Inicio de una adicción (4)

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Los días pasaron y, aunque el fin de semana pasado había sido el más excitante y placentero que había tenido en mi vida, mi deseo sexual seguía implacable, incluso aún mayor después de lo sucedido con mi prima.

Yo buscaba la forma para quedarme a solas con ella, pero había sus limitantes: en primer lugar, al tener unos tíos tan estrictos, mi prima rara vez podía salir sola; segundo, al ser tantos en casa de mi prima, había pocos lugares para estar a solas y mucho menos tener intimidad para los dos; el tercero, no sabía qué pensaba Reyna, una cosa es que hayamos experimentado juntos ese fin de semana, pero hasta dónde estaba ella dispuesta a llegar o incluso si deseaba aún continuar; y por último, me tenía aún pensativo la nota recibida el día que entré a su cuarto.

Todas esas preguntas inundaban mi cabeza, así que decidí dejar el tema de Reyna por el momento y centrarme de nuevo en la presa que tenía en casa: la ropa interior de mi madre, esas que habían despertado mi apetito sexual en primer lugar.

Día tras día, después de que mi madre salía de bañarse, yo entraba al baño buscando lo que en ese momento era mi obsesión absoluta: esos calzones de mujer madura impregnados con el aroma de mi madre, algunos aún húmedos, que dejaba en el cesto de ropa sucia. Los tomaba, me iba a mi cuarto y daba rienda suelta a mi fetiche: olerlos, casi inhalarlos, chuparlos e imaginar cuando esa prenda se iba desprendiendo del sexo de mi progenitora, la forma en cómo lo hacía.

Mi vicio llegó al punto de dormir con ellos debajo de mi almohada para despertar y asfixiarme con ese delicioso aroma al amanecer; incluso me gustaba imaginar qué tipo de prenda llevaba mi madre cada que la veía: si era una tanga, un calzón, un bóxer o mis favoritos, ropa de encaje. Lo que sí sabía era que cualquier prenda estaba en constante contacto con su sexo y llenándose del néctar que mi madre soltaba en cada roce con la tela.

Así estuve una semana entera profanando la intimidad de mi madre, hasta que un día entre semana mi prima Reyna llegó de visita con su madre, o eso creía yo. Cuando llegaron, mi tía parecía muy molesta; mi madre se puso a hablar con ella y yo solo miraba cómo conversaban, pero la actitud de mi tía hacia Reyna parecía demasiado agresiva. En ese momento, lo primero que se vino a mi mente es que mi tía sabía algo acerca de lo que habíamos hecho aquel fin de semana; que quizás la persona que dejó la nota en mi casa había visto lo que hicimos y había ido con el chisme. Yo estaba preocupado, y todo empeoró cuando mi madre me llamó y solo me dijo: “Vete a tu cuarto, ahorita voy a subir a platicar contigo”.

Me puse pálido y subí a mi cuarto. Cuando escuché que la puerta se cerró, entró mi madre a mi habitación y me empezó a contar que habían encontrado a Reyna con cigarros y mi tía estaba furiosa. Se iba a quedar unos días con nosotros en lo que ellos salían de vacaciones; quedarse aquí era el castigo, sin vacaciones, y que ni pensara que íbamos a salir o algo ya que ella estaba castigada. Salió de mi habitación y yo me quedé más tranquilo porque ya me temía lo peor.

Cuando mi madre salió, al poco tiempo entró mi prima. Nos pusimos a platicar sobre cómo había sido que la cacharon; me confesó que era un vicio que tenía desde hace tiempo y, con los nervios de que en las vacaciones no consiguiera cigarrillos, compró una cajetilla completa, la guardó en su maleta y, cuando su madre estaba buscando espacio para guardar más ropa en alguna maleta, vio los cigarrillos y le hizo la bronca. Yo le confesé que pensé que había descubierto lo que hacíamos; ella solo rio y me dijo: “Si te preocupa tanto, podemos parar”. Puso su mano encima de mi verga, la apretó sobre el short que llevaba y se fue a la sala a mirar la tele.

