Enamorándome de Dianita (27)

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T. Lectura: 8 min.

Resumen: Durante el día, Thiago siente una conexión inexplicable con Dianita, quien lo observa desde la distancia. Thiago tiene un encuentro con la profesora Violeta y le vuelve un recuerdo.

Cuando Thiago dejó la universidad, una sonrisa se extendió en su rostro. Tenía dos reuniones importantes en su agenda: una con Dianita, donde esperaba desentrañar los misterios de su relación, y otra con la profesora Violeta, que prometía ser un encuentro lleno de tensión y deseo.

La profesora Violeta salió de la Universidad con el corazón acelerado, aunque su expresión ante los demás era fría y controlada. Recogió sus cosas con prisa, evitando el contacto visual con sus colegas, y se dirigió a su auto. El sol de la tarde aún brillaba, pero su mente estaba en otro lugar, en el encuentro que había planeado con Thiago. Subió a su vehículo y condujo hacia su casa, pensando en cómo sería la tarde que estaba a punto de comenzar.

Al llegar, preparó todo con cuidado: una botella de vino tinto, algunas copas y unos pasabocas elegantes. Quería que todo estuviera perfecto, aunque intentaba convencerse a sí misma de que era solo una conversación informal.

Como habían quedado, dos horas después, el timbre sonó con puntualidad británica. Violeta tomó una bocanada de aire, se miró en el espejo del recibidor y se aseguró de que su vestido estuviera en su lugar. Era una prenda que había elegido especialmente para la ocasión: un vestido suelto con una falda que se movía con cada paso, pero que en la parte posterior revelaba un escote pronunciado que marcaba sus senos perfectos. Era una elección atrevida, pero se sentía bien consigo misma, como si estuviera reclamando una parte de su feminidad que había estado reprimida durante demasiado tiempo.

Abrió la puerta y allí estaba Thiago, su nerviosismo era evidente, tenía puesto una camisa que le quedaba justo lo suficiente para resaltar su torso atlético. Sus ojos se encontraron, y por un momento, el aire pareció detenerse. Violeta sonrió suavemente y lo invitó a pasar.

—Pasa, Thiago. Siéntete en confianza —dijo con una voz que intentaba mantener casual, aunque su corazón latía con fuerza.

Thiago entró, sus ojos recorriendo la sala con curiosidad. El ambiente le parecía tanto familiar como intimidante. Violeta le indicó que se sentara en el sofá mientras ella iba a la cocina a traer algo para tomar.

—Siéntate, por favor. Ahora vuelvo —dijo, dando media vuelta y caminando hacia la cocina.

Sus pasos eran sensuales, cada paso que daba era una coreografía de sensualidad. La falda de su vestido se ondulaba de un lado a otro, revelando la curva de sus caderas y la redondez de sus nalgas. Thiago la observó desde el sofá, sintiendo cómo su garganta se secaba y su respiración se aceleraba. No podía creer que la mujer que estaba frente a él fuera la misma que daba clases con tanta seriedad y distancia. Ahora, parecía una diosa, una mujer que irradiaba una confianza y una sexualidad que lo dejaban sin aliento.

Violeta regresó con una bandeja en la que había dos copas de vino y un plato de pasabocas. Se agacho frente a Thiago para colocar todo en la mesa de centro, la imagen que le dio fueron las de sus enormes senos casi saliendo del vestido, sus ojos inmediatamente se fueron directo al escote, se podía ver perfectamente que no llevaba sostén, sus pezones se marcaban en la tela del vestido. Y se sentó en el extremo opuesto del sofá, cruzando las piernas de manera que la falda se elevó ligeramente, revelando un atisbo de su muslo. Thiago tragó saliva, sintiendo cómo su erección comenzaba a crecer incómodamente en sus pantalones.

La conversación fluyó con naturalidad, la profe le explico que no era la primera vez que visitaba su casa, que la había ayudado cuando su esposo cumplió aniversario de haber fallecido y desde alli empezaron una amistad. El vino, quizás, o la intimidad del hogar de Violeta, había comenzado a desinhibir a ambos. Las risas eran más frecuentes, las miradas más prolongadas, y las palabras, más atrevidas.

—Profe, tengo que decirle algo —confesó Thiago, con una sonrisa pícara que no pasó desapercibida para Violeta—. Creo que debería vestir así más seguido en la universidad.

Violeta lo miró fijamente, sus ojos brillando con una mezcla de diversión y sensualidad. —¿Ah, ¿sí? —respondió, levantando una ceja—. ¿Y por qué dices eso, Thiago?

Thiago se encogió de hombros, como si intentara restarles importancia a sus palabras, aunque su tono delataba lo contrario. —Bueno, es que… este vestido le queda espectacular. Y, sinceramente, creo que los hombres de la universidad, profesores incluidos, no saben lo que se pierden.

