, lengua lamiendo mis pliegues hasta dejarme limpia, hasta que solo quedó mi sabor y el suyo mezclado en su boca. Sus manos apretaron mis caderas con ternura, dedos temblorosos rozando la piel sensible, sosteniéndome mientras su lengua exploraba una última vez, lenta, consciente, prolongando el placer hasta que mi cuerpo dejó de temblar.

Bajé despacio, deslizándome sobre su torso, dejando un rastro húmedo de jugos y saliva sobre su piel. Me acosté a su lado, bata afelpada abierta cayendo sobre nosotros como una manta suave, el top enrollado aún sobre mis senos, pechos pegajosos por la leche y el sudor. Lo abracé fuerte, cabeza en su pecho, escuchando su corazón latir acelerado, su respiración calmándose poco a poco. Besé su cuello, saboreando el rastro de mis jugos y su semen que aún quedaba en su piel.

Pensé en lo mucho que lo amaba en ese momento. Aunque a veces la nostalgia por la rudeza de otros me apretara el pecho, Mi Mor me daba algo que ninguno pudo: entrega total, adoración sin fin, la libertad de ser sin culpa.

Lo abracé más fuerte, sintiendo su calor, su paz, su amor infinito. “Te amo, esposo…”, susurré contra su pecho. Él me besó la frente, brazo rodeándome con ternura, y se quedó dormido así, respirando tranquilo, como siempre.

Yo me quedé despierta un poco más, escuchando su corazón latir contra mi oído, sonriendo en la oscuridad con esa mezcla de ternura y picardía que solo sale cuando nadie me ve. Pensé en lo mucho que lo amo, en cómo me hace sentir suya, sin necesidad de cadenas, en cómo su dulzura me ancla cuando el cuerpo me pide tormenta.

Si algún día me volviera a preguntar —como aquella noche de novios en que le conté todo, sin filtros, cuántos hombres, cómo, dónde, por qué— ya no solo tendría que hablarle del pasado, de esos huracanes que me habían pasado por las piernas antes de él, que me habían hecho temblar por días. También tendría que contarle de los que vinieron después de casarnos, los que me hicieron gemir bajito en la clandestinidad, los que llenaron huecos que su dulzura —tan infinita, tan suya— no alcanzaba a satisfacer.

Y él… ay, mi odiosito… probablemente me miraría con esa misma sonrisa dulce y temblorosa, ojos brillando de morbo y amor, y me diría: “Bebecita… me enciende saber que eres tan deseada… que te han tenido así… pero al final eres mía, y eso es lo que me hace más feliz”.

Con esos pensamientos divagando en mi cabeza, me reiría bajito, burlona, apretándome más contra su pecho, sintiendo su respiración calmada contra mi piel, y susurraría inaudiblemente al oído, aunque esté dormido: “Claro que soy tuya, tonto… pero no creas que no me divierto mientras tanto…”. Y caí en sueños sonriendo, con ese cosquilleo travieso en el vientre, sabiendo que, aunque a veces necesite esa rudeza fuera, aquí, en sus brazos, es donde encuentro mi hogar, mi paz, mi Mor adorado.

Porque él me ama tal cual soy: con mis contradicciones, mis secretos, mis ganas de más. Y yo lo amo a él por eso… y por mucho más.

Agradezco sus likes y sus comentarios.

Loading

DEJA UN COMENTARIO

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí