Los días que mi padre regresaba de sus viajes, ya que como les conté es trailero, mi nuevo vicio tenía que controlarse. El miedo de ser atrapado por mis padres me obligaba a guardarme las ganas, más que nada por el respeto que le tenía a mi viejo. Sin embargo, lo bueno de que él estuviera en casa era que siempre visitábamos a mis tíos, que vivían en la misma colonia que nosotros, apenas a unas cuantas casas de la nuestra.
La familia de mis tíos era grande y estaba llena de tentaciones. Mi tío Ramón estaba casado con Karen, una mujer de 42 años que medía 1.76; era de tetas pequeñas, pero con un culo respingadito que llamaba la atención de cualquiera. Luego estaban sus hijos: Reyna, de 19 años, delgada y de pocas tetas pero con ese mismo culo firme de su madre; Ernesto de 18; y Ramón de 17, quien tenía una melliza llamada Karen, que físicamente era idéntica a su madre. Finalmente estaba la más chica, Inez de 16, que era gordita pero con todo muy bien puesto en su lugar.
Ya en la noche, cuando todos estaban dormidos, me desperté con una erección tremenda; quizás debido a que mi padre tenía tres días en casa y no me había podido masturbar como me gustaba con la ropa interior de mi madre. Pero como estaba en casa de mis tíos, fui al baño para ver si encontraba algún calzón de mi tía o mis primas para calmar mi deseo. Al entrar al baño, me llevé una decepción, ya que no encontré nada.
Con lo caliente que andaba, se me ocurrió ir al cuarto de mis tíos, pero aun para lo caliente que estaba era una locura; así que decidí ir al cuarto de mi prima Reyna. Ella dormía sola en su cuarto y, por lo general, era muy desordenada, así que quizás hubiera algún calzón usado aún en el cesto de su ropa sucia. Al entrar a su cuarto, noté que estaba tapada solo con una sábana blanca que, al ser tan delgadita, se podía ver a través de ella con la luz de la ciudad entrando por la ventana. Ahí fue cuando vi a mi prima Reyna: solo llevaba puestos unos calzones para dormir.
Esa imagen me puso muy caliente, tanto que con la calentura solo saqué mi verga de mi bóxer y me masturbé mirándola. Verla dormir de lado con su calzoncito a media nalga y su entrepierna marcada por lo diminuto de la prenda hizo que me corriera en un minuto.
Al correrme, mi prima se movió en su cama sin despertarse. Así que, con la mente más clara por haberme corrido y el temor a que despertara, me guardé la verga aun goteando leche, limpié el suelo donde había caído mi semen y me fui a dormir al cuarto de mis primos.
A la mañana siguiente me quedé a desayunar antes de irme. Yo quería irme por la preocupación de que mi prima Reyna me hubiera visto o alguien más me hubiera visto entrar a su habitación, pero mis tíos insistieron tanto que me quedé. Todo pasó con aparente calma; todos mis primos se comportaban de lo más normal, incluso Reyna, así que ya después de desayunar me fui a mi casa.
Al llegar no encontré a nadie. Recordé que ese día mis padres iban a visitar a mis abuelos, así que aproveché la soledad, terminé mi quehacer y me fui a mi cuarto a jugar al N64 para despejar la mente. Estaba metido en el juego hasta que oí que alguien llamaba a la puerta.
Bajé rápido, pensando que mis padres habían regresado antes, pero al abrir la puerta de la casa no vi a nadie. Solo vi un papel doblado en el suelo. Lo recogí con curiosidad, pero al abrirlo sentí que la sangre se me congelaba y el estómago se me hacía un nudo. El papel solo tenía tres palabras que me desarmaron:
“Lo vi todo”.
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