La profesora Violeta lo quedo mirando fijamente, en sus ojos había un brillo y sensualidad, soltó una carcajada, una risa fuerte y contagiosa que llenó la sala. —¿En serio? —dijo, negando con la cabeza. — Si con pantalones ya me miran como si quisieran arrancarme la ropa, no quiero ni pensar lo que harían si llevara un vestido como este todos los días.

Thiago se reclinó en su silla, cruzando las piernas con desenfado. —Bueno, entonces puedo decir que me he dado el lujo de verla así, con un vestido que le sienta como una segunda piel.

La profesora levantó una ceja, y lo miró con una sonrisa pícara, sus labios curvándose en una expresión que Thiago no había visto antes. —¿Y qué más te gustaría ver, Thiago? —preguntó, su voz bajando un tono, volviéndose más suave, más sugerente. Tomo su copa de vino, le dio un sorbo y paso su mano muy lentamente por el escote del vestido. Thiago siguió la mano como hipnotizado, y le dio un sorbo a la copa de vino en su mano.

Thiago sintió un escalofrío recorrer su espalda. No estaba seguro de cómo había llegado la conversación a ese punto, pero tampoco quería que terminara. —No sé, profe —respondió, intentando mantener la calma. — Supongo que me gustaría verla… más relajada, sin la formalidad de la universidad.

Violeta se levantó de su silla, acercándose hacia le mesa del comedor con pasos lentos y deliberados. Su vestido se ajustaba a su cuerpo con cada movimiento, resaltando sus caderas y su cintura estrecha. —¿Créeme cuando te digo, que tú me has visto como nadie lo ha podido hacer en la Universidad? —dijo, colocando una mano en el respaldo de la silla, inclinándose ligeramente hacia él.

Thiago tragó saliva, sintiendo cómo su corazón aceleraba su ritmo. —No la entiendo profe —murmuró, su voz casi inaudible—. ¿Qué me quiere decir?

Violeta sonrió, se acercó y sus labios rozando la oreja de Thiago mientras susurró: —¿Y si te digo que me encantaría que recordaras las palabras que una vez me dijiste en esta mesa?

Thiago cerró los ojos por un momento, intentando procesar las palabras de su profesora. Cuando los abrió, Violeta ya estaba frente a él, su rostro a escasos centímetros del suyo. — Profe, ¿Cuáles fueron esas palabras? —pregunto, con su voz temblorosa.

La profesora mordiéndose un labio descaradamente, se sentía excitada, colocó un dedo sobre sus labios, silenciándolo con un gesto suave. —No soy yo, la que debería repetirlas —susurró—. Me gustaría que si alguna vez las vuelvo a escuchar salgan de tu boca.

Thiago asintió, sintiendo cómo su cuerpo respondía a la proximidad de Violeta. Sus manos temblaron ligeramente cuando ella las tomó, guiándolo para que se levantara del sofá. La música de fondo parecía haberse desvanecido, dejando solo el sonido de sus respiraciones entrecortadas.

La profesora Violeta guio a Thiago hacia el comedor con una gracia que parecía casi hipnótica. Su mano, suave pero firme, jalaba su brazo con una delicadeza que contrastaba con la intensidad de su mirada. Thiago sintió cómo sus cuerpos se rozaban, el calor de ella infiltrándose en su piel como si fuera una promesa silenciosa. El aroma floral de su perfume se mezclaba con el olor a vino tinto que flotaba en el aire, creando una atmósfera que lo envolvió por completo. Cada paso que daban juntos parecía cargado de un significado oculto, como si estuvieran bailando al ritmo de un secreto que solo ellos podían escuchar.

—Toma —murmuró ella, extendiéndole una copa de vino. Su voz era suave, pero llevaba un peso que resonó en el pecho de Thiago. Él aceptó la copa, sus dedos rozando los de ella por un instante, y dio un sorbo. El líquido era rico y robusto, pero su sabor se vio opacado por la imagen que de repente apareció en su mente. Era borrosa, como si estuviera viéndola a través de una cortina de agua, pero podía distinguir la silueta de Violeta, su cuerpo arqueado sobre la mesa, su cabello suelto y desordenado. Y entonces, las palabras llegaron, claras y precisas, como si alguien las hubiera susurrado directamente en su oído.

—Quiero que cada vez que te sientes a comer en esta mesa, te acuerdes de mí y de la cogida que te di en ella —la voz en su mente era suya, pero sonaba diferente, más segura, más dominante. — Que cada alimento que te lleves a la boca te haga mojar tu ropa interior y tengas que cambiarla. —murmuró Thiago.

Thiago parpadeó, sacudiendo la cabeza como si intentara despejar la niebla que se había formado en su mente. Sus ojos se encontraron con los de Violeta, y en ellos vio algo que lo dejó sin aliento. Era una mezcla de sorpresa, deseo y algo que se parecía mucho al reconocimiento. La profesora abrió los ojos de par en par, su expresión cambiando en un instante. Su corazón comenzó a latir con fuerza, su respiración se aceleró, y sus pechos se inflaban con cada inhalación, como si estuviera luchando por recuperar el control.