Yo me quedé en mi cuarto caliente y maquinando un plan para volver a disfrutar de mi prima esos días que estuviera en casa. La primera noche, cuando ya todo estaba apagado, fui directo al cuarto de huéspedes donde se quedaba mi prima. Nada más entrar me quité la ropa; entró desnudo a su cama y, para mi sorpresa, mi prima estaba desnuda sobre la cama. Me arrimé, la abracé y en eso ella se volteó y me empezó a besar. Yo le correspondí; se separó de mí y me dijo: “¿Por qué duraste tanto? Ya me estaba quedando dormida”. Me volvió a besar y así estuvimos besándonos unos cinco minutos hasta que me separé de ella y empecé a besar su cuello.

Luego bajé por sus pechos, esos pezones rosas que estuve chupando tomándome mi tiempo en cada uno. Bajé por su abdomen hasta llegar a su monte de Venus donde chupé sus pelitos. Bajé hasta su sexo, inhalé el aroma delicioso que desprendía y me lancé a chupar como si fuera un mango que tenía que dejar seco. Mi prima solo abría las piernas lo máximo que podía mientras yo pasaba mi lengua por ese delicioso sexo; estuve chupando y metiendo la lengua lo máximo que podía dentro, incluso sacaba sus fluidos con mi lengua. Luego intenté meter un dedo, pero ella me detuvo, me puso la mano en su clítoris y me ordenó que con mi dedo hiciera círculos lentos en él mientras yo seguía lamiendo y chupando. Ella solo se retorcía en la cama, pero me dejaba hacer.

Estaba tan caliente después de un rato chupando ese delicioso sexo de mi prima que me levanté, apunté mi verga a su vagina y, cuando apenas mi verga iba a hacer contacto con ella, mi prima cerró las piernas frenándome en seco. Me tumbé sobre ella, la besé y me dijo: “Eso aún no”, para luego acostarme boca arriba y bajar para empezar a mamármela. Cuando dio la primera chupada, vi que las luces de la casa se empezaron a prender. Rápidamente me tiré al suelo, me metí debajo de la cama y mi prima se tapó con la cobija y se hizo la dormida. Así estuvimos unos cuantos minutos hasta que se apagaron las luces.

Salí de debajo de la cama, me subí a la cama super excitado, puse a mi prima en cuatro y le empecé a mamar el burro sin piedad. Ella solo empezó a gemir y yo estaba supercaliente. Después de unas buenas chupadas, pasé mi lengua por su ano; gimió y se incorporó para tumbarme, y empezó a chupármela con hambre. No duré ni dos minutos cuando me vine en su boca; ella, al intentar apartarse, un chorro salió disparado a su pecho y otro a su cara. Cuando acabé, recogí mi ropa del suelo y me fui a mi habitación a dormir, dejándola ahí en el cuarto bañada por mi leche.

A la mañana siguiente me desperté caliente; sabía que con Reyna en mi casa podía dar rienda suelta a mis fantasías. Bajé a desayunar, mi madre ya estaba preparando el desayuno. Reyna bajó poco después; traía puesto un short y una camisa grande. Saludó a mi madre de un beso y luego me dio un beso a mí también, pero muy cerca de la boca. Ese acto me puso muy nervioso; ella solo sonrió pícaramente y se sentó en la mesa. Mi madre terminó el desayuno y nos sentamos todos a desayunar; en el desayuno platicamos.

Beatriz: —¿Qué tal dormiste, mija?

Reyna: —Muy bien, tía, gracias. De hecho, mejor que en mi casa. Aquí me siento más relajada.

Beatriz: —Qué bueno, mija, me alegro. ¿No te despertó el sonámbulo este?

Reyna: —Para nada, tía. ¿Por qué pregunta?

Beatriz: —Ayer en la noche me desperté para ir al baño y no vi a Damián en su habitación; lo busqué en toda la casa y no lo encontré. Nada más en tu habitación no lo busqué.

Yo: —No podía dormir, madre, por el calor y me fui al suelo, que está un poco más fresco; quizás por eso no me viste.

Beatriz: —Ooh, qué raro. Yo en la noche hasta me tapé porque sentía algo de frío.

Yo: —Pues en tu cuarto, madre, porque en el mío sí se sentía el calor, y bastante.