—¿Recordaste algo? —preguntó ella, su voz temblorosa pero llena de esperanza.

Thiago sintió cómo las piezas del rompecabezas comenzaban a encajar en su mente. Las palabras que había pronunciado, la imagen que había visto, todo apuntaba a una sola verdad: él y Violeta habían tenido sexo. No era solo una fantasía o un sueño, era un recuerdo real, enterrado en lo más profundo de su memoria. Pero ¿Cómo era posible?

—No lo sé —respondió finalmente, su voz ronca por la emoción. — Pero… pero sí, creo que sí. Recuerdo… recuerdo algo. Usted y yo… aquí, en esta mesa.

Violeta soltó un suspiro, como si un peso enorme hubiera sido levantado de sus hombros. Sus ojos brillaron con una luz que Thiago no pudo identificar, pero que lo hizo sentir una punzada de deseo en lo más profundo de su ser. Se inclinó hacia él, su rostro acercándose al suyo, y susurró:

—No fue solo sexo, Thiago. Fue algo más. Algo que nos cambió a los dos.

Thiago la miró, una sonrisa coqueta curvando sus labios. Dio un paso hacia ella, reduciendo la distancia entre sus cuerpos hasta que casi podían sentir el calor que emanaba del otro. Su mano se alzó lentamente, como si el tiempo se hubiera detenido, y acarició el rostro de la profe Violeta. Sus dedos trazaron la línea de su mejilla, deteniéndose en sus labios, como si estuviera memorizando cada detalle.

—¿Y qué fue entonces? —preguntó Thiago, su voz ronca y llena de intención.

Sin decir una palabra, la profe Violeta se acercó más, sus manos enredándose en el cabello de Thiago. El beso que siguió fue intenso, apasionado, como si ambos hubieran estado conteniendo esa energía durante demasiado tiempo. Sus lenguas se entrelazaron en un baile frenético, explorando, reclamando. Violeta podía sentir la dureza del miembro de Thiago contra su muslo, una evidencia tangible de su deseo.

Mientras sus labios se separaban brevemente para tomar aire, la mano de Violeta bajó, deslizándose por el torso de Thiago hasta alcanzar la dureza que se escondía bajo su pantalón. Lo acarició lentamente, sintiendo cómo su cuerpo respondía a su tacto. Thiago gimió suavemente, su aliento caliente contra la piel de Violeta, mientras sus manos comenzaban a explorar su cuerpo con una urgencia que no podía contener.

Una de sus manos se posó sobre el pecho de la profe Violeta, apretando suavemente uno de sus senos a través de la tela de la blusa. Ella arqueó la espalda, un gemido escapando de sus labios mientras su cabeza caía hacia atrás, exponiendo su cuello. Thiago no perdió la oportunidad, besando y lamiendo la piel suave, dejando un rastro de sensaciones que hicieron que Violeta temblara.

La otra mano de Thiago se deslizó hacia abajo, agarrando con firmeza el precioso culo de la profe Violeta. Se percató que no tenía ropa interior, La atrajo más cerca, como si quisiera borrar cualquier espacio entre ellos. Ella respondió presionando su cuerpo contra el de él, sintiendo la dureza de su erección contra su vientre. Cada apretón de su mano en sus nalgas sacaba un pequeño gemido de placer de Violeta, su respiración acelerándose con cada caricia. El beso se detuvo bruscamente, sacando de la ensoñación a la profesora.

—Thiago… ¿paso algo? —susurró ella, su voz entrecortada por el deseo.

—Shh —respondió él, su aliento caliente contra su oído. — No pasa nada, solo quiero saber, si cada vez que comes en el comedor tienes que cambiar tu tanga.

— Sí, siempre me toca cambiarme, por lo que he optado por no usar tanga en la casa. – contesto la profesora.

Esa respuesta lo volvió loco, y la acostó en la mesa del comedor, su excitación no la podía contener, con manos expertas tomo el vestido por el escote, y tiro de la tela rompiéndolo por la mitad, sus pechos, firmes y perfectos, se liberaron de la tela, revelando la suavidad de su piel. Thiago no pudo resistirse a inclinarse y tomar uno de ellos en su boca. Lo lamió y succionó con una ternura que contrastaba con la urgencia de sus movimientos, haciendo que Violeta se retorciera de placer.

Ella, por su parte, no se quedó atrás. Sus manos se movían por el cuerpo de Thiago, desabotonando su camisa y deslizándose sobre su pecho marcado. Lo atrajo hacia ella, besando su cuello, su mandíbula, antes de capturar sus labios una vez más en un beso voraz, Violeta, con una sonrisa pícara, subió las piernas a la mesa y las abrió completamente, ofreciéndole a Thiago una vista sin obstáculos de su precioso y carnoso coño. La luz del atardecer que entraba por la ventana iluminaba su cuerpo, resaltando las curvas que Thiago había admirado en secreto durante tanto tiempo. Él, visiblemente excitado, se acercó más, su mirada fija en la humedad que brillaba entre los labios de ella.

Continuará.

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