Beatriz: —Tendremos que ponerte un ventilador para que no te andes durmiendo en el suelo, hijo. Y tú, Reyna, ¿tuviste calor en la noche?

Reyna: —No, tía. Quizás Damián puede dormir conmigo si es que tiene tanto calor en la noche; quizás en donde duermo se le baje el calor…

Yo: —No es necesario, mi cuarto está perfecto; solo que ayer tuve calor y me acosté en el piso. Aparte, tú te has de mover demasiado en la cama.

Beatriz: —Pues quizás sí vas a necesitar un ventilador, no vayas a tener demasiado calor en la noche y quieras ir a refrescarte al de Reyna.

Reyna: —No te preocupes, tía, el suelo de mi cuarto siempre está fresco y disponible para mi primo. Solo espero que no ronque, porque si no, ¡lo mando para el patio!

Beatriz: —No, mija. No es correcto que un hombre duerma en el cuarto de una señorita. Ya veremos qué hacemos con el calor que le da a Damián en la noche.

Reyna: —Okay, tía. Si se aparece el sonámbulo de Damián por mi cuarto, le echo agua para que se le baje el calor y lo mando derechito a su cuarto.

Beatriz: —¿Y qué planean hacer hoy?

Reyna: —Me gustaría ir al centro comercial, tía. ¿Me puede llevar Damián?

Beatriz: —Claro, mija. Solo no le cuentes a tus padres porque me dijeron que nada de salidas.

Reyna: —¡Gracias, tía! No podría aguantar estar encerrada aquí todo el día, te quiero mucho.

Reyna: —Así que ya sabes, primo: me vas a tener que llevar al centro comercial de compras. Alista tu billetera, ¡jajaja!

Cuando dijo eso, por debajo de la mesa estiró su pierna hasta mi paquete y lo empezó a acariciar. Yo me puse nervioso y aparté su pierna de mi paquete; ella solo sonrió, se levantó y ayudó a mi madre a lavar los trastes mientras yo me regresaba a mi cuarto con el paquete a punto de reventar. En la tarde, como a las 5 pm, nos alistamos para ir al centro comercial, tomé las llaves de la troca de mi papá y nos fuimos. Camino al centro comercial le pregunté a mi prima:

Yo: —¿Crees que mi madre sepa que ayer en la noche estuve en tu cuarto?

Reyna: —No lo sé, ¿pero no crees que eso lo vuelva más excitante?

Yo: —No, Reyna, tenemos que ser cuidadosos.

Reyna: —No seas llorón, de igual forma la peor parte la llevaré yo. ¿Tú sabes qué me van a hacer mis papás si saben lo que hacemos?

Yo: —Me imagino que se van a poner furiosos, incluso te internan en una escuela de monjas para que se te salga el chamuco, ¡jajaja!

Reyna: —¡Jajaja! A mi madre no le faltan ganas, créeme, pero mientras tanto tú no te preocupes. Si eso pasa, será más excitante hacer algo yo vestida de monja.

Yo: —¡Jajaja! Cómo te gusta calentarme, pero aun así no me dejas llegar más allá que una mamada.

Reyna: —Apenas le estoy agarrando el sabor a tu amiguito; aparte, aún no te has ganado que te deje entrar en mí, llorón.

Yo: —Pues, ¿qué tengo que hacer para ganarme ese derecho? ¿Hacerte mi novia?

Reyna: —Quién sabe, aún no estoy lista. Y lo de ser tu novia, no creo, ¡no eres mi tipo, jajaja!

Yo: —Para no ser tu tipo, te arriesgas demasiado en lo que hacemos.

Reyna: —No eres mi tipo para ser una pareja, tonto; en lo prohibido es otra cosa, ahí sí eres mi tipo. Aparte, eres mi primo, ¿cómo crees que funcione una relación entre familiares? ¿Tú le vas a decir a mi papá que eres el que le anda checando el aceite a su hijita?

Yo: —¡Jajaja! Para nada, mi tío me pone unos putazos; aparte, no se debe enterar. Y aún no te checo el aceite, solo te he estado limpiando la tapa, ¡jajaja!

Reyna: —Eres un baboso, pero tienes razón: no tienen que saber.

Llegamos al centro comercial. Estuvimos dando vueltas por varias tiendas; mi prima se estuvo probando bastante ropa y para mí fue eterno. Hasta que vimos una tienda donde vendían solo ropa de mujer, mi prima me propuso entrar y me dijo:

Reyna: —Espero que sí traigas dinero, porque me vas a comprar algo.

Yo me rehusaba porque me daba vergüenza, hasta que al final me convenció. Al entrar, mi prima se fue directo al área donde había lencería y empezó a mirar; tomó varias prendas y fue a probárselas. Pero cuando iba a entrar al probador, regresó, me tomó de la mano y me metió al probador con ella.

En mi mente solo empecé a pensar que alguien nos descubriría y le dije:

Yo: —¿Estás loca o qué? Déjame salgo, tú pruébatela; nos van a descubrir y quién sabe qué vaya a pasar.

Mi prima me dijo:

Reyna: —Cómo eres llorón, de verdad. ¿Y así quieres ser el primero? Yo creo que el monje eres tú, padrecito Damián.

Me quedé más por presión de mi prima. Ella empezó a desvestirse: primero la camisa, luego el short que llevaba, quedando en calzones y brasier. Al mirarla, se me paró al instante y empecé a tocarla. Ella me dijo:

Reyna: —¿Qué? ¿El padrecito quiere tocar a la monjita ahora sí?

Reyna: —Espera que me ponga esta ropita, padrecito… Quizás te espero esta noche con ella puesta.

Me dio la espalda y me pidió que le desabrochara el brasier. Luego se empinó y empezó a bajarse el calzón despacio, dejándome ver su preciosa entrepierna. Cuando la prenda iba por sus tobillos, me paré de la silla en la que estaba y le di una nalgada; ella solo dio un saltito, terminó de quitarse el calzón, me lo puso en la mano y me dijo:

Reyna: —Ten, padrecito, para que te estés quieto en la silla.

Me senté y lo primero que hice fue llevarme la prenda a la nariz; olía delicioso. Con una mano mantenía el calzón en mi cara y con la otra me sobaba la verga. Mi prima, al ver eso, me dijo:

Reyna: —Vaya, padrecito más pervertido… espera, que te ayudo.

En eso, me quitó el calzón de la mano, lo puso a un lado y se sentó desnuda sobre mí. Yo, instintivamente, llevé mis manos a sus nalgas y la agarré fuerte. Ella me dio un beso en la boca, se levantó un poquito, bajó su mano para apuntar mi verga directo a su concha y volvió a sentarse. Sentir mi miembro directamente contra su vagina, con solo la tela de mi pantalón de por medio, me puso tan caliente que empecé a morderle los pezones. Ella gemía y empezó a dar saltitos; cada movimiento me encendía más, tanto que estaba a punto de correrme.

De repente, ella se apartó, se levantó y me dijo:

Reyna: —Deja algo para la noche, padrecito. Ahora ayúdame a elegir mi pijama para hoy.

Empezó a probarse la ropa: primero un conjunto de encaje azul; luego otro color cremita con encaje negro que me encantó y se lo hice saber; y por último, el que más me gustó: una tanga roja de esas que son solo un hilo y por delante es transparente. Ese me puso mal, tanto que al verla así me puse de rodillas y le lamí el monte de Venus con la tanga puesta. En eso, ella me dijo:

Reyna: —Pues está decidido: este se viene sí o sí, y el café también. Al cabo que el padrecito paga, ¡jajaja!

Se volvió a poner su ropa y salimos del probador. Al salir, había unas señoras que no dejaban de vernos. Llegamos a la caja y, para mi sorpresa, estaba cobrando una compañera de clase que era la mejor amiga de la muchacha que me gustaba. Me dio tanta vergüenza que me puse rojo cuando nos saludó.

Compañera: —Vaya, sí que son muy buenos primos. El mío no me acompaña ni a tiendas de mujeres —dijo riendo.

Mi prima le contestó:

Reyna: —Sí, bueno, es que más bien lo obligué. Ya sabes, para que la ropa lleve el “sello de calidad”.

Mi compañera dijo:

Compañera: —Pues sí que tienen confianza para que dejes que te mire en esto; ¡yo ni a mi novio lo dejo verme así!

Mi prima contestó:

Reyna: —Somos muy unidos. Y qué pena por tu novio; ten cuidado, no vaya a ser que ande buscando ver a otra chica así, ya que tú no se lo permites.

Nuestra compañera nos dio la cuenta y yo pagué. Entonces, ella dijo:

Compañera: —Mira, si incluso paga Damián. Espero que le cobres todo a tu prima, no se lo dejes gratis.

Y Reyna contestó:

Reyna: —No te preocupes, querida, se lo pagaré todo. Incluso ya le he dado un adelanto. ¡Nos vemos, guapa!

Cuando salimos de la tienda, mi prima dijo:

Reyna: —Cómo me cae mal esa tipa; se cree mucho, pero la muy tontita no se da cuenta de que su novio le pone el cuerno cada que puede. Pobrecita.

Cuando subimos a la troca, me dijo: “No te preocupes, primito, hoy te pago”, y metió su mano dentro de mi pantalón. Empezó a acariciar mi verga, que ya estaba toda chorreada por lo que pasó en el probador. Cuando sacó la mano, la olió, se llevó los dedos a la boca y nos fuimos a la casa.

Ya en la noche, cenamos todos juntos y nos alistamos para dormir; cada quien se fue a su cuarto. Eran las 11:00 pm., apenas llevaba una hora que nos habíamos despedido, pero algo me tenía intranquilo. Decidí esperar un poco más para ver si mi madre no se despertaba a revisar mi habitación. De pronto, vi que la luz del pasillo se iluminó; me hice el dormido, pero dejé los ojos entreabiertos.

Vi que la puerta de mi cuarto se abría: era mi madre. Lo que más me sorprendió fue que llevaba un camisón blanco que, con la luz del pasillo, se transparentaba. Pude ver sus enormes tetas con el pezón café y grande, su calzón de algodón y esas piernotas que hicieron que mi verga se pusiera firme al instante. Cerró la puerta y se marchó.

Esperé quince minutos más y me dirigí al cuarto de mi prima. Estaba tan caliente por ver a mi madre que iba decidido a convertir a mi prima en mi mujer; quería dejarle la leche dentro. Entré despacito, me desnudé y la destapé. Ella estaba boca arriba, con los ojos cerrados, usando el conjunto café con encaje negro que compramos.

Me fui directo a su entrepierna, moví el calzón a un lado y empecé a lamerla. Estaba seca, pero en cuanto pasé la lengua empezó a empaparse. Continué con desesperación, haciendo círculos en su clítoris. Ella se puso de perrito, le bajé el calzón hasta las rodillas y seguí ahí; ella ahogaba los gemidos en la almohada. Pasé mi lengua por su ano y luego introduje un dedo, poco a poco, mientras seguía lamiéndola. Ella bajaba el trasero, pero yo la sujetaba fuerte de las caderas. Cuando penetré más con mi dedo, mi prima empezó a correrse de una forma brutal. Bebí todo lo que pude mientras ella caía rendida.

Cuando se recuperó, me besó y bajó por mi cuerpo hasta mi verga. Se la comió toda, subiendo y bajando mientras acariciaba mis huevos. Estaba a punto de terminar cuando la puse en cuatro otra vez. Puse la punta de mi pene en su ano y ella me dijo:

Reyna: —¿Estás loco? No, me va a doler, ¡quítate!

Yo la agarré de las caderas y empecé a empujar. Ella se resistía: “¡Quítate, cabrón, por ahí no!”, pero continué hasta que entró la cabeza. En ese momento, ella me agarró los huevos y los apretó tan fuerte que me tuve que quitar. Me seguía apretando mientras me decía:

Reyna: —Yo te voy a coger cuando yo quiera, y ahorita no quiero, cabrón. ¡Vete de mi cuarto o empiezo a gritar!

Me soltó y, como pude por el dolor, tomé mis cosas y me fui desnudo a mi cuarto. Me cambié y me acosté a dormir.

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